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Perry Anderson es un infaltable en la reflexión y las discusiones sobre marxismo. Uno de sus últimos libros en español es Tras las huellas del materialismo histórico (Siglo XXI, 1986). Ha colaborado en Nexos anteriores y actualmente dirige la New Left Review.

Dibujos de Patricia Soriano

El objeto de mis reflexiones esta noche *, el pensador político italiano Norberto Bobbio, supongo que debe ser relativamente bien conocido aquí en Argentina -seguramente mejor, por lo menos, que en mi propio país, Inglaterra-. No sólo conocido sino también, creo, influyente. Hay dos razones evidentes para tal influencia. Por un lado, están los antiguos lazos humanos y culturales entre Italia y Argentina, que han asegurado un impacto constante de ideas y de ejemplos políticos de aquélla sobre ésta en el presente siglo, para bien o para mal. Basta recordar, entre otros, el entusiasmo de un Lugones por Mussolini ya en los tempraneros años veinte; los efectos duraderos de una estadía romana sobre el joven viceagregado militar Perón en el umbral de los años 40; la contribución decisiva a las ciencias sociales argentinas del expatriado Gino Germani en los años cincuenta, o la recepción memorable del pensamiento de Antonio Gramsci por parte del grupo de la revista Pasado y Presente en los años sesenta, los primeros fuera de Italia en hacer tal lectura en el mundo. Un interés vivaz por la obra de Bobbio sería lo más lógico y natural en los marcos de esta larga tradición.

Pero también existe, por supuesto, una segunda razón, más estrictamente coyuntural, para este interés. En los años ochenta Argentina ha salido de una dictadura militar feroz hacia una democracia que muchos temen todavía precaria, mientras otros la esperan preambular. Bobbio es, sin duda alguna, uno de los más serios teóricos de la democracia moderna con que hoy contamos. Es pues obvia la pertinencia de su obra para los debates contemporáneos argentinos, y no sólo argentinos. Ahora bien, esta noche mi propuesta será la de contextualizar un poco el pensamiento de Bobbio, reinscribiéndolo en la historia de su país; sugerir las tensiones y los límites del pensamiento bobbiano y, al mismo tiempo, sondear las raíces intelectuales de esos límites. Comencemos dando una mirada restrospectiva a la biografía de Bobbio.

¿Quién es, en efecto, Norberto Bobbio? Nació en 1909, en una familia de clase media culta de Piamonte. Se formó en filosofía y derecho. Ingresó joven en la resistencia antifascista, como simpatizante de Giustizia e Liberta, organización fundada por los hermanos Rosselli, y fue arrestado por primera vez en 1935. Puesto en libertad, se hizo profesor de derecho en la Universidad de Siena, en vísperas de la segunda guerra mundial, y luego en la Universidad de Padua. Allí se alió al grupo inspirado sobre todo por Guido Calogero, que preconizaba un socialismo liberal, y militó en el Comité Nacional de Liberación de la región. En 1943 el régimen de Mussolini lo arrestó por segunda vez, pero nuevamente logró salir de la cárcel. En el otoño de 1943 participó en la formación del Partido de Acción, en el que confluyeron tanto Giustizia e Liberta como el socialismo liberal de Calogero y sus amigos. Meses más tarde escribió su primer trabajo filosófico-polémico, el folleto titulado La filosofía del decadentismo – Un estudio del existencialismo, vehemente requisitoria contra el aristocratismo y el individualismo de Heidegger y Jaspers en nombre de un humanismo democrático y social. Es un texto que revela con claridad el impacto que tuvo sobre el joven Bobbio el predominio masivo del movimiento obrero, con sus dirigentes y sus valores, en la Resistencia Italiana en el norte del país. Explicó más tarde: “Abandonamos el decadentismo, que era la expresión ideológica de una clase en declinación, porque participábamos de los trabajos y de las esperanzas de una nueva clase”. “Estoy convencido”, continuaba, “de que si no hubiéramos aprendido del marxismo a ver la historia desde el punto de vista de los oprimidos, adquiriendo así una nueva e inmensa perspectiva sobre el mundo humano, no nos hubiéramos salvado” (1). Al hablar así Bobbio describe la reacción de toda la constelación de intelectuales -un grupo fértil y promisorio- que se integraba al Partido de Acción.

