A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Joe Biden, el candidato  demócrata a la presidencia de Estados Unidos, ha hecho de la empatía su principal capital político. Su capacidad para identificarse con el que sufre, mostrarse solidario con la desgracia del prójimo, aún del más lejano, le ha valido un sitio de distinción en el mundo hostil de la política partidista. Es la virtud que destacan comentaristas y colegas cuando hablan de Biden, es la característica que él mismo buscó realzar en el primer debate que sostuvo con el presidente Donald Trump, el pasado 30 de septiembre. Sin embargo, cabe preguntarse si estos tiempos de división y conflicto encuentran una respuesta adecuada en un político que ofrece, sobre todo, calidez humana. En el discurso de aceptación de la candidatura, Biden llevó al extremo el sentimentalismo que orienta su campaña; en ese caso puso tal énfasis en la importancia de la familia, del amor, de los buenos sentimientos, fue tan meloso que sus palabras perdieron sentido político. Hablaba más como un Doctor Corazón que como candidato a la Casa Blanca. Hubo momentos en que parecía que iba a caer en uno de los eslóganes de los años setenta: “Love is…votar por mí”.

Ilustración: David Peón

Hay quien sostiene que la actitud de Biden tiene efectos curativos en una sociedad que hoy está como nunca fracturada por temas como el racismo y el tradicional maltrato a los afroamericanos. Sin embargo, es tal la inquina con la que se miran las dos mitades adversarias de la sociedad estadunidense, representadas respectivamente por demócratas y republicanos, que se necesita mucho más que un apapacho, una buena llorada y un tazón de consomé de pollo, todo lo cual podía ser el programa de gobierno de Biden, para aliviar los males de una sociedad diversa y compleja, que no sabe hacia dónde va, y tampoco hacia dónde debe ir.

No creo que la brutalidad de Trump sea una alternativa mejor para aliviar los males que aquejan a la sociedad estadunidense, que son bien profundos. El trumpismo, que cree más en la violencia que en la política, poco ayuda a la reconciliación interna. No sólo no se lo propone, sino que su estrategia ha consistido en dividir, exacerbar las diferencias entre los estadunidenses. Ha logrado hacerse fuerte con una fórmula política nada novedosa: denunciar al enemigo interno —aunque sea una invención—, porque siempre es eficaz. Una campaña política necesita ánimos encendidos: Trump ha sabido alimentarlos entre sus seguidores y entre sus críticos. Y no sabemos hasta dónde puede llegar el discurso del odio, del resentimiento y de la venganza. No lo sabemos entre nosotros, ¿cómo podríamos saberlo en el caso de otros?

En el primer debate, Donald Trump hizo un amplio despliegue de su reconocida patanería. Mintió, ofendió, insultó y, una vez más, apeló a los peores sentimientos y a las actitudes más negativas de sus compatriotas; el contraste fue notable entre un Biden, menudo y afable, que no perdió los buenos modos ni siquiera cuando Trump, ruin que es él, se refirió a los problemas de drogadicción de su hijo. Las diferencias entre un Biden que con la paciencia del santo Job, esperaba a que su contrincante terminara sus intervenciones espumeantes de rabia, y un Donald Trump, enorme y amenazante, que no dejaba hablar, que interrumpía continuamente al moderador y a su competidor.

La campaña presidencial en Estados Unidos nos interesa a todos porque su resultado nos afecta a todos, en particular a los mexicanos, pues nuestro futuro seguirá irremediablemente atado al futuro de ese país, por más que Trump y compañía quieran deshacerse de nosotros. Pero hay otras razones para seguir esa campaña electoral, que tienen que ver con el tema del liderazgo político, que se ha transformado radicalmente. Biden y Trump ilustran algunos de los cambios experimentados.

Mucho de lo que en el pasado se consideraban requisitos indispensables para un líder político, hoy son irrelevantes o son vistos como un rasgo negativo e indeseable. Por ejemplo, nadie le exige al líder político que tenga conocimientos mínimos sobre el arte de gobernar, basta con que sea telegénico, que pase bien por televisión. Hoy es más probable que gane una elección un exhibicionista que un pensador. En la actualidad, un porcentaje importante de la opinión pública en el mundo considera que las ideas son un peligro o un lastre. El mejor líder político será el que sea más eficaz explotando sentimientos, que son hoy los que gobiernan la política —ya sean lacrimógenos, como lo hace Biden, o agresivos, como los que nutre Trump. No es la primera vez en la historia que las pasiones se imponen a la razón. Cuando así ha ocurrido hemos pagado un precio altísimo, pero creo que ya se nos olvidó.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.