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El siguiente relato pertenece a Propiedad privada, colección de diez cuentos y dos novelas cortas, de la escritora estadunidense Lionel Shriver. Sus personajes viven en el constante conflicto que les provoca su fijación obsesiva con la propiedad y la posesión: bienes inmobiliarios, objetos, personas, espacios o experiencias. Con una técnica sagaz y nunca exenta de una deliciosa y provocadora ironía, Shriver desmenuza la sociedad contemporánea, su incomprensión generacional y su desoladora fuente de deseos: el dinero, la fama, la ambición. Propiedad privada ya circula en librerías, editado por Anagrama.


No sé si la moraleja de esta historia es que uno nunca debería comprar una casa, pero sea cual fuere, es una moraleja bastante inútil en un país donde la propiedad está entronizada como una aspiración tan sana que los intereses de la hipoteca pueden deducirse de la declaración de impuestos. ¿Quién le haría caso? Por mi parte, solo de mala gana reduzco a un consejo tan insustancial lo que ocurrió entre Michael y yo. No obstante, hay otras historias que parecen destilar la misma advertencia, que muy bien podría aparecer en una guía conyugal: No comprar nunca una casa. No hace mucho tiempo, en Manhattan, a un tipo que estaba metido en un proceso de divorcio le dio tanta rabia la perspectiva de que su ex se quedase con la casa del Upper East Side, clasificada como monumento histórico, que la hizo saltar por los aires.

Por casualidad di con otra historia, local esta, y más sutil, por lo que era necesario leer entre líneas. Un banquero rico se casó con una mujer más joven que él poco después de que muriese su primera esposa. Los recién casados también compraron una casa espectacular en la ciudad, valorada en varios millones de dólares, y dedicaron tres años a dejarla como nueva; cuando por fin pudieron instalarse, el matrimonio ya no se sostenía. Él recogió los bártulos al cabo de unos meses. Leí también noticias sobre el juicio. El banquero apeló la decisión que le ordenaba seguir pagando la hipoteca, cincuenta de los grandes todos los meses, pues su exmujer seguía viviendo en la casa. Al parecer, en los papeles del divorcio la había acusado de “poco razonable”. Me reí. En el artículo no se decía, pero yo sabía lo que había pasado. Se pelearon por la casa. El banquero no supo con qué clase de mujer se había casado hasta que ella empezó a obsesionarse con los revestimientos de madera.

Pero esa no es exactamente mi historia. Nosotros nunca tuvimos revestimientos de madera.

Nunca olvidaré el momento en que entré por primera vez en el lugar al que poco después bauticé, con cariño, “el Pequeño Vertedero”. Michael y yo llevábamos juntos poco menos de un año en su estudio de Greenpoint. Con mi caja de pinturas compitiendo con unas guitarras que no paraban de multiplicarse, amplificadores y equipos de grabación, en Greenpoint ya no cabía más nada, y así fue como decidimos hacer un fondo común y alquilar algo más grande.

Hasta esa tarde, la búsqueda había sido deprimente. En Brooklyn la propiedad estaba muy por encima de nuestro presupuesto, y en cada lugar que veíamos fallaba algo. Aun cuando la nevera no estuviera en la sala ni la bañera en la cocina, enseguida nos dábamos cuenta de que ahí los residentes anteriores no habían sido felices. Es curioso el modo en que uno percibe estas cosas; el sufrimiento empapa las cortinas y las alfombras hasta volverse una presencia indeleble, como el tabaco. Tan locos de contento estábamos el uno con el otro que rechazábamos los restos de infelicidad de los demás.

Pero el Pequeño Vertedero era alegre. En el somnoliento barrio residencial de Windsor Terrace, se encontraba al final de un callejón sin salida llamado Trevanion Close, un nombre que tenía algo de íntimo y noble. Era una calle apartada, cosa nada habitual en Nueva York; cuando nos encontramos con el propietario en la acera, vimos a unos niños del vecindario sentados en medio de la calle dibujando castillos en el asfalto con tizas de colores. El dueño, muy hablador, no nos concedió más de un minuto antes de hacernos pasar, y yo, tras dar unas vueltas por la espaciosa sala, proclamé: “Creo que aquí podríamos vivir.” Y ni siquiera había visto el piso de arriba.

Cierto, esa casa destartalada de dos habitaciones era una construcción barata. Suelos de parquet, sí, pero las tablas, delgadas, crujían. Nada estaba recto: el alféizar de las ventanas de atrás estaba inclinado en un ángulo de unos quince grados hacia el rodapié; arriba, las puertas de los dormitorios colgaban todas ladeadas. El resultado era una dislocación propia de una casa de parque de atracciones, y mareaba un poco. Los accesorios eran baratos y las superficies falsas; con un diseño que pretendía hacerlas parecer de granito, las encimeras de la cocina eran de plástico. Con los años, la asquerosa moqueta marrón de las escaleras debía de haber absorbido litros de pipi de gato.

Sin embargo, por las ventanas del porche delantero el sol entraba a raudales. En la parte de atrás, una parra enorme que, en un patio minúsculo, crecía incluso más allá de la espaldera cuadrada y trepaba por la pared exterior, de ladrillo, tapaba las ventanas de la cocina y el comedor. Admiré la ambición de esa planta. A finales de septiembre, las hojas seguían anchas y verdes y me pregunté si podríamos usarlas para hacer dolmades o aprovechar la siguiente cosecha de uvas para probar a hacer vino casero. (De acuerdo, nunca acometimos ninguno de esos dos proyectos. Las hojas de parra hay que macerarlas en salmuera, y si yo no estaba por esa labor, era obvio que tampoco iba a ponerme a hacer vino. Aun así, en aquellos días los caprichos eran tentadores.) El follaje teñía el aire de verde y formaba un dosel tan grande ante los cristales que no hacían falta cortinas. En resumidas cuentas, era una casa feliz, o lo había sido.

