Tomaré como punto de partida la definición elemental de marxismo ofrecida por Norberto Bobbio en algún lugar: “por marxismo se entiende el conjunto de ideas, conceptos, tesis, teorías, supuestas metodologías científicas y de estrategia política, en general la concepción del mundo, de la vida asociada y de la política, considerada como un cuerpo homogéneo de proposiciones hasta llegar a constituir una verdadera ‘doctrina’, que se puede extraer de las obras de Karl Marx y Friedrich Engels”. Respecto a la inclusión de Engels, el propio Bobbio anota, que en el interior del marxismo se ha manifestado a veces la tendencia a distinguir el pensamiento de Marx del de Engels. Dicho en términos más precisos, a veces se ha manifestado la tendencia a negar que ciertas formulaciones de Engels (en relación con la dialéctica de la naturaleza, para mencionar un ejemplo entre otros posibles) corresponden en sentido estricto al pensamiento de Marx y a negar, por tanto, que formen parte del cuerpo doctrinario del marxismo. Por lo demás, aunque en la definición elemental de Bobbio el marxismo queda restringido a la obra de Marx y Engels, lo más habitual es considerar que esta obra ha sido ampliada, prolongada y enriquecida por muchos otros, ya sea con participación destacada como dirigentes políticos (Lenin, Gramsci, Rosa Luxemburgo, por ejemplo), o muchos más que tienen una obra teórica de peso cualquiera que haya sido su intervención en sus respectivas circunstancias políticas inmediatas.

Dibujos de Luis Amaro Saéz

Lo que quiero señalar con esta forma de abordar el tema es que si ya era muy problemático considerar el conjunto de ideas, conceptos, tesis, teorías, etc., de Marx como “un cuerpo homogéneo de proposiciones”, en los términos de la definición de Bobbio se vuelve imposible mantener incluso el más débil sentido de homogeneidad cuando la etiqueta marxismo engloba, junto a Marx y Engels, a docenas de otros intelectuales. El término marxismo se acuñó por motivos ideológico-políticos, pero empleado en un sentido analítico ha dejado de tener, si alguna vez lo tuvo, un referente preciso. Prácticamente todas las ideas, conceptos, tesis, teorías, etc., que pudieran proporcionarse como candidatos a figurar en el cuerpo de creencias y proposiciones propias del marxismo han sido y son objeto de discusión por parte de quienes en un sentido más o menos fuerte se asumen como marxistas. Son tantas y tan variadas las interpretaciones que del marxismo ofrecen sus propios protagonistas, que hace ya mucho tiempo se habla más bien de marxismos, en plural, lo que indica hasta dónde la designación es ambigua y confusa.

La situación no es distinta si en vez de pensar el marxismo en términos de ideas conceptos, tesis y teorías positivas o sustantivas, se le piensa ya sea en términos de un método, según la sugerencia lukacsiana de Historia y conciencia de clase o en términos de un discurso critico radical de la modernidad capitalista. En efecto, no parece factible construir una versión unívoca del método marxista que fuera aceptable para la totalidad de quienes se colocan en esta perspectiva. Asimismo, la idea de que marxismo remite a un discurso crítico radical anticapitalista, carece de fuerza como para delimitar con mínima precisión el ámbito de lo que pueda o deba entenderse por marxismo. A finales del siglo veinte sigue tan viva como a mediados del siglo pasado la necesidad de someter a critica las formas que adopta el desarrollo de la modernidad capitalista y es, por supuesto, tan actual como siempre la necesidad de asociar esa teoría critica a una práctica política que busque las vías de la transformación social, pero ni una cosa ni la otra bastan para delinear con claridad una posición específicamente marxista.

