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He guardado por diez años las llaves de mi casa en Damasco. Sé que nunca las volveré a usar. La casa ya no existe. Sin embargo, las veo cada tanto. Siria es un no país, la memoria de un presente que se desvaneció y se ha ido reconstruyendo con imágenes para sustituir los vacíos. Cada año, desde hace diez, recuerdo que en el fervor de las Primaveras, las imágenes eran ilusión de un futuro que jamás contó con la vocación autodestructiva de la región. Hoy, las imágenes vuelven a ser tan inexactas como favorables, más que la realidad. De eso se trata la memoria cuando se acaba. Funciona como un sustituto de la tragedia para olvidarnos de ella, aunque sea por un instante.

Ilustración: Diego Molina

La abuela murió, la tía murió, el tío murió, los primos migraron. Ningún viejo lazo de amistad aguantó este tiempo y jamás pude dar con el tío internado en un sanatorio de Beirut. Lo último que supe es que mi familia en Damasco dejó de pagar las cuotas correspondientes. Me enteré muy tarde. Aprendí a cargar con ello y a alegrar mis memorias sobre Siria para no detestarla; a pesar de ser indisociables de la dictadura que las hace odiosas, a pesar de la dictadura que sigue ahí y no faltan quienes las vitorean. Aquí, allá. Lo que no puede modificarse es la realidad de una década.

A diez años, el tránsito de emociones conoció la irrelevancia. Si no importa la tristeza, mucho menos el enojo cuando todo se reduce a lo práctico. Qué ha pasado en el último mes, qué se modificó del invierno anterior al último, qué provincia se perdió, cuál recuperó. Quién cruzó al Líbano, Turquía o logró viajar a Europa. El Dáesh, Hayat Tahrir al Sham o los kurdos entraron a lo práctico del desequilibrio. La cuarta brigada y la permanencia de Assad o la enfermedad son, si acaso, vistas con la perspectiva de la condición, ya ni siquiera con el maniqueísmo de las filias que facilita a los medios dar una noticia; por qué habría de serlo la rutina. Quizá, por eso, a diez años, todavía sea necesario explicar que el Dáesh es el Estado Islámico y relacionar a Hayat Tahrir al Sham con Al Qaeda o relatar de qué se tratan los kurdos, quiénes son. Tras diez años de decir una y otra vez lo que a otros se les olvida, no pierdo nada en seguir haciéndolo. Ya tampoco me peleo con que la guerra en Siria se traduzca a través acepciones genéricas. Su vocación esquizofrénica llevó a ello. Una esquizofrenia de inestabilidad estable, suficientemente conocida en Medio Oriente. Reuniones, clases de universidades y comercio en simultáneo a una bomba o a una incursión militar kilómetros adelante de las aulas. El 2020 lo exacerbó.

Para todo el mundo el año de la enfermedad rompió su cotidianidad, en Siria apenas se sumó a la existente sin reglas nuevas.

De los trece millones de desplazados, más de medio millón se encuentran en Jordania. Ahí, en el campo de refugiados de Zaatari, viven alrededor de 80 000. Hace unas semanas empezaron a vacunarlos. Los cubrebocas hechos a mano con textiles árabes contienen la belleza perdida. Recuerdan lo mejor que teníamos en lo peor que tenemos. Ese coqueteo constante con lo estético ahora no es capaz de ocultar el abandono. En nuestras telas, como en el leguaje, importaba más lo bello de lo dicho que lo dicho. Qué espantoso es lo que dice la belleza en esos pedazos de tela: el retiro del derecho a enfermar. Niños dibujan flores y mapamundis en los N95 que les regalan.

En otros campos, al interior del no país, los Cascos Blancos desinfectan ropas amontonadas en el piso sobre sábanas. En las ciudades, toques de queda parciales, cierre de escuelas y negocios llegaron demasiado tarde.

En el mundo se hizo usual suponer que los gobiernos locales han mentido sobre el número de contagios y muertes. No en Siria; ahí no tienen que mentir porque nadie tiene idea de cuántos son. En los territorios controlados por kurdos reportan los kurdos para sí; en los de los turcos lo hacen ellos; en los del régimen, los propios. La falta de pruebas es masiva; las que se hacen dan resultados tan erróneos que cuando funcionarios sirios viajan a reuniones en Europa, obtienen resultados opuestos a los que llevaron en sus sacos. Abundan los testimonios de médicos que dan cuenta de la falta de hisopos para realizar los exámenes. Sin hisopos no hay pruebas. Los hospitales no se dieron abasto en los años de mayor violencia, era de esperar que también ocurriese con la pandemia. Más de trescientas instalaciones sanitarias han sido atacadas desde 2011. Cuando en otras naciones la saturación de hospitales es problemática, la lógica siria se vuelve perversa: si no hay hospitales no hay problema. El Departamento de Salud abrió centros de cuarentena para contener los contagios. Repatriados de los países vecinos son llevados a permanecer ahí.