Además, ese toque astroso e improvisado era parte integrante de su encanto. Esa casa no se tomaba a sí misma demasiado en serio —como casa, era una broma—, y eso significaba que nosotros tampoco tendríamos que tomárnosla en serio. En esos días buscábamos un entorno curioso, la levedad de lo efímero, de lo poco serio, cualidades que reflejasen que el lugar donde vivíamos, fuera cual fuese, era un mero telón de fondo. Así son las cosas cuando nos enamoramos por primera vez. Nos sentimos tan hiperreales, tan radiantes y auténticos, que nada ni nadie puede competir con nosotros, como si uno y la persona a la que ama fuesen los únicos seres tridimensionales en un mundo plano. Y por eso eran tan atractivas las indisimuladas imitaciones de esa casucha de Trevanion Close, como el ridículo mármol del lavabo del cuarto de baño (más plástico). Ese cuchitril de dos pisos tenía la atmósfera de una ciudad hollywoodense de cartón, y nos convertía en las estrellas del espectáculo.

Incluso la negociación del alquiler con el casero fue fingida, meros gestos antes de cerrar el trato. Sospecho que la casa llevaba semanas vacía y que Bob necesitaba el dinero como el aire que respiraba. (Cuando pasaron los meses y siguió sin reparar las goteras del techo del porche, empezamos a pronunciar su nombre en cursiva y poniendo los ojos en blanco.) Nos había preocupado que ese propietario nervioso y algo sospechoso insistiera en que le pagásemos con un cheque bancario, o que se asustara cuando se enteró de que éramos dos bohemios que trabajábamos por cuenta propia; pero por lo visto lo único que le importaba era el depósito. Al final, Michael le preguntó, intrigado: “¿No le interesa siquiera saber cómo nos ganamos la vida? Y Bob preguntó, pero únicamente porque Michael le había dicho que lo hiciera. Por Dios, si no podíamos creernos que estábamos en Nueva York. Quiero decir, que no éramos dos okupas ni dos irresponsables, y de un modo u otro, aceptando todos los trabajos que podíamos, pagaríamos el alquiler puntualmente, pero Bob eso no lo sabía. Viniendo de alguien que resultó ser un personaje más que dudoso, tanta confianza desconcertaba.

Sigo estando segura de que durante casi dos años Michael y yo no pudimos ser más felices en esa casa, aunque me entristece que lo que ocurrió más adelante introduzca una sombra entre aquel entonces y ahora. El presente empaña tanto el pasado que es increíble que seamos capaces de recordar algo de verdad, y es posible que no podamos.

Los amores ajenos son a la vez inaccesibles e incomprensibles para los demás, así que tendréis que creerme si os digo que estaba locamente enamorada de Michael Espiner, y él de mí. (Es triste, pero en este punto yo también tengo que creerme a mí misma.) Michael tenía unas caderas que…, unas caderas terriblemente estrechas, y ese grueso cinturón de cuero negro por encima apenas le… En aquellos días era un músico que se ganaba la vida haciendo bolos, y recuerdo que cuando iba a los clubs a verlo rasguear la guitarra, me sentía celosa de su instrumento. En los descansos nos acurrucábamos en alguno de los raídos sofás de esas cuevas de moda en las que tocaba, donde los músicos pasaban la gorra; yo apoyando la cabeza en su hombro con, ahora me doy cuenta, esa mirada soñadora y empalagosa que repugna a los demás. Tengo la sensación de que pudimos ser objeto de algunas bromas, pero, aunque lo hubiéramos sabido, no nos habría molestado. Éramos impermeables. Eso es exactamente lo que hace que a quienes por un motivo u otro no están enamorados les repugnen los tortolitos, pues a estos les importan un bledo sus náuseas.

No cabe duda de que todo ese ambiente de músicos era emocionante, pero yo no estaba encantada solo con la mística de la vida despreocupada de Michael. Me encantaba su música. No era exactamente rock, sino algo más cercano al blues, un estilo reflexivo y triste que a mí me sonaba más a Jeff Buckley. Ese ritmo perezoso que iba calando indirectamente en quienes lo oían también se contagiaba de las maneras de Michael. Cuando se sentaba, con la rabadilla en el borde del sofá, estiraba las largas piernas como desafiando a alguien a pasar para poder hacerle una zancadilla, y extendía los brazos a lo largo del cojín trasero. De Michael emanaba una sana falta de urgencia que era relajante, y eso nos hundía literalmente en cada momento como dos personajes en una secuencia de cojines de peluche. Era un hombre cuya manera nada habitual de vivir el tiempo presente hacía que uno se preguntara en qué remota dimensión del tiempo habitaban todos los demás.

Michael también tenía un lado impetuoso, capaz de mandar todo al carajo. Durante un paseo por el East Village, me metió por la fuerza en una elegante tienda retro y pidió el sombrero de mujer del escaparate, de un rojo muy atrevido con una pluma de perdiz, y sin preguntar siquiera cuánto costaba. Ciento cuarenta dólares. No podía permitírselo, pero no pestañeó. Aún me siento mal cuando recuerdo que la pluma se torció durante la última mudanza.

Pero si Michael tenía una profesión tan guay, a mí me gustaba pensar que yo también la tenía. Es posible que me interesaran las noticias sobre mansiones que le arruinan la vida a la gente porque en aquel entonces me contrataban para trabajar en muchas casas parecidas del East Side, en Manhattan. Pintaba murales interiores. Un paisaje en la pared de un cuarto de baño, un motivo selvático para la habitación de un niño. Los trabajos más duros y aburridos eran los que requerían pintarrajear remolinos de mármol en columnas de yeso, decorar el pladur con capas delgadas y variegadas para imitar el grano de la madera o, como una pintora puntillista, salpicar una superficie con los múltiples tonos grises, perla y negros de los guijarros de una playa. Así, el descarado artificio de las superficies de la cocina de Trevanion Close parecía más digno. Para esa última clase de trabajo se necesitaba una técnica particular, pues había que estilizar la ejecución justo lo suficiente para indicar que uno sabía que no engañaba a nadie. Con todo, las imitaciones, si se hacen bastante bien, a conciencia y con honestidad suficiente, tienen una belleza única. Cuando conocí a Michael, ya había acumulado yo bastantes clientes gracias al boca a boca, y podía poner mi granito de arena para que Bob no anduviera todo el día detrás de nosotros.

