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(Otro triunfo del Dr. Chalías.)
       Don Anacleto tenía
así como inflamación,
y andaba todito el día
con muy fuerte comezón.
       Pero todos los Doctores
no le hallaban al negocio:
Unos decían tenía bocio
y otros que nomás hirvores.
       Unos que era reumatismo,
otros que no, que un bronquites,
y otros que era un meningites
que le venía de lo mismo.
       Hasta que, en cierta ocasión,
un Doctor bueno me dijo
que el hombre tenía, de fijo,
gusano en el corazón.
       Y que no era cosa buena,
pues muy bien podía ocurrir
que se empezara a bullir
y le cayera gangrena.
       Y hasta dijo: “Hay que evitar,
con cuidado y atención,
que lo vayan a tumbar
y le den un revolcón”.
       “Pues las cáidas son muy malas,
pero, si son de aventón,
se pone peor la función
y en lorita te acabalas”.
       “Y es la mejor medicina
sacarle el gusano aquél,
engañándolo con miel
o con otra golosina”.
       Y, con mucha precaución
y usando de un anzuelito,
aquel gusano maldito
le sacó del corazón.
       Y el hombre, al sentirse sano,
pegó una fuerte carrera.
¡Dios Nuestro Señor no quiera
le retorne ese gusano!

NOTA.—El médico que le dio al clavo y le halló el modo a la enfermedad de don Anacleto fue el Doctor Chalías, natural de Guanajuato, que ya ustedes ven que es un hombre de los que pocos hay y ya casi ninguno queda. Qué tal será que él mismo platica, cuando está de humor, que una vez fue a Roma a ver al Santo Padre, para hacerle un encargo y pedirle un favor, y que, habiéndosele acabado los centavos y no teniendo ya para pagar el tren, que le salía muy caro y no le alcanzaba lo que le había quedado, mejor compró un burro y se vino en él desde allá hasta Chamacuero. Yo no sé cómo aguantó la caminada, pues ya ven que no deja de estar medio lejecitos; pero lo cierto es que así se vino desde allá, según lo platica él mismo, muy tranquilamente y sin echársela de lado.

Pues bien, este Doctor Chalías, nomás con abrirle los párparos y verle la lengua y sonarle el estómago con una uña y golpearle las rodillas con un martillo de hule a don Anacleto, dijo que tenía gusano en el corazón, y luego luego pidió que le trajeran un hilo de seda y un alfiler chiquito, y con él hizo un anzuelito, y le puso en la punta un pedacito de carne de res, y se lo echó por la boca a don Anacleto, y cuando sintió que el gusano lo andaba mordiendo, le dio un jaloncito al anzuelo y, poco a poco, poco a poco, lo fue jalando, jalando, hasta que sacó el diablo de gusano por la boca del pobre hombre, y lo echó en un pomo bocón lleno de alcol, para guardarlo, y dicen que allí lo tiene todavía, como al modo de muestra. Uno de estos días he de ir a que me lo enseñe, para que no me cuenten, sirve que, si está de humor, lo voy a sonsacar para que me platique del viaje que hizo desde Roma hasta Chamacuero en ese mentao jumento.

Fuente: Margarito Ledesma (Humorista involuntario): Poesías. Prólogo del Lic. Leobino Zavala. México, 1985.

 

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