Por supuesto que no es lo mismo hablar de un indio de Xochimilco que de un indio de Yucatán o de la Sierra Madre Oriental. Los seis millones de indios afines de nuestro siglo constituyen un vasto espectro de lenguas, de etnias y de cultura. Más de un millón hablan náhuatl, existe medio millón de mayas, ocho mil son tarahumaras, ochenta mil otomíes, cien mil idiomas derivados del maya. Los más apartados —huicholes, coras, tepehuanes, tarahumaras— son los que mejor conservan sus antiguas culturas, sus mitos y sus rituales.

Los indios son los únicos demócratas. Ascienden a la gubernatura por servicios gratuitos prestados a la comunidad y este gobierno no figura en la Constitución. Está sometido a presidencias municipales en manos de mestizos, sus peores enemigos. Poseen grandes riquezas naturales —todos los bosques— algunos mares, muchos terrenos comunales, pero como no les hemos enseñado técnicas de su explotación, es el gobiernos, los talamontes y los invasores, los beneficiarios de estas riquezas.

Si me preguntaran qué es un indio no sabría contestar. No se llaman mexicanos —no lo son— sino huicholes o mayas o tarascos. Son humildes, conocen bien la naturaleza de sus tierras, están ligados entre sí de modo fraternal, carecen de bienes, son artesanos muy hábiles, los explotan los ricos finqueros como en el tiempo de Porfirio Díaz, los vendedores de alcohol, los usureros aldeanos, el ejército y los invasores de sus tierras. Viven en un universo sacralizado, mantienen a sus dioses, les aterroriza la sola presencia de los blancos o los mestizos y su sentido mágico-religioso los entrega inermes a sus saqueadores.

El alcohol —plaga de los colonizados—, los radios de transistores y los maestros bilingües, en ese orden, están demoliendo el resto de sus antiguas culturas. ¿Qué hace el Instituto Nacional Indigenista Muy poca cosa debido a sus escasos recursos y a la falta de coordinación con los gobernadores y las Secretarías de Estado. Logra mantener escuelas, clínicas, albergues escolares, presta algunos servicios, remedia algunos males y, privado de la educación conveniente a sus necesidades y ajeno a la reforma agraria, se limita a defenderlos. Es muy posible que sin la intervención del INI su situación sería mucho peor de lo que es en la actualidad.

Somos culpables de la gran miseria de los campesinos y de la miseria de los indios, los más pobres de los campesinos. Indio fue por siglos un término peyorativo y lo sigue siendo. Da dolor ver a un tarahumara pedir limosna en la ciudad de Chihuahua mientras los talamontes se hacen millonarios, da dolor tropezar en los caminos del Mayab con ebrios perdidos, tirados como muertos en los caminos, da dolor entrar en las cavernas donde los mixtecos tejen sombreros, da dolor asistir a un ritual de embriaguez colectiva escenificado por los indios de Chiapas, da dolor presenciar cómo invaden sus tierras los mestizos de la sierra, da dolor verse asaltado en las calles por las Marías llevando a su niñito en la espalda, da dolor pensar en el potencial de los niños indios condenados a un porvenir indigente, da dolor que abandonen sus parcelas sin agua y emigren a las ciudades y pierdan sus valores, da dolor comprobar cómo destruimos su alma encantada, da dolor su degradación de siglos y allí están echándonos en cara su humillación con sus harapos.

México pierde con ellos su magia y su misterio. Nos desacralizamos. Esta herida abierta desde el siglo XVI sangra todavía, somos inconscientes del etnocidio. ¿Cómo hablar de igualdad, de libertad, de dignidad del hombre? Y luego protestamos cuando los sudafricanos esclavizan a los negros y los israelitas a los palestinos.

¿De qué sirvieron Fray Bartolomé de las Casas, los doce primeros franciscanos, el obispo Zumárraga, fundador del Colegio de Tlaltelolco, o Don Vasco de Quiroga que trajo a nuestro país la Utopía de Tomás Moro, todo un programa de humanismo que los gobiernos nunca retomaron?

Desde luego soy otro muy distinto del que fui gracias a mis largas estancias entre los indios. Trato hoy, sin conseguirlo, de desechar toda idea de creerme importante, de ser un guerrero, es decir un hombre de conducta impecable, de considerar sagrados a los árboles, a los animales y a los peces, de penetrar un mundo donde impera la solidaridad y la democracia que ellos me enseñaron.

Me asombró entre los otomíes el que vieran a los hombres como dioses, su sentido de la hospitalidad, ese pasarse las noches conversando y riéndose – ellos los que tienen el poder del silencio – y su sentido del arte y de la cortesía. Traté de denunciar los crímenes de que son víctimas, hablé con dos presidentes de la situación. Me oyeron y Echeverría se empeñó en mejorar la vida de los huicholes pero la maquinaria de los intereses creados y las mentiras de los funcionarios impidieron que su esfuerzo tuviera éxito siquiera en ese pequeño grupo.

Mis denuncias cayeron en el vacío, mi voz se perdió en la retórica de los que se decían protectores de los indios y de los campesinos. En ese sentido aré en el mar. Nadie me hizo el menor caso. Para mí fueron veinte años ganados, para la causa de los indios, perdidos. Debo llorar y maldecirme a mí mismo.

 

Fernando Benítez
Escritor y periodista. Hace varios años publicó su monumental obra Los indios de México. En 1988 dio a conocer El libro de los desastres.