Carlos Castillo Peraza, director de la revista Palabra, órgano oficial del Partido Acción Nacional, y articulista de La Jornada, responde a “Maquío: el otro populismo” de Soledad Loaeza, publicado en el número 127 de Nexos.

Soledad Loaeza nos ha entregado (Nexos 127) un capítulo más de su ya gruesa bitácora. Se trata de “Maquío: el otro populismo” al que ahora voy a referirme -espero que amigable y respetuosamente-; dado que el artículo apareció a escasos días de las elecciones y cualquier respuesta resulta extemporánea desde el punto de vista de la oportunidad política, estas líneas probablemente nunca hubieran sido. Quien publica, escribe desde un horizonte personal y una ubicación social. Ni la historia propia ni la circunstancia en que esa se da aseguran o niegan razón, si razón se tiene, pero sí ayudan al lector a comprender lo que llega a sus ojos. Ni siquiera una persona de la calidad de Soledad Loaeza puede escapar totalmente a los efectos de causas sobre las que no tiene control. Nadie decide el día ni el lugar de su nacimiento, ni mucho menos elige progenitores. Tal vez Soledad estuvo donde no pudo no estar. Pero, en la actualidad, está donde quiere. Su talento y su personalidad no permiten imaginarla en horizonte o ubicación forzados. No creo que sea una osadía opinar que los juicios, hipótesis, interpretaciones y expresiones que ahora nos comunica tienen que ver con sus libres opciones. Soledad viene de lejos y está donde escogió estar.

La larga marcha de Soledad comienza como hija de un fundador del PAN. Transcurre luego por el mundo académico; abarca una tesis doctoral sobre clases medias mexicanas y un ensayo acerca de Acción Nacional -“La oposición leal en México”-, ambas de lectura obligada y fructífera. Acaba de publicar, en una obra colectiva, otro ensayo sobre el PAN: “De la oposición leal a la impaciencia electoral”.

La manera en que Acción Nacional preocupa y ocupa a Soledad Loaeza parece la de un viejo amor -que “ni se olvida ni se deja”-, mucho más que la de una obsesión por el parricidio político. Sin embargo, todo indica que la candidatura presidencial de Manuel Clouthier modificó su actitud. Maquío el brindó la oportunidad de saltar de la nostalgia a la ruptura sin temor ni temblor. Es, muy probablemente, un caso de lo que Soledad misma llama “fractura entre élites” y que yo llamaría de desencanto indiscreto de una burguesía. De esa burguesía que, a veces dentro y a veces fuera del PAN, resulta encantada por la “oposición leal” y preferiría que Acción Nacional le dijera al pueblo – o a “la gente”, como entrecomilla Soledad- lo que el pueblo no quiere oir. ¿Es sensatamente imaginable un candidato de la oposición cantando las glorias del pacto en el acicalado lenguaje del alemanismo?

Clouthier autoritario. Clouthier malhablado. Clouthier violento. Las letanías son largas. ¿A cuántos grados de autoritarismo llegará el Maquío en la escala Jonguitud? Soledad coincide con quienes -desde la cercanía del poder- propalan la imagen de un Clouthier troglodita y de unos fundadores del PAN retorciéndose en sus tumbas. Es evidente que el estilo del Maquío no es el de muchos panistas de antaño. Pero también lo es que, para quienes despreciaron a los viejos panistas por su estilo, el panista bueno es el panista muerto: no importa qué se haga pues, en el fondo, el poder siempre tiene la razón. ¿Se asustaron los panistas de ayer con el lenguaje de Gutiérrez Vega o Rodríguez Lapuente en los cincuenta? ¿No afirmó el mismísimo Efraín González Luna que el PAN era un medio y no un fin?

La referencia a Filipinas parece hisopo en aquelarre. Sólo se analiza en función de lo que en ese país tuvo y tiene que ver Washington, pero sin considerar que en México pululan, del municipio más remoto a la capital de la República, los Ferdinandos y las Imeldas. Se omite la evocación de un hecho: sin lo que hicieron los propios tagalos, los Estados Unidos hubieran valido en Filipinas lo que valieron en Viet Nam. Y nada se dice de lo que Washington ha significado y significa para el sostenimiento del régimen mexicano y no precisamente para el de la oposición.

