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A finales de abril de 2018, Pouleth Acosta Pérez descansaba en la cubierta de El Puma, uno de los dos buques de exploración marina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cuando el profesor David Uriel Hernández Becerril, quien la invitó a participar en la campaña de investigación MareaR X,se acercó a hablar con ella sobre su futuro. Acosta Pérez había sido rechazada recientemente del programa de maestría del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología (ICML) de la UNAM y no podría continuar estudiando ahí.

El profesor, de repente, dio un giro a la conversación y le confesó a su alumna que le rompería el corazón si se iba. Antes de que ella pudiera hacer algo, él comenzó a abrazarla y a besarle la cara sin su consentimiento. En ese momento, Acosta Pérez se sintió incómoda, confundida y enojada. “Quería abofetearlo, pero era el investigador con el que estaba trabajando y estábamos en medio del océano”, dice en entrevista. Durante el resto del viaje, sus compañeros se aseguraron de que nunca estuviera sola con su agresor.

Cuando regresaron de la expedición, Acosta Pérez no denunció a Hernández Becerril ante la Unidad para la Atención de Denuncias (UNAD) de la UNAM porque no se sintió asustada en aquel momento y pensó que estaba malinterpretando sus acciones. Ahora, dos años después del incidente, reflexiona: “Puedo asegurar que sí fui acosada sexualmente [por Hernández Becerril]”, y empieza a tomarse más en serio la idea de denunciarlo.

Múltiples mujeres y testigos describen a Hernández Becerril como un individuo “hipersexualizado” que se acerca a estudiantes e investigadoras con oportunidades profesionales para luego acosarlas sexualmente. Dicen que al saludar a las alumnas acostumbra darles “besos húmedos” muy cerca de la boca, que las invita a salir con insistencia o que les hace confesiones de interés romántico o sexual. Mencionan que también suele tocarlas y besarlas sin su consentimiento y que toma represalias en su contra cuando lo rechazan.

A finales de 2018, tres mujeres denunciaron oficialmente a Hernández Becerril por acoso sexual ante la UNAD y tres estudiantes presentaron cartas testigo que apoyaban esas denuncias. Además, nexos entrevistó a otras dos mujeres que, igual que Acosta Pérez, fueron acosadas por Hernández Becerril y no han presentado una denuncia oficial todavía.

Hernández Becerril es un destacado investigador de la UNAM especializado en el estudio de algas marinas microscópicas. Dentro del ICML, en Ciudad Universitaria, dirige su propio laboratorio: el Laboratorio de Diversidad y Ecología de Fitoplancton Marino. Hasta hace poco pertenecía al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) en el nivel III, el más alto antes de ser emérito. A pesar de que dentro y fuera del instituto sus actos de acoso han sido conocidos durante años —según narran múltiples fuentes que hablaron con nexos, muchas personas lo conocen como “el doctor acosador”— y de que hay denuncias oficiales apoyadas por cartas testigo, la única sanción que ha recibido hasta ahora por parte de las autoridades universitarias es una amonestación, la medida de menor grado en este tipo de casos. Es decir: todavía tiene permitido enseñar, conducir su propia investigación dentro del instituto y hacer expediciones marinas acompañado de alumnas.

Esta resolución decepcionó tanto a las denunciantes como a los testigos de los actos de acoso sexual y del comportamiento inapropiado de Hernández Becerril. Opinan que la respuesta de la UNAM ha sido insuficiente. Unos, incluso, acusan a las autoridades de encubrir a Hernández Becerril para proteger el prestigio de la universidad. El SNI, al contrario, castigó severamente las acciones del investigador al expulsarlo del sistema, quitarle su remuneración mensual y negarle su reingreso durante seis años.

En 2016, la UNAM creó el Protocolo para la Atención de Casos de Violencia de Género para investigar y resolver acusaciones de acoso sexual dentro de la universidad. En cuatro años, la UNAD ha recibido 1486 quejas de violencia de género. Tan sólo entre junio de 2018 y junio de 2019, 436 personas presentaron una queja ante la UNAD.

De acuerdo con el protocolo, la violencia de género incluye: “Chistes sexuales u obscenos; […] toma o difusión de fotografías y videos de carácter sexual sin el consentimiento de la persona; invitaciones, llamadas telefónicas o mensajes electrónicos indeseables y persistentes; […] contactos físicos indeseados (tocamientos); insinuaciones u observaciones marcadamente sexuales; exhibición no deseada de pornografía”.

Para esta investigación, nexos entrevistó a dieciséis personas cercanas al caso —estudiantes, investigadoras y autoridades universitarias— y revisó más de cien documentos —oficios, cartas, correos electrónicos, solicitudes de transparencia, artículos académicos y reportes oficiales—.

El caso de Hernández Becerril se ha gestado en un momento crítico para combatir la violencia de género en México y en la UNAM. Desde septiembre de 2019 y hasta ya entrada la pandemia de covid-19, diversos grupos de estudiantes y feministas tomaron varias instalaciones de la universidad: exigían a las autoridades que se atiendan los casos de violencia de género de manera eficiente y justa.

Ilustración: Kathia Recio

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El 1 de abril de 2014, Hernández Becerril invitó a Andrea —quien entonces cursaba la maestría en el ICML y prefiere que su identidad permanezca anónima por miedo a represalias— a conversar en un invernadero de orquídeas cercano al instituto. Cuando llegaron, el sitio estaba cerrado y no había personas alrededor. En lugar de irse a otro lado, cuenta Andrea, Hernández Becerril se sentó en una banca y la invitó a tomar asiento junto a él.

Sentados en aquel lugar, Andrea le preguntó de qué quería hablar, pues en los meses anteriores el profesor le había comentado, en correos y en conversaciones, que le gustaría decirle algo importante, algo que no lo dejaba dormir, pero insistía en hacerlo cara a cara. Fue ahí, asegura Andrea, que Hernández Becerril le confesó que le gustaba mucho, que no podía dejar de pensar en ella y que quería que fuera su novia.

