En una de sus espléndidas charlas sobre historia militar, el catedrático de Oxford, Sir Michael Howard, definía recientemente la guerra, ante una audiencia de Cambridge, como "la administración cuidadosa de la violencia". Howard es eminentemente consciente de lo deslucidos que resultan los escudos de la guerra moderna; la tecnología ha destruido el atractivo de la guerra como forma de vida: ya no hay caballeros con armaduras resplandecientes. La tecnología, como dijo Max Weber, ha desencantado al mundo. Y, en vez de la cuidadosa administración de la violencia en el campo de batalla como lugar de justas, comprobamos que la violencia se desencadena indiscriminadamente sobre la población civil. "Guernica" de Picasso e "Hiroshima" de Hersey, así como un millar de fotos y documentales sobre Coventry, Londres, Nagasaki y Dresden, nos hicieron conscientes de ello a toda mi generación.
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