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Inicia dando la impresión de que será una comedia. Un anuncio en la prensa ofrece trabajo a persona de entre 80 y 90 años. Sabremos de inmediato que se trata de ingresar a un asilo para observar las condiciones en que vive una de las internas. Una especie de detective, bien mayor, que tiene dificultades para manejar las nuevas tecnologías, con las cuales deberá informar a su contratante. Preparémonos entonces para sonreír.

Ilustración: Alberto Caudillo

Se trata de El agente topo, una película chilena, entre el documental y unos gramos de ficción, de Maite Alberdi, del 2020. Un producto híbrido que transcurre en una locación auténtica (un asilo de ancianos), con los viejos que viven ahí y con un mínimo guion argumental, porque de lo que se trata es de develar la vida de los habitantes de ese refugio. La maestría de la directora consiste en retratar la existencia en ese encierro, los rostros, apetitos, ensueños y manías de las varias decenas de viejos y viejas que habitan ese espacio segregado del resto de los mortales.

El asilo, contra lo que uno esperaría en un acercamiento convencional, no es un espacio adverso. Todo lo contrario. Es un sitio limpio, con personal capacitado, agradable, donde a los internos se les atiende con corrección y aprecio. Lo que, sin embargo, resulta desolador es la vejez. La vejez como sinónimo de deterioro, de una vida que ha dejado de ser lo que era para convertirse en el prólogo de la muerte. Viejos y viejas se han transformado. No son lo que eran, ni podrán volver a serlo. Unos están enfermos, otros difícilmente recuerdan, no faltan los que cargan con manifestaciones de demencia senil o los que están postrados en su cama, y todos ven pasar el tiempo, sin sentido, a la espera del desenlace, que no puede ser otro que la muerte. Los momentos luminosos de la vida han quedado atrás; subsisten la resignación, el ir tirando, el vacío.

El tono de la película es perfecto. Escapa del melodrama, pero recupera una visión compasiva. No edulcora la ancianidad, ofrece un fresco perturbador. Basta ver los rostros y expresiones de los octogenarios o nonagenarios para comprender que estamos ante otra humanidad: aquélla carente de proyectos, esperanzas, pasiones. Más bien, se trata de personas gobernadas por la inercia, la circularidad de los días, el pasmo frente al final ineludible. Los afanes han quedado atrás. Y futuro, como sinónimo de algo novedoso o aún mejor, entusiasmante, no existe ni en la imaginación más descabellada.

El cuadro se vuelve más desgarrador cuando se devela la soledad y el abandono en el que viven (vegetan) la mayoría de ellos. El pasado ya poco significa, las redes familiares se encuentran ausentes, el enclaustramiento no es sólo físico sino existencial. Cada uno de ellos carga su biografía a cuestas, pero de poco le sirve. Los ancianos viven en aislamiento —quizá— porque son un recordatorio demasiado agresivo para el resto: encarnan de manera dramática el futuro de todos aquéllos que tienen futuro. Los otros no llegarán a esa estación.

Hay quien ha visto en la película una comedia. Puede ser, aunque a mí no me lo parece. O en todo caso se trataría de una comedia más ácida que dulce. Lo que creo es que no será lo mismo verla para quienes tienen veinte años que para los que se encuentran cerca de la edad de los protagonistas. Los primeros quizá observen esa realidad como un asunto lejano y ajeno y puedan esbozar más de una sonrisa socarrona (¿quién no se ha reído de la desdicha ajena?). Pero los eufemísticamente llamados adultos mayores no creo que podamos contemplarla sino con pena, nerviosismo y oscura tristeza.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

Un comentario en “Vejez, soledad, abandono

  1. Algo parecido me ocurrió al ver The Father con Anthony Hopkins, observo a mis padres en esa edad, ese crucigrama de emociones diarias.

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