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I. El hallazgo

Jamás en mi vida encontré en la calle, o en cualquier parte del mundo, un objeto cualquiera. Hay personas que encuentran carteras, joyas, cheques, animales de lujo y sé de un polaco que encontró un piano en la playa de Leblon, inspirando el célebre cuento de Aníbal Machado. Pero el que esto escribe, nada: ni un botón.

Por eso fue grande mi emoción al reparar, en el asiento del colectivo, en una bolsa negra de señora. El destino me prestaba ese pequeño favor: completaba mi identificación con el resto de la humanidad, que siempre tiene para contar una historia de algún objeto encontrado; y me permitiría ser útil a alguien, devolviendo lo que le haría falta.

La bolsa pertenecía ciertamente a la chica morena que viajaba a mi lado, y de quien yo vi solamente el perfil. Se sentó, abrió el libro y se sumergió en la lectura. Yo sentí deseos de decirle: “Señorita, no haga eso, cuide sus ojos”, pero tuve miedo de que ella viera en mis palabras algo más que un cuidado oftalmológico, y me detuve. Absorta en la lectura, al bajar olvidó el objeto, que sólo me llamó la atención cuando el colectivo ya iba lejos.

Pero yo no estaba preparado para encontrar una bolsa y comuniqué el hallazgo al pasajero más cercano:

drummond

—La muchacha olvidó esto.

Él, sin duda más experimentado que yo, contestó simplemente:

—Ábrala.

Dudé: me daba pena abrir la bolsa de una desconocida ausente; nada habría en ella con lo que yo tuviera que ver.

—¿No es mejor que se la entregue al chofer?

—Eso lo complica. La dueña va a tener dificultades en identificar el camión. Abriéndola, usted encontrará una dirección de inmediato.

Era razonable, y delante del testigo abrí la bolsa, no sin experimentar la sensación de que violaba una intimidad. Busqué entre el montón de cosas, no encontré nada esclarecedor, sino lo mismo: el destino me daba las cosas por la mitad. La cerré rápido.

—Llévesela a su casa— me dijo mi consejero, como quien dice: “es suya”. Pero añadió: —Busque bien y la dirección aparecerá.

Como él también se bajó enseguida, me vi solo con la bolsa en la mano, ya decidido a llevarla conmigo. Y para evitar que a la salida el chofer me interpelara (“Oiga, mi estimado, deja eso ahí”), hallé prudente envolverla en el periódico que llevaba. Ya entiende el lector que en ese momento mi situación moral era poco sólida, pues yo buscaba esconder del chofer un objeto que no me pertenecía, bajo el pretexto de que mi intención era restituirla a la dueña; como si yo conociera a la propietaria más que el chofer, que podía muy bien conocerla de vista; y como si yo hubiera dudado de él, que con igual razón podía desconfiar de mí, su pasajero, cuando lo más fácil (¿o no?) sería explicarle que yo dudaba, no de los choferes en general o de él, en particular, pero sí de la eficacia del sistema de entrega de objetos perdidos en colectivos.

Así, con la cara escondida convenientemente, como algo tenebroso que convenía sustraer a la curiosidad pública, pagué con dignidad el pasaje y salté sin obstáculos.

II. El contenido

Al llegar a casa, el primer cuidado de este cronista fue vaciar la bolsa y examinar el contenido, con el fin de identificar a su propietaria. Luego, creí conveniente poner los objetos en orden e inventariarlos, primero porque era mi intención devolver todo de manera regular, para que la muchacha verificara, en mi presencia, si no faltaba nada; segundo, porque vencida la repugnancia de tocar una cosa ajena, era legítima, y hasta científica, la curiosidad de saber qué útiles contiene una bolsa femenina común, en nuestra época, en el área cultural de Río de Janeiro.

Bueno, no tenía artefactos de cuero, metal o piedra, reveladores de costumbres tribales aún no estudiadas; no deslumbraba por la magnificencia de los artículos de aseo ni ocultaba crímenes y pasiones en objetos simbólicos. Aquí está honestamente su acervo:

2 lápices de labios; 1 lápiz para cejas; 1 cepillito para lo mismo; 1 espejito; 1 pantaleta con ribete dorado; 1 peine; 2 rizadores; 1 frasquito de Nuit de Long-champ; 1 jabón; 1 pañuelo blanco y 1 amarillo estampado, para limpiar el carmín de los labios; 1 franela para lentes; 1 pluma fuente; 2 lápices; 1 goma; 3 clips; 1 navaja pequeña; 1 dije con la figura de un puño de madera; 1 cinta adhesiva; 1 ampolleta de Pernemon fuerte; 1 comprimido de magnesia bisurada; 1 cápsula de Xantinon B-12; 1 llavero con dos llaves; 1 llave grande, suelta; 1 hoja de papel de envoltura; 1 pedazo de bramante; 1 tarjeta de firma de representaciones; una nota de venta por el valor de 4,550 cruceiros referente a “1 suéter de lujo, una enagua fruncida y 1 par de calzones de liga”; 1 monedero con 4.50 cruceiros; 1 calendario pequeño; 2 folletos; 1 papel mecanografiado. En un rinconcito disimulado, la cantidad mayor de dinero: 950 cruceiros.

