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En la plaza de Capua un hombre observa la puesta de sol; no busca inspiración artística o poética, su propósito es científico: quiere medir la velocidad del sol. Sin embargo, no tiene ningún instrumento de medición; apenas cuenta con un sistema para fijar unidades, cuyo manejo repetido le ha garantizado una precisión constante: “Conforme el sol desaparece en el horizonte en medio de una sinfonía de colores, canta dos Misereres; se trata, de hecho, de una fracción de tiempo muy breve”.

Este hombre es el futuro cardenal y santo Roberto Bellarmino, que durante su juventud tuvo una genuina pasión por la ciencia, como él mismo lo menciona en un libro ascético que escribió ya en su vejez; el impulso propio del siglo XVII hacia las ciencias naturales y hacia las matemáticas exactas, había capturado también al hombre que sería el restaurador de la doctrina católica en el Concilio de Trento. En 1616, este cardenal fue el encargado de citar a Galileo (con todo el respeto que le merecía aquel hombre de ciencia) para que la Iglesia emitiera su primer pronunciamiento en contra de la teoría de Copérnico.

Bellarmino es uno de los principales personajes del libro de Pietro Redondi, Galileo: Hereje. Otro de los personajes, tal vez el principal, es el jesuita Orazio Grassi, que fue el blanco (bajo el nombre ficticio de Lotario Sarsi) del sarcasmo de Galileo en su libro El Ensayista, y cuya venganza (de acuerdo con lo que Pietro Redondi considera como una hipótesis muy probable) fue el origen de la condena del Santo Oficio contra Galileo en 1633.

Como señala el propio Redondi, por lo que se refiere a la cuestión de los cometas, que dio lugar a la polémica de El Ensayista, era Grassi Sarsi quien tenia la razón, y no Galileo. Además de astrónomo y matemático, Grassi era arquitecto y a él se le encargo el proyecto de la Iglesia de San Ignacio, el templo más importante de la Compañía de Jesús. Se trataba, pues, de un personaje del que uno no podía burlarse; de hecho, en Florencia, Galileo siguió sus pasos a través de una red de fieles amigos en Roma que incluso llegaron a platicarle de la reacción de Grassi cuando el primer ejemplar de El Ensayista llegó a los estantes de una librería de aquella ciudad.

Sin embargo, mediante una inversión de roles que dio lugar a unas de las paginas más deliciosas de la investigación histórica de Redondi, el padre Grassi, que contaba con trucos propios, se transformo de perseguido en perseguidor utilizando a la misma gente que lo observaba. Uno de los seguidores más fieles de Galileo, Guiducci, que tenía como tarea vigilar las intrigas de los jesuitas romanos para después dárselas a conocer a su maestro, resulto tan inocente que se dejo seducir por la supuesta amistad de Grassi, quien lo persuadió para que le pasara información sobre el libro que Galileo estaba escribiendo por esa época, Diálogo sobre Dos Ciencias Nuevas.

Lo que he dicho hasta aquí sugiere ya que Redondi -un joven milanés historiador de la ciencia, vinculado con la Universidad de Princeton (1)- describe no sólo a Galileo sino también al medio que rodeó la disputa sobre la “nueva ciencia” (o la “nueva filosofía”, como se dio en llamar) durante un periodo crucial de veinte años en el siglo XVII. El libro incluye retratos muy vividos de los adversarios y de los amigos y aliados de de la nueva ciencia, empezando por el principe Federico Cesi, fundador de la Academia de Lyncean y promotor, por medio de su fabulosa biblioteca, de un proyecto de enciclopedia que hubiera representado el triunfo de la nueva ciencia. Entre los amigos más destacados de Galileo estaba el papa Urbano VIII -es decir, el hombre de letras florentino que también se llamo Maffeo Barberini- y cuyo pontificado, que sostuvo la fracción francófila encabezada por el cardenal y hombre de mundo Maurizio de Savoya, hizo surgir esperanzas de un nuevo renacimiento en 1623.