Antes de la irrupción de Marx en la cultura moderna ya se había generado el movimiento social y cultural que buscaba superar las modalidades específicamente capitalistas de la modernidad. Por decisiva que haya sido la contribución de Marx al esclarecimiento de las raíces de ese movimiento social, y por vigoroso que haya sido su aporte para el despliegue y fortalecimiento del mismo, estas razones no bastan para identificar marxismo y movimiento socialista. Menos aún cuando asistimos desde hace largo tiempo a la crisis de ciertas instituciones en las que históricamente cristalizó el proyecto político de Marx, las cuales no pueden disociarse sin más de ese proyecto. La conversión del marxismo en doctrina oficial de estados despóticos es algo que no puede considerarse completamente ajeno a determinados rasgos inscritos en el núcleo mismo del proyecto político marxista. Así como resulta necio desconocer hasta dónde el ejercicio normal de las ciencias sociales no puede prescindir de herramientas analítico-conceptuales producidas por Marx y por la tradición derivada de su obra, es igualmente necio pretender -tanto desde el punto de vista del conocimiento de la realidad como desde la óptica de la lucha por superar la modalidad capitalista de la modernidad- que el llamado marxismo, cualquier cosa que signifique, ofrece todo lo que se requiere.

Debe tomarse en serio la afirmación de Marx según la cual él no era marxista. En rigor, nadie debería serlo. En primer lugar porque la expresión misma de marxismo o la declaración individual yo soy marxista confiere tanto al trabajo teórico como a la lucha política un aire de secta religiosa poco recomendable. Pero, además, porque no hace falta ninguna profesión de fe marxista para desarrollar una actividad intelectual en un sentido concurrente con el trazado por Marx ni para participar en el combate contra la forma capitalista de la modernidad. Por lo demás, una vez asumido el membrete marxismo, es muy difícil dejar de ver pensamiento burgués en todo lo que está fuera del marxismo. No puede extrañar, por ello, que la tradición marxista se haya deslizado mucho más de lo deseable en el camino de la exégesis escolástica de lo que verdaderamente dijo Marx, con el consiguiente desconocimiento e ignorancia de lo que se produce en otros ámbitos de la filosofía y de la ciencia. Se produce así una situación incomoda, no sólo porque los marxistas tienden con frecuencia a ignorar elementos valiosos de la cultura moderna, sino también porque el marxismo esta muchas veces ausente de la confrontación crítica y el debate contemporáneos. En filosofía política, por ejemplo, pero también en teoría económica y en otros campos del saber, aparecen y se desarrollan programas teóricos que exigen una atención crítica que con frecuencia los marxistas no están en capacidad de satisfacer.

El pensamiento de Marx, elaborado en un período de aproximadamente cuarenta años, no está conformado, ni podía estarlo, por un cuerpo homogéneo de proposiciones. Al lado de numerosos elementos teóricos sin los cuales no es posible pensar la modernidad capitalista y la reacción social contra esta forma de la modernidad, hay muchos otros elementos insostenibles.

No se trata de examinar aquí tesis puntuales de Marx a las que cabe objetarles estar demasidado subordinadas a tentaciones economicistas o a enfoques propios del reduccionismo sociológico, pero si me quiero referir a una cuestión que afecta el núcleo mismo de su programa teórico y

político, es decir, el intento de dar cuenta, a la vez, de los mecanismos específicamente capitalistas de la modernidad y de los resortes del movimiento social orientados a eliminar esa especificidad capitalista. Se trata de lo que podría denominarse ceguera política de Marx o, en otras palabras, insuficiencia en su elaboración discursiva de un espacio para pensar la política. Hay una paradoja en el hecho de que el esfuerzo conceptual más definidamente orientado a pensar el problema de la cancelación de la especificidad capitalista de la modernidad, ofrece, sin embargo, posibilidades limitadas para entender el lugar de la política.

El mismo movimiento conceptual que ilumino tanto la lógica interna de esa forma especifica de la modernidad como ciertas características de la iniciativa social contraria a tal forma, bloquea, a la vez, el entendimiento de los procesos políticos en virtud de los cuales eventualmente se transitara a otras formas de modernidad. Las dificultades para pensar la política se concretan, por lo menos, en tres cuestiones diferentes pero relacionadas: a) una concepción que tiende a suponer la inevitabilidad de cierto futuro histórico el cual seria resultado de una lógica dada de la estructura social capitalista, lo que lleva a la visión de un futuro predeterminado; b) una concepción escatológica por la cual la transformación social más que proceso en curso seria resultado de un acto puntual de confortación revolucionaria; c) la idea de que las clases sociales son por si mismas sujetos políticos constituidos como tales.

Habría que considerar la obra de Marx, como en diferentes planos intelectuales ocurre con cualquier clásico, como punto de partida necesario pero no suficiente para pensar críticamente la modernidad capitalista y para impulsar el tránsito a otra forma de modernidad.