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La Huelga por la Equidad efectuada el 26 de agosto de 1970 en Estados Unidos atrajo la atención internacional a la irrupción del women’s lib que exigía abortos legales y gratuitos, centros de cuidado infantil y libertad sexual, entre otras demandas. El paro de labores buscaba visibilizar los trabajos catalogados como propios de las mujeres: el trabajo doméstico, las tareas secretariales, de limpieza y cuidados, que siendo esenciales para la sociedad tenían —y siguen teniendo— escasa valoración y salarios muy bajos, o ninguna remuneración cuando se llevaban a cabo dentro de la familia.

Aunque la iniciativa de hacer un paro nacional de mujeres surgió de NOW (National Organization of Women), grupo de presión enfocado a lograr reformas en las leyes y las instituciones, la huelga movilizó a activistas y simpatizantes de todo el espectro político del activismo feminista de la época. Tuvieron gran visibilidad las acciones de teatro callejero y los muy numerosos contingentes de jóvenes que no se conformaban con cambios legislativos, sino que buscaban una transformación de la conciencia, la cultura y la estructura social para echar por tierra lo que entonces se comenzaba a llamar patriarcado. Rosario Castellanos dio cuenta de la movilización con la intuición de que los hechos reseñados tarde o temprano tendrían repercusiones en nuestro país. Marta Acevedo informó desde San Francisco sobre las protestas de chicanas y de lesbianas liberacionistas que se manifestaron al lado de amas de casa y estudiantes.

Ilustración: Belén García Monroy

En Nueva York, una gran marcha culminó en un mitin en el que tomaron la palabra Betty Friedan, presidenta de NOW, y la escritora Kate Millet, cuyo libro Política sexual, publicado ese mismo año, mostró la utilidad política del concepto de patriarcado, entendido como una estructura social que atravesaba a la sociedad y subordinaba a las mujeres en conjunto. Las protestas en esa ciudad incluyeron la instalación de una guardería infantil en un céntrico parque público y mítines relámpago ante las grandes agencias de publicidad para denunciar la objetivación y mercantilización del cuerpo femenino. Otra manifestación exigió a las autoridades que ofrecieran información oficial, amplia y suficiente a las mujeres interesadas en contraer matrimonio sobre las desventajas legales que enfrentarían al hacerlo.

Se eligió el 26 de agosto para recordar el 50 aniversario de la ratificación de la Decimonovena Enmienda Constitucional que estableció el sufragio para hombres y mujeres en Estados Unidos. Con esa conmemoración, las manifestantes se reconocían herederas y continuadoras de la lucha por el sufragio y adquirían la legitimidad derivada de ese legado. La mayoría de las sufragistas había fallecido pero Alice Paul, la principal del Equal Rights Amendment, con más de 80 años de edad, tuvo ánimo para unirse a un trayecto de la marcha en Nueva York, mostrar su apoyo a la movilización y recibir ovaciones de las nuevas feministas.

En México, las nuevas feministas también buscaron antecedentes en la historia del país y se reconocieron en las mujeres de izquierda que se habían movilizado por el sufragio en la posrevolución. Salieron a la luz los nombres de Adelina Zendejas, Concha Michel, Soledad Orozco y Elvira Trueba. Se conoció la historia del Frente Único Pro-Derechos de la Mujer (FUPDM), formado en los años del gobierno de Lázaro Cárdenas. Aunque “la mayor parte de las que luchamos [en los treinta] ha muerto y las que quedamos somos unas ilustres desconocidas”, observaba Elvira Trueba.1

El FUPDM se integró en 1935, con organizaciones de un amplio espectro político y llegó a reunir a 50 000 afiliadas de distinta posición social, desde prominentes médicas hasta campesinas que estampaban su huella digital al lado de su nombre para mostrar su adhesión a los pronunciamientos relativos al sufragio igualitario. Su actividad se articuló en torno al sufragio, pero el voto femenino no se vio como una meta en sí misma, aislada, sino que se concebía como parte de un programa integral de reformas en beneficio de las mujeres y que incluía su incorporación al trabajo remunerado y a la protección social a la maternidad.