Diez años después, este mismo papa habría de condenar a su exprotegido y al científico más prestigiado de su época a reclusión perpetua. ¿Como pudo producirse un giro de esta magnitud? ¿Qué sucedió para que la “maravillosa conjunción” de desarrollos intelectuales durante el papado Barberini se transformara en la oscura época de los grandes juicios ideológicos de la Inquisición? Esto es precisamente lo que Redondi explica, o más bien presenta vívidamente ante nuestros ojos. (Y vemos cómo, más que dos fases, lo que se dio fue la coexistencia de dos aspectos durante el pontificado: casi diez años antes de la condena a Galileo, en 1624, durante un juicio póstumo, cuya escenografía funeraria barroca Redondi describe muy bien, se condenó a De Dominis, un teólogo aventurero que viajó entre Venecia, Roma y Londres, y que en dos ocasiones desertó de la Iglesia y dos veces se retractó de sus supuestas herejías).

El libro de Redondi presenta un cuadro rico en detalles sobre un mundo en el que había una multitud de elementos interconectados: la investigación científica en un momento de tensión intelectual extrema; las expectativas de los no científicos -ya sea que formaran parte del mundo de la cultura o de la vida común- que compartían estas esperanzas; las preocupaciones de la iglesia postridentina, que hacía de cualquier pregunta intelectual una estocada contra el protestantismo y que convertía cualquier sospecha de confabulación con el enemigo en un arma para la lucha interna entre las órdenes religiosas y las tendencias ideológicas, y las intrigas políticas de la Curia sobre el conflicto entre Francia y España. A estos elementos se agregaban, en una Roma barroca, la fortuna de la moda que en esos años favoreció a la “nueva filosofía” y a Galileo, más que a ningún otro.

Redondi señala que al principio hubo un cierto contraste entre el creciente prestigio de los innovadores y la autoridad de los jesuitas, que de alguna manera estaban a la defensiva frente al surgimiento de un papa francófilo; más adelante (cuando la alianza de Richelieu con Gustavo Adolfo le devolvió a España su papel privilegiado en la política pontificia), los jesuitas volvieron al ataque.

La gran autoridad de la que gozaban podría explicarse por varias razones: en primer lugar, tenían una capacidad científica de primer orden (más de una vez demostraron tener la razón sobre hechos concretos); en segundo lugar, la existencia de una amenazante intransigencia dogmática que entraba en conflicto con la ciencia cuando no se usaba para construir argumentos filosóficos en apoyo al dogma, y tercero, la idea de una política cultural que era algo intrincada pero también muy firme. Los jesuitas pretendían dirigir el surgimiento de la modernidad y de lo nuevo por medio de una estrategia que combinaba el abrir caminos a las ideas novedosas y la invención de formas para cerrar el acceso a ellas Incluso llegaron al extremo de utilizar sus proverbiales poderes de persuasión, engaño y diplomacia; esto trajo como resultado que por lo menos uno de los personajes de Redondi cayó enfermo, para terminar inmediatamente en manos de los directores de la conciencia jesuita que le hicieron participar en su juego.

Redondi escribe una historia muy documentada pero también le encanta contar cuentos, y tanto la narración de los hechos históricos como la historia de su propia investigación adquieren el suspenso de un cuento policiaco. ¿De dónde provino la denuncia que llevó a Galileo a juicio? Esto nunca se ha sabido. Redondi está seguro de que encontró el documento clave en los archivos de la Inquisición: un manuscrito en el que se solicita al Tribunal que externe su opinión sobre las teorías atomísticas de Galileo. Por supuesto que no se trata de una carta anónima, pero desapareció la página que contenía la firma. Sin embargo, Redondi reconoce la caligrafia, el estilo y los argumentos de un hombre que había sido victima de las ironías de Galileo: el padre Grassi.