Después de la Liberación, sin embargo, aunque contaba con devotos militantes y con una rica tradición intelectual, el Partido de Acción no logró conquistar un lugar duradero en la escena política italiana. Se hundió después de tres años. Nadie ha definido mejor que el propio Bobbio las razones dé esa derrota y desaparición. Una década más tarde, escribió: “Teníamos posiciones morales claras y firmes, pero políticas sutiles y dialécticas, y por lo tanto móviles e inestables, continuamente en busca de una inserción en la vida política italiana. Pero, en la sociedad italiana de aquellos años, nos quedábamos sin raíces. ¿Hacia quiénes nos orientábamos? Moralistas ante todo, preconizábamos una renovación total de la vida política italiana, a comenzar por las costumbres. Pero creíamos que para dicha renovación no era necesario hacer una revolución. De ahí que fuéramos rechazados por la burguesía, que no deseaba ninguna renovación, y por el proletariado, que no quería renunciar a la revolución. Por consiguiente, nos quedábamos frente a frente con la pequeñoburguesía, que era la clase menos inclinada a seguirnos; y no nos siguieron. Fue en verdad un espectáculo bastante penoso el ver a estos enfants terribles de la cultura italiana en contacto con las capas más medrosas y débiles, a esos cerebros en permanente movimiento tratando de hablar con las cabezas más perezosas y filisteas, a esos suscitadores de escándalos sonriendo en forma cómplice a los ciudadanos más tímidos y conformistas, a esos moralistas superintransigentes predicando a especialistas en compromisos. Durante todo el tiempo que el Partido de Acción -jefes sin ejército- actuó como movimiento político, la pequeñoburguesía italiana -ejército sin jefes- era indiferentista. Imagínense si era posible un matrimonio entre ambos…” (2).

Este juicio -duro y cáustico- sobre la experiencia del Partido de Acción refleja sin duda el estado de ánimo con que Bobbio se retiró de la actividad política directa en 1948, cuando el Partido se disolvió y él ingresó como catedrático a la Universidad de Turín. Durante los años de la Guerra Fría permaneció en silencio, esencialmente ausente del debate político italiano. Fue sólo en 1954, después de la muerte de Stalin, cuando el proceso de desestalinización en la Unión Soviética empezó a aflojar un poco los corsés ideológicos del movimiento comunista italiano, cuando Bobbio reingresó por un periodo a la escena nacional. La ocasión fue un artículo suyo, “Democracia y dictadura”, que contenía una crítica serena pero severa de las concepciones marxistas tradicionales al respecto. El artículo insistía sobre la subestimación histórica, por parte del marxismo, del valor de las instituciones políticas liberales, y predecía que, no obstante, el Partido Comunista Italiano iba a evolucionar en los años venideros hacia una aceptación mayor de esta crucial herencia política.

El artículo provocó una significativa respuesta por parte del principal filósofo comunista de la época en Italia, Galvano Della Volpe, quien reprochó a Bobbio el regresar a las posiciones teóricas de Benjamín Constant en el siglo XIX, contraponiendo a su vez a ese liberalismo moderado la tradición mucho más radical de Jean Jacques Rousseau: es decir, contra una libertas minor la libertas maior de la cual el marxismo sería el heredero contemporáneo.

Bobbio, a su vez, contestó a Della Volpe con un ensayo más extenso que el original: “De la libertad de los modernos comparada con la de los descendientes”. En él profundizaba sus temas y exhortaba a los comunistas, en un tono amistoso pero firme, a desconfiar de “un progresismo demasiado ardiente”, que podía sacrificar las conquistas de la democracia liberal a la instauración de una dictadura proletaria con la promesa de una ulterior democracia perfeccionada. Fue tal el peso de esta segunda intervención que el propio Palmiro Togliatti sintió la necesidad de replicar a sus argumentos, bajo seudónimo, en Rinascita.

En su respuesta final a los contrargumentos de Togliatti, Bobbio concluyó su recordatorio autobiográfico con algunas líneas elocuentes, que dicen mucho de su personalidad intelectual. Sin el encuentro con el marxismo, dijo, “o hubiéramos buscado un refugio en la isla de la interioridad, o nos hubiéramos puesto al servicio de los patrones. Pero entre quienes se han salvado de eso, sólo algunos hemos conservado un pequeño equipaje en el cual, antes de lanzarnos al mar, habíamos guardado, para guiarnos, los frutos más sanos de la tradición intelectual europea: la inquietud de la investigación, el sabor de la duda, la voluntad del diálogo, el espíritu crítico, la ponderación del juicio, el escrúpulo filológico, el sentido de la complejidad de las cosas. Muchos, demasiados, se privaron de este equipaje: o lo abandonaron, creyéndolo un peso inútil, o nunca lo poseyeron, lanzándose al mar antes de tener el tiempo para adquirirlo. No se los reprocho; pero prefiero la compañía de los otros. En verdad, tengo la ilusión de que esta compañía está llamada a crecer, en la medida en que los años aportan sabiduría y los acontecimientos arrojan nueva luz sobre los hechos” (3).

La confianza tácita en la última frase demostraría su justificación para Bobbio, a largo plazo, como sin duda él lo entendía. A corto plazo, el episodio del debate con Della Volpe y Togliatti no despertó ecos mayores y dejó pocas huellas en la cultura política italiana, permaneciendo relativamente olvidado durante los siguientes veinte años. No fue preludio a ningún regreso político de Bobbio, quien prosiguió trabajando esencialmente dentro de la universidad.

En 1962, la democracia cristiana en el poder se abrió por primera vez a una coalición con el Partido Socialista Italiano, desde que éste rompió sus lazos con el Partido Comunista. Durante seis años Italia fue gobernada por una coalición llamada de centro-izquierda. Mucho más tarde Bobbio describiría esta experiencia como “el momento más afortunado del desarrollo político italiano” de la posguerra (4). Es posible preguntarse si, en el momento mismo, Bobbio realmente se entusiasmó por los gobiernos descoloridos y mediocres de aquellos años. Pero una cosa es cierta: en 1968, Bobbio ingresó por primera vez en el recién unificado Partido Socialista Unitario, una convergencia del Partido Socialista Italiano y del Partido Socialdemocrático Italiano que esperaba ampliar notablemente la influencia del socialismo reformista en la sociedad italiana.

