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1. Capitalistas, policías y bandidos

El capitalismo nació en el campo. La economía rural, otrora sujeta por instituciones y formas de propiedad ineficientes (comunales, somnolientas) despertó de su letargo milenario asaltada por un frenesí de cambio, eficiencia y acumulación. La desincorporación de la propiedad común y la comercialización de la agricultura soportan en casi todas partes los procesos originales de acumulación capitalista. La desposesión, enajenación y anomia de la clase campesina es el dolor de parto que alumbra, en casi todos lados, lo moderno. En palabras de James Scott, el capitalismo mina la “economía moral” que limita la explotación social durante el feudalismo.1 Desprendido, enajenado y oprimido, el campesino se despierta en medio de un paisaje inequívocamente hostil. Antagonismos de clase, como nunca antes, germinan en su corazón. De entre campesinos despeñados, redundantes y enajenados por la capitalización del campo brotó primero a cuentagotas, luego como hormiguero, el actor social que sintetiza más explícitamente los antagonismos de la clase enajenada: el bandido. El criminal es una reacción social que encarna el anhelo de una clase a sobrevivir su condena de muerte. Falta de pan, pero también falta de dignidad y respeto, hacen históricamente al delincuente. Eric Hobswbawm escribe con acierto que las olas históricas de criminalidad y banditaje alcanzan niveles “epidémicos” durante transiciones capitalistas porque dichas transiciones son, por necesidad, las cumbres de la enajenación social. Crear para destruir, destruir para crear. Hobsbawm subraya el carácter “revolucionario” y “anti-capitalista” del proletario-mudado-en-criminal porque su mudanza no es fortuita sino generada por movimientos telúricos en el subsuelo socioeconómico.2

Las “epidemias” históricas de criminalidad, generadas por transiciones a mundos más capitalistas, tienen (a muy grosso modo) dos posibles desenlaces. El primero es el alud criminal devenido en torrente revolucionario. La criminalidad desbordada tiene siempre el potencial de transformarse en una guerra civil cuando el estado, debilitado por el proceso de restructuración capitalista, es rebasado por la violencia que transpira la enajenación social. La movilización de los inconformes acude, inevitablemente, a la depredación, robo, extorsión y delito, para reproducir su guerra. El bandido, entonces, encarna en revolucionario. El revolucionario, apenas, se distingue del bandido.3 En contraste, el segundo desenlace del bandido es, exactamente, todo lo contrario: el bandido convertido en el agente que pone freno a la revolución. Dado que la transformación capitalista socava el porqué y el cómo de la vieja autoridad, los principales beneficiarios de la liberalización no tienen a quien acudir a fin de asegurar su nueva propiedad en un contexto de inseguridad, movilización y descontento. La única alternativa es la de pactar, reclutar, incorporar y proteger grupos de bandidos generados por la capitalización a fin de ponerle dientes a su nueva hegemonía. Potencial revolucionario, el bandido es entonces cooptado por la nueva clase gobernante. El criminal, entonces, se convierte en el embrión histórico de una nueva institución: la policía. En su estudio sobre banditaje y criminalidad en los siglos XVIII y XIX, Thomas Gallant explica que la comercialización de la economía rural en el sur de Europa, India y América Latina obligó siempre a los nuevos propietarios a cooptar y utilizar grupos de bandidos a fin de ponerle alto a la inseguridad, la depredación y la revuelta generadas por la enajenación campesina.4 Como apunta Alfried Schulte-Bockholt, “la colaboración histórica entre las élites y los delincuentes tiene lugar cuando las élites se perciben amenazadas por grupos contrahegemónicos. La protección oficial a los criminales tiene lugar especialmente (…) en el contexto de cambios socioeconómicos acelerados”.5 Esta relación entre poder político y crimen organizado, la cual hace posible la cristalización del capitalismo, es la contradicción congénita, pero necesaria, que crea y recrea al estado liberal.

Grupos de bandidos, reclutados por los nuevos propietarios de la agricultura comercial, constituyeron a menudo los primeros aparatos policiales del estado capitalista. El parto del capitalismo no sólo reprodujo al bandido sino que se valió de él para “blindar” los antagonismos de la capitalización. La paga de estas primeras policías provino mucho menos de los “salarios” pagados por las clases capitalistas y mucho más de las “licencias” que otorgaron a sus policías para seguir comportándose como bandidos. En otras palabras, mediante la instrumentalización de bandidos, provistos de charolas, de uniformes y de una impunidad fincada en su relación con la clase dominante, el temprano estado capitalista fue capaz de sufragar el alto costo de imponer el orden en una sociedad fuertemente antagonizada. El apego entre el poder político y el bandido en la alborada del capitalismo proporciona una primera pista de por qué, hasta el día de hoy, los aparatos policiales de sociedades pobres y altamente desiguales reciben una especie de “licencia” para generar rentas mediante la habilitación del crimen y la extorsión. La clase política desarrolla una suerte de interés en la habilitación de economías criminales justamente porque de estas economías depende en buena medida el alimento que nutre sus aparato de coerción.

