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El dolor tiene algo de completo vacío
—Emily Dickinson

Este año soñé que me convertía en perro. No que ya era un perro, caminando por ahí; me veía transformándome en uno, y no como en una película, a toda velocidad y entre chispas, sino que con una lentitud pasmosa me iba tirando al piso hasta quedar hecha un perro pequeño que, entonces, seguía hundiéndose en la materia viscosa de la alfombra vuelta arenas movedizas y acababa sumido en un lodazal, con nada más que la cabeza de fuera. Era, pues, el perro de Goya. Detrás de mí, un fondo amarillo, impreciso, hacía las veces de firmamento.

Ilustración: Estelí Meza

Un perro que no hacía mucho más que mirar al cielo, con la esperanza de que alguien se apiadara de mí y me arrancara de ese fango. Tal vez lloraba un poco, como lloran los perros, con un quejidito apenas perceptible, sin lágrimas.

¿El perro de Goya se hunde o emerge? La respuesta depende del grado de pesimismo del espectador. En mi sueño, claramente, estaba estancado. Haciendo cosas de perro: dormir, comer, tomar agua, ladrarle a una ardilla, perseguir a una mosca, dar vueltas sobre mi propio eje antes de dejarme caer y, entonces, dormir, comer, tomar agua. Así pasaba las horas; las semanas, incluso. Y aunque a lo mejor algunas cosas llegaban a alegrarme, como el día en que pesqué en el aire un pedazo de carne lanzado accidentalmente por un tenedor, la mayor parte del tiempo no hacía más que existir.

O sea que no me convertí en el perro de Las meninas de Velázquez, ese perro majestuoso, con el pelaje reluciente y los ojos entrecerrados, dejándose mimar por un zapatito con cintas rojas que le acaricia el lomo desde la derecha del cuadro. No, en mi sueño era ese perro semihundido. Ahogado en preguntas de perro: ¿salir o no salir? ¿Dejar o no el tapete? ¿Correr o no tras el gato del vecino?

Hablo de esa pintura negra de Goya, que es la única que no es negra. Y, aun así, Goya la pintó junto a las demás, directamente en uno de los muros de su casa, cuando ya era un viejo. Las pinturas de vejez se parecen. No importa que sean figurativas o abstractas. Da igual que sea Saturno devorando a su hijo o uno de los enormes lienzos que Rothko llevó a cabo antes de suicidarse, donde vemos al pintor de colores vibrantes bajarle la luz a su pintura hasta dejarla en angustiosa penumbra.

Era el perro de Goya. Abismado, confuso, en espera perpetua.

 

María Minera
Crítica y activista cultural.