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Quienes develaron la época de la posverdad descubrieron el hilo negro o el agua tibia. Inventar realidades, falsear los hechos, alterar la verdad es tan viejo como el debate público. Mentir para seducir al respetable, tender una cortina de humo sobre la realidad, alcanzar fines particulares que se presentan como objetivos colectivos, es una práctica tan vieja que es difícil rastrear sus orígenes y a sus practicantes más destacados.

Ilustración: Alberto Caudillo

En 1712 apareció en Londres un folleto anónimo anunciando la próxima publicación de un “Tratado ciertamente curioso que se propone mediante suscripción”. Se trataba de una obra en dos volúmenes sobre “el arte de la mentira política”. Esa magna obra nunca apareció, pero el folleto que hacía una detallada reseña de los capítulos del presunto primer volumen no tiene desperdicio. El librillo, con un marcado tono irónico, se le atribuyó a Jonathan Swift, el autor de Los viajes de Gulliver, aunque hoy sabemos que lo escribió uno de sus cuates, John Arbuthnot, médico de la reina y profesor de matemáticas. Así que no deja de ser curioso que un panfleto sobre el arte de la mentira estuviera, durante un largo tiempo y gracias a las cadenas de rumores, contaminado por un escamoteo de identidad.

Incluso en el libro donde hoy aparece el texto en español, en la portada y contraportada se sigue presentando como su autor a Swift, a pesar de que en el ensayo introductorio de Jean-Jacques Courtine se aclara que la autoría es de Arbuthnot. Lo que ratifica que las mentiras pueden sobrevivir por largo tiempo, aun cuando se conozca que lo son.1

La argumentación parte de la siguiente premisa: “La mentira política es el arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables”. Hay, al parecer, una necesidad de creer y por lo tanto es necesario alimentarla. Y no es muy difícil. Lo complicado es lo contario. “Se requiere más arte para convencer al pueblo de una verdad saludable que para hacer creer y aceptar una falsedad saludable”. De tal suerte que el político no debe esforzarse en convencer con argumentaciones complejas que intenten comprender la enredada realidad, sino ofrecerle al público una papilla sencilla y digerible: “una mentira saludable”.

Y para anular desde el inicio una pretensión irrealizable, se establece que “no existe ningún derecho a la verdad política”. El pueblo está hecho para confiar y resulta un despropósito desear su instrucción. Es más, argumenta el autor, “la abundancia de mentiras políticas es una distinción clara de la verdadera libertad inglesa”. Así, el círculo se cierra. A nombre de la libertad cada quien tiene derecho de proclamar su verdad lo que en buen español quiere decir su mentira. Vale lo mismo el dicho sustentado en información confiable que el falso, la argumentación racional que la ocurrencia delirante. La báscula para medir el éxito es la aceptación popular.

Hay muchas clases de mentiras, pero incluso aquéllas que “traspasan los niveles habituales de lo verosímil” pueden ser muy útiles. Hay las que “espantan e infunden terror” y otras que “animan y enardecen”. Hace trescientos años, atribuirle pretensiones aviesas contra Inglaterra al rey de Francia, según el folleto, funcionaba muy bien para asustar con el petate del muerto.

Los partidos, al parecer, contaban entre sus filas con “los hombres más viles y los genios más miserables” encargados de difundir mentiras. Eran “los folletinistas y gacetero (…) que no teniendo ningún otro mérito” florecían como los portavoces de los conjuntos en pugna.

Y como si estuvieran hablando de Twitter, apuntaba: “Siempre (hay) algunas personas dotadas de gran credulidad (…) A estas personas competerá difundir lo que los otros han acuñado; ya que ningún hombre suelta y expande la mentira con tanta gracia como el que se la cree”. Proponía “sondear la credibilidad de los presentes” con alguna mentirijilla, para observar quiénes se la tragaban y, de seguro luego, paulatinamente, digerirían los demás embustes. Una buena fórmula para multiplicar su impacto era que fueran “sincrónicas y combinadas”: “Que varias personas, acordadas entre sí” soltaran “al mismo tiempo la misma mentira en distintos lugares”.

Un subgrupo de mentira es el de las promesas que, como por definición son a futuro, es difícil contradecir. Pero no es complicado distinguirlas porque normalmente quienes las hacen “os ponen una mano sobre el hombro, os abrazan y achuchan, os sonríen, os hacen reverencias”.

El tratado nunca apareció. Es una lástima. Se trató de una ficción que dio paso a un librillo que entre bromas y veras señaló una de las debilidades mayores de la relación entre gobernantes y gobernados. Y si lo anterior no fue producto de la pluma de Swift, lo siguiente sí: “Considerando la natural propensión del hombre a mentir y de las muchedumbres a creer, confieso no saber cómo lidiar con esa máxima tan mentada que asegura que la verdad acaba imponiéndose”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.


1 Swift, J. y Condorcet de, N. El arte de la mentira política / ¿Es conveniente engañar al pueblo?, Diario Público, España, 2010.

 

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