2. Los Rurales y la dictadura liberal

En México, el capitalismo marca el ritmo de la violencia social desde su fundación como país. John Tutino y Friedrich Katz escriben que el estallido social que funda a México como nación independiente tiene lugar justamente en la región de la Nueva España donde, para finales del siglo XVIII, comenzaron a radiar los primeros indicios de producción capitalista en el país: el Bajío.6 La llegada de la minería comercial a Nueva Galicia detonó un proceso de urbanización sin precedentes y abrió a los dueños de las haciendas una lluvia de nuevos consumidores. Orientados por un espíritu emprendedor extraño en el país, los hacendados del Bajío rasuraron la fuerza de trabajo, colapsaron salarios y desalojaron peones de sus tierras más fértiles a fin de producir, por menos, más. "La mayoría de los campesinos del Bajío eran peones asalariados. A partir de este momento, su situación comienza a empeorar dramáticamente. A la caída drástica en el nivel de vida de jornaleros y aparceros se le suma la caída de ingresos para los peones de las haciendas. Una región donde faltaba la mano de obra se convierte, entonces, en una donde sobran los trabajadores”.7 Redundantes, despeñados, desposeídos, números crecientes de campesinos se pasan a las filas del banditaje como estrategia de supervivencia. En 1810, los antagonismos creados por estos atisbos de capitalismo detonan en el enjambre de saqueo y depredación de la etapa “social” de la revolución de Independencia. “Al asedio, ataque y ocupación de una localidad le seguían las amenazas y las injurias, el saqueo y la destrucción, y finalmente el asesinato, sobre todo de los peninsulares, ahí donde los había”.8 Entre 1810 y 1815, “al menos 70 localidades de las intendencias de Guadalajara, Zacatecas, San Luis Potosí, Guanajuato, México y Valladolid —ciudades, villas, pueblos, haciendas— sufren el embate de grupos de insurgentes que las atacan, ocupan, saquean, arrasan, incendian”.9 Banditaje y revolución se funden en una misma cosa; el crimen nutre la revuelta proletaria, el revolucionario se funde con el bandido. El capitalismo apenas se asoma pero su impronta marca desde entonces los ciclos de violencia que hacen y rehacen el rostro del país.

Ilustración: Patricio Betteo

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El verdadero parto del capitalismo en México ocurre, sin embargo, cinco décadas después. Como en casi todos sitios, el capitalismo en México es producto del proceso de acumulación originario por excelencia: la liberalización de la propiedad en el campo.10 La privatización de la propiedad comunal y la comercialización de la agricultura, puestas en marcha en México a mediados del siglo XIX, activan la acumulación que da pie al estado (devengado en dictadura) liberal. Puesta en marcha por reformas promovidas por la federación y los gobiernos de los estados, la liberalización de la estructura productiva entrañará niveles de explotación y miseria que superarán, de lejos, los peores abusos de la colonia. El descontento campesino transpirará revueltas cuyos números e intensidad serán mucho mayores que las que enfrentaron, antaño, los virreyes.11 Con la enajenación de la propiedad rural crecen, inevitablemente, los niveles de banditaje. Para mediados del siglo XIX, México enfrenta su primer “crisis de seguridad”.12

La liberalización de la propiedad en el campo no sólo reproduce los antagonismos entre las clases sino que, paralelamente, mina la capacidad del viejo régimen para contenerlos. Dicho de otra forma: al eliminar los obstáculos a la libre acumulación de capital, la liberalización socava los pilares sobre los que descansó, hasta ese momento, la gobernabilidad en México. Enfrentándose a un país vaciado de poder pero inundado de tensiones, los propietarios de las haciendas y latifundios (los beneficiarios de la liberalización) instrumentalizaron grupos de bandidos (amplificados por la liberalización) a fin de asegurar sus nuevos capitales, extinguir las revueltas campesinas, disciplinar al campesinado y contener en un sentido más amplio el descontento y la protesta generados por las nuevas formas de producción.13 La falta de recursos obligó a estados y municipios a conformar sus primeras “policías” con grupos de delincuentes que, bajo la protección de los nuevos grupos gobernantes, trajeron una semblanza de orden a los caminos y las regiones.14 En la capital, el gobierno liberal agrupó, también, bandas criminales para conformar al primer cuerpo federal de seguridad del país: Los Rurales.

