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La idea de que Donald J. Trump está derrotado y se encuentra en vísperas de ser depositado en el basurero de la historia bien puede ser un error colosal. Todas las señas que se desprenden de su comportamiento y de entorno inmediato en las últimas horas, incluyendo las provenientes del Partido Republicano, indican que la adrenalina lo vivifica y lo relanza. De ahí esa carrera contra el tiempo que el Partido Demócrata ha emprendido, buscando la aplicación de la enmienda 25 de la Constitución o de plano el juicio político. Todo esto en el entendido de que, además, casi seguro, no renunciará. Me temo que si Trump llega al 20 de enero, habrá ganado.

Trump sabe perfectamente que representa un poderoso movimiento sociopolítico, articulado alrededor de su propia persona. Y hoy sabe, mejor aún, que sus naves no se quemaron en el asalto al edificio del Congreso; aunque nos cueste aceptarlo, aquello fue una llamarada con los materiales de los adversarios. El 6 de enero fue una reiteración programática, un énfasis de viejas frases conocidas: abajo con los formalismos de la corrección política (que no son otra cosa que los formalismos de la política sin más). La raza, el género, el medio ambiente, el Estado disminuido, el aldeanismo político, el aislamiento internacional son todos ingredientes en la licuadora simplificadora del trumpismo para producir el batido hediondo que conocemos. Pero esto ya lo sabíamos, y resulta en realidad muy poco relevante.

Ilustración: David Peón

El problema es otro: se trata de los 74 millones de votos de Trump el pasado noviembre; de su fortalecido control de su propio partido; del control de muchas legislaturas locales; de una presencia importante en las cámaras de representantes y de senadores, como vimos en la certificación de la elección presidencial; de su implantación en medios tradicionales y a todo lo largo y ancho del universo de internet; de su atracción, menor pero significativa, en minorías raciales. El trumpismo es un fenómeno real, concreto, dinámico, cínico, flexible, estructural, impredecible, nacional, salvaje, multiclasista, racista, a la vez fundamentalista cristiano y pagano.

Trump es una geopolítica en un país grandísimo y con infinidad de microclimas políticos. Lo que pasó en la colina del Capitolio no puede ser reconocido de la misma manera en las grandes ciudades del Atlántico, del Pacífico o de los Grandes Lagos que, en contraste, en comunidades del Deep South, el Valle del Ohio, las planicies, Montana, las Dakotas o en Alaska. El trumpismo es una rebelión contra las grandes ciudades, contra sus pecados reales o imaginarios; el trumpismo es una rebelión de blancos apanicados por lo que consideran una política  blandengue frente a la inmigración; el trumpismo es una rebelión de deudores que piensan que han sido estafados por el gobierno federal y no por sus acreedores de carne y hueso; el trumpismo es una rebelión de provincianos enojados por muchas cosas (y quizá por todas las cosas) contra el centro político; el trumpismo es una rebelión de machos contra las afeminadas (eso creen)  buenas maneras de la política. En fin, que el trumpismo es una rebelión de las culturas locales contra el nomo civilizatorio, ese que siempre es poroso, etéreo, poco definido y asertivo, para que al final quepamos todos.

Frente a Trump y su movimiento pareciera que la estrategia más sensata es jugar su juego: la aplicación de todo el imaginario y herramental del radicalismo político, en clave republicana (no del partido sino de la República). Creo que es peligrosa, y ridícula, la fantasía según la cual la mera decencia de Joe Biden alcanzaría para desarmar el armatoste sui generis del trumpismo. No es así por la peregrina razón de que la política estadunidense ha entrado en el terreno de las puras emociones y éstas no se aplacarán pidiendo las cosas por favor; deben formalizarse y publicitarse un conjunto de incentivos materiales y morales de largo alcance. Por lo pronto, sin embargo, los demócratas (y Biden sobre todo) deben regresar los golpes recibidos, uno por uno: ante el asalto al Capitolio, el castigo ejemplar, empezando por Trump; ante las taras en el combate a la pandemia de covid, una agresiva campaña para controlarla, vindicando su naturaleza estatal, digamos que en la mejor tradición del New Deal; ante el vaciamiento generacional que ha implicado la elitización de la educación superior en Estados Unidos, una apuesta federal sólida y agresiva que redescubra para los propios estadunidenses las virtudes cívicas y politizadoras de jóvenes más educados; ante el estilo trumpiano de dirigir la política económica desde el green de su propio campo de golf, la resucitación de los mecanismos corporativos de negociación para reflotar la economía, incluyendo la subida de impuestos.

Hoy por hoy Trump no está muerto políticamente; si lo dejan, va a regresar: tiene partido, tiene votos, tiene dinero, tiene una sólida implantación local en un país que mira a dos océanos. Él lo sabe; entiende inclusive que puede jugar al aislamiento y al abandono, porque está jugando, compitiendo, cada segundo; no gobierna, juega; no planea, apuesta; no mide, disfruta cada acción que se atribuye. Por eso es tan recomendable una política políticamente radical: para poner las cosas en su lugar y comprar tiempo, que es lo que toda democracia hace siempre, eternamente: comprar tiempo.

 

Ariel Rodríguez Kuri
El Colegio de México.

 

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