De 1968 nos gusta recordar la primavera: la irrupción masiva de la juventud en la política, los muros de París y Berkeley, las manifestaciones pacifistas, la lucha contra el racismo. Después de la ofensiva del Tet se iniciaban las negociaciones de paz. Alexander Dubcek intentaba liberalizar el socialismo en Praga, y los norteamericanos buscaban revivir el pasado eligiendo un segundo Kennedy. En realidad, si vinculamos estos hechos con otros ocurridos antes y después en el convulsionado final de los sesentas (en 1967 comenzaba la revolución cultural china y la crisis del Medio Oriente estallaba en la guerra de los Seis Días; en 1969 el hombre llegaba a la luna; se firmaban los primeros tratados multilaterales de limitación de armamentos; el sueño del "foco guerrillero" moría con el Che en la selva de Bolivia), parece claro que aquello que Nixon y Kissinger definían como el "fin de la posguerra" se estaba produciendo. El mundo estaba en profundo cambio y nos gustaba pensar que el período que se abría vería otros protagonistas, otras realidades o, mejor aún, una paz verdadera.
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