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Desnaturalizar y cuestionar los fines de la institución policial requiere hacer una pausa y razonar el proceso y circunstancias que hicieron a la policía una institución necesaria. La función histórica que cumple la institución policial en el momento que es concebida (en México y el resto del mundo) no es la “protección de la sociedad” ni la “eliminación del crimen”. Es, como escribe Sam Mitriani, la contención del descontento generado por la enajenación social y la transición hacia formas asalariadas de trabajo.15 El descontento generado por el capitalismo puede aflojar de diversas formas: las dos principales, la protesta social y el banditaje, animan la constitución de la policía. Para Stuart Schrader, la policía actúa como un baluarte contra las demandas de cambio dirigidas al Estado, demandas que suelen centrarse en la erradicación de la desigualdad económica y racial. Pero esta desigualdad es la premisa de la producción capitalista. La policía evita que las élites tengan que negociar con las demandas de los subalternos.16 A diferencia del mundo precapitalista, donde la economía “moral” y el consenso hacían innecesarios grandes aparatos para vigilar a la población, el mundo capitalista y su enajenación permanente expanden y apuntan su fuerza represiva hacia el enemigo interno. La transición entre un aparato de seguridad dirigido hacia la colonización externa a un aparato volcado hacia el interior es el parteaguas institucional de la modernidad. Operando en un contexto definido por la enajenación campesina, Los Rurales representan el instrumento del estado liberal para “securitizar” o “pacificar” la desposesión generada por la llegada del capitalismo a México.17 Cuando el liberalismo afianza en dictadura Porfirista, la desposesión del campesino se vuelve descomunal: la necesidad de expandir el aparato represivo, mayor.

La dictadura Porfirista radicaliza la enajenación social y la acumulación capitalista en México. Como apunta Frederich Katz, “la mayoría de los campesinos que habían logrado retener sus tierras durante el período colonial las pierden a finales del siglo XIX y XX a manos de hacendados, especuladores y los miembros más ricos de sus comunidades”.18 En muchos casos, “la expropiación de las tierras de las aldeas libres se convierte en una forma fácil de generar mano de obra sin aumentar los salarios”.19 Los liberales, apunta Katz, reparan que la mejor manera de enfrentar la protesta contra sus reformas es la Policía.20 Los Rurales imponen orden y progreso en un contexto donde la capitalización de la agricultura deja al 97 % de la población sin tierras,21 al 90 % de las comunidades indígenas sin huertos comunales22 y donde la concentración de la tierra es la mayor del continente.23 El campo mexicano, junto con Cuba, se convierte en la primer región en el extranjero explotada sistemáticamente por el capital estadunidense.24 John Mason Hart escribe que entre 1900 y 1910, el papel de Los Rurales se centra casi totalmente en proteger fábricas textiles, ferrocarriles, comunicaciones, minas, comercio, así como en reprimir pueblos contrarios a la entrada de la empresa comercial. Para 1905, el 80 % de Los Rurales se encuentra apostado en centros manufactureros con el único propósito de mantener a los trabajadores en línea.25 De Cananea a Acuyacán y de Río Blanco a Veladreña, Los Rurales deshacen huelgas que comienzan a murmurar el vocablo de la revolución.

Bandidos hechos policías, Los Rurales no abandonaron su naturaleza de bandido. Los Rurales vivieron menos de los indigentes salarios que les pagaba la dictadura y mucho más de la radiante, preponte, peligrosa, economía política de la charola. Se trata de eso que Thomas Gallant llama “el lado legítimo de la extorsión”: la extorsión del bandido, amparada en su relación con el poder, deviene en el aparato de seguridad que blinda a la enajenación. Paul Vanderwood describe a Los Rurales como una “fusión” entre criminal y policía: “Mitad policías, mitad bandidos, Los Rurales operaban los dos flancos de la ley”. “El mexicano común, que sufría bajo su mano (…) los despreciaba y temía (…) mientras que los detractores políticos la llamaban la bête noire de la dictadura”.26 Las ‘rentas’”generadas por Los Rurales, escribe Vanderwood, eran a final de cuentas las economías que permitían el mantenimiento de la paz en un México en proceso de metamorfosis. El apego del bandido a la clase gobernante, escribe Anton Blok, es el primer factor que determina, con o sin uniforme, su supervivencia.