Lo importante es que los dos éramos autónomos, así que nos organizábamos los horarios a nuestro gusto, aunque es posible que vaya siendo hora de que aclare que, a pesar de que no planificábamos en absoluto nuestra economía, ya no éramos unos críos. Cuando nos conocimos, Michael tenía treinta y cinco y yo debía de tener treinta y tres. Bastante mayorcitos los dos para haber pasado ya por el rodillo romántico, y bastante mayores también para preocuparnos. Por lo que ya nunca iba a pasarnos. Zamparse un pollo asado frío de la sección de delicatessen de Key Food ante una reposición más de Réquiem por un sueño sin nadie ante quien extrañarse por que esa película maravillosa siguiera pareciendo tan culturalmente oscura…, bueno, eso es lo que va a ser la vida, pringar el mando a distancia con grasa de pollo y hablar solos delante de la caja tonta. Y por eso, además de estar enamorados, dábamos las gracias por estarlo. Eso sí lo recuerdo: estar agradecida.

Y cuando lo recuerdo les pediría perdón a Ed y Sandy, los vecinos de al lado. Por lo general, cenábamos fuera, en el porche, a medianoche, y a veces aún más tarde si Michael tenía un bolo; era muy raro que nos fuésemos a la cama antes de las cuatro de la mañana. Debíamos de armar jaleo, riendo, charlando, bebiendo vino, con el equipo de música a todo volumen cuando en el maravilloso álbum de Jennifer Warnes sonaba “Famous Blue Raincoat” de Leonard Cohen, nuestro tema preferido.

Dicho esto, no hacíamos ni la mitad de ruido que el pájaro. Lo llamábamos el “Pájaro Loco”. Más tarde un vecino nos explicó que el muy vocinglero que se encaramaba todas las noches al alto roble palustre, al otro lado de la calle, era un ruiseñor, conocido por su capacidad para imitar los reclamos de otras especies, pero yo como que no quería saberlo. Me gustaba que nuestro pájaro estuviera un poco chalado. Le inventamos toda una biografía: era un pájaro socialmente demasiado torpe para entender que se suponía que no debía desgañitarse a las tres de la mañana y que por eso no tenía amigos. Dado que no se decidía por una sola canción —era, más bien, el equivalente aviar de un mix de iTunes para fiestas—, no cabía duda alguna de que ese ruiseñor era esquizofrénico. Tras comparar las complejas líneas melódicas del Pájaro Loco con los riffs de Yusef Lateef, Michael prometió grabar esos conciertos a deshoras —ya se veía produciendo todo un CD inspirado en esos largos popurrís en clave menor—. Más tarde lamenté que nunca lo hiciera.

Una noche se disparó la alarma de un coche abandonado, y llegó a irritarnos tanto que le pregunté a Michael si debíamos avisar a la policía, pero cuando salimos a la calle nos dimos cuenta de que el ruido procedía de las ramas más altas del árbol de enfrente. Era el ruiseñor, entonando toda la secuencia: ¡Aaa-ah-WUUU, aaaaah-WUUU, YOW-ah-YOW-ah-YOW-ah! BIIII-baaaah-BIII-baaaaah-baaaaah… Más disfunción: nuestro pajarito había llegado a dominar la llamada de apareamiento de un Toyota Corolla.

Con todo, lo más divertido de esas escandalosas primeras horas de la madrugada eran los mapaches. Trevanion Close, callejón sin salida, acababa en un muro de ladrillo que discurría justo a lo largo de nuestra casa. Por las ventanas del porche seguíamos a esas criaturas fuertes y encorvadas, grandes como bulldogs, cuando correteaban por encima del muro; sus ojos de obsidiana captaban la luz de la farola y con el morro largo y cónico olisqueaban los ladrillos. Con sus círculos concéntricos de piel blanca y negra, como unas gafas extragrandes, parecían unos bichos inteligentes. (A su debido tiempo, ningún vecino naturalista aficionado tendría que asegurarnos que los mapaches eran muy listos, pues enseguida nos pusimos al día en internet sobre todo lo relacionado con ese “prociónido” norteamericano.) A Michael le gustaba espiar por la puerta de la calle y mirarlos a los ojos. Creía poder comunicarse con ellos, conectar en la misma longitud de onda, y yo toleraba esa tonta vanidad; al fin y al cabo, no le hacía daño a nadie. En cualquier caso, entonces me cautivaba todo lo que tuviera que ver con Michael, y esa presunción me resultaba simpática; por mi parte, llegué a imitar bastante bien el gutural trrrrrr, trrrrr de esas criaturas, a medio camino entre un gruñido y un ronroneo.

Sí, claro, sabía que los mapaches pueden ser agresivos, y nos cuidábamos mucho de asustarlos o provocarlos. También sabía que eran famosos por meterse en los cubos de basura y desparramarlo todo por la calle, pero quizá porque nuestro vecino de al lado los alimentaba tan bien —tenía una pila de compost en el patio trasero, al descubierto—, ninguno de nuestros visitantes nocturnos, a pesar de sus cinco largos dedos prensiles en las zarpas, levantó jamás las tapas de nuestros cubos para comer de gorra. Por lo que leí más tarde, esos animales podrían haber montado muebles listos para ensamblar.

