Un problema clásico de las reflexiones sobre la marcha de la historia es cómo incidentes azarosos, verdaderas casualidades, pueden ocasionar grandes hechos históricos. El ejemplo que siempre se propone es el de un asesinato en Sarajevo que desencadenó la muerte de miles de hombres en la espantosa e idiota Primera Guerra Mundial. ¿Podemos pensar entonces que de haber retrasado su visita el archiduque Francisco Fernando se habría evitado el sacrificio masivo en las trincheras? El problema es que lo casual, precisamente por ser inmotivado y azaroso, es inexplicable, y si en eso reside el del gran acontecimiento histórico, entonces el gran acontecimiento es en el fondo también inexplicable. El orgullo humano se resiste a aceptar la derrota y busca afanosamente lo necesario detrás de lo casual.
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