Poco a poco, los antagonismos generados por el brutal proceso de capitalización se fueron acumulando. Para 1910, la presa se fractura, estalla el río. La intensidad de los antagonismos en México supera la capacidad represiva del estado liberal. Décadas de enajenación, anomia y colonización interna pasan finalmente la factura. La estampida revienta primero en la región del país donde el capitalismo ha desposeído a la clase campesina con mayor fiereza: el Norte. Es ahí, apunta Katz, donde los pueblos han perdido más tierras, más agua y más derechos de pastoreo.27 Alan Knight explica que el estallido social de la revolución obedece, especialmente, a la drástica y súbita comercialización de la vida social en el campo.28 Una vez más, el estallido de la revolución fusiona al bandido y al revolucionario: el saqueo y la extorsión es nutriente capital de la revuelta.29 Luis Cabrera entiende perfectamente eso que transita bajo su mirada: “Las revoluciones son revoluciones”, “No están sujetas a más reglas que las que impone la necesidad militar”, “Por tanto, tienen forzosamente que adolecer, deben adolecer, de todos aquellos vicios”.30 Antorchas de peones enajenados, meandros de desposeídos, termitas que emergen de arboledas abrasadas por un incendio que destruye para crear, descienden sobre el paisaje con la esperanza de que, nutrido por las cenizas, germine algo mejor. El estallido de los antagonismos sociales en el México revolucionario alumbra un nuevo periodo en la historia nacional. No será, empero, la última vez que una intensa transformación capitalista sirva de antesala a una guerra civil.

3. La DFS y la dictadura perfecta

La Revolución Mexicana constituye el primer levantamiento masivo generado por un proceso de liberalización económica. La primer revolución anticapitalista, propiamente dicha. Para frenar su energía, el estado deberá interrumpir el proceso capitalista que la motivó en un principio. La alianza, momentánea, entre las masas y el estado que devenga la revolución alcanza su máximo fulgor bajo la fugaz estrella del cardenismo (1932-1938). El acceso al reparto agrario y los derechos laborales con los que el estado incorpora a la sociedad transita por el corporativismo y la sumisión clientelar. Conducidos al fondo del laberinto, proletarios y campesinos aperciben, al cabo de una década, a un estado que muda radicalmente su bandera popular. El priismo cambia súbitamente sus colores cuando el alemanismo (1946-1952) consagra el reencuentro entre la política y el dinero. La parcialidad del PRI hacia el sector empresarial y su menosprecio por el campesino y el obrero coloca en las espaldas de estos últimos el peso del aplaudido “milagro mexicano”. Miguel Alemán aparece en la portada de Time Magazine. Bajo el retrato del presidente, el semanario notifica a México que México has had its revolution.

El milagro mexicano se nutre de la caída de ingresos de trabajadores y campesinos. Durante las siguientes tres décadas, los jornaleros en México perderán 40 % de su salario.31 Los trabajadores en las ciudades extravían alrededor de la mitad de su ingreso.32 Como apunta Stephen Niblo, “el impulso de la industrialización en México en la década de los cuarenta consiste en una transferencia de recursos de la población rural a los inversionistas privados y públicos”.33 A pesar de su autorretrato “filantrópico”, la seguridad social durante el periodo más aplaudido del ogro autoritario cubre apenas al 6.6 % de la población (en Argentina, en contraste, al 25 %). La educación de los mexicanos absorbe apenas 1.4 % del gasto público (2.5 % en Perú, 2.6 % en Brasil y 4.1 % en Argentina).34 Nicholas Kaldor, comisionado en los setenta para estudiar al sistema tributario del país, concluye que, considerado los supuestos objetivos sociales del partido único, su sistema de impuestos no tiene parangón en todo el mundo en su favoritismo a los magnates. Para los sesenta, nadie en America Latina recauda menos que México.35 El país ocupa la tercera posición en desigualdad del continente. ¿Y la revolución? Arriba, la clase política convierte a la función pública en botín. Abajo, el boquete fiscal, generado en buena medida por el favoritismo hacia el empresariado, obliga al aparato burocrático a reproducir su poder a base de mordidas.