Andrea estaba confundida y asustada, tanto que sintió la urgencia de levantarse de la banca. Le recordó que era una mujer casada y lamentó si su amabilidad había sido malinterpretada por él. Hernández Becerril dejó el asunto, pero preguntó si podía “robarle un beso”. Al ver el estado alterado de Andrea, desistió. Caminaron de regreso al instituto y nunca jamás hablaron del tema. Ella no le contó a nadie durante varios años. “No sabes si te van a creer”, dice en entrevista con nexos.

Ahora, Andrea está realizando un doctorado en el ICML y aún evita encontrarse con Hernández Becerril. No ha querido denunciarlo, pues teme que forme parte del comité tutoral que evaluará su candidatura de doctorado y que actúe en su contra.

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Sofía, quien trabaja en el ICML y solicitó a nexos proteger su identidad por temor a represalias, afirma que Hernández Becerril la abrazaba con afecto y la besaba en la mejilla cada vez que la saludaba o se despedía, lo cual la incomodaba mucho. En 2017, intentó dejárselo claro de manera verbal, pero el investigador no hizo caso. En otra ocasión que se encontraron, él iba a saludarla y ella se hizo a un lado para evitar que la abrazara y la besara; sin embargo, el académico insistió en tocarla. “Fue una cosa muy fea”, dice.

Desde entonces, Sofía evita ir sola a reuniones del instituto en las que podría estar Hernández Becerril. Ella y sus compañeras se dan la vuelta si lo ven en los pasillos para evitar saludarlo y si lo ven en el patio esperan a que se vaya. “Ese hombre es asqueroso… y sigue ahí”, comenta. Sofía no ha denunciado al investigador ante las autoridades porque teme que la vean como “problemática” y que esto afecte su trabajo.

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Vanessa Herrera, una estudiante de biología de la FES Zaragoza, UNAM, realizaba su tesis en el ICML y, aunque no era alumna de Hernández Becerril, él le permitía utilizar el microscopio de su laboratorio para su proyecto. Al principio, cuenta, el académico fue amable con ella y le enseñó técnicas para su investigación. Luego, su comportamiento cambió: le hacía preguntas personales y tenía acercamientos físicos que la incomodaban, como tomarla por la cintura o acariciarle la mejilla. En los saludos o en las despedidas, la besaba muy cerca de la boca y sus besos “eran como húmedos; eso me sacaba de onda”, dice Herrera.

En una ocasión en la que los dos se encontraban solos, él la tomó por la cintura y le sobó la cara sin su consentimiento, cuenta en entrevista. La incomodidad llegó a tal grado que Herrera se acercó a Octavio Carrillo Andrade, uno de sus compañeros del instituto y también estudiante de la Facultad de Ciencias de la UNAM, para pedirle que nunca la dejara sola si Hernández Becerril estaba cerca. “David aprovechaba cualquier momento que estuviera sola para acercarse a mí”, dice.

Carrillo Andrade ya sabía un poco sobre el comportamiento inadecuado del investigador, pues lo conoció en 2017, cuando tomó un curso de ecología marina que impartieron él y otros profesores del instituto. Desde el inicio, notó que Hernández Becerril trataba de manera especial a las alumnas. “Era afectuoso […] y cuando traían vestidos o escotes como que sí aumentaba su afecto hacia ellas, durante la clase les hacía bromas”, dice en entrevista.

Herrera también le contó a su tutora, Lorena Durán Riveroll, que Hernández Becerril la acosaba y que la había invitado a un crucero de investigación a bordo de El Puma. “Fue como un parteaguas de alejarme completamente y evitarlo”, dice. Herrera y los demás estudiantes sabían que “invitaba a las chavas porque quería algo con ellas”. “Que me haya invitado fue un momento de miedo”, confiesa.

Hernández Becerril incluso le ofreció a Herrera viajes a congresos y becas a cambio de que dejara de hacer su tesis con Durán Riveroll y la hiciera con él. Ella rechazó sus propuestas.

Cuando Herrera le relató las actitudes de acoso de Hernández Becerril, Durán Riveroll se sintió furiosa y actuó rápido para proteger a su alumna. Encontró la manera de que otro instituto le prestara un microscopio para que pudiera seguir con sus experimentos y así no tuviera que convivir con el académico.

El 5 de diciembre de 2018, Herrera denunció al investigador ante la UNAD por acoso sexual.

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Paulina —estudiante de maestría en el ICML que solicitó a nexos proteger su identidad— conoció a Hernández Becerril en 2018, cuando fue su alumna durante  un curso sobre algas. Ella no es originaria de México y, por cuestiones logísticas, llegó una semana tarde a clases. Cuenta que Hernández Becerril comprendió su situación y no la penalizó. Su primera impresión fue que “era inusual e informal”, además de amable. Pero también notó que el investigador le prestaba especial atención a las alumnas y que en sus clases hacía chistes sexuales. Le gustaba decir que “era voyerista de las conductas reproductivas” de los foraminíferos (unos pequeños organismos marinos). Esto le parecía raro, pero no la alarmó en el momento.

Poco antes de que acabara el curso, Paulina le obsequió una bolsa de café como muestra de agradecimiento por permitirle integrarse tarde. A partir de ahí, cuenta, Hernández Becerril usó ese detalle como pretexto para reunirse con ella fuera del instituto. Él la invitaba a tomar café con insistencia, algunas veces por correo y otras en persona, lo cual la hacía sentirse muy incómoda. Al acabar el curso, ella dejó de asistir al ICML, pero el académico siguió enviándole invitaciones y preguntándole cuándo iba a ir al instituto.

A finales de 2018, Paulina le dijo a uno de sus compañeros, Pablo —quien pidió a nexos cambiar su nombre para evitar represalias—, que Hernández Becerril la estaba acosando.

Pablo, como estudiante del ICML, tuvo su primer contacto con Hernández Becerril en un curso que tomó en 2018. Durante las clases se dio cuenta de que el académico hacía una gran cantidad de comentarios marcadamente sexuales y también observó que tenía “cierto jugueteo” con las alumnas, algo que no sucedía con los alumnos, dice en entrevista.

