(Julio 26- Octubre 1)

Incidentes iniciales. Obstáculos que se vencieron en la organización de los primeros pasos. Papel de los politécnicos. Cómo se sorteó el escollo de los ultras universitarios. Actitud comprometida del rector Barros Sierra y actitud elusiva de Guillermo Massieu, director del IPN. La manifestación del rector. Los seis puntos. Nace el CNH. La manifestación del 5 de agosto, de Zacatenco a Santo Tomás, “la más difícil de todo el movimiento”. Un plazo al gobierno. El movimiento entra a la ofensiva.

Como se recuerda, el movimiento estudiantil hizo explosión a partir de la bronca, posterior a un tochito (y no una cáscara, como se ha dicho), entre la Vocacional y la preparatoria particular Isaac Ochoterena. Los granaderos entraron a la Voca 5 y entre otros golpearon a una profesora y le dañaron gravemente un ojo; al parecer lo perdió. Esto provocó que las masas del Politécnico protestaran y obligaran a la FNET (Federación Nacional de Estudiantes Técnicos, una organización priísta al servicio de las autoridades), dirigida por el Chayo Cebreros, de Sinaloa, a organizar una manifestación de protesta contra la policía el viernes 26 de julio. Esa manifestación se le fue a la FNET de las manos, cuando los estudiantes politécnicos se encontraron en el camino con otra manifestación, formada principalmente por universitarios, que conmemoraba la revolución cubana. Los contingentes del Poli y de la Universidad se reunieron en la Alameda y avanzaron hacia el Zócalo; a la altura de Cinco de Mayo y Palma cayeron en una emboscada de los granaderos. Hubo un choque violento y la represión se generalizó en pocas horas a todo el primer cuadro de la ciudad, cuando los estudiantes se refugiaron en las preparatorias Uno y Dos, para atrincherarse con apoyo de los preparatorianos. La agresión de los granaderos creó así una situación de crisis en el mismo corazón de la ciudad. Entonces intervino el rector Javier Barros Sierra, quien trató de conciliar a través de Pablo Marentes y Alfonso Millán, pero ambos fueron golpeados por la policía, de manera que la mañana del 29 de julio volvieron a estallar las hostilidades. Para entonces, los granaderos habían tomado prácticamente la ciudad, los accesos a CU, Zacatenco, Santo Tomás. Entonces redactamos un desplegado que después sería el primer documento en el expediente de nuestros procesos penales; allí recordamos los acontecimientos de una manifestación del Poli que también marchó del Casco al Zócalo y justamente en la esquina de Palma y Madero fue atacada por la policía judicial y los bomberos. Murieron seis muchachos. La estudiante Socorro Acosta fue asesinada a machetazos. En nuestro desplegado, 26 años después, llamábamos a luchar contra la represión. Entonces comprendimos, aunque no lo podría explicar racionalmente, que estábamos en vísperas de un conflicto político muy grave. Raúl y yo habíamos estudiado las luchas sociales de los últimos diez años; conocíamos los movimientos obreros de los cincuentas (telegrafistas, telefonistas, ferrocarrileros, maestros); seguíamos las luchas de los estudiantes de provincia, conocíamos el Movimiento Médico. Vimos de cerca las invasiones del ejército en Sonora, Michoacán y muchos lugares más. Era posible advertir que la Ciudad de México había sido, hasta ese momento, un espacio tocado sólo marginalmente por la represión, y la respuesta de la gente tenía que ser todavía mayor.