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La reactivación del proceso capitalista debe, está obligado, no puede olvidar, anticipar los antagonismos sociales que engendrará, inevitablemente, mañana. Sucede como en las viejas ciudades-estado, que al avistar el campamento del ejercito invasor, apertrechan los muros, refuerzan el perímetro y se aprestan a lo inevitable. La industrialización, el fin del reparto agrario y el ajuste estructural que pone en marcha el alemanismo en México son el contexto en el que el PRI funda su aparato policial: la Dirección Federal de Seguridad. El mandato que conduce a la creación de la nueva policía es el de reventar corrientes sindicales y campesinas allegadas al militantismo de masas. Su fundación, en buena medida, pone fin a las inercias sobrevivientes de la revolución. El ethos de la DFS, como el de la mayoría de las policías creadas al comienzo de la Guerra Fría, es un ethos contrainsurgente. Las operaciones que curten a la agencia son el asalto al henriquismo (el movimiento campesino más importante del país) y el desmantelamiento del movimiento ferrocarrilero (eje del sindicalismo independiente). Consumados los ataques a la base social del estado, charros y caciques lo cooptan todo, la primera revolución anticapitalista, se apaga. A la postre, la DFS espía, infiltra, desaparece, tortura, mata, ahoga el descontento generado por el retorno del capitalismo a México.

Como Los Rurales bajo la dictadura “liberal”, la policía de la dictadura “perfecta” se nutre, también, de economías criminales. Carlos I. Serrano, viejo pistolero de Miguel Alemán, funda y encabeza la DFS. Serrano dirige personalmente el asalto contra henriquistas, ferrocarrileros y obreros independientes. Rompe huelgas de trabajadores y depura de activistas populares al nuevo sistema. Al mismo tiempo, pasa heroína por las aduanas de Nuevo Laredo y se convierte, durante el alemanismo, en el primer narcotraficante del país. El FBI lo llama el hombre más poderoso de México después del presidente. Los subordinados de Serrano en la DFS trafican opio en la frontera y marihuana en La Merced.36 Como en el porfiriato, la nueva clase política incorpora al bandido y lo pone a trabajar a su favor: el éxito del bandido estará fincado en su lealtad a la clase gobernante y la clase gobernante se valdrá del bandido para afianzar su poder. Dicho de otro modo: el PRI desarrolla un interés en la habilitación del crimen organizado porque el crimen organizado es la economía que nutre de forma sistemática –eslabón arriba, eslabón abajo– al aparato represivo que soporta su poder. Reluciente, radiante, dorada, será la economía política de la charola.

José López Portillo dice sin empacho al embajador estadounidense que, en México, “la policía y el crimen organizado van frecuentemente de la mano”.37 Al presidente le asiste la razón. A lo largo del régimen priista, el mantenimiento de la “paz social” se convierte en una actividad ligada a los servicios de pistoleros, extorsionadores, contrabandistas y narcotraficantes. El comandante Miguel Nazar Haro se convierte en los sesenta y setenta en el superhombre del aparato policial de México. Son décadas en las que los antagonismos sociales, acumulándose desde el alemanismo, comienzan a arreciar en protestas e insubordinación social. Ángel de la represión, arquitecto de la guerra sucia, plenipotenciario de la CIA, Nazar asfixia la protesta contra el partido único y su capitalismo de compadres con presupuestos nutridos por la criminalidad, el contrabando, el narcotráfico. El bandido. Miles de coches robados en San Diego junto con todo tipo de fayuca son introducidos al país por las garitas de Tijuana. La red de contrabandistas no sólo es encabezada por Nazar sino que está compuesta casi en su totalidad por agentes de la DFS.38 Algo similar ocurre en la sierra, donde la DFS apresta a los miembros de la Brigada Blanca –brazo ejecutor de la guerra sucia en México– para exterminar a la guerrilla. Ahí, entre la omertá de los montes y las copas de los huajes, los antagonismos sociales se apagan “en caliente”. El capitán Mario Arturo Acosta Chaparro, superestrella de la Brigada Blanca, encabeza las operaciones contrainsurgentes en la sierra de Guerrero. Instruido por el Pentágono, Acosta transporta toneladas de marihuana en aviones de la Fuerza Aérea Mexicana. De esos mismos aviones caen supuestos guerrilleros al techo intransigente del océano.39 Tierra adentro, otro superagente del sistema, Francisco Quiroz Hermosillo, coordina por ordenes del gobierno los grupos paramilitares que asolan la “infraestructura social” que soporta a la guerrilla. Quiroz encabeza un grupo que se hace llamar Grupo Sangre. El grupo se distingue por prender fuego a los prisioneros después de obligarlos a beber gasolina. Quiroz y sus grupos paramilitares despachan marihuana y heroína a la frontera con Estados Unidos y coordinan el narcotráfico en Tierra Caliente con la complicidad de los caciques.40 Tierra arriba, en Ciudad de México, el superhombre del sistema se llama Arturo Durazo Moreno. El general Durazo encabeza operaciones contra el mayor enemigo del lopezportillismo: la Liga Comunista 23 de Septiembre. Agente de la DFS, miembro de la Brigada Blanca, colaborador de la CIA, Durazo se convierte, con el apoyo del presidente, en el policía más importante del país. Según su propia voz, “caza guerrilleros como perros, independientemente de que los jueces los declaren inocentes”. Maneja la logística de la cocaína en la capital e incorpora a robacoches y robabancos a las nominas de la contrainsurgencia.