Recuerda que al final de las presentaciones digitales que usaba, Hernández Becerril colocaba imágenes de conejitas humanoides en posturas sexuales, aun cuando la clase no tenía nada que ver con éstas. “A mí me parecía asqueroso y mis compañeras obviamente estaban muy incómodas con esa situación”, detalla.

Pablo también sabía que el comportamiento inadecuado de Hernández Becerril iba más allá de las palabras: participó en la expedición marina en la cual el investigador besó a Acosta Pérez sin su consentimiento, hecho del que todos los alumnos que estaban a bordo se enteraron. Pablo asegura que junto con otros compañeros decidieron protegerla y no dejarla sola en ningún momento “para evitar que volviera a suceder o evitar que llevara a otra cosa”. Tiempo después, vivió algo similar con Paulina.

Paulina es una de las tres mujeres que denunciaron oficialmente al investigador.

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Mónica, quien también pidió a nexos reemplazar su nombre para proteger su identidad, comenzó a hacer la investigación de su tesis de licenciatura en el laboratorio de Hernández Becerril en enero de 2016 y permaneció ahí hasta junio de 2018. Durante ese tiempo, también apoyó los proyectos del académico, se encargó de comprar materiales para el laboratorio y lo asistió en tres campañas de investigación marina en El Puma, incluida aquella en la que acosó sexualmente a Acosta Pérez.

En abril de 2016, participó en una expedición a bordo de El Puma a la que Hernández Becerril faltó por enfermedad. Sin embargo, el académico invitó a su colega y amigo Alejandro Rafael Morales Blake, de la Facultad de Ciencias Marinas de la Universidad de Colima, campus El Naranjo. Este último dedicó parte de su tiempo en la embarcación a tomar fotografías de los traseros de las estudiantes de la expedición, incluido el de la propia Mónica.

Isaac Guzmán Becerril, quien entonces realizaba su tesis de licenciatura en el ICML, confirmó a nexos que Morales Blake incomodaba a las alumnas y a los alumnos al hacer esto y que sus intenciones sexuales o de acoso eran muy evidentes. “Solamente lo hacía con las chicas más atractivas; por ejemplo, con una italiana que se la pasaba en traje de baño en cubierta”. De su experiencia en El Puma relata: “Era desagradable por la lucha de egos entre investigadores, y si le sumas que las jornadas de trabajo son supercansadas, más los investigadores acosando a las chicas, pues no es algo muy padre”.

Otra estudiante —de un laboratorio que colaboraba frecuentemente con Hernández Becerril y que también pidió a nexos mantener su identidad anónima— confirmó el incidente: “Vi una vez que [Morales Blake] estaba tomando fotos a unas cajas que casualmente estaban empujando las chicas [a bordo de El Puma], por lo que en la foto sólo se podía ver el trasero de éstas”, dice. “Fue un momento muy incómodo”, agrega.

Al regresar del crucero, Mónica y otra investigadora se quejaron del comportamiento de Morales Blake con Hernández Becerril, quien lamentó la situación. Sin embargo, durante los siguientes años, Hernández Becerril siguió invitando a su colega a impartir cursos de fitoplancton en el ICML. Morales Blake no respondió a múltiples solicitudes de entrevista.

Durante los dos años y medio que estuvo en el laboratorio de Hernández Becerril, Mónica observó cómo el investigador ofrecía becas o invitaba a viajar a bordo de El Puma a mujeres que le parecían atractivas; algunas de ellas no estudiaban en el ICML o no tenían una línea de investigación relacionada con las expediciones. Otra estudiante que también formaba parte del laboratorio afirma que el académico sumó a dos conocidas suyas como tripulantes científicas a distintas campañas en el buque en 2017 y 2018. “Cuando es así, la UNAM paga el boleto de avión de ida y vuelta”, dice. Mónica también recuerda que veía de manera lasciva a varias amigas que la visitaban en el laboratorio. “Ya no regresaban y eso sí me hacía sentir asco y muy muy molesta”, dice.

Carrillo Andrade, Pablo y Mónica presentaron, cada uno, una carta en donde narraron su testimonio sobre el acoso y comportamiento inapropiado de Hernández Becerril para apoyar las tres denuncias oficiales presentadas en 2018. Tanto Pablo como Mónica mencionaron en sus cartas lo sucedido con Acosta Pérez a bordo de ElPuma. A la fecha, nadie les ha preguntado sobre ese incidente.

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Lorena Durán Riveroll conoció a Hernández Becerril durante un congreso sobre algas tóxicas en Manzanillo en 2013. Después de que presentó su trabajo sobre toxinas, Hernández Becerril se le acercó y la felicitó. Él, un renombrado académico de la UNAM, mencionó que le gustaría que conversaran sobre su investigación; ella dice que en ese instante se emocionó porque pensó que tal vez podría surgir una oportunidad para hacer un posdoctorado.

Tan pronto como se fue, los asesores de tesis de doctorado de Durán Riveroll —que habían estado observándola a lo lejos— le comentaron que tuviera cuidado, pues el investigador tenía fama de acosar a estudiantes. “Ni siquiera le aceptes un vaso de agua”, recuerda que le advirtieron.

Durante ese tiempo, Durán Riveroll realizaba una pasantía en Ciudad de México. Apenas regresó del congreso ya tenía correos electrónicos de Hernández Becerril pidiéndole que fuera a su laboratorio. Ella inventaba excusas para no verlo y mencionaba a su esposo como una forma de disipar las invitaciones recurrentes. Él insistió por teléfono durante un tiempo. “Me llamaba todos los días. Fue bastante insistente y yo traté de ser educada con mis negativas”, relata. “Me preguntó dónde vivía, me dijo que iba a mi casa”. Cuando le ofreció ir a donde ella estuviera, un foco rojo se prendió y Durán Riveroll dejó de responder sus llamadas y mensajes. “Jamás acepté su invitación y jamás pensé que eso iba a traer consecuencias”, aclara.

