I

¿Cuál es el origen de la tragedia? ¿Qué fuerzas ocultas llevan a las civilizaciones de la abundancia y del hedonismo a engendrar la necesidad de su propia destrucción, el mito de su tragedia? ¿Es el pesimismo un signo de la decadencia o de la plenitud? ¿Puede la incredulidad traducirse en una pasión, en un “estar presente en el mundo”? Los filósofos que han querido descifrar estas interrogantes son innumerables; pero sólo dos han logrado convertirlas en obsesiones memorables. Spinoza y Nietzsche: dos estrellas extraviadas que aparecen y desaparecen en el horizonte de Occidente.

Spinoza ve en la tragedia lo mismo que vio Heráclito: el llamado de una fatalidad, una “voz interna” que seduce y humilla. La vida entera transcurre en una dialéctica de la predestinación o de la resistencia: acudir al llamado o huir de él. Los hombres se vuelven la espalda a sí mismos y sufren, hasta destruirse. La pasión de Nietzsche es la experiencia trágica, no sus símbolos: el arrebato del coro de las Troyanas y el delirio de las Bacantes, no el mito clásico; la música y la danza, no la poesía. Para él la tragedia no es una forma de pensar sino una manera de crear. Una escisión en el presente que comienza con un no: “Antes de daros la razón, antes de ver triunfante vuestra verdad, prefiero decir que nada es verdad”. La diferencia que hay entre el mito y su vivencia es la misma que separa a la fe de la intransigencia. La primera es una consigna religiosa; la segunda, el cimiento de una vocación. Una frase de Hamlet encierra el misterio de ambas: “¿Someterse o creer? No. Morir antes que ceder”.

II

Nietzsche murió el año de 1900, una antesala probable del tercer milenio. Rilke lo consagró en un epitafio sumario: El cielo cerró las alas Ha caído el último romántico. Es un epitafio que quiere ser una profecía y un recordatorio a la vez. Nietzsche representa algo más que la culminación de la tradición romántica: es acaso el testimonio del último romanticismo posible. Su obra y su vida no son un punto de llegada, sino un estado en disolución. Los cantos de Zarathustra se alejan del siglo XX como un nómada en el desierto: envueltos en el hálito de la melancolía. Y, sobre todo, anuncian una agonía: la decadencia del mito y de la experiencia trágica. El siglo XX expulsó a la tragedia del catálogo de las vocaciones humanas -y con ella a la compulsión que hundió en “la grandeza” a los románticos. El compromiso, el horror colectivo y la búsqueda de la soledad tomaron su lugar. Ahí donde Nietzsche o Marx encontraron que la dignidad-sostén inequívoco del universo trágico- pertenecía al mundo sin concesiones, la tolerancia de nuestro siglo sólo pudo hallar la voluntad de conciliar a seres razonables. Si Schiller y Shakespeare no se cansaron de enviar a sus “fuertes” al cadalso, Kafka y Faulkner prefirieron extraviarlos en un confuso suicidio cometido desde un puente anónimo. Y qué decir de los héroes del siglo veinte: monstruos o burócratas.

“Morir antes que ceder” —Qué lejanas suenan estas palabras en los oídos del hombre “moderno”.

Los habitantes del crepúsculo del milenio pueden, al menos, enorgullecerse de haber presenciado, acaso como Adriano y Marco Aurelio hace ya dos mil años, un nuevo ocaso de los dioses.

 

Ilán Semo (n. 1953).
Ensayista. Su último libro (en prensa) es Tierra de Nadie.