El problema era cómo organizar a la CNED. Existían distintas tradiciones y formas de organización en el Poli y la Universidad. En el Politécnico la tradición, que venía de Cárdenas, consistía en un sindicalismo estudiantil, en sentido estricto: se elegía un Comité con autoridad ejecutiva sobre el conjunto de estudiantes; por ejemplo, tomaba decisiones de paro sin convocar asambleas. Aún durante la dirección del ingeniero Alejo Peralta, en 1956, que fue fuertemente represiva, la verdad es que las corrientes priístas, ramiristas y lombardistas que dirigieron la FNET desde 1956 hasta 1968, mantuvieron esa tradición corporativa. En cambio, la Universidad era un ámbito político distinto, con costumbres políticas muy divergentes. La revolución cubana, el conflicto chino-soviético y la crítica al estalinismo habían generado una gama de corrientes de izquierda, sobre todo en el área de humanidades: Filosofía, Derecho, Economía y Ciencias Políticas. Esta izquierda estaba dominada por grupúsculos que no hacían política de masas, se reducían a las conductas doctrinarias y sectarias: eran maoístas, comunistas, espartaquistas, foquistas, cheguevaristas. Sólo en la Facultad de Ciencias se había ensayado una política de masas; la izquierda tenía capacidad de convocatoria y usaba un lenguaje que las masas comprendían. Es decir, ni Perelló, ni Martínez della Roca ni los otros dirigentes de Ciencias hablaban con lenguaje marxista. En cambio, las asambleas de Economía eran un aquelarre; quince o veinte grupos políticos se estigmatizaban unos a otros, con un lenguaje ajeno al estudiante corriente. Poco más o menos, lo mismo ocurría en las demás facultades. En estas condiciones, organizar a la Universidad era un acertijo.

El 28 de julio se hizo un primer esfuerzo de organización y se convocó a una reunión de representantes politécnicos y universitarios. Roberto Escudero, que era el dirigente de Filosofía, convocó a una reunión de representantes de la UNAM, una hora o dos horas antes de que llegaran los del Politécnico. En los 10 ó 14 años anteriores la Universidad había vivido una grilla tremenda. La corrupción estudiantil se inventó en la UNAM, donde no existía ninguna tradición organizativa, exceptuando Ciencias y el ala técnica que tenía su propio estilo, aunque muy reaccionario. La reunión de representantes de facultades y escuelas en Filosofía fue desastrosa; llegaron grillos del PEP, del PIP, del POP, del PUP; el PES, el PAU; por entonces se habían inventado los partidos estudiantiles, y si preguntabas: “¿quién representa a Ciencias Políticas?”, levantaban la mano diez al mismo tiempo; lo mismo Derecho, Filosofía, Economía. Eso era un desmadre. Sin duda, había muchos agentes y provocadores. La situación era muy tensa, la policía tenía acorralados a los estudiantes en el centro de la Ciudad, de manera que la posibilidad de que el ejército interviniera parecía muy cercana. La reunión se desenvolvió en una confusión tremenda; en un momento dado un provocador gritó: “íAhí viene el ejército! íEstá entrando a CU!”, y el ochenta por ciento de los presentes salió corriendo. Los que nos quedamos salimos convencidos de que la Universidad era inorganizable.

En esos momentos, en San Ildefonso, el ejército derribaba la puerta de un bazucazo. El martes 30 hubo un mitin frente a la Rectoría, en el cual Barros Sierra izó la bandera a media asta pues la Universidad estaba de luto. Raúl Alvarez se encontraba en Oaxtepec, en un congreso de matemáticas. El 30 por la tarde nos reunimos y advertimos que las iniciativas del Rector abrían una perspectiva política pues objetivamente contrariaba la línea represiva del gobierno. Barros Sierra, independientemente de que había ocupado cargos públicos, y quizá influido por su parentezco con Justo Sierra, se sentía fuertemente comprometido con la Universidad. Era un hombre que creía en la autonomía universitaria y no aceptó aquel abuso del poder público. Sus iniciativas abrieron un horizonte que debíamos apoyar, pero nos topamos con la oposición de la izquierda, sobre todo radical, que interpretó las iniciativas de Barros Sierra como una maniobra burguesa para distraer a los estudiantes y engañarlos. Nosotros, que teníamos otra experiencia desde la izquierda, lanzamos la consigna de apoyar a Barros Sierra. Para esto creamos una Coordinadora Universitaria, con la indignación de los grupos ultras, maoístas, troskos y demás, que nos acusaron de agentes de Barros Sierra, de policías, de vendidos. Fuimos a la manifestación del primero de agosto para apoyar la iniciativa de Barros Sierra y el trayecto de la manifestación que él había definido; para los ultras se trataba de una maniobra burguesa y proponían alterar la ruta que, según habíamos acordado, iría por Insurgentes hasta Félix Cuevas y luego por Coyoacán y de Universidad regresaría a CU. La ultraizquierda pedía que la manifestación fuera hacia el Parque Hundido, donde nos esperaba el ejército.

