Los hilos del pasado

Dibujos del Plancarte

En marzo de este año el Departamento de Difusión de la UNAM publicó una edición facsimilar de la Revista Moderna (1898-1907). Son seis tomos de prosa, poesía y periodismo cultural que contienen una parte esencial de nuestras letras. Incluyen, por supuesto, el viaje del modernismo, las ventanas al extranjero que abrieron sus escritores y los aires porfirianos de una sociedad que doblaba el cabo de una esperanza rumbo a las turbulencias del siglo XX. Recibimos esta publicación de tres modos críticos: primero, un recuento histórico de Marra del Carmen Ruiz Castañeda, Directora del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, que vincula la Revista Moderna con su pasado periodístico después, un artículo de Héctor Valdés -prologuista dé la edición- investigador y maestro de la UNAM, que evoca la figura de Julio Torri como puerta de entrada hacia la Revista; ofrecemos, además, una serie de incidencias criticas de Antonio Saborit, colaborador asiduo de Nexos, sobre un asunto que contiene tácitamente a la Revista Moderna: los problemas de una historia de la literatura mexicana. Se trata pues de un reconocimiento a la edición, un acercamiento critico y un balance informativo alrededor de una de las principales revistas de la literatura mexicana.

Que la Revista moderna se significó en su fase inicial (los primeros números de 1898) por su intransigencia ante toda tendencia ajena al modernismo, pero que muy pronto empezó a condescender con toda clase de corrientes estéticas divergentes y aun opuestas al modernismo, es un hecho en que coinciden todos los críticos que se han ocupado de ella. Julio Torri, en el estudio que inicia la edición facsimilar que hoy presentamos al público (1954), subraya “la acometividad de todos (sus redactores) para las marchitas flores de un neoclasicismo y de un romanticismo que se sobrevivían más que nada por la falta de un espíritu creador y original”. Genaro Estrada recuerda en su introducción a Poetas nuevos de México ( 1916) que en la mencionada revista “encontraron acogida, con riguroso y entusiástico exclusivismo, todas las manifestaciones estéticas que nos venían de la Francia o que se reflejaban de aquel país”.

Al escribir sus memorias (El hombre del búho, 1944) Enrique González Martínez confiesa que lo que menos le atraía del grupo era “la actitud de secta modernista, que no se trataba siquiera de disimular. Aquel grupo tan inteligente y tan simpático había tomado muy en serio su papel de abanderado de la nueva tendencia literaria, y se volvía cada vez más instransigente con lo que se apartaba del dogma en cuyas aras oficiaba…”

En una coincidencia fundamental con la Revista azul (1894-1896), la otra gran revista mexicana del modernismo, la que nos ocupa no presenta un programa explícito. En el primer cuaderno de Revista moderna, sus iniciadores marcan alegóricamente su distancia del público común, haciéndose encarnar en siete trovadores provenzales que se detienen a cantar ante un grupo de cortesanos embrutecidos por el vino y los placeres: “el gruñido de los puercos de Circe era lo único que contestaba al canto alado de los trovadores”. El transparente símbolo termina de esta manera: “íOh público de la Revista moderna! obra a tu guisa, y si sólo tu indiferencia hemos de merecer, seguiremos con gusto la suerte de aquellos nuestros precursores, los siete trovadores medioevales” (el número coincide con los integrantes de la primitiva redacción: Couto, Urueta, Tablada, Dávalos, Campos, Ceballos y Olaguíbel o Valenzuela).

Dibujos de Cristina Martínez del Campo

Las directrices fundamentales del movimiento modernista (autonomía del arte, originalidad, perfección formal, proscripción de la rima y renovación del ritmo) están contenidos en el “El arte” de Theophile Gautier, traducido por Dávalos y también contenido en el primer fascículo de la publicación.

En una de sus apologías, dedicada a Balbino Dávalos, Ciro B. Ceballos expresa: “El literato mexicano, para ganarse el aplauso de la multitud, necesita depravar sus pensamientos y vestirlos con la indumentaria que aplican los gitanos errabundos a sus animales amaestrados”. Todo esto era agravado por “la divina jactancia, propia de la mocedad, y la conciencia de hallarse en la buena vía”, de los modernistas (Torri).

