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¿Sabían ustedes que parir acostada, con las piernas levantadas, no es bueno? Ajá, de hecho, es mejor para las mujeres parir en cuclillas. Esa posición te permite pujar y facilita el parto. “Intenta pujar para hacer popo acostada”, me dijo mi amiga Mariana una vez mientras hablábamos de esto. ¿Por qué entonces tantas mujeres paren así en los hospitales? Ah, porque es mejor para la espalda del doctor. En algún momento de la historia un médico llegó a la conclusión de que estar “cachando” bebés mientras las mujeres parían en cuclillas era muy cansado. Así inventaron la tabla esa donde las mujeres suben las piernas.

Ilustración: Estelí Meza

Igual ustedes ya lo sabían, pero hace cuatro años, cuando me enteré de esto, me sorprendí muchísimo. Tanto que le repetí este dato curioso a absolutamente todo el mundo, como suelo hacer. Digamos que la señora de la fila de las tortillas no se salvó de la conversación. “Sí, sí, el clima está terrible. Oiga, ¿usted sabía que las mujeres paren acostadas nomás por el bienestar del doctor?”. La sorpresa no estaba del todo infundada. Venía de que no concebía cómo en un evento tan importante y retador para una mujer como puede ser un parto, un montón de doctores hayan decidido que lo importante era su comodidad. Sí, sí, la vida humana; sí, sí, lo sagrado de la maternidad; sí, sí, el milagro de traer un ser al mundo, pero encima de todo eso nuestras espaldas.

La mesa de parto me parecía, y me sigue pareciendo, la prueba tangible de que este mundo no fue diseñado para nosotras. Ya no digamos los sistemas de justicia, los uniformes de los militares, los protocolos para atender ataques al corazón. No, ni siquiera la atención a algo tan nuestro como un parto se diseñó considerando nuestro bienestar. El mundo que conocemos no está hecho para nosotras y más que eso: está repleto de instituciones que nos oprimen y nos violentan. La mesa de parto es sólo el inicio de una serie de atropellos que viven las mujeres al dar a luz.

Hoy México y el mundo enfrentan una serie de claroscuros en el feminismo. Por un lado, la peor crisis económica en un siglo, la triple jornada al tener a los niños en casa, el retroceso de la participación laboral femenina y el auge de la violencia doméstica. Por otro lado, la legitimidad que ha ganado el movimiento feminista, la marcha contra la violencia de género más grande en la historia de México y el hartazgo de miles de mujeres que no daremos ni un paso atrás. En medio de esta tarea titánica, pero también de este empuje y de esta rabia colectiva, mis esperanzas están puestas en que este movimiento nos lleve no sólo a buscar corregir desigualdades en el mundo en el que vivimos, sino que nos obligue a imaginar uno nuevo. Porque no basta con tomar las instituciones que oprimen ni con atiborrar a las empresas verticales de jefas, es necesario soñar y cultivar otras instituciones y otras empresas, otras formas de hacer comunidad.

Todo lo que hoy anhelamos para las nuestras puede y tendría que ser resignificado. Todas queremos sentirnos seguras, pero ¿qué significa la seguridad fuera del patriarcado? ¿Qué nos hace sentirnos tranquilas? ¿Cómo construimos comunidades seguras sin armas ni militares? Todas queremos justicia, pero ¿cuál es nuestra noción de la justicia? ¿Qué nos reparará realmente el daño? Si el castigo no es la opción, ¿qué sí? Y ¿cómo salimos de la lógica punitivista en la que estamos enfrascadas? Todas hemos atestiguado relaciones violentas, pero ¿cómo son las relaciones que sí queremos construir? ¿Qué tipo de afectos queremos que nos sostengan? ¿Cómo son los hombres con los que queremos caminar? (Si es que aún queremos). ¿Cómo es el amor en el mundo que anhelamos?

No es una tarea fácil. Todas nuestras nociones de lo bueno y lo malo están cimentadas en un mundo en cuya creación casi no participamos. No es fácil, pero es elemental. Repensar el cuidado, la ternura y la paz a la luz de nuestro feminismo es urgente. Hoy más que nunca es clave ser capaz de imaginar.

Las instituciones que conocemos no han hecho más que fallarnos. Ojalá esa decepción nos motive a no parar hasta encontrar alternativas. Si no lo hacemos, no habrá parches que nos alcancen. Dicen que lo bueno de tocar fondo es que no se puede ir más que hacia arriba. Si la pandemia implicó un desastre para los derechos y las luchas de las mujeres, sólo queda ir hacia allá. Nunca habíamos estado tan juntas ni tan fuertes. Que lo arropadas que nos sentimos hoy nos dé la fuerza para imaginar nuevos caminos. Toca reinventar juntas el futuro. Por nosotras y por todas las demás.

 

Georgina Jiménez
Politóloga del CIDE y coordinadora de contenidos en Data Cívica.

 

2 comentarios en “Ser feminista en un mundo sin imaginación

  1. Interesantísimo, cosas en las que no hemos parado a reflexionar. Ojalá las mujeres Ginecólogas propusieran un cambio radical en la atención del parto!

  2. En verdad que es Interesante, y el trasfondo la forma de reinventarlo, este primordialmente, pienso sería trabajo de nosotras cómo mujeres, y así implementar esto, segura que algún hombre adoptará la iniciativa para mejor la calidad de vida de la humanidad