La revista Vuelta se ha convertido en una de las empresas culturales más interesantes del país. A diez años de fundada, Vuelta estuvo en condiciones de ampliar sus alcances: incrementó capital mediante nuevas aportaciones provenientes de los propios lectores, inició un sistema de venta de libros por correo, publicó una edición especial para el mercado sudamericano y entro en el negocio editorial con su sello: los libros de Vuelta. Estas incursiones no sólo son producto de eficacias administrativas y comerciales: expresan confianza en el papel de la cultura como forma de placer crítico y actividad civil. En un medio en que los vicios tradicionales quieren imponer a la literatura, las ciencias humanas, el arte o la música el estigma de lo gratuito, ornamental y por siempre filantrópico, la empresa de Vuelta atrae a un público creciente en su programa de revaloraciones estratégicas. Desde ahí se asume, con desdén hacia pudores o fetichismos, algo que de tan obvio suele convocar remordimientos y confusión cuando no se comprende: el mercado en la cultura puede ser un medio, no un fin.

Los libros de Vuelta delinean una propuesta múltiple: darle permanencia a obras más allá de la oportunidad periodísticas; mantener un escaparate de los autores de casa; proponer al lector libros breves y de costo accesible sin que esto signifique ediciones mal hechas. Y sobre todo la práctica de un criterio que exige calidad literaria como requisito de publicación, aspecto que muchas editoriales concebidas bajo fines de exclusividad mercantil ni siquiera se toman la molestia en considerar. Este respeto al lector, al que se le observa como persona y no como cifra perdida en la masa, resume el sentido de defensa cultural en que se sustentan los libros de Vuelta.

El sello se presentó con el libro de Gabriel Zaid La economía presidencial, reunión de los artículos que bajo ese tema ha publicado en Vuelta. Por más de una década, Zaid ha ejercido una crítica sistemática a los desplantes aciagos del presidencialismo mexicano, ese nudo ciego que obstaculiza la fluidez de lo moderno en el país. A veces uno se extraña de que un escritor como Zaid haya relegado la literatura para entregarse al núcleo disciplinario de la economía, pero es evidente que se trata de un afán vital: al margen de las opiniones que merezcan su análisis, diagnóstico, cuestionamiento o soluciones -muchas de ellas tan sencillas que parecen irrealizables-, no puede menospreciarse su pasión esclarecedora en un territorio donde predomina la oscuridad.

Ulalume González de León decidió traducir textos y poesías de y sobre A.O. Barnabooth, el personaje en que se en mascaró el escritor francés Valery Larbaud (1881-1957) en algunos momentos de su trayectoria literaria. Millonario y excéntrico, Barnabooth transcurre a lo largo y ancho del mundo con el bagaje de su cinismo y gelidez aristócrata. El ingenio de Larbaud creó a un Barnabooth que vive en la indiferencia o el entusiasmo alternos de la estética de la melancolía, ese deseo de fundirse con el mundo, de vampirizar la nostalgia y afirmar la individualidad hasta el límite movedizo de lo moral y lo amoral. El libro, que se beneficia del acucioso estudio introductorio y la traducción de González de León, es una muestra de moral al revés mediante la ironía de Larbaud y su disputable personaje. Obras escogidas de A.O. Barnabooth permite difundir a un escritor hoy olvidado pero que pertenece también -y no sólo por su amistad con Reyes, Gómez de la Serna o D’Ors- a la literatura hispanoamericana.

El humor es el componente común de dos libros de poesía: Picos pardos de Gerardo Deniz; y Tabernarios y eróticos de Eduardo Lizalde. Mientras Deniz juega con una parodia de los versos prosaicos, el giro insólito, la narración exótica y los efluvios licenciosos en poesía, Lizalde selecciona poemas eróticos y reflexiones solitarias sin paja reverencial, amenaza constante en esos temas:

Los amantes se aman, en la noche, en el día

Dan a los sexos labios y a los labios sexos.

Chupan, besan y lamen,

cometen con sus cuerpos las indiscreciones

de amoroso rigor, mojan, lubrican, reconocen, enmielan.

Pero al concluir el asalto

los dos lavan sus dientes con distintos cepillos.

Desde hace años, Severo Sarduy ha encontrado en la ciencia algunas respuestas que el barroco en la lengua no podía proporcionarle. Periodista científico en Radio France Internationalle, en Nueva inestabilidad Sarduy se entrega a un ensayo sobre las formas de lo imaginario del universo. El arte del arreglo de la astronomía construido de argucias, simulaciones, trucos, sería idéntico a los soportes conceptuales del arte barroco. De Galileo a Paul Feyerabend o Edwin Powell Hubble que fundó la astronomía extragaláctica moderna y sentó las bases de la teoría del Big bang como instante originario del universo, Sarduy recorre con mirada sensible el gran sueño de los creadores de maquetas de la creación, que se vuelve un ejercicio de estilo lleno de precisiones fisicomatemáticas y enjambre de preguntas sin respuesta: algo más cercano a la literatura que a la ciencia impávida. A Sarduy le atrae subrayar ciertas correspondencias: si el primer barroco representó un efecto de la pérdida simbólica del eje universal y se vivió como inestabilidad, el barroco del siglo XX responde a la teoría del Big bang y sus desarrollos recientes, donde la idea del origen es una certeza pero no así la forma de los acontecimientos de ahí derivados -las irregularidades casi inconcebibles del universo-, que constituyen una aberración inquietante “Así como la elipse -en sus dos versiones, geometrías y retóricas, la elipsis- constituye la retombée y la marca maestra del primer barroco- Bernini, Borromini y Góngora bastarían para ilustrar esta aseveración-, asimismo la materia fonética y gráfica en expansión accidentada constituiría la firma del segundo. Una expansión irregular cuyo principio se ha perdido y cuya leyes informulable. No solo es una representación de la expansión, tal y como puede situarse en la obra de Pollock, en ciertos caligramas, o hasta en la poesía concreta del grupo brasilero Noigandres en sus primeras manifestaciones. Sino un neobarroco en estallido en el que los signos giran y se escapan hacia los límites del soporte sin que ninguna formula permita trazar sus líneas o seguir los mecanismos de su producción”. El ensayo de Sarduy es un cumplimiento actualizado de una creencia de los antiguos: la tierra es un reflejo del cielo. Quizás la verdadera aberración sea más extrema: no hay ninguna correspondencia entre ambas esferas; son puras ficciones de demiurgos o impostores enloquecidos.

Los próximos libros de Vuelta incluirán a Octavio Paz, Jorge Ibargüengoitia y Milan Kundera, en un aviso de esa continuidad armada de literatura, goce y reflexión.