Mitad policía, mitad bandido, la economía política de la DFS es uno de los secretos mejor guardados del estado. El estado profundo, donde la fusión del poder político y el bandido sintetiza estructuras de seguridad y represión, se vuelve público en 1986 tras el brutal asesinato de un agente de la DEA. El escándalo que sigue es controlado mediante el “desmantelamiento” oficial de una DFS que, para entonces, es dueña de una buena parte de la producción de marihuana y heroína del país. Tras la desincorporación de la agencia, los agentes de la DFS cruzan la calle y tocan las puertas de la PJF y la PJDF. La clase política no traiciona a sus bandidos, sus bandidos son la muralla que resguarda su poder.

4. Neoliberalismo y guerra civil

“Nuestras gentes son como las lagartijas”, advierte Artemio Cruz.

“Van tomando el color de la tierra, se meten a las chozas de donde salieron, vuelven a vestirse de peones y vuelven a esperar la hora de seguir peleando, aunque sea dentro de cien años”. Carentes de rumbo pero ricas en agravios, la violencia de las gentes estalla cuando el reloj en México marca cien años. Al meteorito que impacta al país en 1982 sigue un proceso de liberalización sin precedente ni rival. El corolario político de ese proceso será el estado neoliberal. Su corolario social, una forma más actualizada de guerra civil. La guerra civil en México será, a la postre, el primer levantamiento masivo generado por un proceso de (neo)liberalización económica. Doscientos años después de las transformaciones socioeconómicas que encendieron la Independencia, cien años después del proceso de capitalización que pare a la Revolución, una guerra total a la estructura económica pone las condiciones que hacen y multiplican al bandido. Al socavar los obstáculos que retardaban su proletarización total, el (neo)liberalismo deshace los pilares donde descansaban poder y gobernabilidad en México. La estación final del proceso será la del proletario-mudado-en-criminal. Crear para destruir, destruir para crear.

La acumulación neoliberal va elevando los antagonismos sociales: la cortina que contiene a la represa poco a poco va cediendo. El salario mínimo pierde, en las décadas que siguen, 70 % de su valor.41 El enclaustro del ejido, el fin de los subsidios gubernamentales y la llegada de la agroindustria transnacional barrenan a una clase campesina que, nuevamente, desciende de los cerros rumbo a la periferia gris de las ciudades. De 1995 a 2010, salen del país cinco millones de individuos. Sus remesas son indispensables para la supervivencia de una de cada cinco familias en el campo y, en ciertas regiones, una de cada tres.42 La pobreza devora al 90 % de la clase campesina.43 Los jornaleros despeñados y sus seis millones de dependientes se las arreglan con 185 pesos por jornada.44 Para finales de siglo, siete millones de jóvenes de 16 a 29 años no tienen educación ni empleo.45 En México se trabajarán más horas que en cualquier país y se percibirá uno de los salarios más mezquinos. El peor régimen de prestaciones, el menor número en días de descanso. La pobreza alcanza eventualmente al 70 u 80 % de la población. Ningún país en America Latina fabrica más pobres.46 El aspecto físico del mexicano, convertido en destino universal de la comida chatarra, sintetiza el precio del cataclismo y la destrucción.47 El mexicano no se reconoce ni en su paisaje ni en su reflejo. De Tijuana a Nuevo Laredo, los horrores de la maquila se convierten en la única alternativa para los millones y millones que conforman al ejercito industrial en reserva. La epidermis del imperio transpira criminales, pandillas, asesinos de mujeres. La transformación radical del modo de producción convierte al país en un caldo de cultivo para lo criminal. La liberalización, paralelamente, socava los puntos de apoyo sobre los que descansaba la gobernabilidad en México. El poder político perdió su centro.