Todos estos son datos aislados que nada tienen que ver con el derrotero que muy pronto emprendió el aparentemente impenetrable cenáculo modernista y con él su órgano de la prensa. Pasada la primera efervescencia renovadora, y gracias quizá a la influencia de Valenzuela, romántico rezagado él mismo y contrario a los sectarismos y a las torres de marfil, se logró la convivencia de posturas dispares. Ya en 1900 Valenzuela pudo mostrarse orgulloso del espíritu de colaboración que existía entre los redactores de la Revista moderna y muchos de sus colaboradores ocasionales: “En la Revista moderna, mi amada revista, creada en la forma que hoy tiene, en momentos de serio olvido en el país de que “no sólo de pan vive el hombre”, ¿qué significan Rafael Delgado, Manuel Puga y Acal, Manuel José Othón, junto a José Juan Tablada, Bernardo Couto Castillo y Ciro B. Ceballos, si no es esa santa comunión del arte en la que deben desaparecer las tendencias retrospectivas de los unos o las impaciencias precipitantes de los otros, en un divino equilibrio de belleza tan útil e imponente como el mismo de los astros en el espacio inmenso? En la Revista moderna han podido caber desde el aquilino verso de Díaz Mirón hasta el humilde mío de ensayista…”

Victoriano Salado Alvarez con menos condescendencia y amabilidad define el decadentismo mexicano como “la nueva chifladura de corte y carácter extranjeros que tratan de adueñarse de la poesía nacional. . . Tras de pulir, retorcer y acicalar la frase. [Los modernistas] logran expresar estados de ánimo que corresponden a los que han leído en las obras de algún refinado de más allá del Océano… ¿se comprenden las exageraciones de los enfants terribles del decadentismo, que encuentra débil, incolora, sin recursos, una lengua que no han estudiado y que no conocen, y que para darse el aire de sectarios de la demonología moderna se inyectan de morfina y aspiran opio, como los niños de escuela fuman a hurtadillas…?”.

El venezolano Pedro E. Coll, en artículo reproducido en la Revista moderna, va más al fondo en las pesquisas del origen y carácter propio del movimiento modernista en América: “…lo que se llama ‘decadentismo’ entre nosotros, no es quizá sino el romanticismo exacerbado por las imaginaciones americanas…

“Tal vez la nombrada “decadencia” americana no sea sino la infancia de un arte que no ha abusado del análisis, y que se complace en el color y en la novedad de las imágenes, en la gracia del ritmo, en la música de la frase, en el perfume de las palabras, y que, como los niños, ama las irisadas pompas de jabón (…) Si esos estados de alma son vagos y “crepusculares” débese a hondas causas sociales, a la educación, al angustioso momento histórico cuyo aire respiramos. Por ejemplo, es más visible hoy la desproporción entre el hombre y el medio: el progreso individual de gran número de inteligencias ha sido naturalmente más rápido que el del medio social rebelde, en cierto modo, al perfeccionamiento armonioso; a la cultura estética ha seguido un malestar y una turbación profunda en las almas; los “retozos democráticos”, la escasez de goces intelectuales, la vulgaridad de las opiniones, hieren más profundamente las sensibilidades refinadas; de éstos sí puede decirse, invirtiendo una frase célebre, que vinieron demasiado pronto a un mundo demasiado nuevo”.

Luis G. Urbina caracteriza acertadamente esta etapa al juzgarla, años después: “Durante mi juventud… se realizó en México el fenómeno literario llamado ‘modernismo’. Era una fiebre eruptiva, una enfermedad infantil, de la cual se contagió toda la América española. El movimiento de rebeldía se caracterizó, principalmente, por el afán inmoderado de renovación del léxico. Las palabras y los giros usuales fueron desdeñados. Se borró el vocabulario aceptado, y se dio tormento a la sintaxis. íTodo nuevo! era el grito de guerra. El galicismo triunfaba como caudillo espurio de aquella evolución de las letras. Y los despropósitos, y los disparates, y las aberraciones, encontraron libre campo para sus fechorías.