Terminó su doctorado en 2014 y luego realizó una pasantía en el Instituto Alfred Wegener de Alemania, un importante centro de investigación marina. Al estar allá recibió una llamada en la que la invitaban a enviar sus documentos para conseguir una de las preciadas Cátedras Conacyt en la UNAM. Estas plazas laborales nacieron como una iniciativa para contrarrestar la “fuga de cerebros” y la escasez de plazas en universidades y centros de investigación nacionales. El Conacyt es el encargado de contratar a los jóvenes investigadores, mientras que la institución científica —la UNAM, en el caso de la Durán Riveroll— garantiza el espacio e infraestructura para su investigación.

Durán Riveroll estaba emocionada. Le pidieron que enviara su currículo y una propuesta de proyecto de investigación, lo cual hizo de inmediato. No tenía muchos detalles sobre la cátedra, pero sabía que era en el ICML, un instituto de ensueño para cualquier biólogo marino en México. Meses después, cuando estaba viviendo en La Paz, Baja California Sur, le informaron que había sido aceptada para la cátedra. Empacó todas sus cosas y se mudó a Ciudad de México con su esposo y su hijo menor.

Poco antes de empezar en el instituto, Durán Riveroll descubrió, con sorpresa, que el responsable directo de la cátedra era Hernández Becerril, el mismo investigador que años antes la había procurado insistentemente.

Desde el primer día de trabajo, el 3 de noviembre de 2016, el académico tomó acciones en su contra para hacer que su vida “fuera un infierno”, recuerda Durán Riveroll. Eran represalias por no haber aceptado sus invitaciones tres años antes. Hernández Becerril dejó muy claro que “no me iba a dar un centavo para mis investigaciones”, relata. También le negó salidas de campo importantes para su investigación e insistía en que ella tenía que trabajar en lo que él dijera y no en el proyecto para el cual había sido contratada. Estaba confundida, incómoda y asustada.

Un mes después, Hernández Becerril le pidió a Durán Riveroll que conversaran en algún momento. Ella inmediatamente fue con Adela Monreal, investigadora del mismo instituto y enlace directo entre el Conacyt y el ICML para su cátedra. Le confesó que el académico la había acosado tiempo atrás, que lo había rechazado y que ahora su comportamiento hacia ella era agresivo. Durán Riveroll le pidió que la acompañara a aquella reunión porque tenía miedo. Monreal accedió y la hizo sentir segura.

Al día siguiente, minutos antes de la cita, Durán Riveroll estaba sola en su oficina cuando Hernández Becerril entró sin avisar, cerró la puerta y le confesó que “acababa de regresar de tomar unas copas”. Cuenta que, en tono de amenaza, le dijo que no podría hacer nada sin él, que tenía que ir a esperarlo a su oficina todos los días hasta que llegara y que se encontraba en una "situación frágil". Conforme el académico fue alzando la voz, ella le dijo que iría a buscar a Monreal, pero antes de que pudiera salir, él azotó la puerta y se fue.

Durán Riveroll salió de su oficina temblando y fue a buscar a Monreal para decirle lo que acababa de suceder. Monreal dijo que eso era inaceptable y que tenían que hablar con Elva Escobar, la entonces directora del instituto. Días después se reunieron con ella y le contaron todo. Escobar le pidió que nunca más aceptara estar a solas con él, y que si entraba a su oficina buscara a alguien que fuera su acompañante y testigo a la vez. En ese momento, Durán Riveroll se sintió protegida y comprendida.

Pero ese sentimiento desapareció pronto.

Tras ocho meses en el instituto, Durán Riveroll comenzó a buscar un espacio de trabajo que no fuera el laboratorio de Hernández Becerril. Al haber laboratorios vacíos y como creía que la directora entendía por qué no podían trabajar juntos, le solicitó un laboratorio desocupado. Para su sorpresa, Escobar se negó y le recordó que tenía que cumplir el compromiso previo con el académico. Confundida, de nuevo pidió el espacio en un correo electrónico e insistió en que ese laboratorio no era ideal para su investigación, pero esta vez envió una copia de la solicitud al entonces director de Cátedras Conacyt, Roberto Rodríguez Rodríguez.

Ante esto, Escobar la llamó por teléfono. “Estaba furiosa”, recuerda Durán Riveroll. “Ella gritó y me amenazó”. Le dijo que si insistía en conseguir otro laboratorio y si continuaba con "esas cosas", podría tronar los dedos y deshacerse de ella. Antes de que Durán Riveroll pudiera contestar algo, Escobar colgó el teléfono. Durán Riveroll no sabe el porqué de esa reacción, pero supone que al mandar una copia de su solicitud al director de Cátedras Conacyt —alguien externo— la directora se sintió expuesta y eso la enfureció. Desde entonces, la relación entre ambas se tornó amarga.

Después de más de un año en el instituto, Durán Riveroll ya tenía varios estudiantes a su cargo, entre ellos Vanessa Herrera, quien como ya se mencionó le había dicho que Hernández Becerril la acosaba. Pero debido a su situación laboral incierta, decidió no mencionar nada a las autoridades en ese momento y halló la manera de evitar encuentros entre su alumna y el investigador.

El 26 de julio de 2018, Durán Riveroll envió su informe anual al Conacyt para la renovación de su contrato. Posteriormente, el Conacyt le informó que necesitaba incluir una carta de apoyo del técnico responsable: Hernández Becerril. Cuando ella solicitó el documento, él no sólo se lo negó, sino que la amenazó con que escribiría “una carta muy fuerte” al Consejo Técnico de la Investigación Científica (CTIC) de la UNAM —que además del Conacyt, también evaluaría su desempeño— para evitar que fuera recontratada.

El 13 de septiembre de 2018, mientras ella se encontraba en una estancia de investigación en Alemania, Hernández Becerril, Monreal y Escobar firmaron una carta y la enviaron a la entonces directora de Cátedras Conacyt, Lorena Archundia Navarro, en la que declaraban que Durán Riveroll no había cumplido con los objetivos de su plaza. Monreal declinó ser entrevistada para este reportaje. Por su parte, Durán Riveroll nunca recibió un correo electrónico oficial que dijera que no estaba siendo recontratada y a la fecha nadie le ha dicho las razones de esta decisión.

