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Nos adecuamos, como lo hemos hecho siempre, a la hiedra de pulsiones autoritarias en la vida política mexicana. Hemos actuado seguros de que ésta se contendría sin detenernos a pensar en la naturaleza poco democrática de la concepción nacional. La hiedra crece, se seca, da la impresión —para quien quiera convencerse— de morir al desterrar unas cuantas raíces y más tarde vuelve a crecer. Las raíces no necesitan que las veamos, son raíces. Si alguien cometió la ingenuidad de ver un suelo limpio, será porque nunca aceptó escarbar en lo que suponemos es democracia y tampoco en lo que es autoritarismo. En conjunto, renunciamos a entender la profundidad de ambos. Los hemos visto irremediablemente en un presente abstracto, sin la noción de futuro en construcciones que dependen de él.

Ilustración: Víctor Solís

Reconozco una aversión profunda a las voces que le llaman dictadura al deterioro democrático nacional, con todo y su vocación autodestructiva: mi experiencia directa con dictaduras es Siria. Por respeto a mi dolor y a su tragedia, que es de muchos y parecida a la de otros tantos, no puedo pervertir el lenguaje al equiparar escenarios.

Sin embargo, qué es más mezquino, en términos políticos, que quien pide la adecuación a las pulsiones autoritarias sólo porque no son totalitarias. Sólo lo hace quien olvida o finge desconocer que la ruta de esas pulsiones es el camino irreductible a lo totalitario. ¿En verdad un demócrata acepta que el presidente de un país afirme situarse por encima de cualquier reglamento? En México las hiedras hacen jungla.

Somos una sociedad incapaz de darnos cuenta del fracaso que representa discutir, a estas alturas, qué es y qué no es autoritarismo. Acciones que bajo el entendimiento mínimo de normas políticas y en pos de la supervivencia social deberían ser indefendibles, aquí se defienden. Resultado de tampoco ampliar la discusión sobre qué es democracia. Es la historia de una convivencia tribal desde la que un acto de gobierno, del gobierno que sea, entra en el debate de su legalidad a pesar de estar inscrita en la ilegalidad. El edicto aquí se disfraza de consenso, se promueve como el diálogo donde sólo reina una voz y su coro, que son la misma locución.

Perdidos en el debate de lo obvio, la insensatez cargada de indolencia y mediocridad asegura la existencia de garantías en la libertad de prensa porque uno puede escribir casi lo que sea en un diario. Muestra de la abdicación al escándalo: libertad editorial versus insultos, menosprecio, falsedades y tergiversación. Si se está dispuesto a resistir los embates de quien tiene más poder que una columna —prácticamente cualquier elemento de la vida pública—, es cierto que se puede publicar el argumento que se tenga. Eso no hace libertad de prensa en el país donde se matan periodistas como si se viviera en una guerra, ni le da valor a la gratuidad de la pulsión autoritaria que significa el insulto. Donde la reputación importa poco, ésta se destruye con un simple calificativo que alimenta la hoguera. Para qué fijarse en lo que un autor pudo darle a quien enciende el fuego.

En simultáneo, la fascinación por el escándalo y el caos aplaude que, en tiempos actuales, se le llame dictadura al ejercicio de poder que sobrepasa las líneas de la decencia, el equilibrio y rompe estructuras democráticas. Sin entender qué es democracia ni qué es una dictadura sólo queda nadar en el pantano del autoconvencimiento, ahí donde no pensaremos en la democracia ni el autoritarismo.

Las acciones políticas piden pensarse en dimensiones entrecruzadas. Se revisa el acto político desde sus efectos, siempre con la reserva del tiempo y dentro de los límites de la realidad: lo que es posible modificar a futuro con el acto presente. Sus costos, riesgos y beneficios. Si bien toda sociedad establece con su historia los riesgos que está dispuesta a pagar, algunos de esos riesgos no son dados a particularidades. Ninguna sociedad que presuma un cierto grado de civilidad, comprendida la civilización como las estructuras para contener el daño dentro de sí, admitiría subjetividades alrededor de un debate que quiera darle bondades a la autocracia por encima de la democracia, a la mentira sobre la verdad, a la cooptación del pensamiento contra la libertad de pensamiento. A la uniformidad contra la diversidad. La nuestra no es una sociedad donde la civilidad pueda incluirse entre las virtudes nacionales.

El hecho político, la declaración de un gobernante, la modificación de leyes, la voluntad política o su ausencia, tienen que leerse siempre a partir de sus aspiraciones y espíritu. Hay espíritus de ley que contienen las ambiciones positivas de las sociedades, hay espíritus de ley que exhiben las posibles intenciones negativas de los gobernantes. Las leyes no necesitan de su promulgación para ser pensadas, la mera intención de formularlas —un hecho público— basta para comprender la ruta de sus nociones y espíritu, posiblemente autoritario. Nunca habrá espíritu democrático en la declaración que rechace la existencia política adversa a la propia, mucho menos en la que insista en la anulación de dicha inclinación. No hay espíritu de libertades en quien exacerba las herramientas de control de sus ciudadanos, no hay espíritu democrático en el gobernarte o grupo que construya estructuras que dificulten la limitación de sus propios gobiernos y compliquen a sus ciudadanos la elección de voluntades políticas.

