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Una creencia bastante extendida en la Europa medieval hacía responsable de la existencia de lunares con pelos o verrugas en la piel al diablo, quien así identificaba de manera clara, rápida y sencilla a sus seguidores (aunque, si ese era su objetivo, quizás los practicantes de brujería hubiesen preferido portar algo menos ominoso… como una gorra bordada con la frase Make the Hell Great Again). Por su piel los identificaréis.

Más aún: Por su piel os aterrorizaréis, dado que, siglos después, la ficción gótica seguiría valiéndose de diversas condiciones epidérmicas para generar de manera casi instantánea repulsión hacia lo atípico, lo diferente presente en el empaque de carne que envolvía a monstruos y que habría agradecido los servicios profesionales de un dermatólogo. En especial tratándose de criaturas cuyo aspecto terrorífico más reconocible para la enorme mayoría de nosotros proviene menos de la fuente literaria original que del cine y sus maquillistas estrella.

Al leer con las lentes de la dermatología,1 la “piel amarillenta”, que “apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias” de la creación del doctor Frankenstein, y “sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios” se traducen en algo menos que una intimidante descripción médica de un paciente con piel ictérica (indicio de que al monstruo, como en la canción de Juan Luis Guerra, se le subía la bilirrubina2) y translúcida, con arrugas y labios hiperpigmentados.

Vayamos con otro monstruo. Es entendible que Drácula, al ser un vampiro, tenga una piel de “tinte céreo”, palidez que ha llevado a diagnosticarlo típica y obstinadamente con porfiria eritropoyética congénita y, en sentido opuesto, a bautizar a esta enfermedad como la enfermedad de Drácula. Menos común es afirmar que Drácula pudo haber sufrido de albinismo (es decir, su cuerpo producía muy poca melanina, o tal vez nada, debido a mutaciones en diferentes genes). Hipótesis a la que apuntan también tanto “sus ojos abrasadores” (ya que es común que los ojos de color muy claro puedan parecer rojos cuando se trata de albinismo ocular) como su “barba puntiaguda con unos pocos pelos blancos” (la poliosis que resulta en estos parches blanquecinos se debe igualmente a bajos niveles de melanina).

Con quien no hay duda ya de que exhibía este trastorno genético, albinismo, es del harto menos conocido (fuera del círculo de amantes de la novela gótica) protagonista de una de las historias de Melmoth el errabundo. El autor de esta obra, Charles Maturin, menciona expresamente que el ficticio Stanton “era completamente albino” y que “su piel se había descolorido, los ojos se le habían vuelto blancos; no podía soportar luz”.

Si la piel pálida y el albinismo eran vistos como rasgos negativos en las páginas góticas, los reflectores de Hollywood mantuvieron desde 1960 en la pantalla el estigma en más de 68 películas, de acuerdo con la Organización Nacional para el Albinismo y la Hipopigmentación de Estados Unidos. La situación no ha mejorado mucho, pero, al menos en los cómics, ya hay algunos cambios positivos en personajes como Batwoman/Kate Kane, quien es dibujada con un color tan pálido —inclusive blanco— que la hace prácticamente albina.

Médicos provenientes de otras especialidades, como urólogos, infectólogos, ginecólogos y dermatólogos han advertido que la emergencia de los relatos góticos sobre vampiros coincide con la prevalencia de sífilis en el medio artístico decimonónico, y que varios de los escritores y poetas que trataron el tema del vampirismo padecieron —o conocieron a personas cercanas a ellos que tuvieron— esta enfermedad causada por la bacteria Treponema pallidum.3 Que den un paso al frente (o no, ya que su inmortalidad es “sólo” literaria y no vampírica) John Polidori (autor de El vampiro, la primera novela gótica sobre los no muertos), Charles Baudelaire (con vampiros como parte del ramillete de Las flores del mal) y, posiblemente, Bram Stoker (cuya ataxia locomotriz o pérdida de coordinación muscular, que provocó su muerte, es una manifestación de la sífilis terciaria o tardía). No es raro entonces, que vampiros como Drácula fuesen aristócratas extranjeros que tenían a mujeres como sus principales víctimas, considerando que unos y otras eran culpados por la clase media europea de ser los principales portadores de sífilis en ese entonces.

Ilustración: Oldemar González

 

Si algo se aproxima al amor y a los cuidados maternos en la ficción contemporánea es la atención de las enfermeras imaginarias hacia sus pacientes. Se supone que, tanto idealmente como de acuerdo con el estereotipo, quienes deciden practicar la enfermería es porque están impregnadas (siguiendo otro estereotipo, no incluiremos a enfermeros) de un tipo especial de amor, conocido como ágape. Esto las motiva a buscar, ante todo y sobre todo, el bienestar de sus pacientes sin esperar retribución alguna… a excepción del justo pago por sus servicios (ya que hablamos de profesionistas y no de santas).