Cuando Durán Riveroll regresó al instituto, su futuro laboral era incierto, y Escobar y Hernández Becerril actuaban cada vez más hostiles. Aunque enviaba correos electrónicos y oficios para preguntar sobre su recontratación u otras cuestiones, nadie le respondía. Recuerda que es como si hubiera dejado de existir.

En entrevista, Escobar niega haber tenido estas actitudes adversas o haber solicitado que no se le dieran facilidades a Durán Riveroll, pero correos institucionales obtenidos por nexos demuestran lo contrario. En una ocasión, por ejemplo, se le impidió presentar su trabajo en un congreso de carteles del instituto por órdenes directas de Escobar. “Fue violencia institucional”, declara Durán Riveroll.

En un día de desesperación, Durán Riveroll estaba llorando en su oficina cuando vio un anuncio del protocolo de violencia de género de la UNAD publicado en la gaceta de la UNAM. Envió un correo electrónico y tras una evaluación en persona, la UNAD determinó que su denuncia en contra de Hernández Becerril procedería porque, aunque el acoso que vivió había ocurrido en 2013, las represalias eran un acoso laboral posterior. Durán Riveroll sintió esperanzas de conseguir justicia.

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A finales de 2018, cuando Durán Riveroll decidió denunciar a Hernández Becerril ante la UNAD, le preguntó a Pablo si estaría dispuesto a escribir una carta testigo donde relatara lo que había visto. Pablo, a su vez, buscó a Paulina y le sugirió que se reuniera con Durán Riveroll para ver si también estaba dispuesta a presentar una denuncia. Vanessa Herrera, al ser alumna de Durán Riveroll y víctima de Hernández Becerril, estaba al tanto de la situación y decidió denunciarlo también. Pensaron que si denunciaban al mismo tiempo, las autoridades no tendrían dudas del comportamiento del investigador y tomarían cartas en el asunto con la máxima sentencia.

Finalmente, entre el 4 y 5 de diciembre de 2018, Durán Riveroll, Herrera y Paulina denunciaron de manera independiente ante la UNAD el acoso sexual que habían vivido con Hernández Becerril.

En total se presentaron tres denuncias independientes ante la UNAD, además de tres cartas testigo que fueron entregadas tanto a Escobar como a la Coordinación de la Investigación Científica, a la UNAD y al Consejo Universitario de la UNAM, así como al Conacyt.

La UNAD echó a andar el protocolo de violencia de género que por reglamento sólo se activa cuando se considera que las denuncias deben ser investigadas. Si los presuntos agresores son académicos y después de la investigación son encontrados culpables, la ley de trabajo establece que se les pueden aplicar tres tipos de sanciones: una amonestación —que consiste básicamente en una ligera advertencia—, una suspensión de hasta ocho días laborales y la rescisión de contrato, es decir, el despido.

El 25 de enero de 2019, Escobar notificó a la UNAD que debido a las acusaciones en contra de Hernández Becerril le había impuesto una amonestación: la sanción más leve. Al ser directora del ICML en ese momento, tenía el poder de escoger la sanción que le pareciera adecuada, incluso una más severa, y era la responsable de asegurarse de que el investigador la cumpliera.

Escobar, en cambio, afirmó a nexos que “la UNAD no encontró nada” en su investigación sobre las acusaciones contra Hernández Becerril y que a pesar de eso decidió imponer una amonestación. Mónica González Contró, abogada general de la UNAM hasta noviembre de 2020 y de cuya oficina dependía la UNAD, rechazó comentar el caso específico de Hernández Becerril, al citar leyes de protección de datos personales.

Al parecer, la UNAD no trató cada denuncia como individual y aglomeró las tres en una sola. Sin embargo, ninguno de los funcionarios entrevistados pudo explicar a nexos por qué no se contaron como individuales, aun cuando cada incidente de las víctimas se dio en situaciones aisladas y cada una denunció por separado. Si hubieran considerado las tres denuncias de forma independiente, tal vez la sanción de Hernández Becerril hubiera sido una más fuerte, ya que, según el protocolo, en los casos de violencia de género se toma en cuenta si hay antecedentes o reincidencias.

"Evidentemente, si hay una reincidencia formal probada, pues eso se debe tomar en consideración", explicó en entrevista William Lee Alardín, coordinador de la Investigación Científica de la UNAM. Ésta supervisa los distintos institutos dentro de la universidad, incluido el ICML, por lo que Lee Alardín está al tanto de las investigaciones de acoso sexual que se realizan dentro de los mismos, así como de otros procesos relevantes. Además, tal coordinación revisa directamente a la Coordinación de Plataformas Oceanográficas, que gestiona las expediciones científicas a bordo de buques como El Puma para distintos institutos.

Ni Herrera ni Paulina recibieron un documento de acuse de recibido por parte de la UNAD, tampoco se les dio seguimiento inmediato a sus denuncias y tuvieron que continuar asistiendo al instituto con miedo de encontrar a su agresor en los pasillos.

Las cartas testigo, al parecer, tampoco sirvieron de mucho. Lee Alardín tiene la noción de que la denuncia sólo fue una —la de Durán Riveroll— y no tres, y dice desconocer que se hayan entregado tres cartas testigo para validar las denuncias. Sin embargo, según documentos obtenidos por nexos, estas cartas fueron entregadas a la oficina de Lee Alardín y cuentan con sello de recibido del 14 de diciembre de 2018.

El 28 de enero de 2019, Durán Riveroll recibió un oficio de Escobar, en el que le avisaba que Hernández Becerril sería sancionado con una amonestación. Esta resolución consiste en una advertencia sobre su comportamiento y en que ya no podrá ocupar cargos administrativos dentro de la institución en el futuro.

