El judaísmo es una religión basada en el saber. Su más íntima esencia es la Tora, un rollo, un libro. Según el Talmud, Dios creó al mundo con las palabras de la Tora. El Talmud nos dice también que un niño estudia toda la Tora en el vientre de su madre; pero al momento de nacer un ángel roza su boca y lo olvida todo. El motivo de esta ignorancia tiene que ver con que la erudición debe ser el resultado de una lección libre, no del estudio prenatal.

No me preocupa que la humanidad pueda abandonar el saber. Vivimos en una época en que la verdadera batalla por la existencia se da en las universidades, en los laboratorios, en las bibliotecas. Como yo soy un narrador que escribe en yiddish, la gente con frecuencia me pregunta por qué escribo en una lengua agonizante. Mi respuesta es que ningún medio del saber puede morir. Hay unos cuatro mil millones de personas en este planeta, pero por el modo en que nos multiplicamos podremos tener muchos miles de millones más dentro de algunos cientos de años, y cada uno de ellos requerirá algún tema para escribir su tesis doctoral. Van a tomar en cuenta todos los libros, todos los manuscritos, buenos o malos, y escribirán innumerables disertaciones.

Lo que me preocupa es que la superabundancia de publicaciones mediocres llegue a crear una inflación literaria semejante a la que se da actualmente con el dinero. Pude experimentar estos dos fenómenos en Polonia. Vi montones de billetes tirados en las alcantarillas sin que nadie quisiera levantarlos. Recuerdo también que fui a una librería en una cruda noche de invierno. El propietario era escritor. Estuvimos platicando sobre literatura durante horas y no entró un solo cliente. Llegó entonces el momento de cerrar el local y para mi sorpresa descubrí que tenía tres o cuatro cerraduras pesadas en la puerta. Le pregunté al propietario: ¿por qué tantos cerrojos? ¿Quién te va a robar libros en medio de esta tormenta de nieve? Y me dijo: -No me da miedo que se roben los libros. Lo que me da miedo es que algunos autores puedan aparecer a la mitad de la noche y que me metan más libros.

Aún sigo creyendo que el mundo fue y estará hecho en el futuro con las palabras de la Tora. Pero entonces los científicos habrán descubierto que la teoría de la Gran Explosión, una explosión de una bomba cósmica que se autogeneró, se basaba en una evidencia científica menor de la que creemos hoy. Acaso suceda lo mismo con la evolución, la cual al parecer hizo todo lo que los materialistas quisieron que hiciera. Cómo envidio a los que asistirán a las bibliotecas dentro de mil años. Acaso hayan desaprendido un montón de sin sentidos que sus antepasados se tragaron como ciertos. Acaso aprendan una multitud de verdades de las cuales no tenemos hoy la menor idea y que consideramos como absolutos imposibles.

Tanto en la ciencia como en el arte, estamos aún en los inicios del saber. Veo venir una época en la que muchas de las ideas que hemos rechazado de un modo tan ligero regresarán a la ciencia y al arte; ideas como la existencia de Dios, de la Providencia, del alma, de un plan y de un propósito en la Creación, de la recompensa y del castigo, de la libertad de elección y de otras nociones obsoletas y refutadas. Me dan ganas de decirles a mis amigos los bibliotecarios: empecemos hoy a construir las bibliotecas del futuro. No es ni muy temprano ni muy tarde para hacerlo.

Del The New York Times Magazine

Traducción de Antonio Saborit