En su estudio sobre los efectos de la liberalización comercial sobre el crimen organizado, Joel Herrera concluye que la fuerza de trabajo desplazada por el libre comercio representó en muchas regiones del país “la base social de la producción, distribución y violencia vinculada al narcotráfico”.48 Para Salvador Maldonado, el efecto más inmediato de la transformación estructural fue el incremento de personas dedicadas al cultivo, procesamiento y venta de drogas en regiones notables del país.49 El bandido, nutrido en antagonismos, disparó el primer tiro de la nueva guerra civil. Una de las mayores contribuciones de Eric Hobsbawm a la historiografía del bandido fue la de entender al criminal como la encarnación de la enajenación. Pero las condiciones que nutren al bandido y que lo constituyen como sujeto histórico figuraron poco en el debate sobre la violencia en México. Gamlin y Hawkes escriben acertadamente que “este reduccionismo en la academia y la invisibilización de la muerte de decenas de miles de marginados obstruye el análisis de los procesos históricos y sociales necesarios para comprenderlos, así como una reflexión seria sobre las soluciones estructurales que se requieren para aliviarlos”. Atados, colgados, torturados, desmembrados, desnudos, transpirados por décadas y décadas de antagonismo puro, cuerpos de policías y ladrones amanecieron muchas mañanas sobre banquetas pobres, mirada sin vida, vuelta hacia sí misma.

 

Alejandro Lerch Huacuja


1 Scott, James C. The moral economy of the peasant: Rebellion and subsistence in Southeast Asia. Vol. 315. Yale University Press, 1977.

2 Hobsbawm, Eric. Bandits. Weidenfeld & Nicolson, 2010, p. 22.

3 Ver “Zapatismo” en The Mexican Revolution (1986; pb. edn, 2 vols, 1990, Univ. of. Nebraska Press, Lincoln and London,

4 Gallant, Thomas W. “Brigandage, Piracy, Capitalism, and State-Formation: Transnational Crime from a Historical World- Systems Perspective” States and Illegal Practices, edited by Josiah McC. Heyman, Hart Publishing, 1999, pp. 25-62, p. 47.

5 Schulte-Bockholt, Alfried. “A neo-Marxist explanation of organized crime.” Critical Criminology 10.3 (2001): 225-242, p.2.

6 Tutino, John. From insurrection to revolution in México: social bases of agrarian violence, 1750-1940. Princeton University Press, 1986.

7 Katz, Friedrich, ed. Riot, Rebellion, and Revolution: Rural Social Conflict in México. Princeton University Press, 2014. P. 547

8 Landavazo, Marco Antonio. “Guerra y violencia durante la Revolución de Independencia de México” Tzintzun 48 (2008): 15-40. P. 20.

9 Idem.

10 Ver: Blackledge, Paul. Reflections on the Marxist theory of history. Manchester University Press, 2013. P.40.

11 Coatsworth, John H. “Patterns of rural rebellion in Latin America: México in comparative perspective” Riot, Rebellion, and Revolution: Rural Social Conflict in México (1988): 21-62.

12 Ver: Vanderwood, Paul J. Disorder and progress: Bandits, police, and Mexican development. Rowman & Littlefield, 1992. P. 30-40.

13 Ibid.

14 Ibid, 34.

15 Mitrani, Sam. The rise of the Chicago police department: Class and conflict, 1850-1894. University of Illinois Press, 2013.

16 Schrader, Stuart. Badges without borders: how global counterinsurgency transformed American policing. Vol. 56. University of California Press, 2019. P. 143.

17 Ver ibid. También: Neocleous, Mark. “‘A brighter and nicer new life’: Security as pacification.” Social & Legal Studies 20.2 (2011): 191-208.

18 Ibid, 553.

19 Ibid.

20 Katz, Friedrich, ed. Riot, Rebellion, and Revolution: Rural Social Conflict in México. Princeton University Press, 2014. P. 129.

21 Hamilton, Nora. The limits of state autonomy: post-revolutionary México. Princeton University Press, 2014.

22 Klooster, Daniel James. Conflict in the Commons: Commercial Forestry and Conservation in Mexican Indigenous Communitites. Diss. University of California, Los Angeles, 1997.

23 De Ita, Ana. “Land concentration in México after PROCEDE” Promised land: Competing visions of agrarian reform (2006): 148-64. P. 149.

24 Hart, John Mason. Empire and revolution: The Americans in México since the civil war. Univ of California Press, 2002. P. 105.

