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La memoria, sin consultarme, me obliga a recordar a una de mis tías, prima de mi madre, que trabajaba como mecanógrafa y cuando me veía, yo era joven entonces, me decía que ella sí era una verdadera escritora. Y no yo, pese a que por aquel entonces ya había publicado un libro. Ambos nos reíamos y su sentido del humor se imponía siempre en nuestros encuentros. “Me dedico a teclear todo el día; nadie tiene derecho a decirme que no soy escritora”. Esta anécdota, cándida e incipiente para quien no la vivió, me lleva a pensar que el sentido del humor, la flema pícara y el temperamento burlesco no son frecuentes entre los escritores. Su presencia es excepcional, Quevedo, Jonathan Swift, Mark Twain, Yevgueni Zamiatin, Francisco Umbral, Jorge Ibargüengoitia (y otros que ustedes tienen ya en su cabeza) no han sido comunes en su tiempo, sino sorpresas bienvenidas. El odio florido, el desprecio y el anatema furibundo, en cambio, son mercancía de todos los días. Es posible que la imaginación exacerbada de los escritores, su disposición a la fábula y a la ficción, su capacidad verbal sean armas letales y propicias para herir la susceptibilidad de otras personas y de los escritores mismos. Su odio o animadversión suelen ser peligrosos cuando consideran a otros sus enemigos. El campo de batalla no es precisamente el mundo físico, sino la disputa imaginaria y la insolencia literaria. El odio convertido en palabra mordaz e inteligente hace un daño excepcional y nadie, salvo los abúlicos, quedará indemne de esta pasión. Ustedes recuerdan el episodio bochornoso y la demanda millonaria que le costó a Truman Capote haber afirmado que a Gore Vidal lo habían sacado a patadas de la Casa Blanca. Sin embargo, el suceso es conocido por todos aquéllos que están al tanto de la obra y vida del autor de A sangre fría. Hans Mayer, el crítico de literatura alemana, narra, en un capítulo sobre Robert Musil, los deseos que el autor de El hombre sin atributos tenía de abandonar Europa huyendo del nazismo, pero el único país que aceptó recibirlo había sido Colombia. Musil rehusó trasladarse a este país aludiendo a una razón que para él resultaba incuestionable; le dijo a Mayer que no podía hacer tal cosa porque: “Stefan Zweig vive en Sudamérica”. A tales alturas superlativas llegaba el odio de Musil por el autor de 24 horas en la vida de una mujer. Me viene a la mente ahora el encono que profesaban Breton y los surrealistas hacia Anatole France (escritor, por cierto, de una novela satírica: La isla de los pingüinos). Lo llamaron “cadáver” y otras lindezas que es mejor no traer a cuento. Es obvio que no comprendieron a France y lo leyeron desde su cartilla dogmática y a partir de la geometría de la época. Es conocida también la ruptura entre Nietzsche y Wagner dado que el primero, luego de profesar una admiración casi mística por el músico, escribió que la música significaba el lenguaje de lo monstruoso, de la santidad metafísica, del misterio, y por lo tanto sólo era un “ruido vacío”. Después se arrepiente de haber ofendido a su antes admirado artista y se pregunta cuánto vale la pena ejercer la crítica si de ese modo va a destruir una amistad y depreciar el amor. Creo que su arrepentimiento fue un sobresalto y un exabrupto, ya que el filósofo alemán siempre amó y respetó más su pensamiento, su crítica y sus conceptos que ninguna otra cosa. El odio de un escritor no es poca cosa; y no cualquiera encarna el caso de Turgueniev que deseaba ser enterrado junto a su amigo Gustave Flaubert.

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: El hombre mal vestido, Fandelli, Mis mujeres muertas y Mariana Constrictor.

Ilustración: Estelí Meza