El Atolladero

Publicamos un relato del libro Nadie encontrará mis huesos, un compendio de cuentos de terror y ecoficción. Los personajes, en situaciones aterradoras, viven la intoxicación de realidades que damos por sentadas y en cuya ignorancia se asoma el horror. La agilidad de sus imágenes, con ciertos recursos tomados al cine y a los videojuegos, encadena al lector a proseguir en las páginas.


Leda escuchó el grito de una mujer. Venía de la casa de junto. Fue breve. Buscó una reacción en los demás, pero Miguel y los trabajadores continuaron moviendo y acomodando cosas de la mudanza, como si nada hubiera sucedido.

Esa noche, la primera en su nuevo hogar, Leda y Miguel durmieron sin sueños. Leda, sin embargo, despertó varias veces en medio de la oscuridad. Le era raro a su instinto dormir en un cuarto diferente. Se trataba de otra atmósfera que, sin embargo, también prometía volverse íntima. Pero faltaba para eso. Primero tendrían que vaciar sus pertenencias de las cajas y acomodarlas en los cuartos y repisas. Tendrían que realmente adueñarse del lugar. El solo pensamiento la hizo sentirse más extraña.

Salió a correr por la mañana y pasó junto a la casa de donde creía haber escuchado los gritos la tarde anterior. Era una ruina: su jardín estaba tan descuidado que parecía un pequeño pantano. El pasto estaba alto y revuelto. Denso. Entre la maleza se dejaban ver pedazos de tierra convertidos en lodazales y charcos llenos de mosquitos. En su fachada tenía unos arbustos mal cuidados y enredaderas que fracturaban la pintura de por sí ya en deterioro. De no ser por la luz que salía de un cuarto y el evento del día anterior, Leda habría asegurado que ese lugar estaba abandonado. No lo recordaba así. La última vez que visitaron el vecindario antes de mudarse, era una casa normal. Eso había sido dos semanas antes. Tal vez hasta habría pensado dos veces moverse junto a eso. Se lo contaría a Miguel. Tenía que hacerlo.

Regresó al mediodía. El sol mataba las sombras. Leda estaba cansada y satisfecha. Sudaba mucho y sentía la piel ardiendo. Entonces se encontró de nuevo frente a la casa descuidada. Esa otra perspectiva le permitió ver más detalles: el patio trasero, a diferencia del frente, tenía solo tierra. Lodo. Y hongos de todos los tamaños. Leda se preguntó si eran cultivados o crecían solamente por las condiciones de la tierra. Sintió ganas de explorar todo de cerca. Pero una cortina se movió en un cuarto donde, a pesar de la hora, una luz se veía encendida. Creyó ver la figura de una persona. Leda se sintió sucia y observada. Regresó a su casa llena de escalofríos.

Miguel desempacaba las cosas de la cocina. Había terminado con los cubiertos. Estaba con los platos. Leda, sin decir nada, lo besó y empezó a abrir la caja de las ollas y sartenes.

—Tenía hambre, por eso empecé por aquí —dijo Miguel animado.

—Yo hago el desayuno y tú la comida, ¿sale? —contestó Leda.

Miguel asintió. Sacaron las cosas en silencio. Leda limpió rápido lo que iba a necesitar y tomó huevos del refrigerador. Pensó en hacer un omelette. Buscó las especias que necesitaba para su receta personal. Hizo entonces una conexión inusual: las plantas le recordaron los jardines de la casa de junto.

—Oye, ¿ya viste la casa de al lado? ¿Qué onda? —dijo Leda mientras, para disimular sus nervios, preparaba la comida.

—¿Qué tiene?

—¿No la has visto? Parece abandonada.

—No me acuerdo que estuviera así.

—Porque no lo estaba.

—Al rato que salga la checo.

—Y ayer como que alguien de ahí gritó, ¿no escuchaste?

—Cierto, creí escuchar algo, pero pensé que solo había sido yo. Luego voy a checar qué pasa.