El movimiento estudiantil nació dividido. Venía de dos tradiciones: la “revolucionaria”, que convocaba exclusivamente a los estudiantes de ideas marxistas, y la de los grupos de izquierda que practicaban una política de masas, democrática. Los otros eran antidemocráticos, sectarios, grupusculares; siempre estuvieron en contra de las manifestaciones y las opciones de organización participativa. Puedo enumerar muchos eventos del 68 a los que la ultraizquierda se opuso. Por ejemplo, cuando se apoyó una huelga, ellos se pronunciaron por un paro activo -paralizar la escuela pero con clases-. Para nosotros, la represión y la gravedad de los acontecimientos ameritaba una huelga total; la ultraizquierda, dado que no tenía capacidad de convocatoria, prefería el paro activo. En Ciencias hubo huelga y participó la mayoría de los estudiantes. En Economía, Derecho y Políticas, los activistas se quedaron solos. El caso de Filosofía fue distinto; el carisma de Luis González de Alba y Roberto Escudero, y la política que practicaban, crearon un punto intermedio entre los ultras y Ciencias. El ala técnica se desarrolló de otra manera. Ingeniería acababa de pasar por una bronca con el MURO; esto permitió que hubiera cierta base organizativa en Ingeniería, Arquitectura y Químicas. Medicina tenía fresco el movimiento médico de 1966. Así, para el 29 de julio pudo conjuntarse un primordio de organizaciones en el ala técnica.

Cuando el rector tomó la iniciativa, ganó el consenso de profesores, alumnos y autoridades. Toda el ala técnica apoyaba al rector. Por su parte, -Chapingo reaccionó de inmediato. Ya para el 29 estaba representado en las reuniones de CU. El Poli se encontraba en huelga general desde el sábado 27 de julio; un día después de la represión los comités ejecutivos de las escuelas paralizaron totalmente las actividades. El 29 de julio, mientras la UNAM estaba en desorden, el Politécnico llegó perfectamente organizado, con Angel Verdugo, de Físicomatemáticas, al frente. Después, los politécnicos se retiraron frustrados; algunos fueron detenidos porque la policía había rodeado CU y capturó a muchos: Angel Verdugo, entre otros; también Rolando Cordera y el Pino. Los soltaron a los pocos días. Para el mitin del 31 el Poli llegó a la explanada de Rectoría con un contingente muy grande. Pedimos a Barros Sierra que convenciera al director del Poli, Guillermo Massieu, para que también encabezara la marcha del día siguiente. Massieu había dicho que sí, pero el primero de agosto no apareció. Se había rajado. Massieu, hay que decirlo, siempre se plegó a la voluntad del gobierno, lo demostró en repetidas ocasiones a partir de entonces. Barros Sierra recibió a los estudiantes del Poli, el día primero, “con los brazos abiertos”. Fue muy emocionante.

El Consejo Nacional de Huelga se formó el 2 de agosto, en el Politécnico, donde ya existía una organización previa. En los siguientes días fueron llegando poco a poco las representaciones universitarias. El CNH fue convocado sobre tres principios muy claros: primero, sólo estarían representadas las escuelas en huelga, no en paro activo, y eso era muy importante en ese momento; segundo, debían elegirse en asamblea tres representantes por escuela; tercero, no se admitía la representación de federaciones, confederaciones, partidos o ligas, sólo escuelas. A la postre, unas setenta y cinco escuelas estuvieron representadas en el CNH. Más adelante se redujo a dos el número de representantes por escuela porque las asambleas eran muy grandes y difíciles de organizar. El movimiento estudiantil estaba dividido y era complicado generar consensos en ese desmadre. En primer lugar, lo que permitió meter orden fue la organización del Politécnico; en segundo lugar, ayudó el papel de Ciencias y el área técnica de la Universidad. Pero el área de Humanidades estaba, en la práctica, entorpeciendo la posibilidad de respuestas rápidas y efectivas a lo que hacía el gobierno. No quiero ser muy duro con los adjetivos, pero tenían una ideología y una concepción totalmente disparadas. Sin embargo, hubo líderes importantes: Roberto Escudero y Mestas en Filosofía y Letras, Oscar Levín en Economía, Romeo González Medrano en Ciencias Políticas, todos en la línea radical. Llama la atención que los estudiantes de humanidades y ciencias sociales tuvieran mayores lastres para una acción política efectiva. Insistían en que las iniciativas de Barros Sierra sólo expresaban un conflicto interburgués del cual no había que participar. Se trataba de un pesimismo político y un inmovilismo ¿Qué hacer?: nada.

