Lídice en Tlane

Después de brillar toda la mañana, lucirse de azul intenso el cielo, y concha nácar las nubes, el sol refugió su clima entre las piedras. Se nubló la tarde. Cuando Lídice cruzó la avenida y emprendió camino por la interminable cuadra de la fábrica, una irradicación seca de los muros la inundó de calor y lánguida lujuria. Su plenitud urgente fluyó al son del rehilete de sus caderas. La falda caía abanderando cada milímetro allá afuera. Un vesubio espeso le llenó de fuentes las franquicias corporales. La cadena que corría por el cauce de sus pechos buceó las gotas torrenciales que saludaban desde el cuello.

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Publicado en: 1989 Julio