Hoy es difícil reconstruir el impacto que la Revolución Cubana generó a comienzos de los años sesenta. En todo el subcontinente y, en menor medida, también en México, pareció entonces que la ruptura histórica vivida en la isla caribeña era el signo anunciatorio de grandes transformaciones en todos los demás países de la región latinoamericana. La ilusión del salto revolucionario, siempre alimentada por la izquierda de esta zona del planeta, tuvo de golpe la imagen de su segura actualización. La idea de la transformación social como proceso instalado de una vez por todas gracias a la acción decidida de una vanguardia esclarecida, dejaba de ser una creencia con misteriosas y lejanas evocaciones para convertirse en convicción sólidamente asentada en los hechos de la geografía cercana y de la historia presente. Sólo los derrotistas podían seguir atados a la idea de que la transformación social es un proceso de larga duración, pues la experiencia cubana mostraba que inclusive la torpe agresividad militar estadunidense podía ser contrarrestada por la disposición revolucionaria del pueblo.
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