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Cuando vivieron juntos, Claudia Hipólita y Lorenzo perdieron un loro. El loro había venido a refugiarse a la ventana de su departamento, frente a un parque, herido por el ataque de otra ave. Claudia Hipólita le había puesto una caja de madera con agua y elotes. El loro había comido y dormido unos días ahí, rehusando siempre la cercanía de Claudia Hipólita, que le cambiaba el agua y los elotes. El loro mejoró, reemplumó y un día voló de nuevo el parque. La ausencia del loro fue una pérdida menor en el horizonte de los días felices de Claudia Hipólita y Lorenzo. Un día, al amanecer, mientras Claudia Hipólita dormía, Lorenzo oyó ruidos en la ventana y era el loro. Golpeaba con el pico en el lugar donde había estado su caja de madera. Lorenzo salió al balcón y vio al loro alzar la cabeza vencida, tratando inútilmente de subirse al dedo que Lorenzo le ofrecía. Tomó en sus manos al loro y lo llevó a la cocina, cuidando de que Claudia Hipólita no despertara. En un cajón de madera donde maduraban unos mangos, le improvisó al loro una casa parecida a la de sus días en el balcón. Le puso agua y maíces, pero el loro no bebió ni comió. Lorenzo despertó a Claudia Hipólita y le dijo lo que pasaba. Claudia Hipólita vino a la cocina, anticipadamente bañada en llanto. Ordenó a Lorenzo llamar al veterinario de la vez anterior. “El loro se está muriendo de viejo”, dijo el veterinario, luego de inspeccionarlo con frialdad forense. “Podría decirse que vino a morir aquí, como los elefantes van a morir donde recuerdan”. El loro murió sin aspavientos, literalmente clavó el pico frente a Claudia Hipólita y Lorenzo, que no habían dejado de mirarlo.

Ilustración: Estelí Meza

—No sé cómo vamos a recordar a este loro —dijo Lorenzo—. Nunca le pusimos nombre.

—Sin nombre —respondió, colérica, Claudia Hipólita.

—¿El loro a secas? ¿El loro subsistente? —preguntó Lorenzo, con ironía platónica.

Claudia Hipólita lo miró de frente y dijo:

—Esta burla que haces del loro, puedo no perdonarla nunca.

Enterraron al loro en el parque, al pie de la palmera preferida de Claudia Hipólita, la misma donde, años después, cuando Lorenzo se había ido, Claudia Hipólita grabó el nombre de Lorenzo, deseando con toda su alma no volver a verlo nunca, y que volviera, como el loro.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor e historiador. Acaba de publicar la novela Plagio.