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En la National Portrait Gallery de Londres, los retratos de Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury en la primera mitad del siglo XVI, y de sir Matthew Wood, alcalde de Londres de 1815 a 1817, nos permiten hacer un experimento mental: si tuviésemos que dejar nuestra posesión más valiosa (un hijo, un gato, las joyas de la familia, nuestra colección de nexos…) al cuidado de uno de ellos, sin siquiera conocer los datos biográficos ya mencionados y basándonos sólo en sus rostros, ¿a quién elegiríamos?

Ilustración: Oldemar González

En especies sociales como la nuestra, cuya sobrevivencia depende de las relaciones interpersonales que mantenemos durante nuestra vida, apenas es posible exagerar la importancia de confiar en los demás. Al hacerlo, nos ponemos en las manos de alguien cuyo comportamiento no controlamos, y arriesgamos en menor o mayor medida nuestro bienestar con la esperanza de recibir algo recíproco.

Como de nuestra habilidad de inferir en un instante qué tan confiable es un desconocido puede depender si continuamos vivos o no, la selección natural ha favorecido que juzguemos de manera muy precisa la positividad de un rostro en tan sólo unos milisegundos (menos de 100, de acuerdo con mediciones experimentales). Una cara que expresa emociones positivas, como la alegría, nos invita a aproximarnos, mientras que una expresión negativa, como la ira, nos alerta de alejarnos. Mucho menos precisa es la sobregeneralización que hacemos al asociar estrechamente esta positividad facial, o el atractivo físico, con la confiabilidad de una persona.

Puede ser problemático que la enorme mayoría de nosotros coincidimos a la hora de concluir si confiar en alguien tras verle la cara. Incluso después de contar con información que nos permitiría cambiar de opinión, persistimos en nuestro error cuando de entrada etiquetamos a una persona como no confiable. Lo que es entendible desde un punto de vista evolutivo, pues confiar en un lobo con piel de oveja nos perjudica mucho más que desconfiar de una oveja a la que adjudicamos actitud e intenciones lobunas.

Resultados experimentales indican que perso nas cuyas caras lucen menos confiables tienden a ser juzgadas como culpables de hipotéticos crímenes con una menor cantidad de evidencia incriminatoria. Un estudio con convictos por asesinato en Florida mostró que los acusados con rostros percibidos como menos confiables fueron quienes recibieron en el año 2014 sentencias de muerte.1

Junto con las expresiones faciales positivas y el atractivo físico, los investigadores han hallado que la relación ancho-altura facial (mejor conocida como FWHR, por sus siglas en inglés) es una medida que predice de manera confiable la confianza —valga la redundancia— que nos inspira un rostro al no tener otra información. Rostros con un valor alto de FWHR (anchos y cuadrados), como el del actor Jack Nicholson, son percibidos como menos confiables. Esto no es ocioso al tener en cuenta que un rostro así, comparado con otro de bajo FWHR, está asociado con una mayor producción de testosterona y, por tanto, con mayor agresividad, y al ser ésta una emoción negativa, con baja positividad.

Experimentos en los que los valores de FWHR son artificialmente modificados por computadora prueban que también los macacos (Macaca mulatta y Macaca fascicularis) usan este rasgo morfométrico para juzgar qué tan confiables somos los humanos.2 Tal detalle sugiere que compartimos con aquéllos, y posiblemente con otros primates, mecanismos neuronales similares en nuestra evaluación automática facial de confiabilidad intra e interespecie (falta ver si podemos distinguir al macaco con el rostro más confiable), lo que en nuestro caso involucra especialmente a la amígdala, al ser la región del cerebro que regula la mayoría de nuestras reacciones emocionales.

Otros indicadores visuales —no siempre muy confiables— de confiabilidad que usamos típicamente son la semejanza facial y la etnicidad; éste último tiene que ver con el primero: evaluamos como más confiables a quienes percibimos más similares a nosotros. Aunque no solemos pregonar a los cuatro vientos que confíen en nosotros, la selección sexual ha configurado a la voz masculina para comunicar mayor dominancia, atractivo sexual y calidad genética entre más grave sea su tono (consecuencia de niveles más altos de testosterona); al menos las mujeres sí pueden juzgar al emisor de estos sonidos de baja frecuencia como una pareja sexual menos confiable.3

Quienes comparten el mismo tipo de tatuaje son considerados merecedores de mayor confianza.4 Si una persona decide tatuarse un motivo cristiano es muy posible que parezca más confiable para quien lleva tatuada una cruz en la espalda, pues es identificada como parte del mismo club; el inconveniente es que será vista con recelo por personas con tatuajes de desnudos, violencia y otros temas menos píos.

Más allá de la primera impresión, la confianza se construye con base en sucesivas interacciones. En psicología y economía conductual, este proceso suele simularse con el muy apropiadamente llamado Juego de la Confianza: dos jugadores A y B deben repartirse cierta cantidad de dinero bajo diversas condiciones previamente establecidas por los investigadores, con el riesgo de que en cada ronda A o B decidan aprovecharse de la confianza y del dinero depositados por el otro jugador y abandonar el juego. Al contrario de lo predicho por la teoría de juegos, la mayoría de las personas tienden a confiar y actuar en reciprocidad durante la partida, y no a comportarse como unas ratas… o más bien sí, ya que, a pesar de su mala reputación, las ratas —animales altamente sociales, como nosotros— son sujetos confiables en estudios experimentales sobre la confianza que involucran manipulaciones cerebrales.5

De vuelta en la National Portrait Gallery: los 1962 retratos que alberga (pintados en el intervalo de 1505 a 2016) han permitido determinar, con ayuda de un algoritmo que evalúa automáticamente qué tan confiable es el rostro retratado, que la confianza dentro de la sociedad inglesa ha aumentado a lo largo de cinco siglos, y que el mejor predictor de ello ha sido el crecimiento económico y no los cambios en las instituciones políticas. Al tomar los 4106 retratos de la Web Gallery of Art, este resultado pudo generalizarse para Europa entera.6 Aquí, en confianza, ¿qué concluiría la repetición del estudio con retratos de México y el resto del mundo?

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Wilson, J. P. y Rule, N. O. “Facial trustworthiness predicts extreme criminal-sentencing outcomes”, Psychol. Sci., 2015.

2 Costa, M., y otros. “Implicit preference for human trustworthy faces in macaque monkeys”, Nat. Commun., 2018.

3 Schild, C., y otros. “Linking men’s voice pitch to actual and perceived trustworthiness across domains”, Behav. Ecol., 2020.

4 Timming, A. R. y Perrett, D. I. “An experimental study of the effects of tattoo genre on perceived trustworthiness: Not all tattoos are created equal”, J. Trust Res., 2017.

5 Van Wingerden, M., y Van den Bos, W. “Can you trust a rat? Using animal models to investigate the neural basis of trust-like behavior”, Soc. Cogn., 2015.

6 Safra, L., y otros. “Tracking historical changes in trustworthiness using machine learning analyses of facial cues in paintings”, Nat. Commun., 2020.