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Si es impropio hablar como poeta, es igualmente difícil hablar sobre el tema de la educación. El asunto, pienso, sería hablar de lo que ha dejado impresiones indelebles. Pero descubro tales impresiones lentamente, con frecuencia tiempo después del hecho. Y me gusta pensar que tales impresiones aún se están haciendo y que las antiguas aún se están revisando.

El axioma es que la señal de la inteligencia o de la vocación poética es la pasión por el lenguaje, pensado como una respuesta delirante a la más pequeña unidad comunicativa del lenguaje: la palabra. Se supone que el poeta es la persona a la que nunca acaban por bastarle palabras como “carmesí”. Esta no fue mi experiencia. Por el tiempo, a los cuatro o cinco o seis años, en que empecé a leer poemas, pensé antes que nada en los poetas que leía como mis compañeros, mis predecesores —desde el comienzo preferí el vocabulario más sencillo. Lo que me fascinaba eran las posibilidades del contexto. Mi respuesta, sobre la página, era al modo en que el poema podía liberar, mediante la disposición de una palabra, mediante sutilezas de cadencia, de ritmo, el rango de significado pleno y sorprendente de esa palabra. Me parecía que el lenguaje sencillo era el que mejor se adaptaba a la empresa; es probable que tal lenguaje, al ser genérico, contenga la mayor y más dramática variedad de significado dentro de palabras individuales. Me gustaba la escala, pero me gustaba invisible. Me encantaban esos poemas que parecían tan pequeños sobre la página pero que se acrecentaban en la mente; no me gustaban los de tipo interminable, menguantes. No es de sorprender que el tipo de frase que me atrajo, la que reflejaba estos gustos y estos hábitos mentales de origen, era la paradoja, que tiene la ventaja añadida de rescatar de buen modo a la naturaleza dogmática de una retórica demasiado moralizante.

Dado este sesgo, nací en la peor de las familias posibles. Nací en un ambiente donde se asumía el derecho de cualquier miembro de la familia a completar la frase de otro. Como a la mayoría en esa familia, me entraba un fuerte deseo de hablar, pero por lo general ese deseo se frustraba: mis frases, al cortarlas, sufrían un cambio radical —eran transformadas, no parafraseadas. La dulzura de la paradoja es que su resultado no puede anticiparse: esto debía asegurar la atención del público. Pero en mi familia, toda discusión se llevaba a cabo en esa única voz cooperativa.

Tuve, desde muy temprano, una sensación muy fuerte de que el habla no tenía caso si el habla no articulaba la percepción de manera precisa. Para mi madre el habla era la forma socialmente aceptable del murmullo: su función era llenar un cuarto con un sonido humano continuo, consolador. Y para mi padre, era actuación y disfraz. Mi respuesta era el silencio. Un silencio de refunfuño, ya que siempre quise para mí una atención deferente. Estaba empeñada en una distinción personal, que en mi mente iba unida a la creación de frases.

A mi hermana y a mí nos alentaban en cada gracia. Si tarareábamos, nos ponían en clases de música. Si brincábamos, danza. Y así. Mi madre nos leía, luego nos enseñó a leer desde muy temprano. Antes de los tres años ya sabía bastante de mitos griegos, y los personajes de esas historias, junto con algunas imágenes de las ilustraciones, se volvieron referentes fundamentales. Mi padre contaba historias. A veces eran todas inventadas, como las aventuras de un par de bichos, y a veces eran historia revisada, su favorita en particular era la de Juana de Arco, borrándole que al final la quemaban.

Leí desde muy temprano, y quise, desde muy temprana edad, responder a cambio. Cuando, de niña, leí las canciones de Shakespeare, o más tarde Blake y Yeats y Keats y Eliot, no me sentí exiliada, marginal. Sentí, más bien, que ésta era la tradición de mi lenguaje: mi tradición, ya que el inglés era mi lenguaje. Mi herencia. Mi riqueza. Incluso antes de vivirlos, quienes están en la niñez pueden sentir los grandes temas humanos: el tiempo que engendra pérdida, el deseo, la belleza del mundo.

Mientras tanto, escribir ha sido respuesta a todo tipo de necesidades. Yo quería hacer algo. Yo quería completar mis propias frases. Y tenía la suficiente adicción a que mi madre me aprobara como para querer brillar en algo que ella tuviera en alta estima. Al yo escribir, nuestros deseos coincidían. Y esto fue esencial: hambrienta de halago como yo estaba, también era orgullosa y para mí era insoportable pedir que me halagaran, o que al parecer yo lo necesitara.

Mi preferencia, desde el comienzo, ha sido la poesía que requiere o anhela a alguien que escuche. Es el caso del poema de Blake sobre el pequeño negro, del poema de Keats sobre la mano viva, del personaje Prufrock en el poema de Eliot; algo opuesto, digamos, a los asombros de Wallace Stevens. No intento, con esto, establecer aquí ningún tipo de jerarquía, nada más decir que leo para sentirme aludida: el complemento, supongo, de hablar para ser escuchada. Hay excepciones, pero la preferencia general se mantiene intacta.

 

Fuente: First Loves. Poets Introduce the Essential Poems that Captivated & Inspired Them.Editado por Carmela Ciuraru. Scribner, New York, 2000. [El poema “first love” que escogió Glück es uno de los que menciona: “The Little Black Boy” de William Blake.]