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Cuando empezó el año mis aspiraciones eran simples, pero el horóscopo chino las agigantó. Me dijo que era el Año de la Rata, mi signo, y que por tanto debía esperar cosas extraordinarias. Sería un año representado por la inteligencia y el empecinamiento: la rata, el animal que sobrevive a todo. Un oftalmólogo aseguró que sería el año de la visión perfecta: 2020. Confieso que mi lado supersticioso se entusiasmó.

Ilustración: Estelí Meza

Comencé enero con la promesa de impartir una conferencia que me emocionaba. Se cumplían 15 años del Festival de Escritores en San Miguel Allende y yo sería la oradora principal. Lápices afilados. Imágenes de la historia del arte y la publicidad seleccionadas ex profeso. Amigos escritores presentes. Con una exposición arrasadora sobre las formas en que las mujeres hemos sido representadas a lo largo de la historia y el modo en que nos escribimos hoy, ¿qué podía ir mal?

Tuve un profesor en la universidad, el cuentista español Arturo Souto Alabarce, cuyo lema era: “Todo problema es susceptible de empeorar”. Cuánta razón tenía. Lo que en la conferencia empezó como un pequeño problema técnico —un proyector que no proyectó—siguió con mi intento de asomarme a la pantalla que estaba detrás y terminó con mi estrepitosa caída desde un escenario de más de un metro de altura. En cámara lenta vi un inmenso podio de madera venir hacia mí, escuché el grito de horror de un auditorio abarrotado, y después vi todo negro. Desperté en una ambulancia de la Cruz Roja con una enfermera, quien me preguntaba: ¿Se acuerda de qué ocurrió? Estaba dando una conferencia. ¿Y pudo terminarla? Sólo me faltó el final. Pues éste es el final, me espetó, y volví a ver todo negro.

Luego de pasar por ese tubo infernal llamado tomógrafo y de permanecer en una sala de recuperación por un tiempo infinito, recuerdo haberme vestido con ayuda y haber salido por mi propio pie a vivir uno de los momentos más memorables de mi existencia. Los amigos escritores me esperaban fuera del hospital y me recibieron con una ovación cerrada. Nunca en mi vida me habían aplaudido por un traspié. Me sentí extraña y feliz aunque también dudé de estar viviendo realmente eso.

Sufrí una contusión cerebral. No tuve hemorragia interna. Pasé varios meses deteniéndome de los muebles, de los muros, de todo el que se pusiera enfrente porque el mundo se volvió una centrífuga. Luego recibí una noticia extravagante: todos debíamos permanecer confinados y vivir contándonos la misma historia. ¿Cómo puedo creerle al médico que me dice que estoy perfectamente sana y los demás también?

 

Rosa Beltrán
Escritora. Acaba de publicar el libro de ensayos Verdades virtuales.