Pero, en cambio, ¿qué ocurrió? Una erupción masiva en las universidades y las fábricas -el famoso 68 italiano- tumbó al centro-izquierda en pocos meses. Las clases medias italianas, aterrorizadas por la nueva militancia estudiantil y obrera, se desplazaron a la derecha, y la votación del PSU, en vez de aumentar, cayó clamorosamente. Todas las referencias de Bobbio al 68 están teñidas de reserva o de amargura. A nivel nacional, su cálculo político fue brutalmente arrastrado. Al mismo tiempo tuvo que enfrentar la turbulencia y el desorden de la revuelta estudiantil en su propio lugar de actividad profesional. Como la mayoría de los catedráticos de su edad, no gozó con la experiencia. En particular las asambleas universitarias parecen haberle chocado mucho, dejándole recuerdos desagradables -agraviados quizás por la militancia de su hijo Luigi Bobbio al frente de Lotta Continua- que pueden entreverse entre las líneas de la polémica que, en una fase subsiguiente de la política italiana, lo iba a convertir por primera vez en una figura central de los debates nacionales.

Esto ocurrió -sólo pudo ocurrir- después del reflujo de los grandes movimientos sociales de fines de los años sesenta y comienzos de los setenta. En 1974 el Partido Comunista Italiano se fijó como meta una convergencia estratégica con la democracia cristiana, el llamado “compromiso histórico”. Veinte años después de su discusión con Togliatti, las predicciones de Bobbio se mostraban ahora plenamente confirmadas. Se había abierto un terreno político finalmente propicio para sus tesis sobre democracia y dictadura, liberalismo y marxismo. Bobbio aprovechó la oportunidad y en 1975 escribió dos ensayos claves en Mondoperaio, revista del Partido Socialista, el primero sobre la ausencia de teoría política en el marxismo, el segundo sobre la carencia de cualquier alternativa a la democracia representativa como mecanismo central de toda sociedad deseable, con una clara advertencia contra lo que él veía como los peligros del proceso político de esos días en Portugal (5).

Las intervenciones de Bobbio despertaron esta vez un interés enorme en el público italiano, y muchos políticos e intelectuales respondieron a ellas, tanto del PSI como del PCI. Al fin de un extenso debate, un año después, Bobbio pudo felicitarse por el consenso generalizado que creía percibir en torno a sus preocupaciones básicas. Anotó con cierta satisfacción que Pietro Nenni ahora lo citaba oficialmente desde la tribuna del 40 Congreso del Partido Socialista (6). En 1978, fortalecido con este prestigio poco habitual, colaboró en la elaboración del nuevo programa del PSI, defendiéndolo contra quienes lo criticaron como muy poco marxista.

Mil novecientos setenta y ocho fue también, sin embargo, el año del ascenso político de Bettino Craxi al vértice del partido, inicialmente con la bandera de una renovación moral y política del socialismo italiano para colocarlo a la cabeza de un civilismo democrático y laico en el país. Al parecer, Bobbio compartió las esperanzas de una remodelación libertaria del PSI. La decepción no tardó en llegar. La evolución política del partido bajo la dirección de Craxi tomó un rumbo exactamente opuesto: se convirtió en una máquina autoritaria y cínica, más corrupta que nunca, pero ahora subordinada a un culto inaudito del dirigente. Bobbio fue uno de los primeros que criticó el surgimiento de lo que comúnmente se denominaba como un Führerprinzip social-democrático, decorado con una ideología “decisionista” inspirada en Carl Schmit. En los años 80 su posición ha vuelto a ser la de un francotirador más o menos independiente, ahora senador vitalicio nombrado por el Presidente de la República, especie de par honorífico, conciencia moral del orden político italiano.

Si éste ha sido el itinerario biográfico de Bobbio, ¿cómo definir su perfil intelectual? De la excelencia de su formación cultural no cabe duda. Filosóficamente, se enfrentó con la fenomenología de Husserl y Scheller antes de la guerra; con el existencialismo de Heidegger y Jaspers durante la guerra y con el positivismo lógico de Carnap y Ayer después de la guerra. Su conocimiento de la gran tradición del pensamiento político occidental no tiene equivalente en su propio país: desde Platón y Aristóteles, hasta Hobbes y Locke, Rousseau y Madison, Burke y Hegel, Mill y Tocqueville. Esta erudición impresionante tiene un límite: su maestría filológica se detiene más o menos en las fronteras del marxismo. Si conoce con cierta aproximación al joven Marx y algunos escritos de Kautsky y Lenin, esto es de manera mucho más superficial; y cuando por ejemplo habla de Gramsci cae en errores sorprendentes. Es paradójico, sin embargo, que esta limitación pueda considerarse virtualmente una ventaja en el contexto de la cultura de la izquierda italiana, que hasta inicios de los años 80, cuando menos, es una cultura ahogada por su referencia demasiado exclusiva e interna al marxismo, que conducía a los abusos del “principio de autoridad” teórica tan criticado por Bobbio(7). Su mochila de no- marxismo, o de pre-marxismo, de la cual habló a Togliatti, lo salvó de eso, como también, para el caso, su temperamento tolerante, escéptico y democrático.