En algún momento de nuestro primer verano, uno de los mapaches se puso gordísimo y Michael y yo bromeábamos diciendo que debía convertirse en portavoz de la “diversidad de peso”, hasta que, una noche, el mapache —o, mejor dicho, la mapache— bajó por el muro de contención bastante más delgada y con cinco mapachitos a la zaga. Por Dios, cuánta ternura. Toda la familia se acostumbró a venir a revolver en nuestra parra. Cada vez que oía el revelador crujido en la espaldera, llamaba a Michael en voz baja y subíamos hasta la ventana de atrás, en silencio para no espantarlos. Una vez más, lo hacíamos con cuidado —la madre no podría menos que defender a la camada—, y cuando Michael se tropezó con la mirada de mamá mapache por la tela mosquitera, procuró tranquilizarla con la mirada. Otras noches, la familia retozaba al final de la calle y las crías trepaban de una en una al poste de metal de la farola —nos parecía increíble que ya tuvieran tracción en las patas—, desde donde saltaban al muro de contención. Pruebas olímpicas mapáchicas.

Y a la hora de desaparecer nadie les ganaba. Más de una vez vimos a la madre guiar a las cinco crías por encima de esa pared hasta que ya no se las veía al lado de casa, y Michael y yo otra vez a la ventana trasera a ver si salían por el otro lado y, quizá, saltaban para hurgar en la espaldera. Pero ahí no había mapache alguno a la vista. Se habían esfumado. Era un salto de seis metros hasta el aparcamiento que teníamos al otro lado del muro, y por eso me intrigaba tanto saber dónde se habían metido.

Estoy segura de que en este punto lo suyo sería decir que “había que estar ahí”. Para la mayor parte de los norteamericanos, un mapache no es una criatura exótica, pero eran nuestros mapaches, y para nosotros eran exóticos. Junto con el Pájaro Loco, un crujido y unas vocecitas repentinas en la parra, u otro macho solitario al que avistábamos cuando bajaba por el muro, fomentaban la sensación de que vivíamos en un lugar especial. Y de que éramos especiales. Habitábamos un mundo secreto al final de una callecita privada donde la noche rebosaba de vida. Los mapaches eran, en cierto modo, unos animalitos salvajes, y nos animaban a creer que nosotros vivíamos una vida salvaje también.

Debió de ser a principios de nuestro segundo verano en Trevanion Close. Nos casamos —como para divertirnos, casi, en una rápida ceremonia civil en el Ayuntamiento del Bajo Manhattan—, actuando con la impulsividad con que la mayor parte de las parejas salen a comprar helado. Entretanto, seguíamos casi sin muebles. Debíamos de ser la única pareja de esa manzana que no tenía ni un palo en toda una habitación, el comedor, conocido también como “la sala de baile”, donde Michael y yo bailábamos al ritmo de Counting Crows con una vela encendida en medio de la pista. Me gustaba que ese lugar apenas tuviera muebles. Diáfano, sin trastos y todavía con ese aire de “acabamos de mudarnos” que también subrayaba la impresión de poder irnos en cualquier momento. Allí vivíamos ligeros de equipaje.

Cierto, la casa tenía varias cosas que eran un fastidio si uno quería instalarse en serio, algo a lo que el Pequeño Vertedero no animaba espontáneamente. El inodoro no estaba atornillado al suelo y hacía ruido cada vez que nos sentábamos, y a mí me perseguía una visión en que la taza se rajaba y lanzaba hasta el techo un géiser de aguas negras como si fuera un pozo de petróleo. Los armarios tenían esas feas puertas de lamas de los años setenta que tarde o temprano se sueltan. El linóleo de la cocina era prehistórico, y de un blanco desastroso; por si fuera poco, la superficie protectora estaba gastada. Cuando uno de los dos se decidía a fregar, el suelo ya estaba prácticamente negro. Con todo, nos acostumbramos a rodear el cubo que pusimos en el porche, donde, tras un aguacero, las goteras sincopaban la última grabación de Michael. Ninguno de esos defectos nos incordiaba mucho. Yo intentaba barrer las migas para tener a raya a las cucarachas —algunas formas de vida salvaje no eran bienvenidas—, pero por lo demás, qué diablos, Michael era músico y ya se sabe lo poco que les importan a los músicos esos rollos domésticos, y yo había crecido en una casa fría e impersonal de un barrio residencial, en Scarsdale, a rebosar de chismes para cortar bagels y máquinas eléctricas para hacer pan que nadie usaba jamás; los inodoros eran tan silenciosos que me ponían nerviosa. Ahí todo funcionaba demasiado bien. Así pues, el carácter estrambótico de la “casa inclinada” de Trevanion Close fue una liberación.

No obstante, al parecer la idea de que podíamos irnos cuando se nos antojara era precisamente eso, una idea; más concretamente, la idea que teníamos de nosotros y de la que no queríamos desprendernos. Por ejemplo, un poco más adelante ese mismo verano, una tarde oímos unos golpes impacientes en la puerta de entrada. Reconocí a la mujer autoritaria y pechugona que subalquilaba la casa de enfrente mientras los Carter pasaban unas largas vacaciones en Creta. Aunque no era mayor que yo, tenía cierto aire de matrona. Ya me había llamado la atención antes porque vivía reprendiendo o dando instrucciones edificantes a su hija de cuatro años, y a un volumen que se la oía en todas las casas de esa calle. Exhibicionismo materno, pensé, más para la galería de adultos que para la cría. Parecía una de esas madres modernas que se volvían unas moralistas por haber hecho el noble sacrificio de la reproducción y vivían deseando que se lo reconocieran.

—¿Crees que el propietario de esta casa querría vender? —empezó diciéndome con voz cortante, y sin presentarse—. Porque esta calle sin salida es genial para los niños, ya sabes. No tiene tráfico ni nada.Yo mantuve la puerta mosquitera cerrada.

—No lo sé —dije con cautela.

—¿No podrías preguntárselo? Mi marido y yo estamos buscando para comprar y ya le hemos echado el ojo a esta calle.

Traducción: ellos tenían derecho a vivir ahí y nosotros no. Porque era genial para los niños. Puede que me duela porque Michael y yo nunca tuvimos hijos, pero sinceramente…, los padres de hoy piensan que el mundo les debe el sustento y algo más.