La agenda fue explorada; en su interior había una flor seca, la fotografía de un dibujo representando un rostro femenino de cabellos largos, y una credencial de estudiante de medicina; en la credencial, el retrato de frente de una joven en la cual no fue difícil reconocer a la muchacha del colectivo, vista de perfil. Tuve la alegría de un descubrimiento; pero fue una alegría corta, pues en ninguna hoja del cuadernito estaba la dirección de la chica. Los nombres no coincidían, y como las direcciones anotadas eran varias, pareció molesto y poco aconsejable hablar por teléfono a todas, investigando en la academia de medicina. Qué grado de intimidad tendrían esas personas con ella, y por qué necesitaban saber que la muchacha había perdido su bolsa. 

Decidí, entonces, telefonear a la secretaría de la Facultad de Medicina en la mañana siguiente, y volví a guardar en la bolsa lo que había sacado de ella. Dormí mal, preocupado por la noche que la muchacha estaría pasando sin dinero, sin la llave del departamento, en una ciudad donde las muchachas no siempre están bien protegidas. ¿Quién sabía si aun de noche podría tranquilizarla? Eran las veinticuatro horas. Corrí a la bolsa, leí el papelito mecanografiado: “Llave de la armonía. Deseo Armonía, Amor, Verdad, y Justicia a todos mis hermanos del Círculo de la Comunión del Pensamiento. Estoy satisfecha y en paz con el universo entero y deseo que todos los seres realicen sus aspiraciones más íntimas”. Tales sentimientos me penetraron, y concilié el sueño.

III. La búsqueda

A las nueve de la mañana, por teléfono, me comuniqué con la secretaría de la Facultad de Medicina. Expuse el objeto de la consulta, de modo que no hubiera dudas: buscaba la dirección de la Srita. Andrea de Poggia (era el nombre de la credencial) para restituirle una bolsa, sólo para eso. El hombre me escuchó atentamente, y después:

—Ah, joven, sólo que llame usted otra vez después de las once. Yo soy empleado de la limpieza.

Más por presentimientos que con base en hechos, comencé a entender que no sería fácil deshacerme de aquel objeto. La razón decía que en dos horas la dirección de Andrea estaría en mi poder. Una voz oscura me susurró: lo dudo.

A las once y quince una empleada muy gentil tomó conocimiento del caso, se cercioró de mi honorabilidad y prometió llamar en cuanto obtuviera la información. Y efectivamente lo hizo, instantes después.

—Usted debe estar equivocado. No tenemos ninguna alumna que se llame Andrea de Poggia.

—Tal vez se encuentre con la matrícula detenida y no conste en la lista de alumnos.

—No señor.

—Pero está en la credencial: número 215.

—El 215 es un muchacho.

Le di las gracias y fui a la agenda. Para mi espanto, la gran mayoría de los nombres anotados no tenía teléfono, o eran casas comerciales que no querían contestar. Los otros dos posibles no estaban en casa o no conocían a ninguna Andrea. Uno, creyéndose víctima de una burla, iba a proferir una de esas expresiones comunes en la Cámara de Diputados, pero colgué. Otro conocía a Andrés —el Andrés Meireles, de Sursan, que perdió un portafolio con acciones de la cerveza Brahma al portador, y que casi se volvió loco; ¿lo había encontrado yo? 

Le expliqué que eran artículos completamente distintos, y que, ya dando vueltas con una bolsa femenina, yo no podía responsabilizarme por el portafolio de Andrés, pero el hombre quería de cualquier forma establecer un vínculo entre el portafolio y la bolsa.

Después de tantas llamadas infructuosas, la solución era poner en el periódico un anuncio clasificado. Verifiqué la eficacia de ese medio de divulgación, dado que nueve señoras y señoritas, por teléfono, por carta o personalmente, se declararon más o menos Andrea de Poggia, esto es, mujeres en busca de una bolsa perdida. Pero todas se equivocaban al respecto de la propia identidad. Los nombres no coincidían, o los rostros no coincidían con la foto, aunque algunos rostros fuesen hasta más bonitos. La cuarta Andrea aclaró que al sacar el retratito estaba más gorda, la séptima que estaba más flaca, ninguna se enojó cuando les expliqué que la bolsa era indudablemente de otra Andrea de Poggia —la décima, que no aparecía—. Otra observación: siendo grande el número de bolsas femeninas perdidas en Río, muchas (señoras, no bolsas) se resignan a aceptar otra cualquiera, en sustitución de la que perdieron. Mujeres buscando bolsas, bolsas aguardando mujeres; desencuentros.