Esto nos lleva a la tesis central del libro de Redondi: si a Galileo se le condenó oficialmente por haber adoptado las teorías de Copérnico, fue para desplazarlo de la escena científica pero al mismo tiempo para salvarlo de una acusación todavía más grave: la de herejía contra el dogma de la transustanciación de la Eucaristía. La astronomía, según Redondi, ni siquiera entonces era una cuestión de fe. Por supuesto que la interpretación literal de las Escrituras hacia suponer que el sol giraba alrededor de la tierra y había que disciplinarse frente a esta idea; sin embargo, un escandaloso juicio en contra del hombre de ciencia más prestigiado de la época, un hombre protegido abiertamente por el papa, no podía justificarse únicamente por su adhesión a las ideas de Copérnico. Según Redondi, la física como parte de la fe debía explicar cómo es que el cuerpo de Cristo se transformo en pan y vino, y cómo es que no quedó nada de la “sustancia” de dicho pan y dicho vino (el dogma del Concilio de Trento) a pesar de que al mismo tiempo (milagro tras milagro) adopto “su color, su sabor y su olor”. La única teoría física que podía explicar esto era la aristotélica, que separaba a las sustancias de sus cualidades esenciales o “accidentes”: es por esta razón -y no por su cosmología- que Aristóteles se volvió inexpugnable. (Las cosas se complicaban aún más, ya que la “nueva teología” de los jesuitas resurgió y regreso una y otra vez a las ideas de Aristóteles, un tema que no habré de abordar aquí).

¿De qué manera afectó esto a Galileo, al que nunca le preocupó la Eucaristía? Le afectó en la medida en que la teoría física de El Ensayista, por un lado, explica las sensaciones a través del subjetivismo (el ejemplo que utiliza es el de las cosquillas), que ya había sido condenado por Occam, y por el otro lado a través del atomismo -que incluía a los “indivisibles” que formaban la luz los “ardientes mínimos” del calor- de los filósofos notoriamente profanos: Demócrito y Lucrecio.

Si los jesuitas podían demostrar que Galileo era un atomista, y por lo tanto un hereje, estarían en condiciones de pedirle su cabeza a Urbano VIII, que hasta entonces había sido su protector. ¿Y acaso el papa podría actuar como protector de un hereje? De ser así el escándalo habría sido mucho mayor. Lo que hizo el papa fue evitar un juicio frente al Tribunal de la Inquisición. Asumió la responsabilidad del caso y limitó la discusión a una pequeña omisión nombrada por él mismo; a Galileo había que condenarlo porque en ese momento los jesuitas representaban una amenaza para el papa, pero la acusación fue una acusación menor: la de haberse adherido a las ideas de Copérnico. Pero, de hecho, la severidad y el resonante efecto de la condena bloquearon todo impulso hacia la renovación del pensamiento científico.

Los jesuitas aceptaron el compromiso y actuaron en consecuencia: ya no acusaron a Galileo sobre la base de su física hereje sino simplemente en relación con su imprudente astronomía. Y adoptaron esta postura con tal fuerza que el principal autor de la acusación de atomismo, el padre Orazio Grassi, tuvo que interrumpir su brillante carrera académica en el Colegio Romano y la dirección de la obra de San Ignacio y retirarse silenciosamente a Savona, su ciudad natal, hasta el fin de sus días. Un destino extraño para este aplicado matemático, al que vimos surgir en un principio, e injustificadamente, como blanco de las burlas de una persona mucho más ilustrada que él; después, fingiendo resignación y humildad; más tarde, fraguando una venganza secreta y venenosa, para finalmente ver que lo sacrificaban por razones de estado.

Así, Redondi invierte el cuadro histórico que hasta ahora ha dado sustento a nuestras ideas sobre el paso hacia la era moderna: siempre hemos creído que el asunto central era el del movimiento de la tierra alrededor del sol, y con razón, porque esto ponía fin a la idea de que el hombre era él centro de la creación. Pues no: ahora resulta que la pregunta cosmológica del siglo XVII resultaba secundaria, y lo que realmente le preocupaba a la ciencia era una pregunta que hoy sólo podría responderse desde una perspectiva simbólica o espiritual. Toda interpretación simbólica de la Eucaristía se calificaba de “nominalista” y se consideraba herética).

Uno de los capítulos del libro de Redondi da los elementos esenciales del problema histórico de la Eucaristía, con su influencia sobre la filosofía y la física, y subraya un hecho: todos los que como Occam, Wycliffe y Huss, siguieron a San Agustín y favorecieron los aspectos espirituales del misterio por encima de su mecanismo material, precisamente por esta razón fueron condenados por la Iglesia. Redondi analiza el fresco de Rafael, La Disputa en torno al Sagrado Sacramento, como algo que expresa el sueño cristiano neoplatónico de la conciliación, una concepción muy lejana de la que se tenia en la Roma de la Contrarreforma.