Pero la originalidad de Bobbio no se ubica en su cultura ni en su temperamento, sino en su específica posición en la intersección de tres tradiciones políticas. Por formación y convicción primordial, es un liberal. Ahora bien, el liberalismo ha sido siempre un fenómeno ambiguo y polimorfo, y esto en Italia más que en cualquier otra parte, donde el régimen oligárquico y manipulador de Giovanni Giolitti, con su fuerte dosis de violencia represiva y cooptación corrupta, se autodefinía como liberal antes de la primera guerra mundial; o donde la gran cabeza teórica del liberalismo económico de la misma época -Vilfredo Pareto- preconizaba cotidianamente el terror blanco para aplastar al movimiento obrero y barrer la democracia parlamentaria; o aun donde el mayor filósofo italiano, Benedetto Croce, paladín de su propio liberalismo ético, en su momento pactó con Mussolini.

El liberalismo de Bobbio no tiene nada que ver con éstos. Es una doctrina de derechos cívicos y libertad individual de pura estirpe anglosajona, cuya fuente de inspiración principal viene de las obras de John Stuart Mill sobre El gobierno representativo y La libertad. Ahora bien, tal enfoque tiene en sí mismo poco de original en el siglo XX. Todo el interés del pensamiento dé Bobbio proviene, sin embargo, del contacto -enfrentamiento, tal vez- de este liberalismo político clásico con otras dos tradiciones políticas. La primera fue el marxismo. Bobbio se definió tempranamente, como hemos visto, como hombre de izquierda. En la Italia de la posguerra esto impuso, ineludiblemente, un encuentro con la cultura comunista. De liberal, Bobbio se hizo socialista. Pero seguía siendo siempre un liberal antes de ser un socialista y también, si así puedo decirlo, después de serlo.

Este liberalismo de Bobbio no proviene de ninguna admiración especial por el mercado libre, sino de un compromiso profundo con el Estado constitucional. Es político, no económico. Aquí se delínea la gran diferencia entre su liberalismo y el de Raymond Aron, su coetáneo francés, que también se consideraba de izquierda en su juventud, pero que se desplazó rápidamente a la derecha más clásica después de la Liberación, convirtiéndose en uno de los ideólogos principales de la reacción atlántica y de la guerra fría.

Bobbio, en contraste, es como un Mill que hubiera conocido a Marx. Hoy, el interés central de su contribución al temario democrático es precisamente su conjugación de estas dos tradiciones, bajo la primacía del liberalismo. En este sentido se le podría comparar con otra figura europea de gran envergadura: Jürgen Habermas. La trayectoria del pensamiento político de Habermas representa más o menos la inversa del itinerario de Bobbio: partió de un marxismo original y descubrió más tarde la herencia ideal y política del liberalismo pragmático, no a través de Mill y Tocqueville, ya criticados por Habermas, sino de Dewey y la tradición pragmática estadunidense. Como es natural, la síntesis resulta muy diferente: algo mucho más vasto y sistemático que lo que da Bobbio, como puede esperarse de un pensamiento cuyos orígenes se encuentran en el marxismo.

Pero en la visión característica de Bobbio hay un tercer elemento que también lo separa de Habermas. Es la influencia del realismo político italiano que viene de Maquiavelo. Ahora bien, como él lo anota en más de una ocasión, el realismo ha sido históricamente, la mayoría de las veces, una tradición política conservadora, y su exponente máximo, Thomas Hobbes, fue el teórico de un poder absolutista. En Italia este realismo ha desembocado tradicionalmente en una cultura de la pura política, es decir, de la política concebida como juego de poder en sí mismo, como la veía esencialmente el propio Maquiavelo. Faltaba, en contraste, un verdadero sentido del Estado como complejo de instituciones, impersonal y objetivo (algo que la cultura castellana, digamos, siempre entendió muy bien, tal vez demasiado bien). Las razones de este déficit son bastante evidentes: la larga ausencia, y por lo tanto la duradera debilidad, del Estado nacional italiano.

En todo caso, lo original de la apropiación de la tradición realista italiana por parte de Bobbio se encuentra en su reorientación firme de aquella lejos de la política en sí -esos mecanismos intrínsecos de la conquista o la pérdida del poder que fascinaban tanto a Maquiavelo como a Mosca, e incluso a Gramsci- y hacia las cuestiones del Estado, que preocupaban tanto a Madison como a Hegel o a Tocqueville. El pensamiento de Bobbio es, pues, un liberalismo abierto simultáneamente a discursos socialistas y conservadores, revolucionarios y contrarrevolucionarios y en este aspecto, antitético a la piedad bien intencionada de su maestro Mill.

