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 Mario Vargas Llosa: El hablador. Editorial Seix-Barral, Barcelona, 1988, 234 pp.

Mario Vargas Llosa, el escritor, nacido en Arequipa de padre que conoció mucho después, que padeció de pequeño el confinamiento de las escuelas militares y que empezó a escribir para encontrar su propia identidad; que navegó con ráfagas favorables en mares de tinta, y que por esos rumbos conoció la gloria y la fama tanto como la envidia y el denuesto, y que hasta la fecha sigue fascinando multitudes con su pluma. Vargas Llosa el hablador, viejo seripigari que anduvo coleccionando leyendas por el Amazonas y el Sertón, que pasó de abogado a fiscal de las izquierdas y que se aferró a sus creencias contra viento y marea; que aconsejado por Tasurinchi y Kientibakori defendió y vilipendió príncipes, y que en el crepúsculo del milenio quiso ser, además del escritor más grande, el máximo hablador de su terruño.

Novela de múltiples lecturas y posibilidades, El Hablador es un juego de espejos. El texto da la visión del mundo de unos hombres que viven en un estado de comunión casi total con la naturaleza. Temores, mitos, sabidurías, anécdotas, historias y una relación íntima entre la selva y sus habitantes, integran un fresco alucinante de imágenes. A la tribu la observan y la juzgan antropólogos peruanos ilustrados y académicos modernos; el Instituto Lingüístico de Verano mesiánico, «civilizador», vendedor de nuevas religiones y valores, pregonero de supercherías de moda y de un imposible american way of life- y Mascarita (antes que conozcamos su destino), un estudiante impresionado, mimetizado, fantasioso y con devoción de cruzado. El narrador, un Vargas Llosa sin disfraz, los ve y los recrea; otro lector los observa en movimiento y se debate en el fondo de un crisol, revolviéndose con sus fantasmas y sus prejuicios.

Al dibujarlos con trazos fríos, casi sin tomar partido, Vargas Llosa ofrece un rompecabezas de mitos, creencias, proposiciones, iniciativas y códigos que abren un universo abigarrado en toda su densidad, su complejidad y sus contradicciones.

Con una influencia inocultable de Isaiah Berlin, Vargas Llosa ha optado por uno de los paradigmas que tan sabiamente Berlin desmenuza: la zorra. Vargas Llosa prefiere en sus novelas «una visión dispersa y múltiple de la realidad y de los hombres, que no integra lo que existe en una explicación u orden coherente, pues percibe el mundo como una compleja diversidad en la que, aunque los hechos o fenómenos particulares gocen de sentido o coherencia, el todo es tumultuoso, contradictorio, inapresable.» (Vargas Llosa, Contra viento y marea, Seix Barral, 1983, p. 147)

Desde esta perspectiva, El Hablador se hermana con La casa verde, con aquellas buenas intenciones que arrojan resultados perversos, como los actos de las monjas que redimían indígenas en una estación transitoria antes de incorporarlas a la civilización como putas; y con La guerra del fin del mundo, la novela crepuscular de Vargas Llosa, donde dos concepciones del mundo radicalmente antagónicas entran en conflicto hasta el holocausto, y donde el choque es descrito con una fuerza narrativa que dio pie a uno de los relatos más deslumbrantes de las últimas décadas.

Sin mayores pretensiones, la nueva novela no tiene ni la densidad de La casa verde ni la fastuosidad de La guerra del fin del mundo, pero es sin duda un eslabón en el pulimiento de una perspectiva para narrar: Vargas Llosa ofrece aquí una diversidad de cristales; a través de ellos los personajes ven y viven su propia vida. Esas visiones contrapuestas son el detonador de una secuencias de conflictos sin fin.

Las propias ideas políticas del narrador contribuyen a delinear el perfil del personaje que cuenta los hechos. Esto aparece como parte de una novela que sirve para crear una presencia más, que también ilustra una de las múltiples plataformas desde donde se observan los acontecimientos. De tal suerte, hasta las manías ideológicas que el autor vende como político sirven para apuntalar al narrador, que a la postre resulta sujeto y creación de la propia novela.

En más de un sentido, la historia de Mascarita está emparentada con la de Mayta. En ambas novelas Vargas Llosa es el escritor que le sigue la pista a sus condiscípulos hasta descubrir, con la distancia de los años, que aquellos amigos entrañables y conocidos de la juventud sufrieron una transfiguración inimaginable, convirtiéndose de sonámbulos en terroristas, y de etnólogos en habladores.

Como Alejandro Mayta, Saúl Zuratas es un hombre arrinconado por sus propios atributos. En la Historia de Mayta el protagonista es huérfano de padre, comunista en una sociedad conservadora, trotskista en las turbulentas filas de una izquierda stalinista y homosexual en un mundo intolerante. En El Hablador, Mascarita le debe el mote a un lunar enorme, que le cubría la mitad del rostro como si fuera un manchón de tinta, y que arrastró como estigma de monstruosidad durante toda su vida. Para su desdicha, el lunar era el imán de todas las miradas, servía de combustible para las burlas y despertaba el horror de las mujeres. Para contrarrestar esos efectos, Saúl echaba mano de todos los recursos, desde el humor hasta la indiferencia, pero su impronta de fenómeno le cerró todas las puertas de la naturalidad humana, y terminó por lanzarlo hacia el regazo de una sociedad distinta.