A algunos de nosotros tal vez nos satisface el contraste con la realidad experimentada (más bien sufrida) en carne propia, en ciertas ocasiones, y en ciertas clínicas y hospitales del averno, para abandonar por siempre la unión de los adjetivos angelical y maternal con la palabra enfermera. Es poco probable que, irónicamente, alguien sano de juicio y cuerpo niegue la angustia, el miedo, el horror que es capaz de provocar que, debido a accidentes o enfermedades y durante un tiempo no pocas veces indefinido, quedemos parcial o completamente en manos de quienes antes eran unas perfectas desconocidas.

La ficción gótica moderna transgrede el ágape que supuestamente existe en la relación entre enfermeras y pacientes. Aprovecha las ansiedades que nacen cuando, dentro de los no siempre hospitalarios muros de hospitales y dormitorios, las segundas relevan a los primeros en el control de su vida. En años recientes, una enfermera, una educadora y una experta en estudios góticos analizaron algunas de las más horrendas representaciones —cada una más depravada que la otra— de enfermeras en tiempos recientes, procedentes de la cultura  popular manifestada en novelas, películas y los videojuegos.4

Desaconsejamos los párrafos que restan como material de lectura para enfermos encamados. Como es seguro que no es el caso de quienes siguen leyendo estas líneas, es momento de hablar de la antagonista de Misery, novela de Stephen King adaptada al cine con la actriz Kathy Bates portando la cofia de Annie Wilkes, la enfermera monstruosa.

Wilkes se considera a sí misma como la fan número uno de las novelas románticas escritas por el escritor Paul Sheldon (interpretado por James Caan), por lo que, tras sufrir éste un accidente automovilístico, tal parece que nadie podría haberlo rescatado, resucitado (con respiración boca a boca) y atendido sus heridas y fracturas mejor que esta amorosa profesional de la medicina. El aparente ágape de tan (estereo)típica relación paciente-enfermera se ve torcido cuando, junto con Sheldon, entendemos que los cuidados de Wilkes dependen de que él haga lo que ella le ordena. Así sea en contra de su voluntad. Así sea por la fuerza. Para Margaret McAllister y las coautoras del estudio, Misery expone, valiéndose de elementos propios del terror gótico (como el secreto que esconde el pasado de Wilkes) el miedo y hasta el pánico que pacientes en el mundo real han manifestado sentir al ser atendidos por enfermeras poco amables o negligentes.

Annie Wilkes no es lo más monstruoso que puede uno imaginar caminando por el quinto infierno en el que se halla nuestro ilusorio Hospital Gótico. Tenemos también a Abby Russell, quien en Nurse 3D decide sacar provecho de todas las técnicas aprendidas en la escuela de enfermería para, en vez de cuidar a los hombres, seducir y matar a los adúlteros, lo que la convierte en la antítesis de las colegas de Florence Nightingale. Pero tampoco es ésta la versión gótica más corrupta de las enfermeras: para hallarla es necesario caminar por las calles virtuales del videojuego Silent Hill.

Silent Hill es un pueblo tenebroso en el que hay que sobrevivir al ataque de las horripilantes criaturas sin rostro, de cuerpos curvilíneos y vestidas con uniformes escotados, que perpetúan (al igual que Nurse 3D) otro denigrante estereotipo de esta profesión: el de la enfermera sexy (presente incluso en caricaturas como Animaniacs: Helloooo, nurse!). Si todavía seguimos vivos en el videojuego, en el extremo de la descomposición física y moral tendremos frente a nosotros a las puppet nurses, enfermeras jorobadas y controladas por parásitos. Si bien la última frase es una pura y rigurosa descripción, McAllister y colaboradoras consideran que es posible que, oculta en ella, en verdad se halle una crítica a la actual masificación y a la burocratización excesivas de los servicios de salud pública.

Para revelar en nosotros miedos que ni siquiera pensamos que existían, no hay nada como una pesadilla gótica.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Yang, J. S. “Dermatologic conditions as vehicles of horror in Gothic literature”, Clinics in dermatology, en prensa, 2020.

2 Sustancia amarillenta que resulta de la degradación de la hemoglobina de los glóbulos rojos. Es probable que la elevada concentración de bilirrubina en el monstruo de Frankenstein se debiese a que su hígado de segunda mano era incapaz de degradar de manera eficaz los eritrocitos de su sangre.

3 Ver, por ejemplo: Chou, C. J., “Syphilis and the vampire literature”, The Proceedings of the 17th Annual History of Medicine Days, March 7th and 8th, Health Sciences Centre, Calgary, AB, 2008.

4 McAllister, M.; Lee Brien, D., y Piatti-Farnell, L. “Tainted love: Gothic imaging of nurses in popular culture”, J. Adv. Nurs., 74, 2018, pp. 310-317.

 

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