No hablaron más sobre el tema. Desayunaron, se bañaron y Leda se fue a su trabajo. Miguel se quedó en su computadora.

Ya de noche, la luz de la casa en ruinas continuaba encendida. Leda se molestó. La sensación empeoró cuando, justo al abrir la puerta de su casa para entrar, Miguel la abordó.

—¡Conocí al vecino! —dijo sonriendo.

—Ah, ¿fuiste a ver la casa? —preguntó Leda más molesta.

—No, no. Él vino a presentarse.

—¿Qué?

—¡Sí! Se llama Jonás. Tiene 28, casi nuestra edad. Vive solo. Se disculpó por cómo la tiene. Te descubrió mientras la veías feo. Dijo que está atravesando por cambios duros en su vida y no tiene tiempo para darle mantenimiento. ¡Pero es muy amable! Un día deberíamos comer con él o algo. Me cayó muy bien. Hasta nos dio un regalo, ¡mira!

Miguel salió corriendo y regresó con un hongo. Era negro, la luz se perdía en su sombrero. Tenía unas escamas doradas y púrpuras. En la tierra donde estaba su tallo había una especie de baba que soltaba brillos plateados. Leda dio un paso hacia atrás. Olía raro. No mal. Lo miró con asco. Miguel no hizo caso a su reacción.

—Dice que ayuda a limpiar el aire de malas vibras y a que soñemos mejor.

—¿Tú crees que sí? Parece venenoso…

—No te preocupes. Se ve que él sabe lo que hace. Lo voy a dejar de mi lado de la cama.

Se fue y volvió de nuevo sin el hongo. Sus manos brillaban y tenían manchas negras. Pero no era tierra. Se las sacudió en su ropa. Leda notó que el color no se fue.

—¿Y te dijo algo de los gritos?

—¿Qué gritos?

—Los de ayer de cuando llegamos…

—…

—…

—Ah, sí. No, no le pregunté. Se me olvidó. Yo creo que no eran de esa casa.

Lo eran. Ella lo sabía.

 

Leda tomaba las manos de Miguel. Bailaban en círculos. Reían. Se besaban apasionadamente. Estaban en el fondo de un lago. A pesar de la oscuridad, podía ver las algas, rocas y peces extraños que vivían en el fondo. Miguel la acostó en el suelo. Detrás de ellos, el vecino los miraba excitado. Era más una presencia, pero Leda sabía que era él. Lo escuchó jadear. Leda sintió asco de sí misma. Se puso nerviosa y se dio cuenta de que estaba tragando agua cada vez que inhalaba. Se ahogaba. Quiso nadar hacia la superficie, pero Miguel se había convertido en una roca que cubría su cuerpo. Estaba atrapada. Moría. El vecino caminó hacia ella. Se agachó sobre su cabeza, mordió su cabello y arrancó un mechón grande. Se fue piel con ese jalón. Leda luchó por escaparse, pero Miguel la estrujaba. Y el agua no dejaba de metérsele. Todo la aplastaba. El vecino le arrancaba pelo y carne con más violencia.

Sintió frío. Suavidad en los pies. Dolor en la mandíbula: mordía nada con todas sus fuerzas. Abrió los ojos. Era el jardín de su casa. Aún era de noche. Estaba desnuda y Miguel, frente a ella, también. Miró alrededor. Nadie los había notado. Alcanzó a ver la luz del vecino encendida. Tomó a Miguel de la mano e intentó llevarlo dentro, pero se negó. Su cuerpo se puso tenso y la jaló hacia ella, como si no quisiera que se movieran del lugar. Leda forcejeó con él varias veces hasta que cedió. Corrió con él hacia su casa. Encendió las luces de los cuartos mientras pasaba por ellos. Miraba a todos lados como si fuera más vulnerable dentro que fuera. Llegó a su cuarto. Miguel no respondía. Sus ojos estaban cerrados. Realmente estaba dormido. Lo sacudió para despertarlo. De su nariz brotó un hilo de sangre. Lo acostó y vio que de su lado de la cama estaba el enorme hongo. Palpitaba. Leda fue por unos guantes, lo tomó, abrió la ventana y lo arrojó hacia la casa del vecino. Se deshizo en el muro. Lanzó también los guantes.