“Pasado el delirio, y después del periodo de la descamación, observamos que la fiebre modernista fue saludable; era una necesidad de nuestro desarrollo literario. Eliminando muchas rancias fórmulas y también muchas intrusas e inadaptables modalidades, reconstituimos nuestro organismo verbal, enriqueciéndolo con sangre propia y regularizando y facilitando sus movimientos con originales energías. Abrimos los arcones clásicos y descubrimos espléndidas piezas olvidadas”.

Urbina menciona la apertura a las “originales energías” de nuestras letras, pero no explica si esta asimilación fue natural o forzada. Sí lo hace Héctor Valdés, prologuista de la edición facsimilar de la RM, quien explicita que los corifeos de la “expresión nacionalista” tradicional se opusieron al cosmopolitismo de la vanguardia modernista – señaladamente a su afrancesamiento-, y que fueron “el principal contrapeso y el gran obstáculo que tuvieron que vencer” aquellos.

Tratemos de entender este fenómeno repasando la evolución de nuestra prensa literaria y sus rasgos principales hasta llegar a las revistas del modernismo.

La mayoría de las revistas que aparecen de 1837 ó 1838 en adelante, concuerdan con la impremeditación que regía la creación literaria y se distinguen por su eclecticismo y heterogeneidad; acogen indistintamente lo nacional y lo extranjero; lo romántico y lo neoclásico; lo bueno y lo mediocre. Lo literario y lo científico.

La Academia de San Juan de Letrán se había propuesto “mexicanizar la literatura, emancipándola de toda otra y dándole carácter peculiar”. Esa tendencia mexicanista, que indudablemente existió en el seno de la Academia, carecía de plan y de premeditación. Altamirano, a pesar de su inconformidad con la mayor parte de los trabajos realizados en la Academia, los llamó posteriormente “base de nuestro edificio literario”.

Aquella vaga aspiración a la originalidad transcurrió por múltiples canales que surgían, en su mayor parte, de la escuela romántica. Pero la efervescencia romántica no hizo desaparecer el academicismo. La convivencia de clásicos y románticos en círculos literarios y en periódicos y revistas originó la escuela ecléctica, así llamada a posteriori por Pimentel.

Las necesidades docentes, las frecuentes transacciones entre escuelas antagónicas, la ausencia de crítica organizada, todo en una palabra, contribuyó a fijar el prototipo medio de revista literaria que perdura hasta muy entrada la segunda mitad de la centuria: más o menos lujosa en su presentación, negligente en la elección adecuada de las colaboraciones, destinada a un público heterogéneo, atenta siempre a lo que se escribía en el extranjero, receptora de toda novedad literaria, proclamada en el primer momento como el verdadero camino para llevar a la originalidad y abandonada después por otra, que se agregaba a las anteriores, sin fuerza suficiente para desplazarlas. Puede decirse que, hasta el advenimiento del modernismo, las revistas mexicanas de literatura fueron eclécticas y desiguales, y aun después la costumbre se impuso suavizando el exclusivismo de los modernistas.

Constituye un caso de excepción el semanario La Cruz (1855-1858), fundado por el partido conservador para contrarrestar el liberalismo, y destinado a la divulgación de la poesía religiosa. A su condición de revista literaria de calidad sobresaliente, La Cruz une el ser el primer brote de difusión consciente de las literaturas europeas poco difundidas en México (con el único antecedente de El Iris y la Miscelánea de Heredia), tales como la alemana y la italiana, y aun la francesa conocida casi exclusivamente a través de los escritores españoles. En La Cruz aparecen obras de Hoffman, Heine, Schiller, Karr y Gessner; Carrer; Nodier, Féval, Nouville, etcétera.