Pasemos ahora al contenido específico de los escritos políticos de Bobbio en los últimos treinta años. Su hilo conductor es una defensa de la democracia como tal, una democracia que define en términos de procedimientos y no sustantivamente. ¿Cuáles son los criterios de esta democracia bobbiana? Esencialmente cuatro: 1) sufragio adulto, igual y universal; 2) derechos cívicos que aseguran la expresión libre de opiniones y la organización libre de corrientes de opinión; 3) decisiones tomadas por mayoría numérica; 4) garantías de los derechos de las minorías contra cualquier abuso por parte de las mayorías.

Concebida así, insiste incansablemente Bobbio, la democracia es un método, la forma de una comunidad política, no su sustancia. Pero no por eso es menos trascendente como valor histórico. El marxismo, sostiene, siempre ha cometido el error fundamental de subestimarlo, en cuanto se preocupaba por otra cuestión: la de quiénes dominan en una sociedad, no la de cómo se realiza su dominio. Para Marx y Lenin, esta segunda cuestión -lo que Bobbio llama el problema de los sujetos, en vez de las instituciones, de poder- ha borrado totalmente a la primera, hasta el punto de engendrar una confusión fatal entre la dictadura entendida como cualquier predominio de una parte o clase de la sociedad sobre otra, y la dictadura entendida como el ejercicio de la fuerza política eximida de la sujeción a toda ley, según la famosa definición de Lenin; es decir, como orden social en un sentido muy genérico y como orden político en el sentido más estrecho.

Bobbio observa que existe una tradición premarxista que aceptó la necesidad de una dictadura revolucionaria para cambiar la sociedad, desde Babeuf a Buonarroti hasta Blanqui. Lo nuevo del marxismo fue transformar esta noción clásica de dictadura -en cuanto forma de gobierno a la vez excepcional y transitoria, según la entendían los romanos- en una regla universal y permanente de todo gobierno antes del advenimiento del propio comunismo, es decir de una sociedad sin clases. Contra esta transformación teórica, Bobbio subraya la importancia inconfundible del surgimiento de instituciones liberales -parlamento y derechos cívicos- dentro de una sociedad con clases, dominada, sí, por una capa capitalista, pero ejerciendo ésta su dominación dentro de un marco regulador que garantiza ciertas libertades básicas a todos los individuos, cualquiera sea la clase a la que pertenezcan. Esta democracia política configura, histórica y jurídicamente, un baluarte imprescindible contra los abusos del poder. Liberal en sus orígenes en el siglo pasado, sigue siendo liberal en su matriz institucional en este siglo: en efecto, “la única forma posible”, en sus palabras, es “la democracia liberal” (8). Su función consiste en asegurar la libertad negativa de los ciudadanos con respecto a la prepotencia -posible o real- del Estado, la capacidad de aquéllos de hacer lo que quieran sin impedimentos externos de derecho o de hecho.

Los mecanismos de esta garantía son dobles y estructuralmente indisociables: por un lado los derechos cívicos a nivel individual, por el otro un parlamento representativo a nivel nacional. El nexo entre ambos constituye lo que Bobbio llama el núcleo irreductible del Estado constitucional, sea cual fuere la forma precisa de sufragio en las sucesivas épocas de su existencia; como tal, conforma un instrumento que puede ser utilizado por cualquier clase social. Su origen histórico, pretende Bobbio, es tan irrelevante a su uso contemporáneo como lo es el origen de cualquier instrumento tecnológico, como el ferrocarril o el teléfono (9). No hay razón alguna para que la clase obrera no pueda apropiárselo en su construcción del socialismo.

Por supuesto, Bobbio no tiene ninguna dificultad para demostrar el contraste entre este nexo institucional liberal y el estado de cosas en la Unión Soviética, es decir allí donde se autoproclamaba la existencia de una dictadura proletaria -para el, una dictadura tout court, encarnación de todo lo contrario de la democracia política-. Pero este contraste abarca sólo la mitad de su propuesta polémica. Porque es preciso también distinguir y defender a la democracia liberal contra otro enemigo o, por lo menos, otro modelo. ¿Cuál es éste último?

La democracia liberal, para Bobbio, es representativa o indirecta. La única alternativa formalmente concebible sería, por lo tanto, la democracia delegada o directa. En la Italia de los años setenta había pocos defensores de la dictadura, supuestamente proletaria o de otro tipo. Pero no eran tan pocos quienes creían en la posibilidad y la superioridad de una democracia más directa que superara los límites del parlamentarismo vigente, una democracia más directa y tan íntimamente conectada con un socialismo avanzado como lo estaba la democracia representativa con el capitalismo avanzado. Ellos son el verdadero blanco de las intervenciones de Bobbio entre 1975 y 1978. Su ataque central está dirigido contra lo que llama el “fetiche” de la democracia directa.

No niega su larga estirpe desde la Antigüedad hasta Rousseau, antes de que fuera integrada por el materialismo histórico. Pero rechaza su validez o su aplicabilidad a las sociedades industriales de nuestros días.

