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El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar una nueva edición de los Cuentos completos de Leonora Carrington, la pintora y escritora británica que pasó buena parte de su vida en México y que es considerada como una de las luminarias del surrealismo. A continuación presentamos uno de los relatos contenidos en el volumen, cortesía del FCE.


La institutriz entró a la amplia sala de la casa. Bajó los ojos, débiles y descoloridos, ante la mirada escrutadora de su jefa, que bordaba clavando la aguja en la tela con saña, como si quisiera herirla.

—Puede sentarse —le indicó—. Quiero hablar con usted unos momentos, señorita Bleuserbes.

La institutriz se sentó en una silla de alto respaldo, bordado con motivos de gacelas y aves.

—Lleva usted tres años a mi servicio. Es usted una mujer educada e inteligente, honesta y en control de sus emociones. No crea que esas cualidades han escapado a mi atención. Por el contrario, soy muy observadora, aunque nunca interfiera con su trabajo —dijo, dirigiéndole una fría mirada.

—Pero… no sé si se haya dado cuenta de que no estoy satisfecha con el efecto que su labor tiene en mi hija.

—Señora —dijo la institutriz, con una voz tan desprovista de color como sus claros ojos—, su hija es una niña muy difícil.

—No le pagaría tanto por sus enseñanzas si no fuera una niña difícil —reviró secamente la dama.

La institutriz se ruborizó.

—Además, una chiquilla de trece años no puede representar una carga de trabajo tan inmensa. Ahora le haré algunas preguntas y le advierto que quiero respuestas precisas.

Los labios de la institutriz se amorataron.

—Sí, señora —contestó en voz muy baja.

—Le di a mi hija una muñeca la semana pasada. ¿Le gustó?

Un pesado silencio reinó por unos instantes.

—No, señora.

La mujer miró su bordado con ojos inexpresivos.

—Bien, repítame lo que dijo, por favor, palabra por palabra.

—La niña dijo: “¿No es suficiente con que el mundo esté lleno de feos seres humanos? ¿Para qué, además, hacer copias suyas?” Luego agarró a la muñeca de las piernas y le rompió la cabeza azotándola contra una piedra.

—Dígame, señorita Bleuserbes, ¿esa conducta le parece natural en una niña de buena familia?

—No, señora.

—Pues usted es responsable de esta chiquilla y de su comportamiento. Le daré unos meses más para que me pruebe que es capaz de convertirla en una niña normal. Si no es así…

La señorita Bleuserbes no contestó y entrelazó los dedos, apretando las manos contra su escuálido pecho.

—¿Dónde está mi hija en este momento?

—Está en el jardín, señora.

—¿Y qué hace en el jardín?

—Está buscando algo.

—Hágame favor de decirle que quiero verla de inmediato.

La institutriz salió de la habitación a toda prisa. Poco después volvió con su pupila, una niña muy alta para su edad.

—Puede retirarse, señorita Bleuserbes —dijo la madre de la joven—. Ven aquí, Jemima.

Conforme la niña se acercaba, la madre pudo distinguir el brillo de sus ojos por entre su cabello.

—Quítate el cabello del rostro y mírate al espejo.

Jemima se encogió de hombros y se miró en el espejo, sin mayor interés.

—¿A quién ves?

—A mí.

—Muy bien. Dime si piensas que eres hermosa.

—Más que la mayoría.

—Así es, eres bastante bonita y podrías convertirte en una mujer muy hermosa. Pero si insistes en comportarte de esta forma ridícula…

Las dos se miraron sin decir nada. La madre tenía una expresión gélida.

—¿Por qué quieres ser diferente a las demás niñas de tu edad?

Jemima contuvo una sonrisa.

—No entiendo, madre.

—Me entiendes muy bien, Jemima. ¿Por qué quieres lastimar a tu madre que te quiere como a sí misma?

Jemima cerró la boca y sus labios se fundieron una línea fría y rígida.

—A tu madre que hace todo por ti y a quien le debes gratitud eterna. Tu madre a quien nunca, jamás, remplazarás; tu madre que sólo quiere lo mejor para ti.

La joven escupió sobre la hermosa alfombra y desapareció con tal rapidez que, para cuando su madre se percató de lo que había hecho, ya se había esfumado. La mujer quedó pasmada y se llevó las manos a la frente.