La mayor parte de las revistas literarias fundadas entre 1826, en que surge El Iris de Heredia, y la mitad de la centuria, son verdaderas misceláneas de literatura y de conocimientos “curiosos o instructivos” que cumplen, en diversos grados, el precepto horaciano, insistentemente repetido, de mezclar lo útil con lo agradable. El Registro trimestre (1832-1833), la Revista Mexicana (1835) El Mosaico mexicano (1836-1842), El Museo popular (1840), el Almacén universal (1840), El Museo mexicano (1843-1845), El Liceo mexicano (1844), El Ateneo mexicano (1844-1845), la Revista científica y literaria de México (1845), El Album mexicano (1849), las Variedades de la civilización (1851-1852), la Biblioteca mexicana popular y económica (1851-1852), cuentan entre las más características e importantes de este periodo.

De ellas, por lo menos tres, el Registro trimestre, la Revista mexicana y El Ateneo mexicano, tuvieron carácter semioficial y quedaron comprendidas en un programa nacional de educación pública.

Todavía en 1852 se habla de la influencia moral de las producciones literarias, que “sirven para perfeccionar el gusto, para suavizar las costumbres y para dar a las sociedades la afición a lo bello”.

Este pragmatismo trasciende a las teorías que a la sazón se elaboraron en nuestro país sobre el carácter y utilidad de la literatura.

Después de la caída del Imperio y durante la restauración republicana, por primera vez el impulso nacionalista se racionaliza y se reduce a fórmulas concretas y aplicables. Esta labor fue realizada por Altamirano en sus Revistas literarias de México (1868) y, poco después, en su periódico literario El Renacimiento (1869). En su programa, Altamirano repite ciertos elementos familiares al movimiento literario precedente; desde luego, el papel humanitario y social, y la alta misión patriótica de la literatura, que no se reduce, en su concepto, a un fin puramente hedonista: “La literatura tiene una misión más alta, misión que debe comenzar desde enseñar al pueblo, hasta remontarse a las sublimes esferas de la epopeya, de la filosofía y de la historia”. En otro sitio se refiere a la novela como vehículo de propaganda: “es necesario -afirma- apartar sus disfraces y buscar en el fondo de ella el hecho histórico, el estudio moral, la doctrina política, el estudio social, la predicación de un partido o de una secta religiosa: en fin, una intención profundamente filosófica y trascendental en las sociedades modernas”. Los géneros poéticos se equiparan, desde este punto de vista, al periodismo y a la tribuna. En seguida señala como causa principal de nuestra decadencia literaria, la propensión a imitar. Sin embargo acepta la necesidad de difundir las literaturas extranjeras, tal como lo hacen todos los pueblos civilizados, “los cuales también estudian los monumentos de los otros, pero no fundan su orgullo en imitarlos servilmente”, en los buenos modelos extranjeros sólo debe encontrarse estimulo suficiente para superarlos.

De acuerdo con esto, publica en El Renacimiento magnificas versiones de obras de Gessner, Schiller, Goethe, Uhland, Hugo, Lamartine, así como de los clásicos antiguos. Combate también el rebuscamiento de la forma y vigila constantemente la contención y el equilibrio.

Según su tesis la originalidad de las letras mexicanas debía lograrse por medio de la pintura exacta del ambiente físico y social mexicano; por el aprovechamiento de los episodios de nuestra historia, y por la creación de la épica nacional.

El mismo dio el ejemplo en El Renacimiento: reimplantó la crítica literaria inició una tarea bibliográfica sistemática, depuró nuevos géneros, como la “revista” hebdomadaria, añadiéndole nuevos valores de forma.

A su influencia rectora se debió que en los liceos y revistas que se fundaron después de 1869 se ampliara considerablemente el núcleo de temas y géneros literarios, que se habían reducido, especialmente en prosa, casi únicamente a los que apoyaban las finalidades de la política militante.

Sin desconocer la importancia de la obra realizada por los componentes de la vieja Academia de San Juan de Letrán, y sus atisbos nacionalistas, Altamirano calificó su obra, en conjunto de “española”, y señaló su pobreza temática.