Contesté con unas evasivas más parecidas a ruidos ininteligibles y me quité de encima a esa bruja, pero en privado empecé a sentir pánico. Vivíamos en un raro rincón de Nueva York donde la gente se hablaba. Un vecino debía de haber chismorreado que Bob estaba siempre sin blanca y que podría querer deshacerse de la casa si encontraba quien le pagara bien. Y debía de ser verdad. En ese momento tomé conciencia de que yo amaba esa casa, de que me encantaba trasnochar con Michael junto a la susurrante parra y el Pájaro Loco y las Olimpiadas de los mapaches, y que no estaba dispuesta a permitir que alguien se la quedara, que la gruñona madre modelo me quitara los ruidosos suelos de parquet que yo pisaba.

Iré al grano. Compramos el Pequeño Vertedero. Aunque no, obviamente, sin hacer algunos cambios. Confieso que los padres de Michael y los míos nos ayudaron con la entrada. Pero… ¿qué banco iba a dar una hipoteca a dos autoempleados, una pintora de murales y un guitarrista de blues que en una buena noche apenas se sacaba unos cuarenta pavos y unas copas? Yo tenía bastante trabajo porque era buena en lo mío y estaba motivada, y no creo que acabara siendo una mala opción trabajar para una empresa de diseño comercial, aunque cuando me invento un logotipo o la tapa de un catálogo de ordenadores a veces echo de menos pintar, a la manera de Rousseau, leonas tumbadas junto a la litera de un niño de seis años. Los motivos que imitaban los guijarros de playa tampoco me tenían sentada delante de una pantalla todo el día, y lamento no volver más a casa con manchas de amarillo cadmio en el pelo. No obstante, me emociono cuando encuentro una botella de salsa de chile habanero con una etiqueta que he diseñado yo, y con un trabajo fijo se gana más, claro. Reconozco que cuando Michael empezó a llevar el Slide, un pequeño club de jazz de Fort Greene, la cosa no funcionó tan bien. Si bien a primera vista había parecido ideal para él, el que lleva un club no puede tocar, y el trabajo, más que de trastes, iba de encargar barriles de cerveza. Con todo, estoy convencida de que, de no haber sido por la casa, nuestro matrimonio habría capeado bastante bien la transición a un empleo formal.

La extraña alarma debería haber sonado antes de que cerrásemos el trato. Michael siempre había hecho gala de un porte informal, no por eso menos elegante. Andaba con un paso lento que podía calificarse de almibarado. Solía hacer una pausa lánguida entre una pregunta y la respuesta, lo que dura un bostezo, como si estuviera preguntándose si valía la pena tomarse la molestia de contestar. Antes de que hiciéramos la fatídica llamada a Bob, nada ni nadie lo ponía nervioso, convencido de que con el tiempo la mayor parte de los problemas se resolverían solos. Mientras buscábamos un lugar para alquilar, me desesperaba pensando que nunca encontraríamos una casa asequible que no fuera un tugurio, pero él había susurrado que ya encontraríamos la casa perfecta, y tenía razón. Sin embargo, mientras aún seguíamos regateando con el casero por la escandalosa cantidad que pedía, Michael pasó toda una noche angustiado y diciendo que nunca conseguiríamos un seguro del hogar para una casa tan visiblemente destartalada, y mucho menos con una instalación eléctrica tan antigua. ¿Cómo iban a concedernos la cédula de habitabilidad? En algún punto en la mitad de ese tedioso mesarse los cabellos, reaccioné sorprendida y deliberadamente tarde. Cuando nos conocimos en el CBGB, yo no podría haber imaginado que de la boca de Michael alguna vez saldrían las palabras seguro del hogar.

Él tampoco nunca había parecido especialmente interesado en el mantenimiento de una casa, y dejaba los tejanos sucios desparramados por el dormitorio, pero incluso antes de firmar el trato lo atacó una súbita neurosis de higiene: sacudía la colcha minutos enteros hasta que el ribete quedaba perfectamente alineado con el borde del colchón y me reñía para que colgara el kimono en el gancho.

Después, cuando por insistencia del banco llamamos a un técnico para que certificara que la casa no se caía a pedazos, sacamos del mohoso sótano al remilgado y diligente hombrecito y lo llevamos al patio trasero. El experto miró detenidamente la parra, que entonces ya trepaba deliciosamente hasta el segundo piso y se enroscaba en los cables del teléfono, y chasqueó la lengua:

—No es aconsejable —anunció, marcando un severo visto en su bloc.

—¿La parra? —dije—. ¿Por qué no?

—No es aconsejable —repitió como un robot. Pero lo preocupante fue que cuando me volví hacia Michael con los ojos en blanco, en lugar de verlo sonreír conmigo por ese pringado que estaba faltándole el respeto a nuestra fantástica parra, vi que mi flamante marido asentía severamente con la frente arrugada. A partir de entonces ya no dejé de oír que las uvas atraían a las ardillas y que las ardillas roerían la tela mosquitera de las ventanas. Y que las uvas, cuando se pudrían, se llenaban de insectos. Cuando defendí la parra diciendo que confería a la cocina y el comedor —ya habíamos dejado de llamarlo sala de baile— el exuberante toque botánico de un invernadero, repitió, sin rastro detectable de ironía y con el mismo sonsonete robótico: “No es aconsejable.”

Sospecho que para alguna gente que siempre ha vivido a su aire asumir responsabilidades la vuelve más fiable; la hace tocar más de pies a tierra, digamos. Es lo que se dice que ocurre cuando se tienen hijos; pero también es posible que exista algo llamado volverse demasiado responsable.

