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“¿Por qué habría de hacer esto por ti?”, pregunta el gobernante de Ciudad Esmeralda a Dorothy, quien muy pronto sabrá que en política nada es gratis, ni siquiera en el país de Oz, y que favor con favor se paga. No tardará en enterarse también de que el precio por servicios mágicos prestados es asesinar al principal rival político del ya no tan maravilloso mago (la Bruja Mala del Oeste, sentenciada sin juicio).

Ilustración: Oldemar González

Encerrado en su palacio, Oz no necesita encuestas de popularidad para vivir convencido de que ha sido bondadoso con sus vasallos y de que todos lo quieren, a pesar de haberlos manipulado y de haberse mantenido en el poder con trucos de feria, pintándoles un mundo de color de rosa (más bien verde esmeralda). Pero su mayor acto de magia es que le basta con asegurar: “En realidad soy un hombre muy bueno”, y así convencer de ello a más de uno, sin importar que convirtiera en sicarios a una niña y a personajes sin cerebro, corazón o coraje,1 y sin siquiera una Comisión de la Verdad de por medio.2

Buena parte de los adultos tendemos a evitar hablar sobre política con los niños, a veces temiendo que lo que resulten sean caras de aburrimiento al preguntarles cosas como qué partido creen que ganará la elección presidencial en 2024; otras veces preocupados por quitarles el sueño al poner sobre la mesa, durante la sobremesa, los posibles riesgos de la militarización de cierto país nada fantástico o discusiones de naturaleza similar. Esta postura resulta contradictoria si lo que deseamos es que, a medida que crecen, adopten actitudes políticas y valores cívicos. Lograr esto con ayuda de la ficción no significa privar a los niños de su derecho a elegir lo que quieren leer, mucho menos condenarlos a lecturas institucionales o de adoctrinamiento ideológico, encargadas o incentivadas por el gobierno, la escuela, los padres o algún otro poder superior.

Lejos de pretender diseñar contenidos para una biblioteca infantil con títulos panfletarios como La gran rebelión del pequeño Atlas o Las venas abiertas de Nunca Jamás, el propósito de la psicología política del desarrollo es investigar cómo se originan y cambian las ideas y conductas políticas a lo largo de nuestra niñez y adolescencia. Si creemos que no hay nada más ajeno a El Príncipe que El Principito y que podemos confiar en que J. K. Rowling o Judy Blume se han cuidado de no “contaminar” sus obras con cuestiones políticas, nuestras gafas son, entonces, peores que las que llevaban los habitantes de Ciudad Esmeralda.

Si algo no es asépticamente apolítico es la literatura infantil, como lo muestran dos estudios recientes. En el primero, la psicóloga Meagan M. Patterson analizó el contenido de 251 libros ilustrados —no todos de ficción— y escritos para lectores con una edad típica de ocho años o menores.3 Las obras corresponden a las más vendidas en Estados Unidos de 2012 a 2017 (según The New York Times) y en casi la mitad de ellas estaba presente al menos un tema político; entre los más comunes: el racismo, la guerra y los derechos de la mujer. Hasta quienes dan sus primeros pasos en la lectura pueden toparse con alusiones al fascismo y a la Guerra Fría y la escalada armamentista en las rimas sin ánimos moralizantes ni aleccionadores con que el Dr. Seuss narra Yoruga, la tortuga y El libro de la batalla de la mantequilla.

Dado su papel en los cuentos de hadas, no sorprende que en los libros revisados por Patterson cuando aparecen líderes políticos se trate sobre todo de princesas, seguidas de reyes, y que muy por detrás queden los gobernantes elegidos democráticamente. Sobre esto último la investigadora señala que es más probable que un personaje de libros infantiles sea un astronauta (con poco más de un millar en todo el mundo) a que participe en una votación, lo que significa que este proceso político está subrepresentado en ellos. Esto es inesperado si tenemos en cuenta que la organización y participación en votaciones es bastante común en la vida cotidiana y que los niños no necesitan credencial del INE para, por ejemplo, elegir con su voto a la mascota familiar o de la clase o al capitán de su equipo deportivo.

Por su parte, también a partir de un análisis de contenido, pero ahora de 51 de los libros más vendidos (mezcla de libros de venta continuada y superventas, al igual que en el estudio de Patterson) y 35 obras ganadoras del prestigioso premio Newbery de literatura infantil de 1960 a 2001, el politólogo Marc S. Schwerdt identificó tres narrativas o conductas cívicas seguidas por sus protagonistas:4

1) La thoureana: la desobediencia civil pregonada por Henry David Thoreau es adoptada por personajes como Matilda, quien, en la novela homónima de Roald Dahl, “la tarde del día en que su padre se negó a comprarle un libro, […] salió sola y se dirigió a la biblioteca pública del pueblo”;

2) La parkseana: la histórica activista Rosa Parks es emulada por personajes como Hermione en Harry Potter y el cáliz de fuego, quien protesta pacíficamente por el trato discriminatorio (de los magos) a una minoría (los elfos, lo que lleva a la fundación de la Plataforma Élfica de Defensa de los Derechos Obreros);

3) La ingallsiana: toma este nombre de Laura Ingalls y su saga autobiográfica iniciada con La casita del bosque, en la que el bienestar de la comunidad está por encima del interés individual. “A veces, un vecino enviaba un mensaje de que la familia vendría a pasar el día. Entonces Ma hacía limpieza y cocinaba de más, y abría el paquete de azúcar almacenado [un bien preciado y reservado para las visitas]. Y en el día indicado, un carro llegaría hasta la puerta por la mañana y habría niños extraños con quienes jugar”.

Entre los asuntos políticos que halló Schwerdt en su análisis destacan, por su frecuencia, la impartición de justicia imparcial (presente en 77 % de las obras), la búsqueda del bien común (73 %), la igualdad de derechos (53 %) y la libertad de expresión (44.6 %). En ocho de cada diez novelas los personajes, más allá de enfocarse sólo en sí mismos, se interesaban y participaban en asuntos públicos. Y el libro con mayor contenido cívico fue Los osos Berenstain y el cuarto desordenado, lo que prueba que no hay lector que sea demasiado pequeño para empezar a formarse como un buen ciudadano.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Por no hablar de los cuarenta lobos, cuarenta cuervos y un enjambre de abejas que Dorothy y su escuadrón ecocida exterminaron en lo que hoy sería visto como una pésima lección de manejo ambiental.

2 “Parece demasiado peligroso perdonar al farsante y a sus crímenes simplemente porque afirma ser un buen hombre”, advierte Laurie Ousley en To See the Wizard: Politics and the Literature of Childhood, Cambridge Scholars Publishing, Newcastle, 2005. “Magos tan poderosos deben ser siempre interrogados” o, al menos, estudiados desde perspectivas como la que Ousley ha desarrollado y que aquí se discute.

3 Patterson, M. M. “Children’s Literature as a Vehicle for Political Socialization: An Examination of Best-Selling Picture Books 2012-2017”, J. Genet. Psych., 2019.

4 Schwerdt, M. S. Winnie-the-Pooh and Lincoln, Too: Children’s Literature as civic education, tesis doctoral, Universidad de Tennessee, 2006.

 

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