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Hay una tradición bien establecida de hablar de la política en términos hídricos. En la imaginación metafórica el Estado, a menudo, es una nave a la merced del mar de la contingencia. Sócrates ilustraba el sinsentido de la ambición de poder con la alegoría de un barco en el cual los tripulantes se amotinan y luchan por el timón. Todos lo quieren, pero ninguno sabría cómo pilotear la nave. El único que puede orientarse en la noche es el filósofo, el único ajeno a la trifulca, que mira al cielo estrellado sin preocuparse por el desorden a su alrededor. La metáfora más famosa es la de Maquiavelo que compara a la fortuna con la crecida de un río antiguo que, cuando se embravece, inunda las llanuras, derriba los árboles y las casas, y arrastra la tierra de un sitio para llevarla a otro; todo el mundo huye delante de él, todo el mundo cede a su furor. “Y aunque esto sea inevitable, no obsta para que los hombres, en las épocas en que no hay nada que temer, tomen sus precauciones con diques y reparos, de manera que si el río crece otra vez, o tenga que deslizarse por un canal o su fuerza no sea tan desenfrenada ni tan perjudicial. Así sucede con la fortuna que se manifiesta con todo su poder allí donde no hay virtud preparada para resistirle y dirige sus ímpetus allí donde sabe que no se han hecho diques ni reparos para contenerla”.1

Ilustración: Belén García Monroy

A menudo confundimos el cauce con el río. En la política es imprescindible distinguirlos. El agua de un río puede secarse, pero el cauce queda. Los partidos políticos a veces son ríos caudalosos capaces de canalizar la turbulenta participación política, el desencanto popular. Otras veces se secan y se convierten en zanjas, caparazones oligárquicos desprovistos de contenido o justificación. Ese es el estado actual de la oposición partidista en México. Si uno se asoma a ella verá en su lecho charquillos malolientes de lama putrefacta. La derrota, la corrupción, la mezquindad secaron su caudal. Lo que queda es el cauce. ¿Quiere decir que el río ha muerto? Con frecuencia se escucha una retahíla de quejas contra esos canales polvorientos: falta de renovación, persistencia de los mismos personajes impresentables, oportunismo y Bibi Gaytán, candidata a la presidencia municipal de Ocoyoacac, Estado de México. Todo eso. Y es justo. Pero lo que importa del río es su cauce. Importa porque indefectiblemente un día vendrá una tormenta en la forma de millones de gotas de castigo. Las lluvias llegan, siempre. Lo que importa es que existan cauces que las contengan y las dirijan. El cauce no es bonito; una zanja vacante. Sin embargo, en un instante, puede convertirse en un río vigoroso y ensordecedor, capaz de canalizar la participación política. El temporal son los millones de votantes indecisos que un día decidan castigar a los gobernantes porque sus parientes murieron innecesariamente en medio de la pandemia sin oxígeno o porque sus trabajos se esfumaron. Entonces, a pesar de lo malolientes que son, importará que existan los cauces. Sin el agua no son nada, pero la lluvia sin ellos sólo provocaría inundación y destrucción. Parece una simpleza minimalista, pero lo esencial es preservar el cauce para que, como los canales de Maquiavelo, cuando venga la tormenta el río renazca como un ave fénix de la política democrática y acabe con el estío autoritario. Determinar la calidad de la lluvia, sus tiempos y caudales sería ideal. Sin embargo, a veces la virtud política pasa por desazolvar el cauce para que el río pueda, un día, volver a ser. Parece poca cosa: no lo es.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Maquiavelo, N. El príncipe, capítulo XXV.

 

Un comentario en “El cauce y el río

  1. Lo dijo Paz: «pronto llegará el desencanto por la democracia.» Y en eso estamos. Pasar de un régimen de partido único clientelar, al juego democrático de partidos no es tarea fácil cuando el viejo régimen duró décadas y construyó el México moderno ampliando, entre otras cosas, la educación pública que más temprano que tarde despertó en las masas un comprensible deseo de ascenso social que se vio obstaculizado por el cuello de botella en que se convirtió la educación universitaria. Fueron estas masas las que incendiaron la pradera en 68. Un Presidente autoritario fue incapaz de ver que estaba sentado un barril de pólvora. La historia de la chispa que prendió la yesca ya ha sido contada, así como su desenlace trágico más allá del número de caídos en la Plaza de las Tres Culturas, escenario simbólico si los hay. Fue lento el ascenso político de la izquierda que pasó por la guerra sucia contra los grupúsculos guerrilleros de inspiración marxista o mejor castrista-leninista. Las universidades se convirtieron en una medida no despreciable en centros de adoctrinamiento: el marxismo devino en corriente académica. El viejo sistema esclerótico fue incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos de una población crecientemente urbanizada y con escolaridad. La sorpresa para muchos apareció cuando el primer demagogo de nuestra historia ganó la Presidencia de la república envuelto en las banderas de la izquierda y en la irritación de las mayorias por las promesas de desarrollo incumplidas. En el mo.ento actual reina incertidumbre y crece la discirdia social como nunca antes.