¿Cuáles son sus argumentos al respecto? Esencialmente tres. Primero, los referéndum, principal elemento de democracia directa en la actual Constitución italiana, pueden ser tolerables para consultas poco frecuentes de la opinión pública, cuando ésta es dividida en dos partes más o menos iguales sobre un problema grande y sencillo. Pero resultan totalmente inadecuados para el grueso del trabajo legislativo, que supera de lejos la capacidad del ciudadano para interesarse por las cosas públicas, por lo cual es imposible que pueda decidir cada día sobre una nueva ley, como lo hace el Parlamento italiano. Además, alega Bobbio, en los referéndum el electorado está atomizado, privado de sus guías o mediadores normales, los partidos políticos.

Segundo, las asambleas populares, tal como las concebía Rousseau, tampoco resultan factibles como mecanismos de democracia directa en las sociedades modernas: son técnicamente imposibles a nivel nacional debido a su tamaño, y fácilmente deformables a nivel local por demagogia y carisma, como lo mostró, en opinión de Bobbio, la triste experiencia de las asambleas del movimiento estudiantil en los años sesenta.

Tercero, los mandatos revocables -elemento axial de la noción de democracia delegada en la tradición rousseauniana y marxista- son activamente nefastos, ya que históricamente son típicos de los despotismos autocráticos, en los cuales el tirano puede destituir en todo momento a sus funcionarios; mientras que su complemento positivo, el mandato imperativo, de hecho existe en el parlamentarismo moderno bajo la forma de la disciplina férrea de los partidos sobre los diputados, y como tal es más bien un punto débil, y por lo tanto lamentable, de la democracia en todo caso ya vigente.

Dicho lo anterior, y pese a sus críticas a todas sus formas particulares, Bobbio concede hipotéticamente un lugar a la democracia directa como -son sus palabras- “correctivo” o “complemento” de la democracia representativa, pero jamás como su superación o sustitución. Esta formulación del problema fue, como es sabido, consuetudinaria en la social-democracia alemana antes y después de la primera guerra mundial y Bobbio, con perfecta conciencia del precedente, invoca en efecto a Kautsky como antecesor de su visión general del asunto.

Defensa de la democracia representativa, crítica de la democracia directa, rechazo de la dictadura revolucionaria: en sus líneas generales, hasta aquí los temas de Bobbio se podrían equiparar con la doctrina de cualquier liberal lúcido o leer como una adhesión más o menos incondicional al status quo occidental. ¿Dónde comienza su inconformismo, para no hablar de socialismo? En su crítica de la democracia representativa que tenemos -a la que por otro lado elogia, como hemos visto (10).

¿Cuáles son estas críticas? Aquí llegamos a los puntos verdaderamente neurálgicos del pensamiento bobbiano, en los cuales se pueden ver las tensiones intelectuales que lo penetran y subyacen, y que le confieren todo su interés teórico y político. Pues, por un lado, Bobbio enumera una serie de procesos objetivos que, a su parecer, tienden a disminuir y socavar la democracia representativa tal como él mismo la postula; es decir, el esquema básico de un Estado liberal-constitucional basado en el sufragio adulto universal, el modelo que se generalizó en toda la zona del capitalismo avanzado después de la segunda guerra mundial. ¿Cuáles son esos obstáculos crecientes a la plena vigencia de la democracia representativa? Primero, el tamaño y la complejidad propios de las sociedades industriales modernas, que vuelven impracticable el tipo de composición de voluntades individuales en una voluntad colectiva mayoritaria que postula la teoría democrático-liberal clásica. En su lugar emerge un conflicto de agrupamientos consolidados, cuyo juego pluralista -tanto a nivel político-partidario como a nivel socio-económico- se resuelve en compromisos corporativos, vigilados por una disciplina interna imperativa, que acaba por abolir el principio mismo de la libre representación tal como lo entendieron Burke o Mill. Segundo, la entrada de las masas en el sistema político, con el advenimiento del sufragio universal, ha generado fatalmente en el Estado una burocracia hipertrofiada, resultado de presiones populares para crear aparatos de bienestar y seguridad social, que entonces se vuelven cada vez más monumentales e impermeables a cualquier control democrático. Tercero, el avance tecnológico de las economías occidentales vuelve cada día más compleja y especializada su coordinación y dirección gubernamentales; de ahí surge un abismo infranqueable entre las competencias -o mejor, incompetencias- de la mayoría abrumadora de los ciudadanos en la materia, y las calificaciones de los únicos que saben algo de ello, los tecnócratas. Cuarto, los mismos ciudadanos se hunden cada día más en unas ignorancias y apatías cívicas inculcadas cuidadosamente por la industria cultural y la manipulación política, y evolucionan así exactamente hacia lo opuesto de los sujetos políticamente educados y activos que, para los teóricos del liberalismo, habrían debido ser la base humana de una democracia representativa en funciones. Cinco, la combinación de múltiples presiones corporativas, fardo intratable de burocracia, aislamiento de tecnócratas y masificación de la ciudadanía, constituye una “sobrecarga” de reivindicaciones entrecruzadas sobre el sistema político que sabotea su eficiencia para tomar decisiones y conduce a su creciente parálisis y desprestigio (11).