Ahora ¿qué pasaba a nivel general? La manifestación del 26 había desencadenado una represión que entró en un equilibrio frágil; la policía rodeó el barrio universitario, los estudiantes hicieron barricadas y quemaron camiones. La mañana del 29 volvieron a estallar los conflictos. Los intentos de conciliación del rector habían fracasado. Hasta ese momento la población no entendía nada. La gente veía desorden y se asustaba. La prensa no daba cuenta objetiva de nada: desmanes, violencia, estallidos, zacapelas. Se hizo evidente la necesidad de dar una respuesta al gobierno y conquistar a la opinión pública, que estaba confundida; había que orientarla contra el gobierno que había desatado la represión. Nosotros no teníamos capacidad organizativa para hacerlo, pero el rector tomó la iniciativa y nosotros lo apoyamos. Barros Sierra tuvo un impacto brutal en la opinión pública contra el gobierno, al punto de que el primero de agosto la gente nos aplaudía en la calle. Ese día llovió y nos arrojaron periódicos para taparnos.

En ese momento, Raúl y yo (no personalizo por pedantería ni presunción sino porque objetivamente éramos quienes trataban de sacar conclusiones) decíamos: “Hay que aprovechar el impulso que llevan las iniciativas de Barros Sierra contra el gobierno para dar cobertura política a una lucha independiente”. Lo respetábamos mucho y nos parecía un hombre valiente, pero veíamos la necesidad de organizar a los estudiantes para que el movimiento pasara de una fase defensiva, en la cual había aguantado chingadazos, a una fase ofensiva. ¿Cómo organizarlo? La manifestación del rector fue un acto ofensivo, pero encabezado por una autoridad universitaria que tenía sus propios principios. Nosotros éramos estudiantes, pensábamos en los estudiantes mexicanos, y no teníamos en nuestra reflexión los límites ideológicos o doctrinarios de González Medrano y los otros de Humanidades. Pensábamos que los estudiantes habían sido muy maltratados históricamente. En 1956 el ejército ocupó el Politécnico y Nicandro Mendoza y Molina pasaron dos años en la cárcel acusados de Disolución Social. Además, Raúl y yo éramos muy politécnicos, conocíamos la historia del Poli, habíamos escrito cosas. Para nosotros, los estudiantes tenían que reivindicarse, ganar espacio político. Había que organizarse y vencer los obstáculos de la corrupción derechista en la Universidad, el fascismo del MURO y la tradición sectaria de los ultras. Propusimos un esquema de organización que eliminaba a los grupos sectarios, la derecha y los priístas. El Poli, Ciencias, Medicina, (dirigida por Raúl Moreno Wonchee), Ingeniería, (dirigida por Salvador Villegas). “Aunque sea solos -decíamos-, nos lanzamos a la bronca”. Calculábamos que, como éramos mayoría, a la postre los demás se iban a replegar. La UNAM acabó incorporándose al CNH hasta el lunes 5 de agosto.