Ya con cierto mal humor en relación a Andrea que así se ocultaba a mis investigaciones benignas, pero deseoso de cumplir hasta el final el deber de caballero del viejo estilo, que encontró una bolsa de señora en el colectivo, anoté los nombres de las calles que más se repetían en la agenda y emprendí las pesquisas de campo. Y como este baile ya me está cansando, aun cuando entusiasme a uno u otro lector que me ha telefoneado para saber si he encontrado a la dueña de la bolsa, daré el desenlace enseguida.

IV. El encuentro

Toqué en varias casas de distintos barrios, y por desgracia nadie supo quién era Andrea de Poggia. En general, mi intención de devolver alguna cosa a alguien se tomaba con escepticismo. Dentro de la bolsa el dinero se devaluaba, y era de temer que si un día yo encontrase a la propietaria, el contenido ya no valdría nada.

drummond

Contemplando el retrato de Andrea, yo naturalmente le daba una personalidad universitaria; meditando la frase de la Llave de la Armonía, otra Andrea se aparecía en mi imaginación. Una, racional, científica, técnica; otra, soñadora y mágica, en conexión con el universo a través de las “Instrucciones reservadas para uso del hermano del Círculo de la Comunión del Pensamiento” y de las “Meditaciones” diarias del mismo círculo, como se titulaban los folletos de la bolsa.

Llegué a pensar que el objeto pertenecía en condominio a dos muchachas, tan diversas me parecían las tendencias. No era agradable admitir que una se hubiera apoderado de la bolsa de la otra. Pensé también —sin convicción— en un caso de doble personalidad, con visitas alternadas al anfiteatro médico y sesiones de espiritismo; la bolsa serviría a ambos intereses. 

En las idas y venidas en busca de la chica, cargaba conmigo el objeto envuelto. A veces sentía deseo de aventarlo, librándome de la obligación incómoda. La misma voz de antes me murmuraba entonces: “¡Débil! ¡Débil!”. Y de ahí, aunque la aventara desde el teleférico del Pan de Azúcar, la bolsa sería encontrada otra vez, iniciando un nuevo ciclo de investigaciones.

Entonces redoblé esfuerzos, con miedo de que, a mi vez, perdiera la cosa perdida; nadie me censuraría por eso, a no ser yo mismo, pues la bolsa crecía en mí, me cubría de imperativos morales, me dirigía. Me sentía “el hombre del paquete”, vagamente sospechoso a la policía.

De repente, un mes después, en la Calle Uruguayana, me encuentro de frente con Andrea. Ella misma, como la había visto de perfil y como la recordaba del retrato.

—¿Es la señorita Andrea de Poggia?

No dijo que sí ni que no; me miró con naturalidad, como si me conociese o me esperase; apenas murmuró:

—¿Será que el señor?…

—Exactamente. Encontré su bolsa. Aquí está.

—¡Ah, gracias! Yo tenía la certeza de que ella volvería, ¿sabe? Soy espiritista. Con permiso.

Y abriéndola sin ceremonia, lo cual me chocó un poco, removió hasta encontrar la agenda y retirar de ella la reproducción del dibujo.

—¡Felizmente, aquí está!

Le pregunté a quién se refería, pues la figura era femenina, de cabellos largos.

—No señor, es mi guía, un príncipe hindú de cabello largo. ¡Vea qué nobleza!

—Tenga la bondad de contar el dinero —le pedí, constreñido.

—No hace falta. Confío en su caballerosidad. Lo esencial para mí es el retrato del guía. Yo no podía perderlo. Pero estaba segura de que volvería.

—Escuche, doña Andrea…

—No soy Andrea —me interrumpió dulcemente—. Mi nombre es Rita Peixoto, comerciante, su servidora.

—¿Y entonces la credencial?

—Bueno, de vez en cuando a la gente le gusta ir a un cine, usted comprende…

Comprendí, las credenciales de estudiante son para eso. Le conté entonces los problemas de conciencia que me asaltaron por causa de su bolsa, los esfuerzos por descubrirla.

—¿Ya ve? Fue mi guía quien actuó en todo esto. Me hizo perder la bolsa para que usted se acercara más a la humanidad. ¡Ahora todo se explica!

Nos separamos, felices; ella, con el retrato del guía; yo, libre de la bolsa y decidido a no levantar ninguna otra cosa que encontrara en cualquier colectivo. n

Traducción de José Salvador Ribeiro

(Núm. 142, octubre de 1989)