Erich Honecker no deseaba la perestroika, ni el glasnost, ni las reformas, ni la apertura de las fronteras. Sin duda alguna, desde el principio de la década de los ochentas, Honecker pretendía cierta liberalización -liberalidad más que libertad- al entreabrir el Muro a algunas personas, principalmente a quienes sus padres o amigos los invitaban a la República Federal. Fue así como el Muro se convirtió en un símbolo de encierro y de asfixia: el encierro para los menos privilegiados y la asfixia de una sociedad que siempre se enfrentaba a prohibiciones. El Muro era a la vez una frontera geográfica y una frontera política y psicológica; era el limite que imponía un régimen paternalista a su pueblo. Al derribar el Muro, los alemanes orientales vulneraron aquellas fronteras y conquistaron su libertad para en lo sucesivo reivindicar lo esencial -elecciones libres- que hasta entonces lo simbólico -el Muro- había ocultado.
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