—Ferdinand —murmuró la mujer—, ¿qué me hiciste al concebir a este demonio?

Afuera, la joven se escondió entre las ramas de un árbol enorme.

Ahí, bajo la sombra verdosa, le dio un ataque de risa. Las lágrimas le rodaban por las mejillas al grado que pensó que se ahogaría con sus carcajadas incontrolables. Con el rostro húmedo por las lágrimas y el sudor, Jemima se tranquilizó, temblorosa. Vio a Ferdinand, su padre, caminar por el jardín con un hombre a quien ella no conocía. Le pareció que el individuo tenía cabeza de lobo. Llena de curiosidad, se inclinó para ver mejor.

—Su cabeza debe verse así por las sombras que van cambiando

—dijo Jemima para sí misma—. Pero estoy segura de que tiene cabeza de lobo. ¡Demonios! Es endiabladamente hermoso, más que otros hombres.

Los dos caminaron hacia ella mientras conversaban. Jemima lamentó comprobar que, después de todo, la cabeza del invitado era humana y no de lobo. De todas formas, siguió observando y escuchando al hombre con interés. Por la apariencia que le daban su cabello cano revuelto y su rostro delgado, en verdad se veía más como un animal que como una persona. De cerca, sus ojos amarillos pro yectaban una mirada desconcertante. Su vestir era impecable.

—Una extraña enfermedad atacó a mis gallinas —dijo Ferdinand, y se recostó en el pasto cerca del árbol donde estaba Jemima—. Padecen un mal que las hace perder la cabeza.

Su acompañante lo miró, inquisitivo.

—Sospecho que es un zorro el que me está causando problemas. Es el animal más perverso del mundo. Puse al más feroz de mis perros a cuidar el gallinero. Sin embargo, cada mañana muere otra de mis aves. Llegué a apostar a uno de los sirvientes con una escopeta para vigilar toda la noche. Eso logró que el zorro lo pensara dos veces. Dejó de venir por un tiempo. Ahora que ya no está el velador y sólo quedan los perros, el animal ha vuelto a las andadas: cada mañana encuentro gallos y gallinas decapitados.

El hombre lobo se quedó pensativo unos momentos. Jemima miró su rostro, ansiosa: “¿Qué va a decir?, ¿qué va a decir el hombre lobo?”

—Conozco bien los hábitos de los animales —dijo por fin—. ¿Me permitiría ver alguno de los cadáveres de estas pobres aves? Me sorprende que nadie haya escuchado a los perros ladrar. Los zorros despiden un olor muy fuerte…

Pálida y temblorosa en la sombra del árbol, a Jemima le parecía que el hombre lobo la miraba directo a los ojos, aunque ella había pensado que nadie podía verla.

—Puede estudiarlos todo lo que quiera durante su estancia aquí, querido Ambrose.

—Es usted muy amable, Ferdinand, estimado amigo. Pero su casa, y en especial su jardín, inspiran pereza más que espíritu de estudio. El hombre tenía una voz inexpresiva, como si apenas hubiera aprendido a hablar, como si pronunciara las palabras para aprendér selas más que para darles sentido. “En sus labios el lenguaje humano tiene un sonido extraño”, pensó Jemima.

Casi de inmediato los hombres se incorporaron y se dirigieron a la casa. Jemima bajó del árbol y se dirigió a un viejo cobertizo que sólo ella usaba. Entró por un agujero en la pared. Adentro, gran número de objetos lanzaban sombras deformes sobre el suelo, a sus pies. Cerca de cincuenta tipos distintos de aves de corral adornaban la pared, todas ellas tratadas, más o menos con éxito, con algún tipo de conser vador rudimentario. A las cabezas les faltaban las lenguas, que reposaban en un frasco lleno de líquido. Jemima agitó el recipiente con gran afecto. Observó que brotaban pequeñas raíces blancas de una docena o más de lenguas.

En un oscuro rincón del cobertizo, algo se movió.

—Sí, ya casi vamos a cenar —dijo Jemima—. Hoy tenemos algo delicioso: una tarta que hizo la cocinera, con moscas y avispas que atrapé yo. Espero que a todos les guste.

