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El día que me propusieron escribir este texto pensé inmediatamente en los datos y análisis sesudos que incluiría para argumentar por qué es urgente atender las violencias contra las mujeres en el país. Pensé mencionar, por ejemplo, el incremento drástico de violencia contra ellas durante la pandemia;1 la falta de acceso a la justicia jurisdiccional para las reclusas,2 así como el elevado riesgo de contagio por covid-19 a causa de las condiciones de internamiento en prisiones;3 la presencia, cada vez más preocupante, de las Fuerzas Armadas en las calles a pesar de los efectos negativos4 en la seguridad e integridad de las mujeres, sin importar que los militares se capaciten —o no— en derechos humanos,5 y las abrumadoras estimaciones del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) acerca de los efectos económicos de la pandemia en la vida de las mujeres en México.6

Ilustración: Belén García Monroy

Sin embargo, al siguiente día, el presidente —en ejercicio de sus funciones y desde un espacio con alcance nacional— llamó al feminismo en México “simulación”. No es la primera vez que desacredita al movimiento feminista con afirmaciones similares. Al escucharlo, entendí que estaba exhausta. Cansada de insistir en transmitir información relacionada con violencia contra las mujeres a las autoridades y a las personas que toman decisiones para convencerlas de que es un problema real que debe ser atendido con seriedad. Pensé en todas las veces que hemos buscado, procesado y sistematizado información —que, por cierto, debería ser pública— para construir investigaciones y documentos con diagnósticos y recomendaciones de política pública. A pesar de toda la evidencia, continuamos siendo desacreditadas. Nos escuchan de manera condescendiente —eso sí: con flores y halagos— sólo una vez al año durante el Día Internacional de la Mujer.

Por esas razones, decidí que este marzo mis interlocutoras no son las instituciones. Tampoco el presidente. Por el contrario, hoy me dirijo exclusivamente a todas las mujeres exhaustas. A las activistas que, como yo, se sienten furiosas y hartas. A todas las mujeres que inundaron las calles de morado en marzo de 2020 y también a las que piensan hacerlo este año desde el espacio público o desde sus hogares. Desde sus palabras. Les hablo a las mujeres que continúan exigiendo respuestas en medio de una parálisis institucional y a pesar de la pandemia; a las que buscan a sus hijes desaparecides; a las madres cansadas que han tenido que absorber jornadas triples de trabajo por la ausencia de sistemas públicos de cuidados; a las niñas y jóvenes que estudian en instituciones que encubren violencias; a las mujeres que denunciaron un pacto que permanece vigente y protegido; a las mujeres y niñas en las periferias; a las mujeres que nadie menciona; a las mujeres que, como a mí, les da un miedo indescriptible pensar en que, en algún momento, podrían olvidar los nombres de Íngrid, Abril, Fátima, Fátima, Diana, Mara, Valeria, Mariana, Rubí, Marisela, Lesvy, Danna, Marbella, Wendy. Miedo a la posibilidad de sentir menos indignación cada vez que otro nombre se acumula. Escribo esto para todas las mujeres que están hartas de ser llamadas simuladoras, conservadoras. A todas ellas les digo que sus voces enojadas y sus lágrimas de rabia nos dan aliento al resto.

Este año, marzo se siente distinto: el duelo que trajo la pandemia se unió al duelo permanente que implica ser mujer en México. En mi caso, este 8 marzo me alcanzó lejos de las jacarandas de Reforma; pero mucho más cerca que nunca de las redes construidas y sostenidas por las mujeres que quiero y que admiro profundamente. En esas redes confío y a esas redes le apuesto. Me ilusiona escuchar cómo las mujeres cuestionan los sistemas de justicia construidos por hombres y para hombres. Escucharlas hablar de otras justicias —en plural— y capaces de imaginar mundos distintos. Habitables. Mujeres organizadas para exigir alternativas a pesar de un país que nos prefiere asustadas y exhaustas. También me ilusiona escuchar a mujeres adultas exigir, desde sus saberes, más derechos para las que apenas comienzan. Pienso en mis colegas. Pienso también en las niñas de Chile saltando torniquetes. En las compañeras de Argentina llorando de alegría durante la madrugada, afuera del Congreso, con pañuelos, pintas y cubrebocas verdes. Recuerdo a las mujeres en México saturando las redes sociales con arte y palabras para Íngrid. Con flores para Wendy. En todas ellas encuentro el aliento que diluye mi tedio y espero estar contribuyendo a diluir el de alguna.

El 2021 será un año de muchos retos, pero también de muchas exigencias porque nuestros derechos no son concesiones y tampoco son negociables. Reafirmamos que no estamos solas: nos tenemos a nosotras y al potencial de nuestras redes. No somos forasteras y tampoco somos importadas. Somos mujeres feministas que encontramos aliento en el hartazgo. Y estamos muy hartas.

 

Mariana López Zaldívar
Encargada del área de Políticas Públicas en EQUIS: Justicia para las mujeres.


1 EQUIS: Justicia para las mujeres, Intersecta y Red Nacional de Refugios, Las dos pandemias.

2 EQUIS: Justicia para las mujeres, ¿Derechos aplazables?.

3 Pérez Correa, C. “Ni agua, ni jabón, ni sana distancia”, El Universal, 17 de marzo de 2020.

4 Intersecta, Las dos guerras.

5 Data Cívica, EQUIS: Justicia para las mujeres e Intersecta, Falsas Salvaguardas.

6 Coneval, Informe de Evaluación de la Política de Desarrollo Social 2020.