Bombardero de imágenes estupefacientes, embrutecedor de predisposiciones cultas y culturizadoras, el cine nacional es el tiro que siempre se sale por la butaca. Para opiómanos oscuros, navegantes de películas momentáneas e intranscendentes, consumidores enajenados que no saben lo que es la enajenación, la industria cinematográfica nacional sigue siendo la oportunidad de ejercitar, con indolencia y desenfado, los nervios oculares: deleitarse con los senos, cosenos y nailons de las daifas de celuloide.
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