Al buscar sus raíces en el pasado nacional, las feministas mexicanas de los setenta dieron visibilidad y coherencia a un relato prácticamente desconocido que había quedado fuera de la memoria de la izquierda mexicana y que tampoco figuraba en la historia oficial ni despertaba interés en la historia académica y profesional. Fue todo un descubrimiento saber que en México había existido una generación sufragista, animada por el marxismo y las nuevas feministas se identificaron con ese legado; sin embargo, prestaron poca atención a personalidades que ocuparon altos cargos públicos como Amalia de Castillo Ledón, quien encabezó el Ateneo Mexicano de Mujeres y promovió la inclusión explícita de las mujeres y sus derechos en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y en la Carta de los Derechos Humanos, entre otras iniciativas feministas.

La periodista Margarita García Flores, fundadora con Alaíde Foppa de la emblemática revista Fem, pu-blicada a partir de 1976, fue clave en la recuperación de la memoria del feminismo al incluir a Adelina Zendejas y Soledad Orozco en una serie de entrevistas radiofónicas sobre el estado que el feminismo guardaba en el país.2 Adelina Zendejas, periodista y profesora, y Soledad Orozco, empleada en Ferrocarriles Nacionales y sindicalista, habían tomado parte en la movilización por el sufragio y en el activismo del Frente Único Pro-Derechos de las Mujeres en los años treinta. Ante los micrófonos de Radio UNAM, Zendejas habló de algunos de los grandes hitos de su trayectoria política iniciada en la campaña presidencial oposicionista de José Vasconcelos, que incluyó al sufragio femenino en su plataforma política y continuó con su militancia en el Frente Único y en el Partido Comunista Mexicano. Más tarde formó parte del Movimiento de Liberación Nacional, que bajo el liderazgo de Lázaro Cárdenas se solidarizó con la Revolución cubana.

Soledad Orozco le contó a Margarita García Flores de su fallido triunfo electoral como candidata a diputada postulada en 1937 por el Partido de la Revolución Mexicana (PRM). Orozco obtuvo mayor número de votos que su oponente pero no llegó a ejercer el cargo para el que había sido electa, a pesar de que su triunfo en las urnas fue debidamente acreditado y reconocido. Los recintos legislativos eran espacios masculinos en donde la presencia femenina era inaceptable y su propio partido le retiró su apoyo.

Concha Michel y Juana Gutiérrez de Mendoza recibieron también la atención de las nuevas feministas. En una conferencia en la Casa del Lago, Antonieta Rascón dio a conocer el proyecto de la República Femenina, ideado por Michel y Gutiérrez de Mendoza, que se había propuesto crear cooperativas de producción campesina centradas en las mujeres y sus necesidades: impulsar su trabajo productivo y ofrecer protección a la maternidad.

La identificación de las nuevas feministas con la movilización izquierdista de los años treinta se hizo explícita en el Frente por la Liberación y los Derechos de la Mujer (FNLIDM) formado en 1979, cuya agenda giró en torno a los temas centrales del feminismo de esos años. Su principal eje de acción fue la lucha por la despenalización del aborto, pero también hizo pronunciamientos de repudio a la violencia doméstica, así como de reconocimiento del trabajo en el hogar y en favor de la libre expresión homosexual y lésbica. Aunque se mantuvo activo sólo durante un par de años, el frente es relevante porque reunió a grupos feministas, de liberación lésbica y gay con las secciones femeniles de los sindicatos de la UNAM y de la UAM, de algunos sindicatos independientes del control corporativo-Estado, entre los que figuraba la Tendencia Democrática del Sindicato Mexicano de Electricistas, y porque tuvo el respaldo formal de los partidos Comunista Mexicano y Revolucionario de los Trabajadores.