Fue con Miguel. Su cuerpo tenía manchas negras, pero dormía como si nada hubiera pasado. Leda no supo qué hacer. Se sentó en el borde de su lado de la cama. La impresión volteó sus sentidos y pensamientos a sí misma. Únicamente llegaba una cosa a su mente: el vecino. Así estuvo hasta que los primeros rayos del sol llegaron a su cuarto y ella ya no pudo con el insomnio y el estrés. Se quedó dormida. Solo por unas horas.

Las cajas de su cuarto estaban abiertas y las cosas que guardaban en ellas se encontraban esparcidas por todo el piso. Miguel ya no estaba junto a ella. Lo buscó, angustiada. Lo encontró leyendo en la sala junto a una pila de libros. Sintió miedo de verlo así, normal.

—Al rato acomodo las cosas del cuarto. Andaba buscando esto —dijo Miguel mientras señalaba el libro que tenía en las manos.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

—Sí, ¿por? —contestó Miguel extrañado.

—En la noche desperté y los dos estábamos afuera, sin ropa.

—¿En serio? No me acuerdo de nada… ¿No fue un sueño?

—No —contestó molesta—. Y estoy segura que fue por la cosa que nos regaló el tipo de junto.

—¿El hongo?

—Sí. Y ya me deshice de él.

—No lo hubieras tirado, se veía que era una especie rara.

—Y venenosa, ya te lo dije.

—No creo. ¿Para qué nos hubiera dado algo así? Jonás no se ve del tipo de gente que hace daño.

—¿Entonces de qué tipo de gente se ve?

—Pues, no sé; alguien agradable.

—No sé, Miguel, en serio me dio mucho miedo lo que nos pasó ayer. Tú estabas como en trance o algo. ¿Ya te viste el cuerpo? Tienes algo en la piel. Por favor, aunque te haya caído bien, intenta ya no tener contacto con el vecino.

—Es tierra de cuando moví el hongo al cuarto, ¿no? Pero está bien. Si te sientes más segura, así será.

—Gracias…

A veces Miguel le parecía tan estúpido, tan manipulable por impresiones superficiales. Él le mandó un beso. Cuando ella regresó, Miguel estaba acostado en un sillón. El libro descansaba boca abajo sobre su pecho. Dormía porque, Leda lo sabía, no había descansado en toda la noche. Su cuerpo, aunque no su conciencia, sintió el estrés de todo lo sucedido. Notó que tenía una mancha negra en el cuello. Salió preocupada.

Intentó no fijarse en la casa de Jonás, el vecino, pero justo la puerta de su casa se abrió. Lo conoció al fin. Estaba parado en medio de la oscuridad. Era viejo. Tenía el pecho descubierto, infestado de vellos grises y un enorme estómago que parecía a punto de estallar. Su rostro estaba enmarañado por una barba descuidada, de pocos días. Su nariz y las mejillas estaban enrojecidas, como si hubiera bebido mucho alcohol. Se lamía los labios. Miraba directo hacia Leda. Ella sintió ganas de llorar y continuó su camino hacia la parada del camión.

Pensó en él todo el día. Pidió un taxi que la dejara frente a su casa para no tener que pasar sola por ahí. Entró. Miguel trabajaba.

—Ya escuché los ruidos que decías del otro día. Pero más que gritos de dolor, me parecieron… de placer —dijo Miguel con tono jocoso—. Yo creo que Jonás tiene una novia y le gusta presumirlo.

Ella iba a decir algo, pero los gritos comenzaron de nuevo. Ahora fueron diferentes. No le parecieron de placer en lo más mínimo. Pero. No duraron mucho. Y terminaron con uno más largo y agudo. Después no se escuchó nada. Miguel rio.

—¿Ves? —dijo sonriendo—. Se está divirtiendo.

