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Hagar Shipley tiene noventa años. Viven con ella su hijo y su nuera, los dos cerca de los setenta. Llevan una vida común y corriente, ordenada, monótona, con sólo los inconvenientes de la vejez: una caída, un olvido, discusiones que no van a ninguna parte. No se atreven a decirlo, pero Marvin y Doris piensan que Hagar estaría mejor en un asilo, mejor cuidada, y con gente de su edad. El problema es que Hagar Shipley no es como se supone que deben ser los ancianos: ni dócil ni frágil ni resignada. Descubre todos los días sus limitaciones, las entiende, pero no renuncia a vivir su vida, a su manera —y no admite que nadie tome decisiones por ella. Sabe que se irrita con facilidad, sabe que a veces es injusta, sólo que Doris le resulta insufrible.

Ilustración: Estelí Meza

The Stone Angel es la primera novela del ciclo de Manawaka, de Margaret Laurence: un relato de una intensidad abrumadora. En un monólogo interior Hagar recuerda, descubre de nuevo su vida: a ratos confundida, impaciente, orgullosa, con un sentido del humor que resulta conmovedor. Sería imposible resumir el argumento, y no tiene la menor importancia. Pero Hagar Shipley es un personaje absolutamente inolvidable, y sus pequeños gestos de desafío, de compasión, de energía, resuenan mucho después de acabada la lectura. No recuerdo otro libro que evoque la vejez con la misma inteligencia luminosa, compasiva, emocionada —acaso es eso, que la vejez, esa vejez de una vida pequeña, gris, resulta emocionante.

La segunda novela, A Jest of God, es una pequeña obra maestra de concisión y de equilibrio. Es otra vez el pueblo imaginario de Manawaka, en Canadá, en los cincuenta. A sus treinta y cuatro años, Rachel Cameron es una solterona, una profesora de primaria que vive con su madre, en un modesto e inquebrantable encierro hecho a base de pequeñas virtudes domésticas: amor filial, espíritu de sacrificio, sentido del deber, también una inagotable necesidad de afecto, de dar y recibir afecto. La estructura del libro es simplísima, un solo monólogo interior de Rachel: contenido, atento, incisivo, por momentos irónico, en el que aparece la vida del pueblo con un detalle exquisito. Y vemos también, bajo la misma mirada, el enamoramiento de la tardía adolescencia de Rachel.

En The Fire Dwellers está la vida de la hermana de Rachel, Stacey, un ama de casa con cuatro hijos, un marido preocupado sobre todo por su trabajo, el mundo que llega a través de los titulares de los noticieros de televisión, la reunión en casa de la vecina para vender envases de Tupperware. No hay nada misterioso ni terrible en ese mundo, apenas esa casi nada de la que está hecha la vida. El texto transita del pasado al presente, de la realidad a la fantasía, de la descripción objetiva al diálogo, a la imaginación de Stacey, los pasajes del libro que no escribirá, y ese mundo perfectamente ordinario, cotidiano, adquiere de pronto la dignidad de la tragedia clásica —la de nuestra humanidad.

La infancia de Vanessa MacLeod, A Bird in the House, aparece fragmentada, en pequeños episodios que van formando un mosaico cuya imagen apenas se puede entrever al final. En una visita, una muerte, en la tía que se esconde para fumar, Vanessa aprende a entender los silencios, aprende a interpretar todo lo que no se dice —porque la infancia es eso, descifrar lo que se calla. Es prolegómeno para The diviners, que es sencillamente monumental, la vida toda de Morag Gunn: el matrimonio, el desencanto, la maternidad, la esperanza.

En esas vidas de mujeres, de esas mujeres absolutamente concretas, inolvidables, estamos todos. No me cabe duda de que cuando el tiempo haga su selección, quedará como uno de los más grandes ciclos narrativos del siglo XX.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.

 

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