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A fines de 1975, Bob Dylan convocó a un grupo de músicos y realizó una gira por el noreste de Estados Unidos. Se presentaron en muy diversos espacios, algunos de ellos pequeños, y finalizaron en el Madison Square Garden en Nueva York. La idea, además, era filmar la gira y convertirla en película. Dylan llamó a Sam Shepard para que escribiera, mientras transcurría la travesía, algunas líneas argumentales.

Ilustración:Alberto Caudillo

Esa película jamás se hizo, pero con el material filmado y entrevistas a varios de los participantes, ya bastante cascados, Martin Scorsese, armó en 2019 Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story, que se puede ver en Netflix. Sam Shepard, por su lado, publicó, desde 1977, una serie de estampas de aquella troupe. Se trata de viñetas, retratos, escenas, conversaciones deshilvanadas pero expresivas del espíritu de aquel itinerario. Desfilan por ahí Joan Baez, el poeta Allen Ginsberg, Joni Mitchell, Robert McGuinn, Scarlet Rivera, T-Bone Burnett, Patti Smith y hasta Muhammad Ali; y Shepard trasmite “el sabor de toda la experiencia” que les permitió divertirse “más allá de lo que permite la ley” (Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera, Anagrama, 2006).

Shepard no oculta su fascinación por Dylan. Es para él un hombre que se creó a sí mismo como personaje y se convirtió en un “trovador vagabundo”. Su fuerza en el escenario —dice— lo convierte en un mago. Es “un maestro incendiario” que en cinco minutos logra que el recinto eche humo. “Hace sólo unos minutos este lugar tenía una atmósfera mortalmente espesa de tensión y de incomodidad, y ahora, en un momento, le ha quitado el tapón. Ha inyectado en la sala una emoción vivificante de gran fuerza”. Aporta “coraje y esperanza y sobre todo trae a primer plano la vida que late”.

Las letras, la música, los músicos y el conjunto en el escenario conjugan un emocionante happening. Y Dylan —descrito por Shepard— es casi un dios. “Crea una atmósfera mítica de la tierra que nos rodea. La tierra por la que caminamos cada día y que nunca vemos hasta que alguien nos la enseña”. Es un revelador, un anunciador, un guía. Es un misterio que no se resuelve nunca. El encanto, la seducción parece total. Shepard recuerda cómo surgieron los primeros héroes americanos. Mitos como el de Pecos Bill, que no fueron más que cuentos fantásticos o personajes que realmente existieron como Jesse James o Billy The Kid, aunque la mayoría de sus hazañas fueran inventadas. Y algo similar, dice, sucede con Dylan. Un mito, un héroe, que “cuando lo aplaudimos nos aplaudimos a nosotros mismos”. “La gente lo absorbe y en ese proceso sus vidas cambian”.

Creo que es suficiente para ilustrar el hechizo que Dylan ejerce sobre el autor. Pero no sólo sobre él. Las legiones que asisten a verlo se prenden, estallan, comulgan con un hombre y una banda que dan la impresión que hablan por ellos. Se transita del silencio a la euforia, del movimiento cadencioso al bombazo de júbilo, de la admiración a la idolatría. Hay una comunión mística y reventada. Y a Shepard lo empieza a invadir “un extraño miedo”. “El conjunto del público adopta la forma de un animal. Ya no hay individuos, sólo una masa que palpita, feroz y tentada por la carne cruda. Juntos producen un retumbar primitivo. Aplastan los vasos de plástico, muerden las mantas, destrozan botellas…”.

Han aparecido los fanáticos. Individuos que en manada dejan de serlo y muestran los dientes. Shepard impactado escribe: “Los fanes son más peligrosos que un hombre con un arma, porque andan persiguiendo algo invisible. Algún “algo” imaginado. Por lo menos con una pistola sabes a lo que te enfrentas”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

2 comentarios en “Una gira con Dylan

  1. No faltan ciudadanos franceses que aseguran que Mayo 68 fue producto del clima: una «revolución» ludica. Ganas de hechar desmadre.