Ya nos había asegurado en otra parte Soledad que “ahora como antes no se puede ser panista y empresario a la vez” Pero ahí están Gómez Morín, Luis H. Alvarez, Juan Landerreche Obregón, Juan José Hinojosa… Son hechos -Lenin dixit- que tienen la cabeza dura. Acción Nacional ha sido un partido abierto. Empresarios han ido, han venido y han permanecido. Pero muchos más que ellos somos los que venimos de otros ámbitos socio-económicos y culturales. Y creo que es una simplificación afirmar que para el PAN y su candidato presidencial todo el problema de México es de fraude electoral, aunque sería insensato olvidar lo que la cultura de la falsificación de los comicios pesa sobre la realidad nacional. Hasta un priísta como Federico Reyes Heroles menciona a Ortega y Gasset -ante Salinas de Gortari- para recordar la gravitación enorme de ese “pequeño problema técnico”. La alquimia de Bucareli no es un mito de novatos ni un fantasma de primerizos. Es una realidad nuevamente desnuda -en tiempos de la negación del “carro completo” y la afirmación de la “modernización”- por los empleados de una bien retratada imprenta… íQue hable Novagraf!

Asegura Soledad que Clouthier habla como si el Estado no existiera. Aceptemos sin conceder y añadamos que bien podría hacerlo después de ver al Estado mexicano confundirse con el gobierno y el partido oficial. En la hipótesis, sencillamente coincidiría con la opinión de Carlos Pereyra -común y añorado amigo-, quien alguna vez sostuvo que lo más lamentable del PRI era que había desprestigiado y hecho deleznable la noción misma de Estado, en virtud de la confusión gobierno-Estado-partido llevada a límites intolerables. Por otro lado, Soledad parecía ya resignada al fraude electoral, pues lo que aparentemente le disgusta es la denuncia de su preparación y no la realidad de su programación, presupuesto y ejecución. La intranquiliza -como a algunos empresarios y beneficiarios del statu quo- un panismo al que quisieran modoso grupo de presión. La desencanta el tránsito de lo “leal” a lo “impaciente”. Los sosiega la “lealtad”, los seda la “paciencia”, virtudes que visten bien a quienes, desde una bien acolchonada barrera, siempre encuentran razones para justificar al poder. Es lógico: para el Príncipe de Salina – véase II Gattopardo-, con que la nobleza dure dos decenios más ya sería eterna.

Soledad, al modo Echeverría Ruiz, expulsa del PAN a Manuel Clouthier. Tal es su deseo. Que se realice es otra cosa, pero sería condición sine qua non para que la vida siga igual. Como resultaría enormemente útil que no hubiera sino una convención nacional del PAN la que aprobara la plataforma política que Clouthier sostuvo en su campaña. Naturalmente, si las fuentes de información son algunas publicaciones fascinadas por las anécdotas de campaña, ésta no es más que crítica negativa, baños de mar y comilonas. La realidad es que, además de la plataforma, se presentaron más de doce planes específicos para hacer frente a problemas nacionales. En tanto, los 300 de Legorreta y algunos más lanzaban su carga, y no precisamente en favor del PAN ni de Clouthier.

Acción Nacional tiene, eso sí, que hacer frente a un innegable crecimiento. Este desafío no sólo preocupa, sino ocupa sistemáticamente al partido. Sólo el partido oficial no tiene problemas de esta índole. No cabe duda de que cuajar un partido político es tarea difícil en la misma medida en que los fraudes electorales corroen la conciencia y la voluntad de quienes aspiran a la democracia, y los orillan al desánimo o a la violencia. Esta dificultad no es nueva para el PAN. Es la que han superado muchos mexicanos que han permanecido en la vida política sin dejarse cooptar por el poder, por un lado, y, por otro, sin caer en el discreto o indiscreto, pero poco explicable desencanto de una burguesía que es dueña del dinero de los ricos, del saber de los académicos, del poderío de los políticos y del lenguaje de los pobres pero, buena educación obliga, sin “palabrotas”.