La anatomía del autoritarismo exige pensar en sus gradualidades y repetirlas, con cierto ánimo y frustración pedagógica, sin importar la cantidad de textos que las hayan expuesto previamente.

Todo ejercicio de gobierno es propenso a pulsiones autoritarias, no todas las pulsiones hacen gobiernos autoritarios. La pulsión autoritaria es el hecho político que se argumenta sólo dentro de la impostura del poder: lo que se hace porque se puede y se puede porque hay poder para ello. Sin más.

Todo régimen autoritario gobierna con pulsiones autoritarias, pero no todos son totalitarios. Todo gobierno totalitario es autoritario, pero no todos los gobiernos totalitarios son dictaduras. Las dictaduras son el epítome de los regímenes totalitarios, a partir de los instrumentos que utilizan en el uso ilimitado de su poder: fuerzas armadas, verticalidad extrema, anulación general de libertades.

Las pulsiones autoritarias se institucionalizan, se hacen frecuentes y pierden sus limitaciones: las mismas estructuras del Estado y la capacidad de reacción social. No existe un solo sistema autoritario, más allá de sus graduaciones, que haya logrado afianzarse sin apoyo popular. Lo anterior habla más de las sociedades que de los propios gobiernos y debería sacar de las conversaciones aquella tontería de que un gobierno electo democráticamente no puede convertirse en un poder autoritario.

Cuando las pulsiones son recurrentes, el devenir es el ejercicio autoritario del poder. Invariablemente. En él, subsisten mecanismos de un sistema no autoritario, siempre con limitaciones: la prensa va perdiendo su capacidad como proveedor de información, la división de poderes se diluye, aunque cada tanto se logran contener algunas acciones de gobierno que contravengan la ley fundacional a la que se deben, la Constitución. Esto, si el andamiaje institucional de un país es suficientemente robusto. El de México nunca ha asegurado serlo.

Cuando la cooptación de poderes es generalizada en torno a una sola figura o grupo, es válido pensar en el concepto de tiranía. Sus acepciones son amplias, ninguna admisible en el espíritu democrático de una sociedad que aspire a mantenerse como tal.

Algunas hiedras son fundacionales. El enfoque en un solo individuo, de manera casi obsesiva como lo tenemos en este país, es antidemocrático por ser contrario a la búsqueda institucional que favorece la continuidad del Estado más allá de sus gobernantes.

En julio de 2019 escribí en estas páginas que ignoramos los atentados contra la vida democrática en los ligeros desplantes de la autocracia: las pulsiones que día a día reducen la salud democrática en un país donde se discute si es inconstitucional aquello que, sin posibilidad de interpretación, dice su Constitución que lo es. No es gratuito llamarle Ley fundamental.

Este país no vivió la brutalidad abierta, sin pudor, de las dictaduras latinoamericanas, a pesar de contar históricamente con el velo de muchos de sus usos. Se hizo a las trampas de su propia acepción autoritaria, la que se tolera en la adecuación de la disfuncionalidad. Nuestro autoritarismo depende de la falta de cohesión en una comunidad presocial: si el grupo al que se pertenece no resulta afectado por un hecho, se puede mirar por encima e ignorar con orgullo las tropelías. La pertenencia no exige coincidencia territorial, gremial o siquiera ideológica; enamorados de nosotros mismos vemos que somos lo que asumimos, sin serlo. Así, surgen los seguros de ser justos, pero capaces de cometer injusticias sin remordimiento; aparecen también los demócratas que vitorean cantos antidemocráticos; los que se consideran intelectuales y desprecian la duda; los que se dicen lectores y no agarran un libro.

Nos resistimos al entendimiento de lo autoritario mientras ejercemos la vocación autoritaria de nuestras sociedades. Deriva natural en la aceptación de ejercicios autocráticos de poder.

Cuando en un país se discute la prudencia de gobernar con vetos y decretos; cuando deja de importar la sacralidad de la Constitución; cuando algún ciudadano cree que las pulsiones autoritarias no le afectan; cuando la vida privada se convierte en indiferencia a la vida pública, se pierde la relación de consecuencias que trae la madurez. Una sociedad infantil no piensa en ella hasta que sus hijos sufren por lo que no se atendió.

Sólo la duda que acarrean las pulsiones debería ser suficiente para gritar su rechazo. Imposible asegurar que nuestro andamiaje democrático resista el crecer de la hiedra.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.