Las revistas de literatura fueron el mejor vehículo para la difusión y aplicación práctica de las ideas de Altamirano. Después de El Renacimiento, las revistas, si bien conservan de la etapa anterior la variedad del contenido y el eclecticismo, así como la amabilidad en la elección de sus colaboradores, adoptan paulatinamente una estética más ceñida y exigente y empiezan a cuidar la originalidad de sus diversas secciones.

Por su parte las sociedades literarias toman como propios los conceptos de Altamirano en torno al nacionalismo: la Bohemia Literaria, las dos sociedades Netzahualcóyotl (1868-1875) el Liceo Hidalgo -que trabajó hasta el año 1888 y fue teatro de las polémicas Ramírez-Pimentel y Altamirano-Pimentel, y de las observaciones de José María Vigil a la teoría de Altamirano-, el Liceo Mexicano Científico y Literario (1885) y el Liceo Altamirano (1890).

Todavía en El Liceo mexicano (1885-1890), órgano del Liceo Científico y Literario, se percibe fielmente el eco de los principios fijados por Altamirano, en los artículos de Luis González Obregón, cabeza del cuerpo redactor, quien consideraba como no formada del todo la literatura nacional.

El positivismo, que ha sido visto como un instrumento de emancipación mental en América, viene a reforzar, hacia los ochenta, el anhelo de una personalidad literaria propia y a fomentar la selección cuidadosa de las colaboraciones, puesto que entonces las revistas literarias empiezan a dirigirse a un público selecto.

Aparecen entonces, prácticamente, las primeras revistas de secta o de grupo exclusivo, órganos de difusión de un cuerpo de doctrina de carácter excluyente.

La primera publicación definidamente positivista fue El Mundo científico y literario (1878), en la que colaboraron Porfirio Parra, Francisco Sosa y Rafael Angel de la Peña. Las revistas positivistas no exigen apego a una escuela literaria determinada, porque no dan a la literatura una importancia preponderante sino como envoltura de la materia científica; pero prepararon el camino a las publicaciones sectarias.

La Revista nacional de letras y ciencias (1889-1890), por ejemplo, tiene el propósito de “poner en contacto las ideas, los conocimientos, las aptitudes artísticas del grupo llamado a marcar sus derroteros al pensamiento nacional” y “proporcionar a nuestros sabios, a nuestros profesores, a nuestros literatos, un órgano imparcial que trasmita su palabra al público ilustrado…” (“Programa”).

Se da, también, la superposición del realismo y el naturalismo al romanticismo y el neoclasicismo, previamente instalados en el ámbito literario nacional. Las publicaciones de esta etapa presentan una curiosa heterogeneidad: La Patria (1883-1896) y El Liceo mexicano (1885-1890) tienen solamente atisbos de la escuela realista en la prosa narrativa. Las revistas posteriores, como El Mundo literario ilustrado (1891-1892), México (1892) y El Album de la juventud (1893-1902), reflejan una tendencia más decidida a la “copia fiel de la naturaleza”, que, para bien de la originalidad literaria, es el propio ambiente físico y social.

A la vez estas mismas revistas son campo de experimentación de una nueva tendencia que apuntaba en las letras desde los setenta: el modernismo. Superada la etapa del nacionalismo temático, se iniciaba la búsqueda de una forma de expresión más personal y más perfecta, y para ello había que retroceder, aparentemente, a la etapa de imitación servil de los modelos extraños o a la reproducción de obras mexicanas de otros siglos; ejemplo: la Revista de México (1889-1894) verdadera antología de poetas nacionales de los siglos XVI al XIX.

El modernismo apunta ya en publicaciones románticas como El Federalista, iniciado en 1872, con la prosa de Justo Sierra y Gutiérrez Nájera, y la poesía de Puga y Acal, Agustín F. Cuenca, Gutiérrez Nájera y Díaz Mirón.

De los ochenta en adelante, casi todos los periódicos tienen una nota modernista. En La Juventud literaria se lucha ya, expresamente, por la limpieza y perfección formales. La nueva escuela madura lentamente, a través de El Mundo (1894-1899) – con Nervo y Urbina-, de El Figaro (1896-1897) y, sobre todo, de la famosa Revista azul (1894-1896).