Las tres denunciantes —Durán Riveroll, Herrera y Paulina— y los tres alumnos que presentaron las cartas testigo —Carillo Andrade, Mónica y Pablo—, así como Acosta Pérez y Andrea, consideran que la sanción fue demasiado leve y la mayoría de ellos piensa que las consecuencias tendrían que haber sido más severas, incluso su despido.

Sin embargo, de acuerdo con Escobar, la amonestación fue suficiente para que aprendiera la lección. “Él sabe perfectamente que [con] una amonestación como la que yo le impuse, la siguiente vez, va para afuera”, asegura.

Sofía, como alguien que trabaja en el ICML y que vivió el momento en el que Durán Riveroll, Herrera y Paulina denunciaron a Hernández Becerril, considera que Escobar al sólo imponer la amonestación actuó con “sentido precautorio” e hizo lo que estaba en sus manos según el reglamento.

Las denunciantes y los testigos también piensan que tanto Escobar como otras autoridades del ICML y de la UNAM sabían de la conducta de Hernández Becerril, pero no lo tomaron con la suficiente seriedad y prefirieron proteger la imagen y reputación de la UNAM. Lee Alardín y Escobar niegan estas acusaciones. “En ningún momento encubrí al doctor [Hernández Becerril]. No tengo por qué”, dice Lee Alardín.

Después del anuncio de la resolución, tras meses de insistencia para resolver la incertidumbre sobre su situación laboral, Lee Alardín accedió a reunirse con Durán Riveroll en junio de 2019. Este encuentro sucedió luego de que ella envió una carta al rector Enrique Graue Wiechers —a la cual no tuvo respuesta— y de que el Conacyt resolvió transferirla de institución. En la reunión, Lee Alardín se limitó a decirle que no había nada más que hacer y que ella no podría trabajar más en el ICML.

Por su parte, Graue Wiechers no comentó el caso para este reportaje y refirió todas las preguntas a la abogada general. González Contró solamente aclaró dudas generales sobre el protocolo de violencia de género por correo electrónico. Meses después de este intercambio, en noviembre de 2020, renunció como abogada general de la UNAM.

Lee Alardín insiste en que es normal que existan diferencias de opiniones entre las instituciones involucradas en una Cátedra Conacyt —en este caso, entre la UNAM y el Conacyt—. Afirma que cuando Hernández Becerril, Escobar y Monreal escribieron la carta para que no fuera recontratada, Durán Riveroll todavía no había sometido su denuncia por acoso sexual y laboral. Por lo tanto, en ese momento no había ningún conflicto de interés establecido oficialmente. Sin embargo, Escobar y Monreal sabían de la situación castigadora en la que se encontraba Durán Riveroll, a quien arrinconaron a trabajar con su agresor como jefe.

El 30 de agosto de 2019, antes de viajar a Ensenada para su nuevo trabajo, Durán Riveroll publicó una carta abierta, en la que describía el acoso sexual y laboral que vivió con Hernández Becerril, y el acoso laboral que vivió con Escobar. Días antes había puesto una denuncia ante la UNAD por acoso laboral en contra de ella. Escobar dijo a nexos estar al tanto de dicha queja, pero negó las acusaciones de Durán Riveroll. Un mes después, la UNAD resolvió que la denuncia de hostigamiento laboral no procedería por falta de pruebas.

Como reacción a ese documento, Hernández Becerril publicó su propia carta abierta unos días después. En ésta descalifica el desempeño académico de Durán Riveroll y desacredita las acusaciones hechas por las otras dos mujeres que lo denunciaron. Además menciona que a partir del 14 de febrero de 2019 hubo una “campaña de linchamiento mediático” en su contra a través de Facebook, la cual denunció ante un ministerio público especializado en dos ocasiones: febrero y septiembre de 2019. Durán Riveroll asegura que “no pasó nada con la supuesta demanda”.

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Para Hernández Becerril, las acusaciones de acoso sexual hechas en su contra son falsas y no tienen fundamento. Según él, en su audiencia —parte del proceso de las denuncias— se le acusó de “invitarlas a tomar café”. “Si eso es un acoso, yo no sé qué va a pasar, de qué nos van a acusar después”, expresa en entrevista. En cuanto a la relación con sus alumnos, la describe como cercana, amistosa y en ocasiones entrañable. “Llegan a ser amigos, ellos y ellas”, dice. Al cuestionarlo sobre las alegaciones de su conducta “hipersexualizada”, menciona que la forma en que saluda a las alumnas e investigadoras del ICML, los chistes sexuales, las conejitas sexualizadas y otros comportamientos inapropiados son sólo muestras de afecto y de querer ser menos rígido cuando enseña.

Lo del supuesto acoso de Acosta Pérez, dice, no fue más que una cuestión de “confort y solidaridad” cuando ella había sido rechazada de la maestría. “Lo de Pouleth y toda esta cosa, pues es una especulación”, asegura.

Hernández Becerril comenta que cuando se enteró de que estaba siendo investigado por acoso sexual y leyó el documento que lo incriminaba, le dio por reírse y sentirse “un poco divertido". Piensa que la denuncia de Durán Riveroll es producto del resentimiento que le tiene y que la denuncia de Herrera se debe a que era alumna de Durán Riveroll, a que es más joven y a que “se puede manipular o inducir”. También afirma que el protocolo de violencia de género es utilizado en ocasiones para atacar sin fundamento a algunos académicos por cuestiones como venganza y resentimiento. Considera que está siendo víctima de una situación así.

“No me siento culpable, y te lo digo en la cara y se lo puedo decir a quien tú quieras”, concluye. Hernández Becerril afirma que ha seguido trabajando y dedicándose a “las cosas que le gustan”.

Aunque el acoso hacia Acosta Pérez es mencionado en dos de las cartas testigo —la de Mónica y la de Pablo— y en la carta abierta de Durán Riveroll, las autoridades nunca investigaron el incidente, situación que el mismo Hernández Becerril confirmó a nexos. Nadie —ni Escobar, ni Lee Alardín, ni el actual director del ICML, Carlos Robinson Mendoza, quien declinó una solicitud de entrevista— le ha preguntado a Acosta Pérez ni al investigador qué fue lo que sucedió en aquella expedición de 2018 a bordo de El Puma. Puede que esto se deba a cuestiones de confidencialidad del protocolo de violencia de género, pero también muestra las limitaciones de las denuncias de casos de acoso dentro de la universidad.