Jemima tomó un mantel rojo y lo extendió en el suelo. Después sacó una tarta de una gran caja de hierro. Desde el recoveco más profundo sacó una jaula. La abrió y un enorme murciélago hembra saltó pesadamente al mantel. Estaba muy gorda y con sus siete pezones amamantaba a siete pequeños murciélagos. Jemima usó dos dedos para lanzar un silbido. De un salto, tres gatos negros se posaron en la ventana. Todos empezaron a comer.

—Hoy las moscas están deliciosas —dijo Jemima con la boca llena—. Yo misma las alimenté con azúcar, crema y carne bien podrida. Eso les da un sabor frutal y delicado. En vista de que para nosotros éste es un día de fiesta, tomaremos un poco de vino.

De la misma caja de donde había sacado la tarta, Jemima extrajo una botella de vino: Château des Fines Roches, 1929. Los animales bebieron del mismo tazón que Jemima; les gustaba mucho el vino. Ella tomó un instrumento musical e interpretó una música melancólica pero indómita.

—Baila, Jemima, baila —cantó la joven—. Criatura intensa y hermosa: ¡baila!

El murciélago saltaba sobre el mantel con todo y sus siete crías colgadas de los pezones. Batía las alas y parecía delirante de felicidad. Los tres gatos observaban, muy quietos, sólo sus colas se mecían como serpientes al ritmo de la música. La luz del atardecer entró por el agujero de la pared y proyectó una mancha de luz en el suelo. Allí, de pronto, apareció una sombra. Tal vez era la silueta de la cabeza de un lobo, pero cuando Jemima se volvió para mirar, no había nadie. Con un largo maullido, los gatos dieron un salto por la ventana. Al poco tiempo, Jemima escuchó que su institutriz la buscaba en el jardín. Salió del cobertizo por el agujero, murmurando improperios contra todas las malditas institutrices que hay sobre la tierra y en todo el universo. Cuando pasaba por un grupo de árboles que ya se agitaban con el movimiento de los animales nocturnos que los habitan, a muchos pequeños insectos se les atoraron las alas en su cabello. Jemima se los comió y escupió las patas escamosas.

—¿Dónde has estado, Jemima? —preguntó la institutriz—. Ya se hizo tarde para cenar. Dime, ¿dónde estabas?

—En ninguna parte.

La señorita Bleuserbes lanzó un suspiro.

—Ve a cambiarte. Lávate las manos y la cara. Date prisa por favor.

Jemima subió a la habitación que era suya desde el día en que nació. Ahí se encontraban todos sus juguetes, sus libros y su ropa. Ahí también le servían todas las comidas. La cena ya la esperaba sobre la mesa: leche, algunas galletas y fruta. Jemima miró los alimentos con una sonrisa desdeñosa, vertió la leche en una maceta e ignoró las galletas. Después se vistió con gran esmero. La señorita Bleuserbes quedó sorprendida al ver a su pupila arreglada con tal dedicación. Ambas bajaron al salón principal donde cenaban Ferdinand y Lobo (así lo llamaba Jemima). Amelia, su madre, un poco apartada de los caballeros, hacía un arreglo floral. Ferdinand besó a Jemima y la presentó con Lobo.

—Ella es Jemima. Quiero presentarte a Ambrose Barbary. Me pidió que te llamara para poder conocerte.

Las manos de Jemima temblaban, húmedas. Su rostro se encendía cuando miraba los ojos salvajes de Lobo.

—Ambrose Barbary puede contarte muchas cosas interesantes sobre los animales salvajes que tanto te gustan. Ha estudiado a conciencia sus hábitos y es un hombre sumamente culto.

Lobo sonrió, mostrando sus dientes puntiagudos.

—Me temo que Jemima aún no está lista para conversar con personas cultas —comentó Amelia con una sonrisa amarga—. Temo que el señor Barbary encontrará a nuestra hija muy ignorante.

Jemima se volvió para mirar a su madre con odio, pero la mujer examinaba su arreglo floral. Lobo lanzó una risotada salvaje.

—No puedo creer que su hija sea ignorante. Sus ojos están colmados de brillo. Ven, Jemima, toma un sorbito de mi copa en señal de nuestra amistad.