Siria es un no país con demasiados no ciudadanos sobreviviendo fuera de sus fronteras. Cuando el gobierno libanés hizo que la Organización de las Naciones Unidas dejara de censar refugiados, éstos pasaban del millón. Qué memoria puede construirse entre los niños que viven en campamentos informales, qué memoria deja la falta de educación tras el cierre de las escuelas hechizas que ordenó el gobierno libanés en otoño. A sus padres les quedan los recuerdos de su casa, de sus otros hijos, los que no atravesaron la frontera. Las llagas del exilio. Con demasiadas ausencias a cuestas, sigo sabiendo de muchos que aún sueñan con volver.

La operación turca que inició en 2016 evolucionó para reforzar las paradojas de la guerra. Después de quitarle al Dáesh la ciudad de Al Bab en 2017 y bajo el amparo del Acuerdo de Astana con Rusia e Irán, su inversión en infraestructura en suelo sirio les ha servido para establecer la solidez de tropas afines. Con ellas, no sólo han limitado el avance de Damasco, les permitió ocupar el enclave de Afrin, controlado en su momento por los kurdos. Las decenas de miles de desplazados que provocaron desde entonces, en el embiste de la indecencia, están obligados a mirarse como el mal menor. La presencia turca es para decenas de miles más la única defensa contra los militares del régimen, contra los ataques respaldados por Moscú.

Diez años de destrucción amplía las posibilidades de la miseria a un punto en que la empatía siempre será insuficiente. La supervivencia obliga a lo impensable. Si las opciones desaparecen, las motivaciones son tan grandes como un poco de dinero. Sólo es poco para quien tiene más que eso. Sin razones políticas, porque la guerra las llega a esfumar, padres de familia aceptan los pagos de Ankara para unirse a sus tropas en el territorio y fuera de él. Cuando en 2020 Armenia y Azerbaiyán volvieron a su disputa interminable, es cierto que la industria clandestina de la guerra llamó a los mercenarios habituales. El hambre hizo habituales a quienes no lo eran. Hombres regulares que, en la pobreza, se enrolaron en ejércitos respaldados por Turquía para combatir a los armenios. Las familias de esos hombres permanecen en la región de Idlib.

En Deir Ezzor, donde Assad acaba de inaugurar lo que llamaron un centro para la reconciliación, los rusos reclutan con métodos similares para pelear en Libia. La inauguración del centro también sirvió para incorporar nuevos hombres al ejército oficial. Ejércitos en los que la identidad nacional de los combatientes desapareció porque diez años desaparecen lo que sea, en especial la identidad como último reducto de la dignidad.

Conservo junto a mis llaves un viejo mapa. Más viejo que yo. La línea que formalmente separa a Siria de Turquía es punteada. Da a entender que la frontera es maleable. No lo fue nunca hasta ahora. Sin una Siria ni una Turquía con las formas actuales, el control territorial importaba más que el político. Hoy Idlib, como gran parte del norte del no país, se encuentra de facto bajo control turco.

Para cerca de cuatro millones de civiles desplazados, refugiarse en Turquía es la única protección posible. Traíamos la vara baja y la hicimos minarete.

¿Qué tan largas pueden ser las espirales compuestas por paradojas circundantes?

Cada día son más frecuentes los rumores de milicias financiadas por Irán, comandadas por algún miembro del Hizbulah, que se relacionan con milicias kurdas para frenar el avance turco sobre los Sinyar, en Irak. Sinyar es zona yazidí, sobre ellos cayó la operación de limpieza étnica que perpetró el Dáesh.

El no país es una figura que ayuda a digerir las paradojas. La destrucción total es parte del paisaje. Que los turcos construyan caminos, escuelas y hospitales para quienes están en áreas bajo su control, no exime la discrecionalidad deleznable del control. El territorio recuperado por Assad gracias a Moscú e Irán está en las condiciones que hace unos años me llevaron a preguntar: ¿qué cree Bashar que ganó cuando lo que controla es escombro?

Los Emiratos, en su multipolaridad tan de la península, enviaron un avión con dinero a final del 2020. En la entrega participó Bushra, la hermana de Bashar. Los Assad reconstruyeron algo. Los rusos o los iraníes, que establecieron con Damasco la Cámara de Comercio Conjunto Irán-Siria en 2019, reconstruirán otra parte. Inventamos la reconstrucción sobre ruinas para que no dejen de ser ruinas. Las condiciones en Irak no permiten el traslado de bienes por sus fronteras. La nueva Cámara de Comercio viola la Caesar Act que impuso Estados Unidos contra quien haga negocios con la dictadura, el no país es tan no y tan poco país que sortea las limitaciones. La pandemia tiene distraído al mundo como para perder tiempo.

Mis recuerdos más entrañables, los no familiares, son con amigos que vivían del contrabando entre Bagdad y Damasco, entre Beirut y Damasco. En el no país nunca ha sido difícil llevar cualquier cosa de un lugar a otro. La corrupción como pilar fundacional cuenta con planos que Latinoamérica envidiaría.

Medio Oriente ya había superado a Latinoamérica en la creación de pobreza. El no país hace su parte.

Conservo unas llaves que no tienen puerta.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.