Es más que natural que los grupos revolucionarios justifiquen la propia violencia considerándola como una respuesta, la única respuesta posible, a la violencia del estado. Cualquiera que haya podido hacer alguna reflexión sobre la continua presencia de la violencia en la historia a pesar de la milenaria y recurrente condena de todas las religiones y morales, sabe que el modo más común de justificar la violencia propia es afirmar que ésta es una respuesta, la única posible en circunstancias dadas, a la violencia de los otros.
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