Jemima bebió dirigiéndole a su madre una mirada triunfal.

—Tengo un regalo para ti, jovencita —prosiguió Lobo—. Pero no quiero que lo abras de inmediato. Hazlo cuando estés en tu cama. Sé que a las niñas les encantan los regalos.

Lobo hablaba mirando muy de cerca a Jemima.

—Aquí está. No es un obsequio muy grande, pero creo que te va a gustar.

Jemima lo tomó entre sus manos y sintió algo suave, algo rígido. Ardía en curiosidad.

—Mañana podrás decirme si te gustó mi regalo. Daremos un paseíto antes del desayuno. Te levantas temprano, ¿verdad? —preguntó Lobo.

—A las seis.

—Te espero a las seis y media cerca del gran ciprés que está en el jardín.

—Ya es hora de acostarse, Jemima —dijo su madre.

Jemima se retiró a su cuarto. Ya sola, se apresuró a abrir el paquete… Tuvo que reprimir un grito. Sostenía en las manos la cabeza de un gallo con la mirada fija de la muerte. Pero no era un gallo cualquiera. Jemima nunca había visto un ave como ésta. Era cinco veces más grande que cualquier otro gallo y era blanco, completamente blanco. Incluso la cresta y el pico eran blancos. Jemima inclinó la cabeza para besarlo tres veces.

—Oh, criatura de países que añoro conocer, hermosa criatura, gallo incomparable.

Jemima permaneció así, mirando al gallo entre sus manos. Ya eran casi las doce cuando se fue a dormir. Apretó la cabeza del gallo contra su corazón. Toda la noche tuvo pesadillas en las que aparecía la cabeza de Lobo, pero estaba unida a un cuerpo largo, gris y peludo. A veces era un lobo, otras veces un zorro u otro animal; a veces el cuerpo de todos los animales se mezclaba con el suyo.

A las cuatro, Jemima saltó de su cama y corrió a la ventana. La luna aún flotaba en el cielo. Jemima vio una sombra deslizarse de un lado a otro del jardín. A pesar de que la silueta cambiaba de forma y se transformaba en planta, ave, animal, hombre, Jemima la reconoció. Bajó en silencio al jardín con la cabeza del gallo en su camisón. Siguió a la sombra sin que nadie la viera y se aseguró de que su aroma no avanzara antes que ella. Sabía que estaba siguiendo a Lobo, pero no podía distinguir la forma exacta de su cuerpo. Cuando lo vio bajo la luz de la luna, vio a un hombre que caminaba sin rumbo. De vez en vez se agachaba a tomar alguna planta que devoraba de inmediato. De pronto, se detuvo. Jemima pudo ver que la vegetación que lo rodeaba se movía como si fueran brazos. El hombre hablaba con las plantas y ellas le respondían con gestos. Jemima soltó un suspiro y Lobo la descubrió.

—¿Fue curiosidad lo que te trajo aquí? —preguntó él.

—Quería estar contigo. Te seguí. Eres hermoso.

Lobo se acercó a ella y le acarició el cabello.

—Áspero como las espinas de una zarza —murmuró—. Hay garras ocultas en tu cabello.

—Espinas y garras —respondió Jemima en tono neutral.

—¿Te fijaste cómo me seguían las sombras?

—Ya se fueron —dijo ella.

—Son peligrosas para nosotros. Para ti…

—No entiendo nada de esas cosas. ¿Qué comías? —preguntó Jemima.

—Plantas. Si como sufi cientes, mi piel se tornará verde. Entonces seré aún más hermoso y tú te arrojarás a mí.

Jemima tocó el rostro de Lobo con la yema de los dedos. Tenía la piel muy suave. Le pareció que su rostro cambiaba de color mientras conversaban. Entonces salió el sol, ambarino como el ojo de un tigre. Los animales nocturnos se estremecieron ante esa nueva luz y se ocultaron. Muy sorprendida, Jemima miró a su alrededor. Todo había cambiado en unos pocos segundos, y estaba sola. La última visión que tuvo de Lobo fue como un latigazo. Estaba segura de haberlo visto cubierto por un pelaje que brillaba con todos los colores del cielo. Había desaparecido de manera tan absoluta en la vegetación que Je mima creyó haberlo visto con hojas a través de su cuerpo, transformado en planta.

