La Tita pasa las mañanas, dos veces por semana, en el CCH Oriente. Desde antes de pasar dos años y un mes en la Cárcel de Mujeres por su participación en el movimiento estudiantil de 1968 se dedica a la docencia. Actualmente imparte el Taller de Lectura y Redacción. Es profesora normalista y en 1976 obtuvo la licenciatura en derecho por la UNAM. Hija única de una familia de clase media, Roberta Avendaño, antes de ser La Tita que llegó a sustituir a La Adelita en el corrido, participó en el movimiento magisterial de Othón Salazar y dos años después en la toma de las oficinas centrales de la SEP. Fue una de las negociadoras con Jaime Torres Bodet para impedir la aplicación retroactiva de la disposición que obligaba a los egresados de la Normal a realizar su servicio social en provincia. En 1966 fue brigadista en las acciones de protesta que terminaron con la expulsión de César Sepúlveda de la Facultad de Derecho de la UNAM y la caída del rector Ignacio Chávez. En 1968 era representante de la Facultad de Derecho en el Consejo Nacional de Huelga. En esos agitados días nació la popularidad de La Tita, una de las pocas mujeres en el CNH. Veinte años después el desencanto y la frustración marcan sus palabras.

Siento que lo que están haciendo con lo del 68 es institucionalizarlo. Va a pasar como con la Revolución: ahí tienes al viejito hablando: pues sí, yo fui revolucionario. Soy ególatra, me gusta hablar del 68 porque me sale un poco de toda aquella idealización, algo del desencanto y la rabia por muchas cosas que se hicieron y se siguen haciendo en nombre del 68, pero también tengo claridad de que lo están institucionalizando, y me da coraje ser parte de eso.

Quizá el 68 es a la izquierda como la Revolución al PRI. Es el punto de referencia más combativo de la izquierda, históricamente el más cercano. No tiene nada más concreto y más objetivo que lo que pepenaron en ese año. El otro día me iban a dar una lista de compañeros del CNH que andan en el PRI, en la CNC, en el gobierno. No todo lo que relumbra es oro: los compañeros, a fin de cuentas, tanto en el movimiento como durante toda su vida, estaban buscando una posición personal.

Un partido de izquierda me invitó a participar, quizá por el bulto. Pero no lo siento congruente entre lo que piden y su actuación: de un lado reciben el subsidio y por el otro atacan al gobierno. Puedes patear el pesebre pero no ser independiente. Ahí está Heberto Castillo, que tiene su valor, que estuvo preso en 68, pero yo me acercaría a él y con todo respeto le diría: “Ingeniero, ¿qué se siente andarle haciendo al pendejo todo un año por toda la República?”

Con su claridad política a la hora del análisis, su perspectiva y capacidad, Heberto sabe que no va a ganar. Podría estar en una posición fuerte, independiente, pero siente que no es así porque el partido que se formó también está mamando. Y mamas o das de topes.

Me han dicho: oye, tu eres antipartidista. No soy antipartidista, no, lo que pasa es que no veo congruencia. ¿Dónde estaban los partidos, que no protestaron cuando murió Díaz Ordaz y se le rindió homenaje en la Cámara de Diputados? ¿Qué hizo el Partido Comunista con la huelga? Fue Marcelino Perelló, con su partido, el Comunista, el que propició el regreso a clases. Dijo que en Tlatelolco se utilizaron balas de salva, pero él no estuvo ahí. Dicen que estaba en una transa en casa de no sé qué funcionario. Y ahora resulta que es muy importante, que se fue huyendo – íveinte años se la pasó a toda madre!- y que es un héroe.

No me atrevería a hablar de traiciones. Pienso que el Partido Comunista tenía un análisis de cómo estaba el movimiento. Era el partido que tenía más organización, que debería tener una visión clara de las cosas, pero propició el regreso a clases después del 2 de octubre.

Creo que hubo equivocaciones en el movimiento. Faltó perspectiva en los más teorizados, en los que hacían los análisis, y de repente nos encontramos con algo muy grande entre las manos. No sabíamos qué hacer, creció desmedidamente y a todos se nos fue de las manos. Al gobierno, obviamente.

Yo jamás llegué a pensar que era dirigente de un movimiento así de grande, nacional, enorme. Al paso del tiempo me explico por qué me perseguían: la Facultad de Derecho había sido gobernada por el PRI, que entraba a los movimientos del lado priísta, con mucha fuerza, con oradores. Los compañeros me atacaban. Decían que la Facultad debería estar representada por un hombre. Por un orador. Pero las bases me sostuvieron: yo controlaba bases, no grillos, era muy majadera y así me apoyaban.

Después dijeron que era agente de Gobernación. Que no me habían detenido aunque estuve en la casa donde detuvieron a otros compañeros. Que entró el ejército a Ciudad Universitaria y tampoco me detuvieron. Agarré mis chivas y les dije, en asamblea: “Vayan a chiflar a su madre, elijan a quien quieran”. Pero la gente no me dejo salir. Oía el grito: tita, tita, tita…

No soy una gente ultrateórica, soy práctica: voy al objetivo del momento, no hago grandes análisis ni críticas. Soy más empírica. Pero no se me atacaba por burra: era una cuestión de poder. íA quién no le hubiera gustado tener el poder en la Facultad de Derecho!

Era una época de grandes manifestaciones. Tu sentías que con esas protestas ibas a resolver realmente el problema, sin darte cuenta que hay muchos intereses atrás que no lo permiten. Yo admiro a los compañeros que todavía salen a las manifestaciones y gritan consignas. No he podido volver a otra manifestación. Me he parado en la orilla a verlas y se me hace un nudo en la garganta y me dan ganas de llorar, pero ya me siento incapaz porque se que no sirve para un demonio. Lo siento como la riqueza de la gente joven, que todavía tiene la ilusión de que sirve para algo. Objetivamente, sí tiene valor sacar a la gente a la calle, a que grite, pero definitivamente no es lo fundamental y atrás de eso puede haber muchos intereses que van a favor o en contra.

Pienso que después del 68 no ha habido movimientos. Es gacho, pero no ha habido. El CEU no ha salido de la Universidad. Una de las cosas buenas de ser maestra es que no te deja perder la perspectiva de lo que es la juventud, y la juventud como que ahora no se interesa en el 68. Tienen otros puntos de referencia. Los jóvenes deberán descubrir por sí mismos el 68. Ya es historia, y como historia debe verse. Así es también la Revolución, que sigue repartiendo tierras y cada sexenio reparte más tierras; los del 68 quieren repartir la ilustración sobre el 68.

Creo que el movimiento tenía razón, pero no se logró lo que se esperaba. Y eso frustra. A mí me frustró en el sentido de no tener confianza en nadie. Ni en la izquierda. Ya se sabe que la gente que lee La Jornada, el Unomásuno, esta revista, no va a hacer ninguna revolución. No va a agarrar las armas; va a estar consciente de los problemas que hay en el país. Y se va a ir a tomar un cafecito y a platicar que este es un pendejo, que el otro también, pero finalmente nos gobiernan y nosotros somos más pendejos porque estamos dejándonos gobernar.

Es un poco el desencanto y la rabia. Yo creí que después del 2 de octubre cambiaría el país. (Hermenegildo Castro)