La manifestación del rector produjo un impacto público, detuvo la represión y la policía se tuvo que retirar. Si hemos ido treinta gatos con el rector, nos dan en la madre y ya, pero como éramos cien mil, o por ahí, las autoridades se echaron para atrás y los estudiantes aprovechamos ese momento para convocar el mismo viernes dos a una manifestación el día cinco. Aprovechamos el jalón del rector. Entonces apareció el primer manifiesto del CNH que decía algo así como “los estudiantes, históricamente, han representado los mejores intereses del pueblo. Como Gay Lussac, etcétera”. De ahí vienen las seis demandas, que nacieron del ambiente Politécnico. Muchas escuelas de la UNAM nos tachaban de reformistas y las rechazaban todavía. La primera demanda, libertad a los presos políticos, fue propuesta por la Escuela Superior de Economía. Nosotros pedíamos inicialmente la libertad de los estudiantes detenidos, y entonces uno de la ESE argumentó muy inteligentemente: “¿Por qué no pedirnos la libertad de todos los que están presos?”, Segundo: derogación del artículo 145 del Código Penal. En realidad eran el 144 bis y el 141, estaba mal la formulación pero el hecho es que el Politécnico había experimentado en carne propia el delito de Disolución Social en 1956. Tercero: desaparición del cuerpo de granaderos. Cuarto: destitución de los jefes de policía Cueto y Mendiola Cerecero (quien encabezó personalmente la madriza del 26 en Madero). Quinto: deslinde de responsabilidad entre los funcionarios. Sexto: indemnización a las víctimas de la represión. Ya se sabía que una estudiante de la Lasalle había muerto el 26 de julio, y otro estudiante de la UNAM. Federico de la O García, golpeado por los granaderos, había muerto una semana después por traumatismo craneoencefálico.

El mismo 26 la policía se fue contra el Partido Comunista, allanó su local y capturó a muchos militantes, a la hija del cantante Peter Seeger, Diana, a un negro que iba con ella y a otros gringos. Un grupo de antropólogos franceses que andaban por aquí y el sábado 27 salieron a Oaxaca fue capturado por el ejército afirmando que venían del Mayo francés a traer el desmadre a México. Así manejaban la información y justificaban sus actos.

La manifestación del 5 era un albur, una moneda al aire. No sabíamos quién nos iba a seguir. El Poli no estaba bien organizado todavía. Sus huelgas habían sido decretadas, como de costumbre. La FNET la hacía de palero, pero nosotros nos organizamos al margen, creando Comités de Lucha. La FNET convocó también a una manifestación el mismo 5 de agosto, con la idea de aislarnos. Chayo Cebreros ya se había entrevistado con Corona del Rosal, con gran éxito de prensa: “Los dirigentes estudiantiles se entrevistan con el regente”. Así, había dos manifestaciones convocadas en el mismo lugar, Zacatenco, rumbo al Casco de Santo Tomás. ¿Quién iba a ganar, la FNET o nosotros, los recién llegados a la escena política del Politécnico? En la UNAM sabíamos todavía menos de lo que podía pasar. Ese día empezaron a llegar masas en camiones llenos de estudiantes, de las prepas, las facultades. Estábamos asombrados. Y ahí estaba Cebreros. ¿Por dónde se va a ir Homeopáticas? ¿Por dónde la ESIME, que tenía dos dirigentes? Todas las escuelas estaban divididas. Había una incertidumbre espantosa. No sabíamos si la FNET podría ganarnos, ni si habría represión. Fue la manifestación más cabrona del 68 porque cada metro que avanzabas sin represión era un triunfo, sumado al hecho de que la gente hubiera acudido a la convocatoria. Eso era inédito en México. Estábamos abriendo un espacio nuevo. Era un movimiento muy político, antigubernamental. El trayecto fue tortuoso. Lo íbamos decidiendo. íPor aquí!, ípor allá!, pero sólo hubo un incidente. Al doblar por Manuel González junto a Tlatelolco, apareció, a toda velocidad, un camión militar. La gente se asustó, empezó a gritar y reorganizo la marcha. Llegamos al Casco y entonces nació el 68. Yo hablé en el Carrillón, muy nervioso. Fue una cosa tremenda. Surgió una idea bastante audaz: después de la manifestación, vamos a darle al gobierno un plazo de 72 horas para que resuelva los seis puntos y si no, convocaremos a una huelga nacional. Era otro salto. Generalizar el movimiento. Era una ambición política cabrona, un desafío. Todo se fue organizando de una manera novedosa; debíamos evitar que el gobierno nos atrapara en sus redes, en sus métodos. Nada de pedir una entrevista con el regente o cosas parecidas; necesitábamos eludir los métodos acostumbrados por el gobierno para apaciguar a sus oponentes.