Jemima lloró con desesperación. Se dio cuenta de que sólo llevaba puesto un camisón. Estaba tan arrugado que apenas cubría su cuerpo. Sus pies descalzos estaban cubiertos de tierra. Nunca antes había sentido una soledad tan profunda. Las lágrimas que corrieron hacia las comisuras de su boca tenían un sabor amargo, como a planta venenosa. Se enjugó el rostro con el cabello y regresó a la casa. Se lavó los pies para eliminar cualquier rastro de su extraña expedición. Pero sus pies habían cambiado. Se inclinó para verlos más de cerca y también para asegurarse de que en verdad había ocurrido una metamorfosis. Entre los dedos de sus pies crecía un fino y suave pelaje que se detenía en el empeine, donde Jemima descubrió una capa de pelo apenas visible. Boquiabierta, miró sus dos pies y murmuró:

—Somos de la misma sangre. ¿Llegaré a ser tan hermosa como él?

Debo cuidar este hermoso pelaje para que crezca más. ¿Qué cambios fantásticos me esperarán en unos días?

Jemima rio y lloró con suavidad largo rato sin despegar la vista de sus pies.

En el jardín el sol cayó a plomo el día entero. Jemima no salió de su cuarto. Ocultó sus tres tesoros para que nadie pudiera verlos: sus dos pies y la cabeza de gallo. La institutriz entraba esporádicamente, pero Jemima no respondió a ninguno de sus intentos por entablar conversación.

La señorita Bleuserbes estaba muy inquieta por la actitud de su pupila. Sentía una gran curiosidad. Intentó que Jemima dijera algo. —¿Estás enferma? ¿Por qué te asomas a la ventana todo el tiempo? Sería mejor que salieras a jugar al jardín. Respóndeme, Jemima. ¿Estás enferma?

Pero la joven no dijo nada. Mantuvo un silencio lleno de desdén.

—Si no tienes la cortesía de responder cuando te hablo, no va a haber mermelada a la hora del té.

Jemima estalló en carcajadas. Enfurecida, la institutriz salió del cuarto.

Jemima prosiguió su larga vigilia junto a la ventana en un intento por avistar al lobo. Cada una de las sombras que se movían en el jardín la hacían temblar. Albergaba la esperanza de volver a ver su rostro de nuevo, aunque fuera de lejos.

Al atardecer, Jemima estaba desesperada. Salió al jardín y caminó de izquierda a derecha, rodeó la casa asomándose por cada ventana, preguntó a árboles y rocas:

—¿Dónde está? ¿Dónde está?

Por fin, corrió hacia el bosque con la esperanza de hallarlo ahí.

Las zarzas le rasgaron las piernas, pero Jemima ni siquiera se dio cuenta. Al caer la noche, se acercó de nuevo a la casa. Ahí se topó con una de las criadas que lanzó un grito cuando vio la cara ensangrentada de Jemima y su expresión de locura.

—¿Dónde está el caballero que se quedó aquí anoche? —preguntó Jemima con voz ronca—. Responde de inmediato, tengo que saber. La muchacha meneó la cabeza:

—¡Por Dios!, señorita, no lo sé…

Quería echarse a correr, pero Jemima la tomó del brazo y le clavó las uñas hasta que la joven lloró de dolor.

—Alguien se fue hace rato… un hombre alto con pelo cano, pero por favor suélteme, me está lastimando…

De pronto el rostro de Jemima adquirió la apariencia de un muerto.

—¿Se fue? ¿Se fue?

—Con su equipaje. Ahora por favor déjeme ir —suplicó la criada.

Jemima ya no la veía, no quería nada. Sólo sentía la sangre correr por su boca. Estaba sola. Frente a ella flotaron unas sombras negras y pesadas, luego se perdieron en el sendero hacia la montaña. Al mirar hacia el lado opuesto, en dirección a la casa, Jemima vio a su madre cepillándose el cabello. Miró con indiferencia su cuerpo flácido y borroso como una nube gorda.

—Tonta —murmuró Jemima—. Vaca insufrible.