Aunque la universidad gasta aproximadamente 20 000 dólares al día en las expediciones de sus buques oceanográficos y a pesar de que desde 2018 existe una Subcomisión de Igualdad y Equidad de Género dentro del ICML —de la cual forma parte Robinson Mendoza—, no parece haber una respuesta suficiente de las autoridades para garantizar la seguridad de las alumnas a bordo de las embarcaciones y en los institutos.

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El caso de Hernández Becerril es sólo un ejemplo de cómo el protocolo de la UNAM —por más vanguardista que la universidad lo promueva— sigue sin ser suficiente para sancionar y erradicar la violencia de género en la universidad más importante de México. Denunciar y alzar la voz es difícil y requiere mucha valentía. Durán Riveroll, Herrera y Paulina, como denunciantes, y Carrillo Andrade, Mónica y Pablo, como testigos, pensaron que sus esfuerzos lograrían que la UNAM protegiera a las estudiantes de un profesor que acosa. Pero no fue así.

Luego de la amonestación, Hernández Becerril impidió que Pablo fuera a una expedición de El Puma en 2019. “Es frustrante que se intente hacer algo y que al final no se llegó a nada”, expresa el estudiante. “Es como si nunca hubiera pasado”, lamenta.

Durante una ponencia en un congreso académico, Hernández Becerril atacó a Herrera —sin argumentos profesionales— diciendo que sus resultados eran erróneos y su trabajo no servía; la discusión llegó a tal punto que la moderadora tuvo que intervenir.

El investigador también envió correos a la entonces jefa de Mónica para advertirle que decía mentiras y “chismes” sobre él.

Aun cuando la protección a represalias está indicada en el Protocolo de Violencia de Género, las autoridades de la UNAD no hicieron nada para evitarlas.

"El mensaje que está dando el instituto es que cualquier chica que tal vez tuviera las agallas para denunciar, ahora no lo hará", dice Durán Riveroll. “Mira lo que me pasó a mí”, agrega.

En febrero de 2020, después de meses de protestas y denuncias de acoso sexual dentro de la UNAM, el Consejo Universitario declaró que la violencia de género sería considerada una “causa grave de responsabilidad” y que los estatutos de la universidad cambiarán para incluir esto en su legislación.

Sin embargo, estos cambios llegaron tarde para las víctimas de Hernández Becerril, quien hasta la fecha todavía puede dar cátedra y ser investigador dentro de la universidad y, de no haber sido por la pandemia de covid-19, en abril del año pasado habría salido a altamar en una nueva expedición acompañado de alumnos y alumnas a bordo de El Puma. Las acusaciones de acoso no le han impedido gozar de presencia mediática. Incluso, el investigador aparece en fotos promocionales del ICML de la iniciativa de igualdad de género “He for She” creada por ONU Mujeres.

Sofía, quien continúa trabajando en el ICML después de las denuncias contra Hernández Becerril, aseguró a nexos que los recientes cambios en la universidad no han permeado en el instituto, donde hay más investigadores que investigadoras y se vive una atmósfera de machismo. “Es horrible”, dice. “Me preocupa mucho el futuro de este instituto”.

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En marzo de este año, una encuesta realizada a 980 personas por la organización Women in Ocean Science reveló que hasta el 78 % de las mujeres en ciencias marinas han sufrido acoso sexual. Reportan que a menudo tiene lugar en los espacios aislados y confinados de barcos y sitios de investigación. Los tipos de acoso reportados con mayor frecuencia fueron los comentarios verbales, las miradas lujuriosas y las caricias no deseadas.

El acoso sexual en cualquier ámbito “está mal y debe ser denunciado”, declara Acosta Pérez. Dice que no le gustaría que ninguna otra persona viva la incomodidad y coraje que ella vivió durante la expedición a bordo de El Puma.

Pero denunciar no es tan fácil. El reporte de Women in Ocean Science informa que más de un tercio de las mujeres que experimentaron o presenciaron una conducta inapropiada no la denunciaron, ya sea por la posición de poder del acosador o porque temían que perjudicara su carrera o porque no creían que las autoridades tomaran medidas adecuadas.

En la actualidad, Acosta Pérez da clases en una preparatoria en Michoacán, pero si pudiera denunciar a Hernández Becerril a distancia, lo haría. “Espero que esta entrevista sirva de algo, no solamente en contra de Hernández Becerril, [sino] en contra de todo acosador”.

Según una solicitud de transparencia, a pesar de que la UNAM cerró sus puertas el 17 de marzo de 2020 por la pandemia de covid-19, la universidad recibió 328 quejas por violencia de género e impuso 62 sanciones administrativas de enero a diciembre de 2020. Con el próximo regreso a clases presenciales, es muy posible que el número de quejas aumente este año.

En México existen muy pocos estudios que cuantifican el acoso en la academia, pero una investigación de abril de este año encontró que casi la mitad de las mujeres en el campo de la ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas en el país han sido acosadas en algún momento de su carrera, en comparación con el 12 % de los hombres. Esto sin duda representa una barrera para las científicas, ya que puede llevarlas a que abandonen el campo, decidan no trabajar con investigadores prominentes que tienen actitudes sexistas o inapropiadas, o a que sean bloqueadas y estigmatizadas si alzan la voz ante injusticias, como en el caso de Durán Riveroll.

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Aunque ya se encuentra lejos de la UNAM y su situación laboral es mucho mejor, Lorena Durán Riveroll vive noches de insomnio y, con ayuda de terapia psicológica, aún intenta superar el trauma que le trae pensar en su agresor y en las autoridades que considera que le fallaron.