Al prepararse para dormir, Leda cerró con seguro las ventanas y la puerta del cuarto.

En la madrugada escuchó unos golpes en la ventana. Abrió los ojos y no vio nada en la oscuridad. Intentó despertar a Miguel, pero dormía profundamente. Respiró hondo. Al inhalar, sintió que algo se le metía. Estornudó. En su mano quedaron restos de sangre. Cayó al suelo. Mientras se desvanecía alcanzó a ver el suelo debajo de la cama infestado de hongos parecidos al que el hombre les había regalado. Y entendió: el hongo había soltado esporas, se reprodujo. Ahora toda su descendencia hacía lo mismo. Cientos de escamas doradas flotaban en el aire. Y entraban en Leda, la envenenaban. Se escuchó un golpe y el vidrio de la ventana se rompió. Una sombra cubrió su cuerpo. Leda se rindió ante el sueño.

Miguel era una babosa que reptaba por el cuerpo desnudo de Leda. Dejaba un camino viscoso y negro. El vecino se aparecía en forma de un sapo negro y dorado. Decía cosas que ella no alcanzaba a entender. Miguel entonces se metía en su boca y se seguía hasta todos sus adentros.

Despertó. Jonás la cargaba sobre un hombro y arrastraba a Miguel por el suelo. Ella estaba muy débil, aún intoxicada. Todo era oscuridad hasta que pasaron junto a una luz. Estaban dentro de la casa de Jonás; el cuarto era el que siempre vio con la luz encendida. Una lámpara enorme lo iluminaba. En el suelo había cuerpos de lo que parecían mujeres. Dos se veían más frescos que los demás. Todos estaban cubiertos por setas de diferentes tipos. No pudo observar más detalles porque Jonás los siguió arrastrando hasta llegar a unas escaleras que bajaban. Notó que Leda estaba despierta.

—Mucho gusto —dijo Jonás. Su voz era una cloaca— Al fin te puedo tocar. La otra vez casi pude hacerlo, pero mi niño aún no había preparado sus cuerpos lo suficiente. Seguían fuertes como para estar de pie.

Leda intentó hablar, pero no pudo. Su cuerpo le hormigueaba. Jonás bajó con la pareja.

—No puedo creer mi suerte. Llegaron en el momento justo. Me quedaban solo tres raciones. Me escucharon trabajar con ellas, ¿no?

Las escaleras terminaron. Jonás soltó a Miguel y prendió unas velas. El lugar era pura tierra húmeda. Dejó a Leda con cuidado cerca de Miguel. Escuchó que Jonás escarbaba en el suelo detrás de ella. Después caminó hacia Miguel, se agachó y le metió un puñado de tierra en la boca. Miguel cambió de color. Las manchas negras cubrieron su piel por completo.

—Con esto ya no se va a mover mientras trabajo contigo —dijo mientras le metía tierra ahora por los oídos—. Tengo que aceptar que él me ayudó a que vinieran. Casi te trae, ¿te diste cuenta? No sabía qué efecto tendría mi niño con dos personas. Con un hombre, sobre todo. No llevo tanto tiempo en esto, aunque no lo parezca.

Jonás la cargó hacia un extremo del lugar. Ahí había un pozo, no era profundo; contenía un líquido negro, como brea, como el hongo. Jonás se metió con ella.

—Voy a tener resultados increíbles contigo —le susurró y la besó y la lamió.

Y comenzó su trabajo. Entonces los sentidos de Leda despertaron. Empezó a gritar. Como todas las anteriores. Como todas las que vendrían.

 

• Enrique Urbina, Nadie encontrará mis huesos, Guadalajara, Paraíso Perdido, 2020, 136 p.

 

Enrique Urbina
Publicó la plaquette Raíces (Paraíso Perdido, 2016) y el poemario A​quí el silencio no descansa​ (DharmaBooks, 2018). Ha colaborado con diversos medios impresos y electrónicos como Tierra Adentro, Penumbria, Letralia y Axxón.

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Publicado en: Literal