Esta es la primera vertiente de las críticas de Bobbio a nuestro actual sistema político. Las resume bajo el término de “las promesas incumplidas” de la democracia representativa. Es importante subrayar que para Bobbio todos estos procesos son implacables, transformaciones objetivas de nuestras condiciones de convivencia social de las cuales nadie puede escapar. Son, por decirlo así, fallas necesarias de la democracia establecida. Pero al mismo tiempo Bobbio plantea una serie de críticas de signo totalmente opuesto al mismo orden. En esta vertiente de sus escritos, su objeción a la democracia parlamentaria contemporánea no consiste en las promesas que no ha cumplido, sino en las que jamás ha formulado. Es decir, apunta la ausencia de democracia fuera de las instancias mismas legislativas. Aquí señala la naturaleza autoritaria de los aparatos administrativos de todos los Estados occidentales, administraciones que típicamente preexistían al advenimiento de la democracia parlamentaria y que en buena parte continúan resistiéndola. Pero también subraya la carencia de democracia en todas las demás áreas de la vida social: fábricas, escuelas, ejércitos, iglesias o familias. Más aún, dice tajantemente: “También en una sociedad democrática el poder autocrático está mucho más difundido que el poder democrático” (12). Para poner remedio a estas estructuras autocráticas, preconiza una democratización de la vida social; es decir, la extensión de derechos de organización y decisión hoy retringidos al voto político, a las células básicas de la existencia cotidiana de la población -trabajo, cultura, hogar, defensa-, dondequiera que esta extensión sea realizable en los hechos. “El problema actual del desarrollo democrático”, escribe, “no puede ya referirse a ‘quién’, sino a ‘dónde’ se vota” (13). Y pregunta: ¿la democracia de los consejos no tenía precisamente este proyecto?

Ahora bien, es evidente la contradicción -o mejor, la incompatibilidad- de esta vertiente de la obra de Bobbio con la primera. Aquí insiste en fallas o límites no necesarios de la democracia representativa, por lo menos potencialmente superables a través de una extensión de los principios democráticos mismos. ¿Pero cómo podría ser pertinente tal crítica de un orden político que ya no logra realizar sus propios principios dentro de sus límites -y no por falta de voluntad subjetiva, sino debido a exigencias objetivas insoslayables?-. O bien la democracia representativa está destinada fatalmente a una contracción de su sustancia, o bien está dispuesta virtualmente a la extensión de esa sustancia. Ambos términos no pueden ser verdad al mismo tiempo.

Aunque a veces se trata de suavizar la contradicción con fórmulas como: “pedimos cada vez más democracia en condiciones cada vez peores para obtenerla” (14), Bobbio en realidad no parece consciente de su centralidad o radicalidad para el conjunto de su discurso. Jamás la antinomia fundamental de su teoría de la democracia se convierte en el enfoque directo de una reflexión sobre su significado. ¿Cómo explicarlo? Creo que es precisamente la resultante involuntaria de la posición de Bobbio en la intersección de las tres corrientes opuestas de pensamiento con que he comenzado.

En efecto, lo que sucede es que somete su ideal preferido -la democracia liberal- a dos tipos de crítica antagónicos: una conservadora, que en nombre de un realismo sociológico apunta todos los factores que tienden despiadadamente a vaciar al Estado representativo de su valor y vitalidad, convirtiéndolo cada vez más en una hermosa ilusión; y otra socialista, que en nombre de una concepción de la emancipación humana (no sólo o meramente política) proveniente del joven Marx, apunta a todas las áreas de poder autoritario en las sociedades capitalistas que el Estado representativo deja completamente intactas, privándose así de las únicas bases sociales que lo convertirían en una verdadera soberanía popular. Bobbio acumula ambas concepciones sin poder sintetizarlas en una. En realidad, son inconciliables.

Si es así, podríamos suponer que el propio Bobbio no lograría mantener un equilibrio entre ambos términos: la tentación del realismo conservador y la solicitación del radicalismo socialista. Para ver aquí el desenlace de su pensamiento, es preciso plantearle la pregunta que da título a una de sus intervenciones. ¿Cuál es, exactamente, el socialismo de Norberto Bobbio? A primera vista, la respuesta parece relativamente obvia: una socialdemocracia moderada. A veces se definió así. En todo caso, lo cierto es que hoy insiste categóricamente en un camino democrático al socialismo en Occidente, conservando íntegras todas -literalmente todas- las instituciones del orden liberal vigente en cualquier avance hacia el objetivo final. Su realismo histórico le prohibe negar que por otros caminos ha sido derribado el capitalismo en otra época o en otros lugares: la democracia como método no es un valor suprahistórico y hay situaciones, concede, de emergencia o de revolución en las cuales no se aplica. Pero una vez establecida la democracia liberal, Bobbio excluye taxativamente desarrollos semejantes. Ahora bien, todos los países donde rige esta democracia son capitalistas. ¿Cómo entonces, dentro de este marco, llegar al socialismo?