Por mi parte, después de firmar estaba muy entusiasmada con el proyecto de reparar algunos de los desperfectos que he mencionado, y no presté atención a que, antes de comprar el Pequeño Vertedero, el suelo de la cocina no me había molestado tanto. Lo cambiamos, y el brillante Forbo Marmoleum rojo habría quedado de fábula si en cuanto estuvo instalado Michael no hubiera empezado a pasarle la fregona todos los días como si se acabara el mundo, y hasta se agachaba para rasquetear con la uña un pedacito de cebolla mientras yo intentaba cocinar. Me habría alegrado bastante poder cambiar el lavabo del cuarto de baño, pero, dado que al parecer ese modelo era un vanity, comprarlo habría sido una humillación. Tomándose a pecho el término, Michael, claro, limpiaba con kilos de polvo Bon Ami el mármol que en realidad era plástico cada vez que terminaba de cepillarse los dientes, y recogía cada gota seca de Colgate igual que hacía con los trocitos de cebolla en el suelo de la cocina. Juro que su manera de andar fue volviéndose más rígida, los pasos más cortos y rápidos y un punto nerviosos.

Al final me dispuse a colgar algunos cuadros, mejor dicho, pósters de antiguas actuaciones de Michael. Él, en cambio, seguía preocupado únicamente por los “problemas estructurales”. A veces, cuando volvía a casa y lo encontraba en medio de la sala, preocupado por una manchita marrón que acababa de descubrir en el techo, yo tenía la impresión de que llevaba un buen rato estirando así el cuello. Los sábados dedicaba media hora larga a inspeccionar los suelos y los armarios, con el ceño fruncido, en busca de grietas. Quería arreglar los ladrillos de la fachada, rellenar una hendidura que había aparecido en las escaleras de la entrada, romper y cambiar la placa de hormigón que lindaba con un patio trasero que más bien parecía un nido de ratas cubierto de hierbajos. No tuve más remedio que señalar que ninguna de esas aburridas y poco prometedoras “mejoras” conseguiría que vivir en esa casa fuese ni un ápice más placentero. Con una paciencia paternalista, me dijo que no tenía nada de malo “embellecer el lugar”, pero que también había que mantenerlo. No acabé de creerme que usara esa palabra, “embellecer”. Me hizo sentirme infantil y frívola.

En fin… No olvidemos a todos esos terapeutas de la radio que hacen hincapié en la importancia de los acuerdos conyugales. Durante nuestro primer verano como propietarios, Michael empezó a preocuparse por el hueco de veinticinco centímetros que se abría entre el Pequeño Vertedero y el muro de contención, porque ahí se juntaba agua de lluvia (en la vida de mi marido, antes los enemigos solían ser los riffs manidos o las baterías electrónicas; ahora su principal adversario era la humedad). Yo no dije: “¿Y a quién demonios le importa?” No. Como era una buena esposa —una palabra con la que todavía no me sentía cómoda—, coincidí con él, sobre todo viendo que la pequeña zanja estaba tapiada con ladrillos en los dos extremos y que probablemente ahí sí, de verdad, se juntaba mucha lluvia. Ese lado de nuestro amado porche delantero era de madera, y por una vez Michael tenía razón. Los listones podían pudrirse y llenarse de termitas. Así pues, accedí a que llamara a una empresa de reformas para que lo sellaran. Claro que eso significaba que seguramente gastaríamos cientos, si no miles de dólares, en los que sin duda alguna eran los metros cuadrados más inservibles de toda la propiedad.

O al menos eso pensaba yo.

—¿Y eso qué les parece que es? —Habíamos llamado a la empresa de construcciones tras acordar un presupuesto, y Michael y yo y el experto salimos fuera por la ventana del comedor. Cuando el hombre apuntó la linterna hacia el oscuro recoveco entre el muro de ladrillo y la casa, Michael y yo nos inclinamos hacia delante para seguir el haz de luz. Algo se movía entre las sombras. Di un salto.

—¿Es gato? —dijo el hombre, que era de Bangladesh o algo así.

—No sé, es posible —dije, y volví a mirar con cautela.

—¡Miren, es más de uno!

Justo en ese momento la linterna iluminó una cola peluda parecida a un látigo con anillas negras y blancas.

Cuando reconocí a nuestra encantadora familia de mapaches, vi que las crías ya habían crecido lo suficiente para reproducirse. En una palabra, que habían anidado en esa cavidad profunda y estrecha que separaba la casa del muro. Hasta yo cambié de actitud. Pues ya no eran visitantes nocturnos; eran nuestros inquilinos.

Tiendo a echarle la culpa a Michael, pero para ser justa he de decir que ese asunto de la cuestión territorial es bastante primitivo, y que hay una diferencia emocional enorme entre tener huéspedes y tener invasores. Esos animales no vivían en la casa propiamente dicha, pero cerca, y todos esos mamíferos que cagaban, meaban, se apareaban y traían al mundo camadas enteras al lado de nuestra sala me hacía sentirme también un poco intranquila. Sea como fuere, Michael experimentó algo más que un mero cambio de actitud.

—Son alimañas —declaró esa misma noche, sentado al ordenador y bajándose una página web tras otra—. Así los clasifican en Nueva York, pero el ayuntamiento se niega a hacerse responsable de ellos. Muerden. Tienen la rabia. Y las heces pueden tener lombrices.

—¡Qué horror! —dije, consternada, mientras intentaba dejar un bol de pasta en la mesa donde él estaba trabajando.

—Lo es —dijo Michael, con la servil voz de padre que por lo visto acompaña al hecho de ser propietario—. El año pasado dos chicos se infestaron con lombrices, y en Brooklyn. ¡De los mapaches! ¡Un bebé acabó con daños cerebrales y una adolescente quedó parcialmente ciega!

—En consecuencia, no son aconsejables —dije, en un tono intencionadamente inexpresivo.

—Y que lo digas —dijo, sin captar mi alusión—. Y adivina, a ver si adivinas…, ¿cuál es su comida preferida?

Me arriesgué.

—Globos oculares humanos.

—Uvas.

Me dio un vuelco el corazón. Adiós, parra, pensé.