Tal y como aquel conspirador de catacumbas de la Historia de Mayta, Mascarita abraza la causa de los oprimidos y la defiende ante todo el mundo con un fervor de fanático. Si Mayta es un heraldo de la lucha de clases y la revolución violenta, Saúl Zuratas es un defensor a ultranza de los machiguengas, una tribu perdida en el Amazonas peruano, que representa el último eslabón de la cadena de explotación del rebajó, y uno de los estados primordiales de la humanidad. En medio de esos hombres semidesnudos, que viven casi en la prehistoria, Mascarita encuentra su destino.

Sin embargo, las historias tienen también sus contrastes. A diferencia de Mayta, que apostó su vida en una sublevación que terminó en el ridículo, Saúl Zuratas logró su cometido, y después de una conversión que le revolvió el alma se encontró a sí mismo. «Un día -cuenta Mascarita-, al llegar adonde una familia, a mi espalda dijeron: Ahí llega el hablador. Vamos a oirlo. Yo escuché. Me quedé muy sorprendido. ¿Hablan de mí?, les pregunté. Todos movieron las cabezas. Ehé, ehé, de ti hablamos, asintiendo. Yo era, pues, el hablador. Me quedé lleno de asombro. Así me quedé. Mi corazón un tambor parecía. Golpeando en mi pecho: bom, bom. ¿Me había encontrado con mi destino? Quizás. Así seria, aquella vez. En una quebradita del río Timpshía, donde había machiguengas, fue. Ya no queda ninguno por allá. Pero cada vez que paso cerca de esa quebrada, mi corazón vuelve a bailar. Aquí nací la segunda vez, pensando. Aquí volví sin haberme ido, diciendo. Así comencé a ser el que soy. Fue lo mejor que me ha pasado, tal vez. Nunca me pasará nada mejor, creo. Desde entonces estoy hablando. Andando. Y seguiré hasta que me vaya, parece. Porque soy el hablador» (p. 203).

A diferencia de Mayta -que en ocasiones podía parecer una caricatura- Mascarita, en aras de un voluntarismo radical y por su integración absoluta al objeto de su amor, se convierte en un personaje único e irrepetible. Ya no es la búsqueda de una figura prototípica sino de un caso extremo, que en su grandeza y miseria, fanatismo y entrega remite, con desventaja para cualquiera, a comparaciones infinitas con los profetas, misioneros, anunciadores y guías de las creencias que cruzan a raudales las más distintas latitudes.

La culminación del relato, por «imposible» y «sorprendente», puede convertirse en una fábula de las observaciones que han modelado la historia, o -para decirlo en términos «positivos»-, de la fuerza de las ideas y de las convicciones profundas.

Los erizos -siguiendo la metáfora de Berlin-, «aquéllos que poseen una visión central, sistematizada, de la vida, un principio ordenador en función del cual tienen sentido y se ensamblan los acontecimientos históricos y los menudos sucesos individuales, la persona y la sociedad» (Contra viento y marea), son a final de cuentas proclives a modelar el mundo a su imagen y semejanza, y por ello tienden a ser protagonistas de grandes causas, sublimes tonterías o infames persecuciones.

Pero la novela encierra, además, otros asuntos. En una entrevista reciente, Vargas Llosa dice que siempre ha padecido una especie de manía realista, y que debido a eso muchas de sus novelas están impregnadas de su propia biografía. Eso sucede en La ciudad y los perros, donde aparecen sus experiencias en el colegio militar Leoncio Prado; en La casa verde, inspirada en un burdel periférico de Piura que el escritor espiaba con su amigos siendo niño y, sobre todo, en La Tía Julia y el escribidor, donde reproduce la escapatoria que culminó en su primer matrimonio, y el escándalo familiar que provocaron sus nupcias con una pariente que le doblaba la edad.

Sin embargo, después de haber afirmado que «en una novela siempre hay más mentiras que verdades» (Historia de Mayta), en El Hablador resulta que hay más verdades que mentiras. Verdad fue que, en 1958, Vargas Llosa se incorporó a una expedición por la selva amazónica organizada por el Instituto Lingüístico de Verano; verdad que en 1981 fue conductor de un programa televisivo llamado La Torre de Babel, dedicado a una gran variedad de temas, y verdad también que en 1985 estuvo en Florencia para leer a Dante, y que ahí se topó con una exposición que lo devolvió momentáneamente a la selva de su país natal. Reales son también los nombres de los antropólogos, camarógrafos, editores y productores de televisión que aparecen en la novela, y reales también -con toda su fantasía- los relatos y mitos de los machiguengas, narrados por el hablador.