Su lucidez y honestidad no permiten a Bobbio evadir u oscurecer la dificultad del problema. No da ninguna respuesta nítida o definitiva. Son muy evidentes aquí las vacilaciones de su pensamiento. Pero al fin de cuentas la conclusión hacia la que se inclina es inconfundible. Al evocar las dos únicas estrategias coherentes de un socialismo paulatino pero radical que tiene a su disposición: las reformas de estructura desde arriba, por un lado, y la ampliación de la participación democrática en las instancias sociales desde abajo, por el otro, manifiesta un escepticismo letal respecto de ambas. En lo que se refiere a las reformas de estructura, pregunta: “¿Hasta qué punto el sistema está dispuesto a aceptarlas? ¿Quién puede soslayar que existe un límite de tolerancia del sistema, más allá del cual se quiebra en lugar de doblarse? Si los que se sienten amenazados en sus intereses reaccionan con la violencia, ¿cómo no contestar también con la violencia” (15). En lo que toca a la democratización de la sociedad civil, declara: “Es lícita la sospecha de que una extensión progresiva de la base democrática de la sociedad encuentra una barrera insuperable -digo insuperable dentro del sistema- a las puertas de la fábrica” (16).

Estas dudas, que efectivamente tienden a quitar todo fundamento al camino gradual y democrático hacia el socialismo, se duplican con dudas todavía más radicales sobre lo que podría ser el destino de la democracia bajo el socialismo, una vez alcanzada una sociedad sin clases. Dije que el liberalismo de Bobbio no es del tipo económico: nunca mostró un apego especial por el mercado. Pero, por la misma razón, tampoco mostró mucho interés por mecanismos económicos alternativos al mercado. El capitalismo como tal es para Bobbio poco más que un vago horizonte referencial: rechazado, sí; pero analizado, no. Por lo tanto, cuando imagina el socialismo, su cambio en la propiedad de los medios de producción no tiene ningún valor positivo en sí mismo. Al contrario, solamente configura el espectro de un Estado superpoderoso, ahora también dueño de la vida económica -viejo temor liberal, por supuesto-. El resultado es que Bobbio llega a predecir que la situación de la democracia será necesariamente más difícil y precaria en el socialismo que en el capitalismo (17). Conclusión paradójica para un socialista democrático.

Pero estas dos reflexiones -inviabilidad probable del camino democrático al socialismo, vulnerabilidad previsible de la democracia misma dentro del socialismo- iluminan la verdadera, no explícita opción de Bobbio. Entre liberalismo y socialismo, escoge el primero; A veces justifica su preferencia alegando que es en realidad la más radical. “La democracia”, escribe, es una idea “mucho más subversiva, en cierto sentido, que el socialismo mismo” (18). Pero esta pretensión es más táctica que sistemática. Su pensamiento auténtico se descubre en otra parte.

“De los problemas: ¿quién domina? y ¿cómo se domina?”, declaró categóricamente Bobbio en 197S, “no cabe duda de que el segundo ha sido siempre más importante que el primero” (19): es decir, no las clases dominantes, sino las formas de su dominación. Aquí se manifiesta, al nivel más fundamental de su pensamiento, su opción por el polo liberal. Por la misma razón, de las dos críticas de la democracia representativa presentes en sus escritos, es la conservadora y no la socialista la que tiene peso final. Lo expresa con su vivacidad habitual, en un ensayo reciente, con esta frase: “Nada amenaza tanto con asesinar a la democracia como un exceso de ella” (20). Hermosa fórmula elitista.

Norberto Bobbio permanece como un pensador sinceramente -y admirablemente- progresista en sus simpatías e intenciones personales: un liberal ilustrado de gran envergadura. Pero lo que sus escritos muestran es la lógica de su problemática inicial y persistente, contraria a estas intenciones. El socialismo liberal se revela como un compuesto inestable. Sus dos elementos terminan por separarse. Y en el mismo proceso el liberalismo comienza a acercarce al conservadurismo. Tales son en general, quizás, las afinidades electivas, independientes de la voluntad de los afectados, del pensamiento político moderno.

*Conferencia inaugural del coloquio Identidad latinoamericana: premodernidad, modernidad y postmodernidad, realizado con motivo del XX aniversario de CLACSO. Teatro General San Martín, Buenos Aires, 14 de octubre de 1987.

1. “Liberta e Potere”, en Política e Cultura, Torino, 1977, p. 281.

2. Ibidem.

3. Ibid. ps. 281-282.

4. “Italy’s Permanent Crisis”, 1981. 

5. “Esiste una dottrina marxista dello Stato? y “Quali alternative alla Democrazia Rappresentativa?” (1975).

6. “Perche democrazia” (1977).

7. “Esiste una dottrina marxista dello Stato?”.

8. “Della liberta dei moderni comparata a quella dei posteri”, en Política e Cultura, p. 178.

9. “Democrazia e dittatura”, en Política e Cultura.

10. “Quali alternative alla democrazia rappresentativa?”.

11. “II futuro de la democrazia” (1984).

12. “Quale socialismo?” (1976).

13. Ibidem. (1976).

14. “Quali alternative alla democrazia rappresentativa?”.

15. “Perche democrazia?” (1977).

16. Ibidem.

17. Ibid.

18. “Quali alternative alla democrazia rappresentativa?”.

19. “Esiste una dottrina marxista dello Stato?”.

20. “II futuro della democrazia”.