En julio de 2020, tras la decepción de las autoridades de la UNAM, Durán Riveroll recibió una noticia que no esperaba. Casi año y medio después de que sometió una queja de acoso sexual en contra de Hernández Becerril ante el SNI del Conacyt, la Junta de Honor de dicho organismo emitió una amonestación pública. En ésta determinó que Hernández Becerril había cometido una falta ética, por lo que perdió su nombramiento como investigador nivel III, así como su estímulo económico, debido a su comportamiento. Además, no se le permitirá reingresar al SNI hasta el año 2026.

“Nada de esta sanción me regresa ni mi trabajo ni mi tranquilidad [ni mi] salud [ni la] felicidad de mi hijo [ni el] dinero gastado ni [el] tiempo”, comenta Durán Riveroll. “Pero creo que es un paso para que otras mujeres sepan que esto no está bien ni es normal y que sí pasa algo; y [para] que otros hombres en situaciones de poder sepan que no son intocables”.

Dos años y medio después de su denuncia, en junio de 2020, Paulina recibió un correo de seguimiento de parte de la UNAD, el cual ignoró porque ya se encontraba de regreso en su país de origen y estaba fuera de peligro.

La UNAD nunca contactó a Herrera después de su denuncia.

Meses después de la amonestación pública del SNI y a casi dos años de su denuncia ante la UNAD, en octubre del año pasado, la Defensoría de los Derechos Universitarios de la UNAM buscó a Durán Riveroll para “dar el último seguimiento” a su caso —que en realidad era el primero— y preguntarle si Hernández Becerril la había contactado. Ella les dijo que no y explicó que había tenido que cambiar de institución a causa del hostigamiento, lo cual ellos tomaron como un éxito. “Me dijeron algo así como ‘Ah, o sea que tu denuncia en la UNAD sí funcionó para que te alejaran de él’”, cuenta. “Y pues no, les dije que no sirvió de nada, que su protocolo no sirve porque los encargados de poner las sanciones [a los acusados] son los mismos aliados”, agrega.

Posteriormente, una psicóloga y una abogada de la defensoría buscaron a Durán Riveroll para conversar. De esa llamada recuerda: “Me dijeron que tenía mucha ‘suerte’ de haber sido cambiada y estar lejos de la influencia de [Hernández Becerril], y que no pueden hacer nada más por mí porque yo ya estoy en condiciones ‘ideales’”.

Y concluye: “Los mandé al diablo”.

 

Inés Gutiérrez Jaber
Periodista de ciencia y artista audiovisual

Rodrigo Pérez Ortega
Periodista de ciencia, salud y medioambiente

 

7 comentarios en “Acoso en mar y tierra: historias de la UNAM

  1. Del doctor Romo del iif de la unam, quien renunciara a su puesto hace algunos meses, se sabe que el novio de una de las alumnas acosadas entró a su cubículo a ponerle una buena tunda. Del dr Jorge Membrillo Hernandez del iib de la unam se sabian las mismas historias. Él salio de la unam no por estos delitos, sino por plagiar y ser exhibido por un amigo del entonces rector De la Fuente.
    Esto es, o haces justicia por mano propia o tienes influencias.
    Mamá unam prefiere lavar los trapos sucios en casa.

  2. Ojalá pudieran también realizar un reportaje acerca del acoso laboral que se ejerce en el INIFAP ya que habemos varios investigadores que hemos sido despedidos arbitrariamente de ahí sometidos a acoso laboral y violencia de género. Existen demasiadas demandas laborales en su contra. Saludos!

    • Qué tal. Yo soy estudiante en el Instituto y la mayoría de las situaciones que mencionaron del Dr. Hernández Becerril son ciertas, pero en el caso de la Dra. Durán Riveroll los hechos son muy confusos. Hay muchos testigos (y me incluyo) que podemos dar fe que aquella mujer falló de manera catastrófica en sus evaluaciones de cátedras CONACYT. Incluso el instituto le otorgó muchas facilidades, como un cubículo especial para ella, dejando de lado a otros catedráticos CONACYT que laboraban en el instituto para darle preferencia a ella. Ella es una mujer problemática, fue así como consiguió que el instituto le otorgara todo lo que pedía. La denuncia hacia Hernández Becerril fue una cortina para tapar su mediocre capacidad de investigadora en el Instituto, motivo por el cual el CONACYT y el Instituto la removieron de su relación con el ICML.
      Ojalá haya justicia hacia las víctimas de Hernández Becerril, pero espero que la verdad salga completa y también todos vean que Durán Riveroll es víctima y victimaria.

      • Hola. Tengo los documentos de los tres años: el primero y segundo, con calificación satisfactoria. El tercero ni siquiera pusieron no satisfactoria, solo que “no me había integrado”. El comité externo me dio calificación satisfactoria. Dirigí 5 tesis estando allá y obtuve un proyecto de ciencia básica. No sé de dónde sacas que “fallé de manera catastrófica”. Me gustaría conocer tus argumentos y tus pruebas. Saludos. Lorena.

  3. Primero envío un abrazo sororo a todas las mujeres que tuvieron que pasar por eso. Es una vergüenza que la UNAM no haga nada (o mucho) por nosotras.
    Por otra parte dice que: “Acosta Pérez […] si pudiera denunciar a Hernández Becerril a distancia, lo haría”. Hasta donde yo sé, sí se puede denunciar a distancia. No sé si por la pandemia o si es en casos especiales, pero sé que se puede meter la queja y tener los encuentros con la psicóloga y aboga en línea. También sé que ha sucedido que la queja formalizada la envíen por paquetería al lugar de residencia de la persona que está metiendo la queja para su formalización. Sería cosa de investigar más para ver si es posible.
    Ojalá pronto reciban la justicia que merecen.

  4. Hola! En éste turbio mundo de la ciencia en México, en la que indudablemente los hombres tienen una indiscutible ventaja, es fácil encontrar una cara culpable y atribuirle todas las injusticias qué hemos vivido siendo mujeres en la “ciencia”; sin embargo, no es ético. Conozco al Dr. David y a su esposa desde el 2018, en el ámbito académico y personal, por lo qué no estoy de acuerdo en la forma de manipulación qué se ha dado a éstas notas. Hay que ser objetivos y críticos.