Me parece que el mosaico histórico que Redondi ha reconstruido pieza por pieza, se sostiene de manera convincente; aunque desde el punto de vista de varios de los elementos del cuadro, hay cosas que deben discutirse. No se puede menospreciar el hecho de que la teoría de Galileo, condenada de un modo tan solemne, era una teoría sobre el movimiento de la tierra; y éste fue también el mensaje que la condena transmitió al mundo Los jesuitas buscaban resquebrajar el prestigio de la nueva ciencia frente al papa, junto con todo lo que ella defendía (y las teorías de Copérnico fueron sus elementos más visibles). Para lograrlo, la acusación de la herejía eucarística resultó ser un instrumento formidable; ya era muy difícil defenderse de ella arguyendo que se trataba simplemente de un pretexto, aunque en principio, incluso, todo mundo estuviera convencido de eso. (Urbano VIII estaba plenamente convencido, y es muy probable que también lo estuvieran los mismos acusadores). Por lo tanto, la acusación funcionó como un instrumento de chantaje.

Queda una pregunta en relación con el titulo del libro de Redondi: Galileo: Hereje. ¿Era hereje porque se le acuso de una herejía de la que no era consciente? No, dice Redondi. Galileo no pudo pasar por alto el hecho de que las palabras “color”, “olor” y “sabor” de sus argumentos atomistas eran las mismas que usaban los defensores de la transustanciacion; por lo tanto, Galileo no sólo buscaba una controversia científica, sino impulsar un cambio en los dogmas religiosos. 

Esta hipótesis también es posible. Pero, para demostrarla, tendríamos que situar de un modo más preciso, en el contexto de la cultura teológica y filosófica de su tiempo, la visión que tenia Galileo de la naturaleza como un libro escrito por Dios en un lenguaje matemático; y habría que situarla también en el Renacimiento Neoplatónico y en el ambiente de la nueva sensibilidad que pocos años después quedaría representada por otro matemático antijesuita: Pascal. En el estudio de Redondi, que contiene tan numerosas y valiosas reflexiones para entender la historia de Galileo y situarla en su época, quien menos aparece es el mismo Galileo. Nos quedamos con el deseo de indagar más profundamente en algún rasgo del personaje (o tal vez sólo del hombre en su juventud) en su papel, como dice Redondi, de exponente del “misticismo especulativo con acentos agustinianos y que hacia referencia explicita al neoplatonismo de Dionisio el Aeropagita, una fuente que la nueva teología de San Juan de la Cruz consideraba muy común”.

De los personajes que aparecen al margen de la acción principal, me gustaría mencionar a dos: Campanella, que por esas épocas tenía la fortuna de estar libre en Roma y cuyo entusiasmo incontenible e intempestivo amenazaba con ponerlo siempre al borde de la desgracia; y Descartes, a quien Redondi rescata de entre la multitud de peregrinos durante el Año Santo de 1625. Sin ser visto, Descartes compra un ejemplar de El Ensayista con un librero de la Piazza Navona y frecuenta los mismos ambientes de Galileo, y nadie se percata de su presencia. Así desarrolló las ideas de Galileo sin citarlo jamas, y evitó las trampas y los problemas teológicos sobre los que, en retrospectiva, estaba bien informado En un siglo en que la valentía del pensamiento podía acarrear un costo grave, la filosofía del método de Descartes brilla con una prudencia luminosa, del mismo modo en que el utopista calabrés fue un campeón de la imprudencia luminosa.

Traducción de Octavio Gómez

Pietro Redondi: Galileo: Heretic (Galileo Herético). Traducido al inglés por Raymond Rosenthal, Princeton University Press, 1987, 356 pp.

Publicamos está reseña de Italo Calvino que apareció en The New York Review of Books en octubre de 1987, con motivo de la traducción al inglés de Galileo: Herético, el libro de Pietro Redondini cuya edición italiana apareció en 1983 y que pide a gritos una versión al español.

1. Cuando se escribió este artículo, Pietro Redondi fue nombrado director asociado del Centro Alexandre Koyré para el Estudio de la Ciencia en París.