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En el encuentro entre el presidente estadunidense y el presidente López Obrador, Joe Biden se dijo devoto de la Virgen de Guadalupe. La intención política del gesto es obvia: aportar un elemento de identificación con los mexicanos. El presidente López Obrador, ni tardo ni perezoso, equiparó a la Virgen con Benito Juaréz. Dijo que ambos eran símbolos de la “pluralidad mexicana”. Es la primera vez que el presidente mexicano se refiere a la diversidad de la sociedad que gobierna y a la que normalmente representa como formada por una élite y el pueblo.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

Me pregunto qué pasó. Al presidente se le escapó un gazapo de gran tamaño que prueba que su discurso tiene poco que ver con lo que realmente piensa, y que la brecha entre lo que dice y lo que cree es mucho mayor de lo que sospechábamos.

Pero hablemos de otra cosa que no sea el presidente. Joe Biden es el segundo presidente católico que ha tenido Estados Unidos. John F. Kennedy también lo era y también fue a la Basílica con su esposa cuando vino a México en 1962. Ambos se arrodillaron delante de la tilma de Juan Diego y rezaron; pero algo me dice que la visita de Biden fue más sincera. Ha estado cuatro veces en la Basílica. Si su intención fuera sólo política, con una visita bastaba; entonces habrá que creer que su devoción no es propaganda; así lo pienso porque la capacidad de empatía que lo ha hecho famoso, la generosidad con la que comparte sus emociones reflejan un sentimiento religioso profundo.

Dudo que podamos esperar un trato privilegiado de parte del presidente Biden porque la mayoría de los mexicanos pertenece a la misma comunidad religosa de la que es miembro. En todo caso, si esa coincidencia es un factor de relevancia política, no será en nuestro beneficio. Es posible que Biden considere que los mexicanos no somos muy buenos católicos, sobre todo si nos comparamos con los de Estados Unidos, cuya formación religiosa es muy superior a la nuestra: más sólida, más informada y mejor reflexionada; y su compromiso con la Iglesia es mucho más profundo y firme que el de la mayoría de los mexicanos. Así es porque el catolicismo en Estados Unidos es una religión minoritaria y tiene que estar a la defensiva. No obstante, está en vías de dejar de serlo. El flujo de latinoamericanos a Estados Unidos ha hecho del catolicismo la religión que crece más rápidamente; asimismo, ha fortalecido el conservadurismo de una Iglesia que en los años sesenta era portavoz del radicalismo irlandés, de las demandas de igualdad de las religiosas, de la transformación de la Iglesia por su acercamiento a los desposeídos. Temas todos con los que creció el presidente Biden.

Ahora presidente, Biden tiene que resolver una contradicción muy difícil y compleja. Siempre ha sostenido la legalización del aborto. Esta postura lo coloca en oposición al credo católico, y no sólo eso, tan grave es la transgresión que varios obispos han planteado que se le niegue la comunión: el acto sagrado por excelencia, en el que el católico recibe el cuerpo y la sangre de Cristo y se hace uno con el hijo de Dios. Negarle el sacramento a Biden, que lo recibe devotamente todos los domingos, del cual deriva paz y fuerza espirituales, sería prácticamente excomulgarlo, un castigo que le sería muy doloroso y difícil de sobrellevar. Por esa misma razón, no hay acuerdo entre los obispos al respecto, y hasta ahora el párroco a cuyas misas asiste el presidente ha hecho caso omiso de las protestas de sus colegas que quieren aplicar el castigo a Biden que es un pecador promedio y un guadalupano por excepción.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958 (en prensa).

 

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