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Lo sucedido con el proceso de fabricación y distribución de las vacunas contra el covid-19 es una proeza tecnocientífica en tiempo récord. Pero, por otro lado, muestra la triste realidad geopolítica que, ante la falta de cooperación, refuerza la desigualdad mundial en el acceso a las tecnologías médicas. Las vacunas siguen siendo mercancías y no instrumentos de salud pública. Haber dejado en manos del mercado la generación de las vacunas no es la mejor estrategia, ni para su desarrollo científico ni mucho menos para su equitativa distribución. Lo que hemos visto es un caso ejemplar de injusticia distributiva mundial.

Ilustración: Raquel Moreno

La OMS señala que se han administrado unos 300 millones de dosis, todavía lejos de los 10 000 millones de dosis necesarias para inmunizar un 70 % de la población mundial, mínimo para conseguir la inmunidad de rebaño. Las once farmacéuticas fabricantes han producido unos 400 millones de dosis: Pfizer es la que ha fabricado un mayor número (119 millones), seguida de Sinovac (91 millones) y AstraZeneca (83 millones), según los diarios.

El desarrollo tecnocientífico se basa en la cooperación y colaboración de grupos de investigación multinacionales, que pueden competir pero no rivalizar en el objetivo, gracias a que comparten conocimientos y datos precisos. Por otro lado, en lugar de que se formaran consorcios internacionales, auspiciados por la OMS, para fabricar y distribuir equitativamente las vacunas, los gobiernos de todo el mundo lo dejaron en manos del mercado biotecnológico.

Así, podemos observar cómo los países con más recursos e influencia en las decisiones comerciales de las grandes farmacéuticas acapararon la mayor cantidad de vacunas en un negocio muy lucrativo. Porque, además, se prevé que esta variedad de vacunas, resultado de la competencia entre tecnociencias y capitales de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, China y Rusia, no serán suficientes. Es muy probable que se requieran nuevas dosis a corto plazo o nuevas vacunas por la aparición de variantes. Hasta que concluyan todas las pruebas y ensayos clínicos podremos saber si habrá una vacuna estándar de amplio espectro o si varias de ellas sobrevivirán.

Éxito tecnocientífico y fracaso bioético es el resultado de la ausencia de voluntad de los gobiernos para enfrentar de manera conjunta la pandemia. El naufragio de la política mundial es consecuencia de la imposición de los valores mercantilistas en la salud pública. El costo de las vacunas será fijado por el mercado y los países deberán desembolsar el dinero de sus contribuyentes para obtener a tiempo las vacunas. COVAX sólo podrá repartir una mínima cantidad a los países más pobres, cuando mucho el 20 % mundial.

La realidad que se impone en México, uno de los tres más afectados por la pandemia, es terrible. No hay manera de saber cuándo y a qué costos estarán disponibles las vacunas para la mayoría. El sistema mercantil del capitalismo actúa como siempre: asegura la desigualdad y la inequidad, refuerza el precio arbitrario (por encima de costos de producción) y ni siquiera puede garantizar el pleno abasto. Las vacunas son bienes de interés público que no deberían estar regidos por el “libre mercado” no regulado por la política. Las vacunas son tan importantes para enfrentar las urgencias de la salud pública que deberían ser sufragadas por fondos internacionales para ser distribuidas equitativamente con criterios bioéticos transparentes en todas las naciones, comenzando por las más afectadas y las más vulnerables. Por ello es una desgracia que el poder político, en este caso, no sirva más que para hacer componendas en función de los intereses de países de economías “emergentes” y de las potencias occidentales que siguen detentando el control de las decisiones globales.

 

Jorge Enrique Linares Salgado
Profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

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