Ese mismo fin de semana, Michael atacó el tronco principal —quince centímetros de grosor, grande como un árbol—. Como solo teníamos un serrucho manual, el trabajo duró un cuarto de hora y a Michael le salieron ampollas en las manos. Cuando terminó de cortar, los muchos tributarios del tronco ni siquiera temblaron; antes bien, parecían llenos de vida, e indiferentes a lo que ocurría a su alrededor, seguían colgando por encima de los racimos de uvas verdes de piel dura como si nada hubiera cambiado. Era como mirar correr por el corral a un pollo decapitado. Pronto del corte empezó a manar savia, y del tocón seguiría haciéndolo varias semanas, como de un miembro amputado y sin vendar.

Habíamos pedido prestadas una podadora y una escalera de mano extensible a los vecinos de al lado; uno de los últimos favores que pediríamos jamás a Ed y Sandy, pues esa semana Michael enfrió para siempre nuestra relación tras una bronca por la pila de abono. (“Se supone que nunca hay que tener un montón de basura como ese sin cercarlo por completo”, espetó más adelante a esa pobre pareja, tan ecoconcienciada, gente tranquila y agradable que arrancaba el celofán de los sobres para reciclarlo y nunca se había quejado mucho cuando nos quedábamos armando barullo hasta bien entrada la noche. “Cito”, dijo, leyendo la página que había impreso: “No deje comida de ninguna clase en pilas de compost al aire libre; es conveniente usar una estructura segura y cerrada o un compostador accesible en comercios, a prueba de mapaches, para impedir que se acerquen y quedar expuestos a sus excrementos. ¡No me extraña que esta calle esté plagada!”) Michael arrancó rama tras rama de los zarcillos que se aferraban desesperadamente al muro; para cualquiera se habría parecido a arrancar de los brazos de la madre a unos niños que lloran y berrean. Con tristeza podé los vástagos caídos en trozos más pequeños y parejos, los até con un cordel para recogerlos. Fue un asesinato. De eso no me cupo duda alguna.

El proyecto consumió todo el día, y la mañana siguiente, cuando nos levantamos, yo no conseguía recordar la última vez que me había deslomado tanto para empeorarme la vida. La luz entraba con fuerza por las ventanas de atrás; antes se había asemejado al resplandor agradable y cálido de una lámpara de escritorio, ahora se parecía más a la de una bombilla de cien vatios desnuda que colgara del techo. De repente, el ambiente del Pequeño Vertedero amaneció transformado. No sé cómo explicarlo, solo sé decir que la casa se veía más ordinaria. Más fea, inhóspita. A medida que el sol fue subiendo, la luz de julio convirtió el lugar en un horno. Solo noté que habíamos acabado brutalmente con el frescor con que la parra había envuelto hasta ese día la planta baja.

Michael seguía conectándose a internet todas las noches; sus continuos comentarios recordaban las advertencias que periódicamente enviaba el Fondo Mundial para la Naturaleza. “¿Te das cuenta? Esos cabrones son tan fuertes, tan astutos y ágiles que son capaces de coger un aguacate de un árbol, tirarlo y darle a un perro a seis metros de distancia. Atacan a las mascotas, entérate.

—Nosotros no tenemos mascotas —dije con voz cansina.

—Los Carter tienen gatos, y nosotros acogiendo al enemigo.

Por lo visto, los mapaches habían ocupado el lugar de la humedad.

—Y ese cementerio al otro lado de la Prospect Expressway, ¿eh? —creo recordar que comentó un rato más tarde—. ¡Pensábamos que éramos solo nosotros, pero lo han invadido! Han atrapado más de quinientos de esos monstruos en los últimos diez años, y ese hombre del cementerio cree que debe de haber miles de mapaches en el recinto. Se comen las flores y cavan hoyos en la hierba. ¡En Brooklyn son una epidemia!

—Epidemias son las enfermedades.

—Da igual. Una plaga, entonces. —Otra vez ese entrecejo fruncido.

Y pensé: Esta es la clase de competición que ya he visto en otras parejas quisquillosas que me daban lástima.

Por supuesto, Michael estaba obsesionado sobre todo con la zanja; yo no sabía de qué otro modo llamarla, pues ese espacio entre la casa y la pared era un ridículo segmento de nuestra propiedad, y tan raro que en realidad no tenía nombre. El hombre de las reformas propuso rellenarlo con cemento, pero antes teníamos que sacar a los animales. Me afligía la imagen de las crías gritando mientras las enterraban vivas en cemento húmedo, una versión menor del cuento de Poe.

—Hay trajes especiales que se pueden alquilar para ir a atraparlos —dijo Michael, echando humo—, pero cuestan una fortuna y estos guarros que se alimentan de la comida ajena tienen memoria de elefante. Y da igual que los lleves a kilómetros de aquí, siempre vuelven. El verdadero peligro de dejarlos sin su hábitat es que se quedarán aquí y tratarán de entrar. ¿Sabías que son capaces de girar los picaportes?

—No si uno cierra con llave.

—Les encanta hacer sus madrigueras en los desvanes, y en el tiro de las chimeneas. Será mejor que vayamos a mirar el tejado.

A última hora de la tarde del día siguiente descubrí, en efecto, que la trampilla estaba abierta y Michael en el tejado. Estaba montando algo parecido a una absurda estructura de alambre alrededor del tubo de humo de la caldera.

Calculo que todo ese despotricar delante del ordenador no duró más de una semana, pero fue una semana larga. Al final llamamos a un operario para que rellenase la madriguera con escombros y cemento, y también para que encontrase una manera de espantar antes a esas criaturas. Michael estaba convencido de que atacarían en cuanto vieran amenazada su casa, que se abalanzarían sobre nosotros dispuestos a clavarnos las zarpas. Estaba seguro también de que se vengarían.

—¿Ah, sí? ¿Cómo? —dije, y reconocí ese tono malicioso que tiñe las discusiones de algunas otras mujeres casadas en el supermercado y que se oyen desde el otro lado del pasillo.

—Son destructivos —repuso Michael con condescendencia—. Tú no has investigado. No tienes ni idea de lo que son capaces. No son bonitas y cariñosas criaturas de los bosques, Kate. Son animales portadores de enfermedades, son violentos, apestan, cagan por todas partes y son alimañas. Oficialmente.