25 Hart, John Mason. Revolutionary México: the coming and process of the Mexican Revolution. Univ of California Press, 1997, P. 176.

26 Vanderwood, Paul J. Disorder and progress: Bandits, police, and Mexican development. Rowman & Littlefield, 1992. P.51-53.

27 Katz, Friedrich, ed. Riot, Rebellion, and Revolution: Rural Social Conflict in México. Princeton University Press, 2014.

28 Knight, Alan. The Mexican Revolution: counter-revolution and reconstruction. Vol. 1. U of Nebraska Press, 1990, p. 95.

29 Ver, por ejemplo: Brunk, Samuel. “‘The Sad Situation of Civilians and Soldiers’: The Banditry of Zapatismo in the Mexican Revolution.” The American Historical Review 101.2 (1996): 331-353.

30 Citado en: Avechuco-Cabrera, Daniel. “Los intelectuales ante la violencia de la Revolución Mexicana”. La Colmena 92 (2017): 25-37. P. 33.

31 Gillingham, Paul, and Benjamin T. Smith, eds. Dictablanda: Politics, Work, and Culture in México, 1938–1968. Duke University Press, 2014. P. 2.

32 Bortz, Jeffrey. “Wages and Economic Crisis in México” The Mexican Left, Popular Movements and the Politics of Austerity (1986): 1870-1930. P. 45.

33 Niblo, Stephen R. México in the 1940s: modernity, politics, and corruption. Rowman & Littlefield Publishers, 1999. P.5.

34 Gillingham, Paul, and Benjamin T. Smith, eds. Dictablanda: Politics, Work, and Culture in México, 1938–1968. Duke University Press, 2014. P. 259-260.

35 Ibid.

36 Ver: Flores, Carlos. Historias de polvo y sangre: génesis y evolución del tráfico de drogas en el estado de Tamaulipas. Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropologia Social, 2013.

37 From US Embassy to Secretariat. Department of State, Memorandum, August 25, 1976.

38 Consulta personal. National Security Archive, Washington D. C.

39 Castellanos, Laura. “México armado” Ediciones Era (2007); also: Aviña, Alexander. “México’s Long Dirty War: The origins of México’s drug wars can be found in the Mexican state’s decades-long attack on popular movements advocating for social and economic justice.” NACLA Report on the Americas 48.2 (2016): 14.

40 Archivo General de la Nación, sección DGIPS y DFS.

41 Moreno-Brid, J. C., Garry, S., & Krozer, A. (2016). Minimum Wages And Inequality In México: A Latin American Perspective. Revista de economía mundial, (43), 113-129.

42 Delgado Wise, R., García Zamora, R., & Márquez Covarrubias, H. (2006). México en la órbita de la economía global del trabajo barato: dependencia crítica de las remesas. P.

43 Idem.

44 Salah, Rasha, Calvario José E. “P. Jornaleras/os agrícolas en México y COVID 19”, Colegio de Sonora, mayo 2020.

45 Gamlin, J. B., & Hawkes, S. J. (2018). “Masculinities on the continuum of structural violence: the case of México’s homicide epidemic”. Social Politics: International Studies in Gender, State & Society, 25(1), 50-71.

46 Castillo Fernández, D., & Arzate Salgado, J. (2016). “Economic Crisis, poverty and social policy in México”. Critical Sociology, 42(1), 87-104.

47 Ver: Otero, Gerardo. “Eating NAFTA: Trade, Food Policies, and the Destruction of Mexico”. (2020): 45-48.

48 Herrera, J. S. (2019). “Cultivating Violence: Trade Liberalization, Illicit Labor, and the Mexican Drug Trade”. Latin American Politics and Society, 61(3), 129-153.

49 Maldonado Aranda, S. (2012). “Drogas, violencia y militarización en el México rural: el caso de Michoacán”. Revista mexicana de sociología, 74(1), 5-39.

 

7 comentarios en “Policías y bandidos.
Historia y ciclos de violencia en México

  1. ¿Y LA GUERRA de castas en donde la deja usted? Recien en un hallazgo de arqueología subacuática encontraron evidencias de tráfico de esclavos mayas hacia Cuba.

  2. Incompleto porque los bandidos existen desde antes del capitalismo y no son sólo producto de su despojo. Los crímenes de alto impacto los idean y hacen principalmente personas con poder adquisitivo.

  3. Incompleto porque los bandidos existen desde antes del capitalismo. Sesgado porque no son sólo producto de su despojo. Los crímenes de alto impacto los idean y hacen principalmente personas con poder adquisitivo.