El nuevo Frente Nacional por la Liberación y los Derechos de las Mujeres hacía explícita su identificación con el Frente Único de los años treinta y surgiría con ello una cierta línea de continuidad entre uno y otro frente. En efecto, ambos frentes, el de los treinta y el de los setenta, compartían la esperanza de una transformación socialista en México y sostenían un análisis marxista sobre la condición de la mujer. Los paralelismos terminaban, sin embargo, frente a la palabra liberación, que era clave en la definición ideológica del FNALIDM. Su apuesta era transformar no sólo las leyes y las instituciones, sino cambiar la conciencia y la cultura y así poner fin a la opresión de las mujeres y al patriarcado. Se trataba de acabar con los prejuicios que limitaban su cuerpo y su expresión sexual, obtener las condiciones para que las propias mujeres pudieran decidir la continuación o interrupción de sus embarazos y definir su expresión erótica y afectiva dentro y fuera del matrimonio, en relaciones estables o efímeras. Esa liberación iba más allá del reconocimiento de los derechos formales y fue el punto de discordancia con las integrantes del antiguo Frente, quienes descalificaban a las liberacionistas por “libertinas” y las acusaban de desviarse de los problemas de fondo y de tergiversar la “igualdad plena”. Trueba se sintió incómoda al asistir a una reunión del FNALIDM en donde a su juicio se iba demasiado lejos y no se valoraba la ciudadanía “que era el acta de nacimiento como mexicanas y siendo legítimas mexicanas teníamos todo el derecho civil, económico, en fin, todos los derechos humanos”.3 Adelina Zendejas opinaba en el mismo sentido al asegurar que con “la igualdad la mitad de la batalla está ganada”.4

Las discrepancias entre las antiguas luchadoras por el voto y las nuevas feministas estallaron en la reunión constitutiva del FNALIDM en 1979 cuando una representante de la Unión Nacional de Mujeres, que se había destacado en la denuncia de la represión policiaca al movimiento estudiantil de 1968, y en la que participaban algunas luchadoras de los años treinta que querían mantenerse activas en los movimientos sociales, se opuso a que la aceptación del lesbianismo y la homosexualidad figuraran entre las reivindicaciones del nuevo Frente, lo que causó gran rechazo entre las jóvenes.5 La postura liberacionista pedía el respeto a la “libre opción sexual” y se conservó en la definición ideológica del FNALIDM, aunque la liberación gay nunca llegó a ser central.

Las feministas de los setenta reconocieron el legado del Frente Único Pro-Derechos de las Mujeres, con las que compartían un compromiso con la emancipación femenina con una perspectiva política de izquierda. La identificación, sin embargo, tuvo sus límites, los cuales obstaculizaron los puentes de comunicación y la colaboración política entre las nuevas feministas y sus predecesoras debido a las grandes diferencias generacionales que las separaban. Las viejas no comprendían las demandas de las jóvenes en torno a la autonomía sexual ni aceptaban que el respeto al lesbianismo y la homosexualidad fuera un reclamo político válido y para la izquierda. Las nuevas feministas tampoco profundizaron en las posturas de sus antepasadas, más allá del simbolismo. Las identificaciones, diferencias y rupturas entre olas y generaciones han sido y siguen siendo parte de la historia de los feminismos. Expresan su vitalidad. Quien observe las discrepancias internas que hoy habitan y enriquecen al activismo y a las ideas feministas lo puede constatar.

 

Gabriela Cano
Profesora-investigadora de El Colegio de México.


1 Galindo Arce, M. “Elvira Trueba. Apasionada luchadora por el voto”, Mujeres. Expresión femenina, julio 1980.

2 García Flores, M. ¿Sólo para mujeres?, México, UNAM, 1979.

3 Galindo Arce, M., ob. cit.

4 Zendejas, A. “Lucha y conquista de los derechos femeninos”, Mujeres. Expresión femenina, julio 1980.

5 Oikión, V. “Resistencia y lucha femeniles. La Unión Nacional de Mujeres Mexicanas en el verano de 1968: una historia desconocida”, Legajos. Boletín del Archivo General de la Nación, septiembre-diciembre, 2018.

 

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