La noche anterior al último día de trabajo del operario, tuvimos el privilegio de volver a ver a nuestros inquilinos, encaramados al muro de contención en su camino de vuelta a casa; pero Michael, en lugar de sacar la cabeza por la puerta mosquitera para mirar a los ojos encendidos de los mapaches en esa rara comunión interespecies de antaño, se precipitó a cerrar la puerta de la calle, con llave, aunque la mosquitera ya tenía el pestillo echado. Después se fue corriendo a la parte de atrás, cerró con fuerza todas las ventanas, también por dentro. Era julio y ahí ya no corría una gota de aire. El calor se volvió sofocante. Cenamos en silencio; el sudor nos resbalaba por el cuello.

Al final fue bastante sencillo. El operario, que parecía más divertido que asustado al vernos en semejante aprieto, subió a la espaldera con la manguera del jardín, la abrió y arremetió contra el pozo. Dos adultos y un adolescente, empapados, treparon por los escombros que eran su rampa de entrada y de salida, y se largaron por encima de la espaldera a casa de Ed y Sandy, donde, imagino, los esperaba la pila de compost, todo un almuerzo de tres platos. Después de tanto ver a Michael retorcerse las manos, controlar la plaga con una tecnología barata fue un anticlímax.

Esa noche, cuando el “hábitat” estuvo sellado y de color gris, oímos algo parecido a un maullido delante de la ventana de la cocina. Era un mapache más joven, no un bebé exactamente, sino el equivalente a un niño de diez años. Supusimos que había estado dando vueltas por ahí durante la conmoción de la tarde y que al volver a casa descubrió que su familia se había ido y que el lugar estaba embadurnado con algo sólido, como un crío que al regresar del colegio mientras los padres todavía están en el trabajo encuentra un aviso de desahucio en la puerta y que el casero ha cambiado las cerraduras. No sabía dónde estaba su madre, y lloraba y lloraba en la espaldera, pelada ahora. Debía de tener hambre; esa despensa al aire libre, hasta entonces bien provista, de pronto se había quedado sin uvas. Al cabo de un rato no lo soporté más, y en cuanto terminamos de lavar los platos propuse que nos acostásemos temprano.

Michael se puso paranoico pensando que los mapaches se “vengarían” durante lo que quedaba del mes. Juró que contra esos saqueadores, las cutres mosquiteras que teníamos, en cuanto protección, eran igual de ineficaces que las telarañas. Cenar en el porche con todas las ventanas cerradas durante una ola de calor era inaguantable. El aire, agobiante y estático, intensificaba la sensación de que no ocurría nada y de que nada volvería a ocurrir jamás. Por primera vez sentimos la desesperanza metafórica de vivir en un callejón sin salida.

Una vez que nuestros mapaches renunciaron a abrirse camino por el techo o a meterse por el tubo de la caldera, apenas protegida por el alambre que había colocado, en agosto Michael se sosegó. El Slide cerró por vacaciones del personal. Un fin de semana por la noche, una ocasión rara hoy día para una pareja que trabaja a jornada completa, volvimos a trasnochar, a descorchar una botella de vino y abrimos las ventanas. A eso de las tres de la mañana le llamé la atención sobre el estremecedor silencio que reinaba.

—El Pájaro Loco —dije—. Se ha ido.

Pasaron los meses y yo seguía esforzándome por detectar de nuevo a nuestra lista de reproducción privada, pero el ruiseñor había volado y nunca más volvió a su percha en las ramas más altas al otro lado de la calle. Puede que entre los ruiseñores y los mapaches exista una simbiosis, pero lo que pensé es que estaba castigándonos.

Sé que nos llevó un tiempo, y no quiero ser simplista. Había otros problemas. Entretanto terminamos de arreglar la fachada de ladrillo. Reemplazamos la losa de hormigón rota que sostenía el desagüe del patio trasero, pero la nueva también se resquebrajó antes de cumplir un año. Cambiamos la caldera cuando a Michael empezó a preocuparle que fuera tan antigua, y también el calentador de agua cuando él ya no quiso salir los fines de semana por miedo a que se inundara el sótano. Pusimos un inodoro nuevo, bien atornillado al suelo para que no traqueteara. Ahora la casa está mejor protegida contra el agua que cuando la compramos, pero dudo de que alguna de esas “mejoras” aumentara considerablemente el valor del Pequeño Vertedero cuando lo vendimos. Oh, sí, la separación fue amistosa, como suele decirse, y estuvimos de acuerdo en dividir por la mitad el dinero que sacamos de la venta de la casa y de todos los muebles; así y todo, era tan poco que cuando nos lo repartimos los dos tuvimos que volver a alquilar.

El matrimonio puede ser una olla tapada repleta de sorpresas, pero lo que hay debajo de la tapa es tan oscuro e insondable como la olla vista desde arriba. Si le preguntaran a Michael qué falló, apuesto a que sería incapaz de decirlo. En cuanto a mí, sé que esta es una historia que solo me cuento a mí misma, pero sigo creyendo que todo fue por los mapaches. Matamos la parra y ahuyentamos a las “alimañas”, y estoy segura de que convencimos al Pájaro Loco de que la vida en Trevanion Close se había vuelto un poco demasiado cuerda. Perdimos el lado salvaje. De hecho, después de rellenar el hueco entre la casa y el muro, empezamos a tener la impresión de que, más que ahuyentar a la vida salvaje, la dejamos escapar. Nos había abandonado, punto.

Eso sí, los mapaches volvían de vez en cuando. Según leí en internet, los grupos de mapaches montan una letrina separada del lugar donde viven. A veces me pregunto qué distancia recorrerían nuestros inquilinos desahuciados hasta el montículo de cemento, su antigua madriguera, para dejar allí las rúbricas negras y apestosas de su desdén.

 

• Lionel Shriver, Propiedad privada. Diez cuentos entre dos novelas cortas, trad. de Daniel Najmías, Barcelona, Anagrama, 2020, 408 p.

 

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