Después suspiró y siguió la línea de árboles hasta que la detuvo una ráfaga de viento tan helado que la hizo sollozar de dolor. En ese instante, escuchó un paso veloz detrás de ella. Un lobo pasó muy deprisa cerca de sus piernas con un aullido como el viento.

“Éste es el camino correcto”, pensó ella. Se abrió paso a través de las ráfagas que serpenteaban a sus espaldas. Más arriba caía una fuerte nevada. A Jemima le salieron lágrimas de hielo. Se halló en un bosque con árboles más grandes que catedrales. Las nubes que se exten dían entre las ramas se entrelazaban en nudos de color negro. Los pájaros caían muertos al suelo y hasta las piedras sangraban torrentes de hielo. Jemima se llevó las manos al cabello y sintió que se había vuelto duro como la madera y sonaba como un instrumento primitivo. Se topó con varios animales famélicos que la ignoraron.

Jemima decidió treparse a un árbol para ver a su alrededor. Cuando ya se encontraba en la vertiginosa altura de las ramas más altas, pudo ver a gran distancia. No había sino kilómetros de bosque y un castillo gigantesco. Las torres de ese castillo sobresalían por encima de los árboles más grandes y parecía construido en la cima de la montaña. Jemima lo miró largo tiempo hasta que de pronto se dio cuenta de que había una mano pequeña junto a la suya. La manita la horrorizó. No se atrevió a moverse. Alguien a sus espaldas se rio. Jemima sabía que la risa pertenecía al dueño de la mano. Temblorosa, volvió la cabeza con lentitud: era un niño o una niña. Resultaba imposible saber el sexo de este pálido y frágil ser. “Debe estar loco para mirarme de esa manera”, pensó Jemima. Sintió que el miedo la tomaba por el cuello.

—Ése es el castillo de mi padre —dijo el niño—. Me llamo Mimoo. Soy su hijito adorado. Te doy permiso de ver su castillo.

—¿Eres niño, verdad? —preguntó Jemima, tratando de alejarse del desagradable olor que expedía su cuerpo.

—Como gustes. Veo que no eres muy inteligente, pero no importa. Es demasiado pedir inteligencia y compañía a la vez. ¿Qué edad tienes?

—Tengo trece años, ¿y tú?

El niñito se echó a reír. Una tos desagradable estrangulaba su risa.

—¿Trece? —exclamó el niño—. ¡Trece! Debes ser un gigante. Quizá por eso eres tan estúpida. Es bien sabido que todos los gigantes son estúpidos. Tienes permiso de besarme.

—No quiero.

El rostro de Mimoo se le acercó.

—Te equivocas. ¿No me encuentras bien parecido?

Jemima examinó su carita de niña. Le pareció bonita pero repugnante.

—Quizá sí o quizá no. Pero no me toques —dijo Jemima.

—Mi mami y yo nos vemos muy jóvenes para nuestra edad. Nos sentimos muy orgullosos de nuestra delicada belleza. Mi papi no es como nosotros. Él es feo, igual que todos los que viven por aquí. Es tan feo como tú, como un animal. Por otro lado, nosotros, es decir, mamá y yo, parecemos ángeles. Me alegra mucho no parecerme a mi papá.

—¿Cómo es tu papá? Dime rápido o te lanzo al bosque.

Mimoo la miró con cierta sorpresa.

—¡Qué salvaje eres! Pero siempre hay que ser tolerante con los

animales inferiores. Mi padre es igual que todos los animales del bosque: ya no es. Un zorro, un lobo, un gato, un águila, un ciervo, un gallo… como sea, me pones de mal humor.

—Llévame al castillo de tu padre. Tengo mucho frío y no he comido nada desde ayer.

—Allá tendrás aún más frío. Y de todas formas, es más divertido estar aquí.

—Quiero ir al castillo de tu padre. Si no quieres acompañarme primero te voy a matar y luego iré yo sola.

Mimoo se rio con suavidad.

—Si me dices cómo te llamas y prometes participar en mis juegos, te llevaré.

—Jemima —respondió ella con impaciencia—. Lo prometo. Vamos pronto o moriré de frío.

