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Nexos realiza una encuesta sobre el fin del segundo milenio, o el principio del tercero, no me quedó muy claro, en ocasión en que alcanza diez años de vida. ¿Qué puede uno decir sobre el final de un milenio o el comienzo de otro que no sea “ingenioso”, optimista o pesimista? La verdad es que plantearse los problemas, hacer su recuento o preocuparse por sus posibles soluciones a partir de la cercanía de cifras terminadas en cero o en ceros constituye una superstición como cualquier otra. Así, cumplir diez años de estar haciendo algo permite suponer que, con un poco de suerte, podemos llegar haciéndolo a cien, y, con otro poquito, a mil. Una superstición, pues, sobre todo si se observa que el punto de partida no es de ninguna manera científico sino meramente religioso, como lo es el hecho de empezar a contar desde el nacimiento de un Salvador.

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Más racionales, nuestros antepasados aztecas, basándose en la observación de la rotación de los astros, se atenían matemáticamente al número cincuenta y dos para suponer que cada quincuagésimo segundo periodo anual de su calendario todo moriría, para poder renacer de inmediato. Sin embargo, a pesar de una larga experiencia que casi les daba la seguridad de que el ciclo se repetiría, el elemento de superstición no dejaba de estar presente y, por las dudas, hacían ofrendas a sus dioses y seguramente rezaban.

Metidos en el sueño de los números, y con el mismo razonamiento basado en la observación, podemos pasar a otra cifra cíclica al cumplirse la cual todo entra en la posibilidad de morir para renacer de nuevo: el número seis como símbolo de cambio y de entrada en una nueva vida.

Estos números: mil, cincuenta y dos, y seis, son nuestros símbolos de muerte y renacimiento. Superstición o no, como individuos reaccionamos ante ellos con temor y esperanza, cumpliendo el mandato del inconsciente colectivo.

No importa todo lo bueno que este milenio haya sido, con su “descubrimiento” de América, la correcta utilización de la pólvora y el átomo, y otros bienes. El próximo será mejor desde el primer segundo del año 2001, en que se inicie el siglo XXI.

Y a propósito, ¿qué nos hace pensar que nosotros ya entramos en el XX? n

(Núm. 120, diciembre de 1987)