A juzgar por su estancia en la Universidad de San Marcos, sus estudios de posgrado en España y su amistad con el etnólogo Matos Mar, Vargas Llosa tuvo un amigo judío, obsesionado con las culturas del Alto Marañón. Lo que resulta improbable, pero que constituye la chispa que ilumina la novela entera, es la prodigiosa metamorfosis de aquel amigo en un hablador machiguenga. En ese golpe de la imaginación reside el salto de la biografía a la novela, y de la historia a la literatura.

El Hablador es una ficción edificada con ladrillos verdaderos. Es más: en su última novela, Vargas Llosa cristaliza historias que no pudieron salir de su tintero desde hace más de veinte años. El propio Vargas Llosa lo confesó hace tiempo: «Me había propuesto contar en La casa verde, con la máxima fidelidad, la historia de Jum, de la cooperativa aguaruna, del escarmiento que inflingieron a Urakusa. En el plan inicial y en el primer borrador de la novela, Jum aparecía como uno de los personajes centrales, tal vez el principal. Fui incapaz de poner en práctica este propósito. Traté muchas veces de reconstruir lo que hubiera podido ser la vida de Jum, desde que fue arrojado al mundo en pleno bosque o en la playa de un río, hasta que lo colgaron de un árbol como paiche y, destruyendo incontables cuartillas, intenté contar desde su propio punto de vista el trágico episodio de su vida que conocí. Cada vez me ocurrió lo mismo: esas páginas siempre resultaban artificiales, falsas, torpemente folklóricas. Ya lo sospechaba, pero entonces lo supe de manera flagrante y cabal: la verdad real es una cosa y la verdad literaria otra, y no hay nada tan difícil como querer que ambas coincidan» (Vargas Llosa, Historia secreta de una novela, Tusquets, p. 65). Sin duda, en El Hablador ambas coinciden, y la verdad termina por borrar las fronteras que separan a la realidad de la ficción. Al cerrar la novela, la pregunta de si se trata de una ficción o de un retrato de la realidad carece de sentido. Es lo uno y lo otro, y en ocasiones no es ni lo uno ni lo otro, sino una mixtura que se nutre de los yacimientos de lo concreto y lo fantástico para dar paso a una nueva realidad: la literaria.

Al empezar a hablar en la novela, el hablador cuenta la historia del paraíso terrenal de los machiguengas: «Después, los hombres de la tierra echaron a andar, derecho hacia el sol que caía. Antes, permanecían quietos ellos también. El sol, su ojo del cielo, estaba fijo. Desvelado, siempre abierto, mirándonos, entibiando el mundo. Su luz, aunque fuertísima, Tasurinchi la podía resistir.

No había daño, no había viento, no había lluvia. Las mujeres parían niños puros. Si Tasurinchi quería comer, hundía la mano en el río y sacaba, coleteando, un sábalo; o, disparando la flecha sin apuntar, daba unos pasos por el monte y pronto se topaba con una pavita, una perdiz o un trompetero flechados. Nunca faltaba qué comer. No había guerra. Los ríos desbordaban de peces y los bosques de animales. Los mashcos no existían. Los hombres de la tierra eran fuertes, sabios, serenos y unidos. Estaban quietos y sin rabia. Antes que después» (p. 38). A medida que mueve los labios, el hablador cuenta la mitología de los indios, los orígenes de la tribu «las leyendas de sus dioses y sus héroes, las maldades de sus diablos, las historias verdaderas de sus miembros y su propia historia. A falta de palabra escrita, el hablador es la biblia, la historia oficial, el periódico y la novela. Es la literatura.

Dice Vargas Llosa que para dedicarse a escribir tuvo que dejar atrás varios oficios y sacrificar muchas actividades, pero que estaba convencido de que si no lo hacía sería un infeliz para siempre. Paralelismos de la vocación: después de muchas tribulaciones, para encontrar su destino, Mascarita habla; Vargas Llosa, para encontrar el suyo, escribe. Así, el escritor y el hablador acaban hermanándose en un movimiento que trasciende los límites de la pluma y el papel. Ambos son quieren ser -la memoria de la comunidad. Sin ella no existe continuidad posible. La tradición, la cultura -en su sentido más amplio-, la identidad, la singularidad, no son posibles sin la memoria, y las evocaciones reclaman soportes para no desvanecerse. Vargas Llosa ha buscado un sentido para su actividad (y ha encontrado muy variadas respuestas), pero quizá la que le ofrece Saúl Zuratas no sea la menos importante: ser uno de los centinelas de la memoria.

Espejos de la palabra: uno escribe, el otro habla. Para el escritor, el universo privilegiado es el Perú; para el hablador, el coto cerrado de los machiguengas. Ambos tratan de aprender y aprehender. Ambos son correas de transmisión de conocimientos, mitos, valores. Ambos quieren sellar una identidad. Ambos, a fin de cuentas, se han echado a cuestas la desmesurada tarea de salvaguardar la memoria.