Descendieron del árbol. A Jemima le pareció que bajaba a una cueva en el centro de la Tierra. Al pie del árbol había una bi cicleta de madera como las primeras que se hicieron, con una gran rueda en el frente y una pequeña atrás. Apenas ahora se daba cuenta de que Mimoo llevaba puesto un camisón ligero y estaba descalzo. De un salto, montó la bicicleta y tomó a Jemima de la mano, arrastrándola detrás. La bicicleta avanzaba con lentitud, dando saltos de lado a lado. El bosque estaba congelado en un silencio mortecino. Desde que estaba con Mimoo, Jemima no había visto a ningún ser vivo, a excepción de una hiena que los seguía, olfateando el aire.

—¿Te da miedo la hiena? —preguntó Jemima—. ¿Por qué la miras con ojos desorbitados?

—Si me durmiera, la hiena me devoraría. Por eso nos sigue. No se me antoja estar en su panza asquerosa —dijo Mimoo con una ligera risa.

—Las hienas sólo comen carne podrida —afirmó Jemima.

—Eres totalmente idiota —afi rmó Mimoo—. Idiota, idiota —canturreó—. Es una idiota, está ciega, pobre niña.

Y de tanto reír, casi cae de la bicicleta.

“Su olor… es el olor a… carne podrida”, pensó Jemima, pero prefirió no decir nada.

Cuando ya estaban cerca del castillo, el frío se volvió aún más intenso. Mimoo parecía no advertirlo. Su rostro pequeño, blanco como la nieve, tenía una expresión de placidez. El puente que cruzaba el foso del castillo estaba iluminado por grandes faroles. Jemima había pensado que el largo cabello ondulado de Mimoo era rubio, pero ahora se daba cuenta de que era blanco y tan escaso como el de una anciana. Ese manchón de cabello flotaba sobre su rostro como el humo de un cigarrillo. Entonces, bajo la luz de los faroles, Jemima vio las manos de Mimoo: estaban arrugadas como patas de mono, tenían las uñas mordidas al ras.

Por una gran reja entraron a un patio y luego al castillo. No había movimiento alguno, ni un ser viviente en ninguna parte. Hasta los muebles se veían deteriorados. Jemima posó su mano sobre una silla y se horrorizó al verla convertirse en polvo frente a sus ojos. Permaneció inmóvil, con las manos en la garganta para acallar un grito. Pensó que iba a enloquecer de terror. Mimoo la miró con interés y esbozó una leve sonrisa.

—Iremos a jugar al jardín. Recuerda que lo prometiste.

El jardín estaba en el centro del castillo. Un gran cuervo golpeteaba el suelo con su pico. Jemima se acercó a mirar y vio una lápida con la siguiente inscripción:

Nuestro adorado Mimoo. Murió el 10 de junio de 1900.

Se volvió hacia Mimoo. Iracunda, le gritó:

—¡Cadáver, eres un maldito cadáver!

Ahora comprendía todo. El cuervo voló alrededor de la cabeza de Mimoo lanzando graznidos de hambre. Jemima se echó a correr y en el enorme castillo pronto se halló perdida en un laberinto de habitaciones que parecían grandes ataúdes. Los cuartos estaban vacíos y, uno tras otro, parecían infinitos. Encerraban un frío sofocante. Por fin, agotada, Jemima se recostó sobre una piedra enorme. Leyó la inscripción grabada en letras góticas profundas:

Aquí yacen Ambrose Barbary y su esposa Lucinda. Lobo, querido amo, no camine muy a menudo sobre las pisadas de los vivos.

 

• Leonora Carrington, Cuentos completos, Ciudad de México, FCE, 2021. ©️ 2020, Estate of Leonora Carrington. Publicado por cortesía del Fondo de Cultura Económica.

 

Leonora Carrington
Escritora y artista plástica británico mexicana (1917-2011).

 

2 comentarios en “Jemima y el lobo

  1. Interesante, desconocía su literatura, obvio, la casa de su infancia en Inglaterra, la niñera irlandesa , el lobo, Marx Ernst, creo visitaré su museo en la Roma y como ella, comeré unos huevos a la mexicana en su Sanborns.

  2. A pesar de su amplia fama es la primera vez que leo un cuento suyo. No en balde es calificada como una escritora surealista. Su escritura es suave, triste, sorprendente. Tiene un tono donde lo animal tiene algo de perverso. Muy, muy original. Letras valiosas brotan de su estilo